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El futuro ya llegó

El último gran profeta del rock argentino entendió antes que nadie el ruido, la soledad y la furia de un siglo. Por Ricardo Ragendorfer

Si en un milagroso ejercicio de la clarividencia, Carlos Alberto Solari (a) “El Indio”, a sus 37 años (en 1986), hubiera podido ver, al menos por un instante, las mareas humanas que el pasado 5 de junio colmaron sitios tan equidistantes como la Plaza de Mayo, las zonas céntricas de las principales ciudades del país, los arrabales más remotos y hasta los alrededores de su hogar en Parque Leloir, su lectura al respecto tal vez apuntaría a una revolución en ciernes, pero no a su propia persona. 

Pues bien, al prender el televisor durante la mañana de aquel viernes, vi en el zócalo de la pantalla la siguiente frase: “Murió el Indio Solari”.

Aquellas 18 letras fueron para mí como un cross en la mandíbula. Y con suma lentitud, caminé hacia la cocina en busca de café, sintiendo que eran mis primeros pasos en un mundo sin él.

Se sabía que el Mal de Parkinson lo devoraba de a poco. Pero un ACV le ganó de mano. Una maldita broma del destino. 

Acerca de ello, los noticieros no hablaban de otra cosa, mientras la prensa gráfica le ofrendaba ríos de tinta. 

En semejante contexto, me permitiré un recuerdo personal. 

En este punto emerge la figura de Santiago Ferrón, un amigo del Indio desde la adolescencia de ambos en La Plata. Tanto es así que, en el tema La masacre del Puticlub (del álbum Un baión para el ojo idiota), él lo nombra por su apodo: “Negro Cañón”. Eso fue compuesto justamente en 1986.

Crédito Eduardo Rey

Poco antes, Santiago le había presentado a Enrique Symns en una mesa del bar El Británico. Y éste, entonces, se convirtió en monologuista durante los recitales de Los Redonditos de Ricota, cuando también dirigía la revista Cerdos & Peces, en la que yo era uno de sus columnistas. Así lo conocí al Indio.

La banda aún actuaba en teatros chicos, como el Margarita Xirgu, ante no más de 300 personas. Lo cierto es que aquellos recitales empezaban a ser un evento de culto. Y en lo que nos atañe, solían derivar en “sobremesas” que se extendían en bares o casas hasta el amanecer. Fue una época luminosa, en la cual no hubo utopías que parecieran imposibles.

Claro que por esos días también acechaba un futuro incierto, y por partida doble: el menemismo a nivel nacional y la caída del campo socialista en el plano global. Y el Indio lo presentía, junto a sus consecuencias más remotas.  

De hecho, en la edición del diario Tiempo Argentino correspondiente al 7 de junio, Osvaldo Baigorria exhumó del olvido una extensa entrevista al Indio publicada a fines de 1986 en la Cerdos & Peces cuyo título –un textual que salió de sus labios– lo dice todo: “Los psicópatas serán los hombres del siglo XXI”. 

Una verdadera profecía que desarrolló con elocuencia; a saber: “De prosperar en el tiempo este orden sistémico en el que vivimos, la personalidad más apta para la supervivencia será la del psicópata. Y quizás ellos sean la desgraciada vanguardia de un nuevo sistema nervioso, aquel que va a poder soportar las rígidas tensiones del orden”.

¿Acaso en esos días pudo vislumbrar la aún lejana irrupción de estadistas como Javier Milei o Donald Trump?

Pero el Indio no era un predicador en el desierto, sino un cantante de rock. Y el aura cargada de misterio que latía en su personalidad, signada por un tenso equilibrio entre la timidez y sus fobias, fue expuesto por él en una entrevista para el mensuario El Porteño, efectuada por Rolando Graña, Jorge Warley y quien esto escribe, bajo el título La boca en el trombón, a fines de 1988. 

“Soy un rocker. O sea, un rocker es alguien que se mece por la vida. No tiene plan. Es un tipo que ha vivido la cultura del rock y que ha participado de las experiencias que esa cultura propició. A partir de ahí caben mil definiciones, pero la mejor es que justamente no pueda ser definida (…) Un rocker está sujeto a la situación urbana en que vive. A partir de ahí uno denuncia cosas. A mí me interesa el rock como música que nació de las clases oprimidas. El origen del rock son los ghettos negros y los blancos pobres del sur (…) Los rockers fuimos tipos de clase media que, en vez de seguir una carrera universitaria, buscamos una manera alternativa de vivir”.

Crédito Eduardo Rey

Pero las intenciones de toda vida tienen que vérselas con circunstancias sorpresivas y, a veces, ingobernables. En el caso de Los Redondos, tal punto de inflexión fue su crecimiento. Un proceso que, sin avisar, los tomó por asalto con la velocidad de un rayo. 

Eso coincidió con la desafección de Symns como monologuista y con el desembarco del grupo en el estadio de Obras Sanitarias. Desde entonces solo me crucé con el Indio en contadas ocasiones.

Obras fue –en términos de mercado– el ascenso de Los Redonditos a las ligas mayores del rock system. Eso ocurrió durante la noche del 19 de abril de 1991 con una catástrofe accesoria: el crimen de Walter Bulacio, de 17 años, en manos de la Policía Federal.

Más allá del consiguiente duelo y las polémicas generadas por este hecho en particular, la banda quedó aprisionada en una dinámica organizativa que los obligaba a planear sus recitales abjurando así de la libertad y del placer de tocar, como cuando lo hacían en lugares chicos. Sin embargo, en resumidas cuentas, sobrevivieron a las reglas que les imponía el sistema. Y con el ejercicio del arte en su estado más extremo. Es que el Indio era un tipo que tenía algo que decir, tanto con Los Redondos como en su etapa solista, secundado por sus cachorros: Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. 

Claro que, a partir de 2016, el Parkinson le trompeó en el plexo solar. Y sus apariciones escénicas se fueron diluyendo gradualmente. Pero estaba entre nosotros, aunque fuera, en los últimos tiempos, con formato de holograma. Y en paralelo, la creación, ya casi en soledad, lo mantenía vivo. 

Más allá de que el estilo musical de sus temas fueran fruto de un trabajo que él, hasta fines de 2002, compartió con Skay Belinson, un verdadero héroe de la guitarra, y, después, con otros virtuosos del pentagrama, la enorme magia de sus letras merece un capítulo aparte. Un capítulo que ahora, tras su muerte, salta a la luz de manera inequívoca.

La pregunta es: ¿cuál fue el gran enigma de su poética? Una poética que acarició el alma a millones de personas. Nunca en la historia del rock pasó algo semejante. Lo suyo era mucho más que el impacto de una prosa bella. Lo suyo era un diálogo personalizado con absolutamente todos los que lo oían. Tal vez ese atributo fuera el resultado de la influencia que habían ejercido sobre él los poetas beatniks norteamericanos de la década del ’60, a lo que él, desde luego, añadía la excelencia de su estilo. En otros términos, la gran multiplicidad de sus significados y significantes radicaba en que él construía imágenes que después servían para que cada oyente las acomodara en su cabeza. 

La desaparición física de este hombre no significa el final de ese diálogo. Y eso también es (y será) una victoria del campo popular. Y justo en medio de este presente distópico, cuyos hilos están entre los dedos de “los psicópatas del siglo XXI”, así como él, hace ya cuatro décadas, lo vaticinó. 

Millones de hombres y mujeres eso lo saben ahora en carne propia. Y sus enemigos, también. El futuro ya llegó. 

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