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Los costos de un peronismo en crisis

Entre la prisión de Cristina, la disputa por la conducción y la ausencia de un horizonte común, el peronismo enfrenta una crisis que excede los nombres propios y pone en juego su capacidad de construir futuro. Por Demian Verduga

La despedida del Indio Solari fue un fenómeno social difícil de definir por su magnitud e intensidad. Y tuvo también un impacto político en el peronismo. Máximo Kirchner tenía una relación personal con el Indio y su familia. Ante la desidia del gobierno nacional frente a un funeral que se sabía que sería un acto de masas, el peronismo logró dejar por un rato de lado sus peleas ancestrales. Máximo, el gobernador bonaerense Axel Kicillof y el intendente de Avellaneda, Jorge Ferraresi, trabajaron en conjunto para organizar en el estadio José María Gatica una despedida pacífica y mítica del líder de los Redonditos de Ricota. Por un momento pareció que era la señal de un cambio de clima en la interna del peronismo bonaerense. Fue un giro destacable, pero no definitivo en un escenario contradictorio.

Este sábado hubo un banderazo en el Parque Lezama para pedir por la libertad de Cristina Fernández y otra vez —por suerte— confluyeron algunas de las tribus que están enfrentadas. La prisión y proscripción política de Cristina tienen el objetivo de dar una lección histórica sobre la sociedad argentina, mostrando lo que le puede ocurrir a quien afecta determinados intereses. Tiene un sentido que a veces no parece quedar claro en todas las tribus peronistas. Además de la lección histórica, hay una meta del sector más arcaico de la derecha argentina: que la expresidenta termine su vida presa. Es cruento describirlo de esta forma, pero es así.

Por eso la liberación de CFK debe ser un objetivo innegociable y central para el movimiento nacional. Incluso, si se quiere, desde una perspectiva egoísta. No es sólo para que CFK viva con la libertad y los derechos políticos y patrimoniales que le corresponden, por ser una expresidenta víctima de un poder judicial manejado por grupos económicos locales y la embajada de Estados Unidos. Es por la propia supervivencia del movimiento nacional. Si la derecha logra su objetivo, que Cristina termine su vida presa, el movimiento nacional sufrirá un golpe que lo debilitará mucho más que la victoria electoral de Javier Milei o la de Mauricio Macri en 2015. Una elección finalmente es un hecho coyuntural que dos o cuatro años después se puede revertir. Una líder histórica que termina su vida presa con una tobillera es algo que queda grabado en la piedra. La política se analiza en general como un juego de ajedrez cerebral, en el que una pieza se mueve pensando en la reacción del otro y previendo la respuesta a esa reacción. Esto es algo más dramático. La forma en que terminan los grandes líderes marca la historia por décadas. No son un mero detalle. Pregúntenle a los colombianos qué pasó luego del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, por poner un ejemplo. Se desató una guerra interna que lleva décadas.

La sucesión infinita

El cristinismo puro debe reconocer sus propios problemas de conducción. Cuando en una cena de 20 personas hay 18 traidores, cabe preguntarse si el problema son los supuestos traidores o un tema de conducción. La estrategia de La Cámpora, tratar de suplantar a buena parte de los liderazgos peronistas distritales atándose a la locomotora de CFK, un plan que empezó a desplegarse hace muchos años, salió mal. Esos liderazgos locales no tendrán la relevancia histórica de Cristina o Néstor, pero tenían y tienen peso en sus terruños. Y la idea de que las opciones que se les brindaban eran someterse o ser desterrados fue lo que sembró a lo largo del tiempo una extensa lista de supuestos traidores. Puede entenderse el ímpetu de la nueva orga juvenil y el objetivo de que los nuevos reemplacen a los viejos. Pero la política se evalúa por los resultados. Se sembró un exceso de enconos entre decenas de dirigentes que vieron en el liderazgo emergente de Axel Kicillof un escudo.

La complejidad shakesperiana de la interna peronista incluye un interrogante sobre el propio Kicillof. El gobernador llegó a la conclusión —con razones objetivas— de que Cristina y Máximo Kirchner iban a hacer lo posible para que él no fuera candidato presidencial o, en caso de que lo fuera, para que estuviera absolutamente condicionado en su accionar. Una persona que quiere liderar no puede someter esa vocación a la voluntad de otro, incluso si ese otro es un líder histórico, incluso si es su mentor. Porque someter la vocación de liderar a la voluntad de otra persona es en sí mismo una falta de convicción. Para decirlo fácil: quien somete su vocación de liderar a la voluntad de otra persona no es un líder. En ese sentido, la posición de Kicillof es clara: quiere liderar y no va a someter eso a la decisión de nadie más que a la del pueblo argentino.

Pero siempre que hay una de cal hay otra de arena. El interrogante es: ¿entiende el kicillofismo el peso histórico de la liberación de CFK? ¿Tiene claro que su propia capacidad de acción en caso de llegar al gobierno depende de torcer esa huella histórica? Cristina está presa, entre otras cosas, porque Washington quiere que esté presa. El secretario de Estado de Donald Trump, Marco Rubio, le quitó la visa para ingresar a Estados Unidos el 21 de marzo de 2025. Y dos meses y medio después la Corte Suprema conducida por Horacio Rosatti, tribunal que obedece las órdenes de la embajada americana, dejó firme la condena contra la expresidenta. Liberar a Cristina es una decisión de política exterior también. Es un acto de soberanía. Y sin ampliar los márgenes de soberanía no hay margen de independencia económica ni justicia social.

La interna peronista enfrenta todas estas complejidades. Tiene además un elemento que todos los actores de este drama deberían tener en cuenta: es una interna que parece una pelea familiar. Es poco atractiva para quienes no estén involucrados de manera directa. Sólo se discuten lealtades y traiciones.

La política siempre es personal. El tema es que esta disputa parece solamente personal. ¿Dónde están los debates peronistas sobre la deuda externa, el modelo productivo, la relación con Estados Unidos y China, la política social, energética, de seguridad? Todo parece reducirse a quién traicionó a quién. Y es imposible que eso funcione como un imán para la sociedad. Al contrario, es expulsivo. Es lo que le pasó al MAS en Bolivia. Ese fratricidio terminó destrozando a un movimiento que era invencible y que les dio a los bolivianos el mejor presidente de su historia, que fue Evo Morales. Un líder que al mismo tiempo no pudo, no supo o no quiso construir continuidad.

El destino del movimiento nacional argentino no está escrito. Depende de lo que hagan y entiendan sus protagonistas.

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