Al campo se le subieron los humos

A pocos días del final de la tregua pactada entre los dirigentes rurales y el Gobierno, las dos partes continúan la puja por medios varios. El humo que cubrió a Buenos Aires y otras ciudades, producto del accionar desaprensivo de algunos productores, se transformó en una involuntaria metáfora del conflicto.

Las paradojas pueden ser instructivas, siempre y cuando se posea la perspicacia necesaria para descubrir que, inadvertidamente, uno se ha metido en una de ellas.

Una primera conclusión consistiría en afirmar que no siendo la perspicacia un don que el creador de tutti cuanti parezca haber distribuido muy dispendiosamente, las paradojas no sólo no suelen ser instructivas sino que a veces hasta indignan a personas que, como si la necedad no les fuera bastante, encima carecen del sentido del humor necesario como para reírse de sí mismos.

Hay gente así, aunque cueste creerlo. Gente que no aprende nada de sus errores, traspiés y ridículos, probablemente porque jamás piensa por sí misma ni puede extraer un elemental silogismo de su propia experiencia. Lo suyo es “información”, conclusiones ajenas, por lo general pobremente digeridas.

Ay, el kharma de los que se piensan cultos y apenas si andan mal informados. Por ejemplo, y vamos a lo pedestre porque de lo pedestre se trata, no es mucha la gente que al día de hoy asocia el paro o lock out rural, los incendios de campos y las intoxicaciones en los pequeños pueblos del interior del país.

Por lo general, y puesto que así es para los grandes medios de comunicación, se trata de asuntos para nada relacionados entre sí.

¿Para nada relacionados?

Estaría por verse, porque existen puntos en común.

Empecemos por hablar del estupor que a quien suscribe le provocó que parte de la asamblea ambiental de Gualeguaychú se sumara al corte de rutas llevado a cabo por los “ruralistas” en apoyo a lo que inocultablemente fue un reclamo a favor del monocultivo sojero.

La soja, para ser soja, de la buena, de la que te pone high y te da ganancias, debe ser transgénica.

Fuera de algunos factores en los que alguna vez habrán de ponerse de acuerdo los biólogos, la soja transgénica es implantada mediante siembra directa con apoyo de químicos herbicidas, insecticidas y fertilizantes.

Varios médicos, entre los que se cuenta el doctor Martín Alazard, de Gualeguaychú, activo integrante de la asamblea ambiental, han venido estudiando, de diez años a esta parte, la variación de las dolencias típicas en determinada región, detectando en las pequeñas poblaciones semirurales de la provincia de Entre Ríos un incremento notable de las afecciones respiratorias y de los cánceres linfáticos.

El factor de variación común ha sido en todos los casos el cultivo de soja, transgénica, desde luego, y el denominador común, los insecticidas, herbicidas y fertilizantes, no sólo peligrosos en sí mismos sino en su forma de aplicación: doblando las dosis en épocas de lluvias, por las dudas y ciscándose en los riesgos sanitarios que semejante uso y abuso implican.

A no ser que usted viva en uno de esos pueblos o se haya dedicado a investigar el asunto, como lo han hecho el doctor Alazard y muchos de sus colegas, seguramente jamás escuchó hablar de las nuevas enfermedades que afectan a los pobladores de localidades cercanas a aquellas extensiones en las que se siembra soja a lo pavote. O bien el asunto “no vende” o “no rinde”, en lo que a avisos se refiere. Elija usted la razón, pero es una de las dos.

Al menos, nadie oyó hablar de los perjuicios que provocan los agroquímicos cuando las jornadas del paro o lock out rural y sus correspondientes cortes de ruta. Usted sólo habrá oído hablar del “campo”, como si una generalidad semejante pudiese existir.Y como si, por ejemplo, los apicultores, horticultores, productores de frutas finas, granjeros avícolas o criadores de cerdos no fuesen productores ni parte del “campo”.

No es extraño, pero sí sorprendente, que los grandes medios hayan callado estas cuestiones que vienen siendo denunciadas, con escasa repercusión, desde hace por lo menos una década. Y no es extraño porque la capacidad económica, la de potencial auspiciante, de un apicultor es bastante inferior (por decirlo de alguna manera) a la que posee una multinacional dedicada a la exportación de granos, venta de semillas híbridas y transgénicas y elaboración y comercialización de agroquímicos.

Pero sí es sorprendente que quienes ven la paja en el ojo uruguayo, no vean las viga en el propio, como es el caso del señor De Ángeli, un aventurero irresponsable, capaz de amenazar con invadir el Uruguay por la política de monocultivo forestal elegida por el decepcionante gobierno del Frente Amplio y, a la vez, provocar el desabastecimiento de la mitad de los habitantes del país en defensa del monocultivo de soja transgénica. Por menos que eso, en un país medianamente serio, cualquiera va derechito al manicomio.

No se entiende. No, de ninguna manera se entiende tanta incongruencia. Y así como los De Ángeli son capaces de cualquier disparate con tal de aumentar su rentabilidad y especialmente la de quienes están detrás de sus exageraciones, una asombrosa cantidad de pequeños y medianos ganaderos irresponsables provocaron casi medio centenar de muertes y colapsaron una enorme ciudad que, con sus alrededores también colapsados, llega a cobijar más de diez millones de personas.

¿Y para qué? Para quemar la paja y que el vacuno pueda comer el rebrote. Y la época de hacerlo es ésta, luego de la sequía estival y antes de las lluvias otoño-invernales. Todos lo años se queman pajonales (pajonales, no “pastizales”, ¡por Dios!, que nadie en sus cabales quema pastizales y menos en esta época del año), práctica en general tolerada por municipios, gobiernos provinciales y autoridades nacionales.

Sin justificar ni cuestionar la tolerancia, convengamos que esa tolerancia explica por qué los incendios se volvieron catástrofe, ya que no se combatieron inmediatamente de provocados. Esto es un error, monumental falla, negligencia o hasta complicidad de las autoridades, ya sean municipales, provinciales o nacionales. Bien. ¿Pero qué explica que ya con veinte muertos en las rutas, el colapso de una enorme ciudad y sus alrededores, y el grave perjuicio a otros pequeños productores, esos ganaderos siguieran quemando los pajonales para tener forraje ahora que se viene la época mala?

La misma razón que explica el envenenamiento de pueblos enteros y el reclamo por la eliminación de las retenciones: el afán de lucro (“rentabilidad” le dicen), para el cual no existe límite de ninguna naturaleza, ni económico, ni ecológico, ni sanitario, ni social, ni humano. “Primero yo” parece ser el lema de esos propietarios y productores dedicados a la exportación que algunos interesados nos venden como “el campo”.

La paradoja de las paradojas, la paradoja que lamentablemente no ilustra a nadie, es que esos mismos que ahumaron a una ciudad, son esos a los que parte de esa ciudad apoyó y endiosó como forjadores del país, obviamente ignorando qué diablos apoyaba y endiosaba.

Y que la razón por las que esos cosos apoyaron a esos otros cosos, es la misma por la que esos otros cosos ahumaron a estos cosos.

Y punto y coma. El que no se apioló, se embroma.

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