En “Sonrisas”, un poema de su libro Son memorias, Francisco Urondo escribió que había visto la mueca de la muerte y dictó un testamento: “dejo todo lo que tengo, es decir/ nada más que el porvenir que/ no viviré; dejo la marca/ de ese porvenir”. A cincuenta años de su asesinato, con la obra literaria y periodística reeditada y la memoria reparada en un juicio por delitos de lesa humanidad, esos versos contienen un interrogante que sigue abierto y condensan las elecciones del poeta y militante.
Urondo murió el 17 de junio de 1976 en Guaymallén, Mendoza, al caer en una emboscada de policías y militares. La periodista y militante Alicia Cora Raboy, secuestrada en el mismo operativo, permanece desaparecida. Ángela Urondo Raboy, la hija de ambos, tenía diez meses; su tía paterna y su abuela materna la rescataron al viajar a la provincia. Emma Renée Ahualli logró escapar y declaró como testigo en el juicio realizado en 2011 que concluyó con las condenas de cuatro policías y militares.
Poeta y militante político en primer lugar, pero también periodista, dramaturgo, crítico literario y teatral, guionista de cine y televisión, la figura de Urondo debió abrirse paso desde la noche en la que quisieron confinarlo los victimarios. El comunicado del Tercer Cuerpo de Ejército sobre su muerte lo presentó como “un delincuente subversivo”, al que ni siquiera identificaba, y por mucho tiempo quedó instalada la versión falsa de que había tomado la pastilla de cianuro al verse rodeado por los represores.

Urondo dijo que había tomado la pastilla “para que nos fuéramos, para que no nos opusiéramos”, declaró Ahualli, y se quedó para cubrir la fuga. Había llegado a Mendoza en el mes de mayo. “Cuyo era una sangría permanente desde 1975, no se la podía poner en pie”, escribió Rodolfo Walsh al enterarse de la muerte de Urondo; en el mismo texto revela el nombre de guerra, Ortiz.
El poeta entrerriano Juan L. Ortiz (1896-1978) fue una referencia fundamental en la visión del mundo de Urondo y el nombre de guerra supone su último homenaje. “Creo en una sabiduría de intemperie”, dijo un joven Urondo en una entrevista de 1957 donde retomaba versos de Ortiz, según los cuales la poesía “es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin”.
Poesía en acción
Nacido en Santa Fe el 10 de enero de 1930, Urondo se formó en el ambiente de los poetas e intelectuales del Litoral, con Fernando Birri y Miguel Brascó. Su primer texto publicado, en 1952, refiere a Ortiz y en posteriores artículos periodísticos y de crítica literaria lo sitúa junto a Oliverio Girondo y Macedonio Fernández como parte de un canon alternativo al de la cultura liberal todavía hegemónica, a la que ve representada en el grupo de la revista Sur y en la figura de Jorge Luis Borges.
La “sabiduría de intemperie” describe una relación sensible con el mundo en la que la percepción de la belleza es indisociable de la conciencia del dolor y la injusticia inherentes a la existencia humana. El ensayo Veinte años de poesía argentina (1968) muestra a un Urondo preocupado tanto por los problemas del lenguaje poético como por el lugar del escritor en la sociedad y por su relación con la política. Un artículo dedicado al poeta y guerrillero peruano Javier Héraud sitúa en 1964 otro punto de partida en su reflexión sobre las conexiones entre la vanguardia literaria y la acción revolucionaria.
Urondo une ambos términos en su propia práctica, que enuncia remitiéndose a la etimología del término: “poética en griego quiere decir acción, en este sentido no creo que haya demasiadas diferenciaciones entre la poesía y la política”. La idea resuena en sus poemas, notoriamente en “Del otro lado”: “Hubo muchas anécdotas como ésta ¿Quién/ no tiene cosas horribles que contar? ¿Quién no tiene/ su historia? Pero nadie supo qué decir, nadie supo/ qué hacer, cuando alguien contó la historia”.
El poema pregunta sobre la acción de los intelectuales e ilumina la incorporación de Urondo en 1969 a las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Ese paso sigue al de su hija Claudia Josefina Urondo Murúa (1953, secuestrada y desaparecida en 1976) y a la vez está precedido por la pertenencia a una familia donde se cultivaban los valores de la Reforma Universitaria y por una etapa anterior en el Movimiento de Liberación Nacional, un grupo de escritores, artistas y académicos liderado por los hermanos Ismael y David Viñas y con escasa inserción fuera del ambiente intelectual.
Autor de la entrevista con Carlos Olmedo que expuso los principios de las FAR y participante en el copamiento de la localidad de Garín donde se presentó la organización (1970), Urondo se reveló plenamente consciente de los riesgos del compromiso político en sus poemas y en la novela Los pasos previos (1973), presentó “la historia —fiel, sumisa, real, cotidiana— de la incorporación del equipo intelectual latinoamericano a la lucha revolucionaria”, según la descripción de Ángel Rama.
La historia de Los pasos previos se despliega entre 1966 y 1969, y parte de la acción transcurre en La Habana durante las vísperas del Congreso Cultural de 1968. Urondo asistió a ese encuentro; en la novela reelabora las discusiones sobre la estrategia revolucionaria después de la muerte de Ernesto Guevara en Bolivia y en particular el debate sobre la participación de los intelectuales en el proceso.
A diferencia de la mayoría de los escritores e intelectuales que apoyan la lucha armada solo con declaraciones y solicitadas, como dice en Los pasos previos, Urondo se compromete en la acción. En ese plano pone en juego también el nombre de autor, lo más valioso en el imaginario convencional del escritor, por ejemplo en diciembre de 1972 cuando alquila a su nombre una quinta de Tortuguitas que funciona como casa operativa de las FAR antes de su fusión con Montoneros.

A la vez no deja de escribir, aun a pesar de las tensiones con la dirección de Montoneros que empiezan a visibilizarse con la experiencia del diario Noticias (1973-1974), que compartió con Walsh, Miguel Bonasso, Juan Gelman y Horacio Verbitsky entre otros periodistas. Urondo milita en la villa General Sarmiento, de José C. Paz, y comienza Cuentos de batalla, un conjunto de poemas que continúa en la cárcel de Villa Devoto después de su detención en Tortuguitas el 14 de febrero de 1973.
En Villa Devoto están también presos María Antonia Berger, Alberto Camps y Ricardo Haidar, los sobrevivientes de la masacre de Trelew. Entre la noche del 24 de mayo y la madrugada del 25 de mayo, Urondo se reúne con ellos en una celda y en medio de la efervescencia del resto de los detenidos ante la amnistía del presidente Héctor Cámpora, graba la entrevista que conformará el libro La patria fusilada.
En la entrevista con los sobrevivientes de Trelew, Urondo recurre a una experiencia como periodista que transcurre desde las colaboraciones con la revista Leoplan a principios de los años 60 a las notas como integrante de la redacción del diario La Opinión entre 1971 y 1972. En ese tránsito consolida una forma propia, la entrevista “casi sin preguntas”, donde la voz del entrevistado se presenta sin intervenciones del cronista al margen de una breve introducción y de observaciones mínimas. Enrique Cadícamo y Nicanor Parra, Tito Lusiardo y Elías Castelnuovo, Elisabeth Shine (compañera de Roberto Arlt) y Ramón Gómez de la Serna son algunos de sus interlocutores en textos donde Urondo pone de relieve el trabajo que el periodista dedica a la forma de narrar, el modo en que construye un orden con los elementos de una historia.
La obra de Urondo fue redescubierta a partir de la reedición de Los pasos previos y un dossier publicado por Diario de Poesía en 1999. Siguieron las ediciones de Obra poética (2006), Cuentos completos (2011), Ensayos (2013) y Obra periodística (2015) y falta la de su obra como dramaturgo: un conjunto de cinco piezas, entre ellas Veraneando, nunca publicada en Argentina. A cincuenta años de su asesinato, “la marca del porvenir” que constituye su legado es un desafío y un recordatorio para el presente.
Píxel / Revista Zoom
