En la vieja casona de la Avenida Sáenz Peña al 800, donde vivían los Helguero, repetíamos cada noche, después de la cena, la misma ceremonia: trasladar las sillas a la vereda para sentarnos todos a compartir la vida antes de que acabara la jornada. De este lado los García, un poco más allá, los Almonacid, pasando mitad de cuadra, Doña Dina, mi abuelo Gustavo, que vivía casa de por medio, y nosotros, con la entrañable Dalmira, el tío Ernesto, y toda la cuadra: un mundo de conversaciones, murmullos con el último chisme, y los changos dando vueltas a la manzana. Algunas noches, para alegría de todos, pasaba el loco Jeff, con su antifaz de papel de diario. A quien quisiera saberlo, le explicaba, con paciencia pedagógica, que detrás de su antifaz de malas noticias, se ocultaba la poesía. Escribía poemas en las paredes del Ferrocarril Belgrano con una grafía infantil, que estallaba, casi siempre, en poderosas preguntas filosóficas: “¿Qué se gasta más, las ruedas de los autos o el pavimento?”.
Aquellos rituales de cercanía —la conversación en la vereda, el saludo al vecino, el ring raje— eran, aunque entonces no lo supiéramos, un poderoso engranaje de algo que venimos perdiendo: la vida en común, lo que nos lleva a una de las más amargas paradojas de este tiempo: nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, nunca fue tan difícil conversar, construir relaciones significativas, hacer comunidad. Las tecnologías digitales multiplican las interacciones, mientras corroen, con sus garras invisibles, la experiencia del encuentro. El smartphone estalla de mensajes, pero estamos cada vez más solos. A menudo es una experiencia sutil: la sensación de no ser escuchado, de no pertenecer plenamente a ninguna comunidad o de atravesar la vida sin que nadie conozca realmente nuestras alegrías y nuestros temores.
Con todo el respeto que merece ese campo disciplinar, el asunto no puede explicarse únicamente por factores psicológicos. Es necesario rastrear sus raíces culturales e históricas. Se consolidó una imagen del individuo como una unidad autosuficiente, llamada a realizarse por sí misma, a competir y a optimizar permanentemente su rendimiento. El ideal de autonomía, que en otros tiempos fue una promesa de emancipación, corre hoy el riesgo de transformarse en una condena silenciosa: cada persona queda librada a sus propias fuerzas, responsable en soledad de éxitos y fracasos.
Hannah Arendt[1] ya había advertido que perder los espacios compartidos empobrece la vida pública y debilita la experiencia de pertenecer a un mundo común. Quizá demasiado pronto olvidamos que la identidad humana se constituye en la relación con el otro. No somos individuos que, luego, se vinculan: somos seres que llegan a ser quienes son a través del vínculo.
Un problema estructural
Quienes se han ocupado, en el último cuarto de siglo, a estudiar este tema, no tienen dudas acerca de la seriedad del asunto y afirman que afecta, de manera simultánea, la salud física, la salud mental, la participación comunitaria y la cohesión social. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) la ha definido como uno de los desafíos emergentes más importantes de nuestro tiempo.
El Papa Francisco, en la encíclica Fratelli tutti, aborda —como sabemos—múltiples temas (diálogo social, política internacional, economía); aquí queremos tomar dos núcleos de notable espesor teológico. El primero, es la caracterización que hace del individualismo como pecado estructural, al que identifica como una lógica instalada en los sistemas sociales, económicos y culturales. Se trata de una profundización de la doctrina del pecado social, para tornar aún más evidente, cómo ciertas estructuras anulan la fraternidad. La novedad teológica de esta afirmación es que eleva un rasgo cultural moderno a categoría de obstrucción sistemática al designio trinitario.[2]
La segunda, es la pregunta esencial sobre los hermanos. Al plantear “¿a quién reconocemos como hermano?”, la Encíclica desplaza el eje de la pertenencia creyente (quién cumple normas) a la universalidad del amor samaritano. La fraternidad aquí no es un atributo ontológico abstracto, es una decisión concreta de reconocimiento. Esto conecta con la cristología: reconocer al otro es reconocer a Cristo en el migrante, en el no creyente. En el enemigo.
Algunas cifras globales
Volvamos a los datos que aporta la OMS. En 2025 informó que una de cada seis personas experimenta soledad, lo que se asocia a más de 871.000 muertes anuales en el mundo: unas cien por hora. Entre los jóvenes de 13 a 29 años, los niveles de soledad oscilan entre el 17% y el 21%. El aislamiento social afecta aproximadamente a uno de cada tres adultos mayores y a uno de cada cuatro adolescentes. Estos datos sugieren algo importante: la soledad ya no es un problema inscrito exclusivamente en la vejez. Los estudios muestran una incidencia particularmente elevada entre jóvenes y adultos jóvenes.
Una pandemia silenciosa.
Nuestro país no cuenta todavía con un observatorio nacional permanente de la soledad. ¿Acaso podría importarle a un gobierno que hace culto del individualismo y caracteriza de “monstruosa” a las experiencias comunitarias?
Sin embargo, distintos relevamientos sobre salud mental muestran una creciente sensación de desconexión social, especialmente entre jóvenes, personas mayores que viven solas y sectores afectados por la precarización económica. Cuando los vínculos laborales, comunitarios y familiares se vuelven inestables, la experiencia de pertenencia también se resiente. La soledad no es solamente una cuestión psicológica; tiene una dimensión social y política.
Dicho de otro modo, son dos procesos que se retroalimentan: la radicalización del individualismo y la creciente concentración del poder económico, puesto que transforman las condiciones bajo las cuales los seres humanos construyen vínculos, pertenencia y sentido. El hiper individualismo contemporáneo introduce una transformación profunda al convertir la autonomía en un valor absoluto y desplazar a un segundo plano las experiencias de dependencia recíproca, cuidado mutuo y responsabilidad compartida. La paradoja es que cuanto más se exalta la autosuficiencia, más difícil resulta reconocer la necesidad constitutiva que tenemos de los otros.
Nos hemos referido, en otras entregas, a la obra de Byung-Chul Han.[3] Su diagnóstico no es que vivimos bajo una sociedad represiva que nos aísla, sino bajo una sociedad que nos impulsa permanentemente a producirnos a nosotros mismos como proyectos individuales. El otro deja de aparecer como interlocutor y se convierte cada vez más en competidor, audiencia o consumidor. La consecuencia no es solamente el agotamiento; es la erosión de la experiencia comunitaria.
La concentración del capital añade otra dimensión. Durante gran parte del siglo XX existieron instituciones intermedias relativamente fuertes: sindicatos, asociaciones vecinales, clubes, partidos políticos, cooperativas, organizaciones culturales. Eran espacios imperfectos, pero ofrecían formas de pertenencia colectiva. La creciente financiarización de la economía y la concentración de recursos en grandes actores económicos han coincidido con el debilitamiento de muchas de esas mediaciones.

Cuando la lógica del mercado se expande sobre ámbitos cada vez más amplios de la vida social, los vínculos dejan progresivamente de percibirse como relaciones de pertenencia para convertirse en relaciones de intercambio. Así, el problema va más allá de lo económico para tornarse antropológico. Una sociedad organizada alrededor de la competencia tiende a producir individuos cada vez más desconectados entre sí.
Nada bueno podemos esperar si una sociedad comienza a considerar que la autosuficiencia es la condición normal de la existencia. Mientras aumentan las capacidades técnicas para conectarnos, disminuyen las condiciones sociales que permiten experimentar la pertenencia. La soledad deja de ser una mera experiencia psicológica para convertirse en un fenómeno civilizatorio.
Otro Papa, otra encíclica, el mismo grito humanitario
La reciente encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV, centrada en la dignidad humana en la era de la inteligencia artificial, advierte sobre el riesgo de construir una nueva “Torre de Babel”: una sociedad tecnológicamente sofisticada, pero incapaz de preservar los lazos que hacen posible la convivencia humana. Frente a ello, propone custodiar una “magnífica humanidad”, fundada en la dignidad de la persona, la solidaridad y el bien común. También allí es posible advertir una preocupación por la soledad. Cuando las relaciones son sustituidas por procedimientos, el diálogo es reemplazado por algoritmos y la eficiencia desplaza al encuentro, aparece una forma de empobrecimiento humano que ninguna innovación técnica puede compensar.
La historia de Tucumán está marcada por fuertes experiencias comunitarias: los barrios, los clubes, las organizaciones sociales, las parroquias, las universidades, los espacios culturales. Las luchas de su gente. Septiembre de 1812. El cierre de los ingenios. Los Tucumanazos. El genocidio.
Por esa historia sangran dolores y memorias que se miden hoy con dramáticos signos de fragmentación: jóvenes que encuentran dificultades para proyectar un futuro compartido, adultos mayores que atraviesan crecientes situaciones de aislamiento, y trabajadores sometidos a ritmos que ven escurrirse, como arena entre los dedos, el tiempo disponible para la vida en común. Una sociedad puede medir su desarrollo por su capacidad de producir vínculos. Allí donde las personas encuentran espacios para conversar, participar, crear y reconocerse mutuamente, la soledad pierde terreno.
¿Cómo podríamos formular la pregunta clave de este tiempo sombrío? Sería ¿cuánto podemos hacer gracias a la tecnología? ¿O cuánto somos capaces de permanecer juntos en medio de ella? Magnifica Humanitas sugiere que el desafío fundamental es preservar aquello que hace verdaderamente humana a la humanidad: la capacidad de compartir el mundo con los otros. Aunque el otoño regale crepúsculos fríos, los invito a sacar las sillas a la vereda, sentarnos a compartir la vida antes de que acabe la jornada. De este lado los Benítez, un poco más allá, los Aibar, pasando mitad de cuadra, Doña Carmen, el abuelo Julio, la entrañable Cristinita, el tío Rody, y toda la cuadra. Hagamos un mundo de conversaciones, murmullos con el último chisme, y que los changos no se cansen nunca de darle vueltas a la manzana.
[1] Arendt, Hannah (2005): La condición humana, Paidós, Madrid.
[2] El designio trinitario (o designio de amor) es el plan eterno de Dios para la creación y salvación de la humanidad. Nace del amor de las tres personas de la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo). Sus aspectos clave son el origen eterno (plan de gracia concebido desde antes de la creación del mundo, impulsado por el amor y la comunión del Dios Trino); la acción conjunta: cada persona divina actúa según su propiedad personal (el Padre envía, el Hijo se encarna y redime, el Espíritu Santo santifica), las tres lo hacen de manera inseparable en una sola obra salvífica; y, finalmente, el despliegue histórico (se manifiesta a lo largo de la historia de la salvación y se prolonga hoy en la misión de la Iglesia.
[3] Han, Byung-Chul (2021): La sociedad del cansancio, Herder, Madrid.
