Original, profunda y audaz, la ficción de Giovanna Rivero (Santa Cruz, 1972) es una apuesta por la narración como forma de intervenir en el mundo convulsionado por la desigualdad y la violencia. Sin ingenuidad y con una preocupación por la forma de contar este tiempo histórico, la autora de novelas como 98 segundos sin sombra y los cuentos reunidos en Para comerte mejor y Tierra fresca de tu tumba tiene nueva novela publicada en nuestro país por el sello Marciana: Alma oscura del alba.
En el suroeste de Estados Unidos nace esta fábula política en la que una docente boliviana, Alma Montes, da clases de español a una comunidad llamada Sin Huella, en la reserva Red Hill, mientras resisten el desembarco de una empresa canadiense llamada Great Horizon. El proyecto: disponer sus máquinas de fracking para devastar tierras ancestrales de esta comunidad y contaminar el río Escarlata.
“El cosmos sobre el que gravitan estos personajes es muy novela total de mi mundo. Creo que tiene la misión de abrir ese tejido, los puntos de contacto, las búsquedas que he venido haciendo”, resume en diálogo con Pixel. Si bien vive en Estados Unidos desde hace dos décadas debido a su trabajo como docente e investigadora en la Universidad de Iowa, sigue de cerca la vida política de su país natal Bolivia. Sobre la coyuntura actual y su nueva novela habla en esta entrevista.
—La novela pone en escena la discusión por los recursos naturales más ligada a la trascendencia. ¿Qué implicaba poner en juego esa perspectiva?
—Siempre hay una justificación de orden utilitario y, aunque eso sea cierto, a veces no necesitamos justificar ese árbol porque es el pulmón de esa zona o ese río porque abastece a una población. Si somos mera existencia, su existir debería ser la justificación más alta para cuidarlo. Parecería que, si algo no se transforma en otra cosa o no produce un beneficio inmediato, entonces es inútil. Esa cierta pulsión de inmediatez también nos hace perder la paciencia de la observación para dejar que las cosas fermenten y se expresen. Tampoco hay lugar para el dolor, porque lo hemos desnaturalizado. Y, sin embargo, el dolor forma parte de la experiencia humana, de la carne atravesando el tiempo. Es la medida de nuestro vínculo con el mundo.

—Willa, Alma y Enola son personajes de tres generaciones que, de distintas maneras, son las más perjudicadas por este capitalismo feroz pero que aun así no dejan de hacer. Por ejemplo: con las clases, conectando con otros. ¿Cómo fueron apareciendo estas mujeres?
-En la novela 98 segundos sin sombra trabajé la idea de la abducción extraterrestre con una tentación: la de pensar qué pasa al cortar el vínculo con la tierra. Es una novela más en clave realista pero la protagonista cree que la va a abducir un ovni y termina con la posibilidad de que eso ocurra. Desde que se publicó, en 2014, me pregunté qué pasaría si radicalizaba el viaje de ese personaje y lo transformaba en el principio de otra búsqueda. Fui trabajando esa idea y se fue imbricando con mi interés por el tema de la vida en las reservas latinoamericanas en Estados Unidos. Reverberaban en mí clichés de ciertas películas donde se representaba a los indios de las tribus o naciones latinoamericanas con pieles y tirando flechas. Eran imágenes que me remitían a las novelas de pistoleros que me leía mi abuelo donde siempre había un vaquero peleando. Empecé a disputar con esa imagen y me pregunté cómo sería crecer en este siglo en una reserva, qué mirada del mundo y cuán tuyo sentirás a Estados Unidos. Es una pregunta que me había hecho desde otras parcialidades culturales bolivianas como, por ejemplo, la de un menonita en el libro Tierra fresca de su tumba. Me interesaba pensar cómo se vive esta bolivianidad más dispersa, más híbrida si vivís en estas otredades que no siempre han sido integradas a la conversación pública.
—En esta novela también está tu mirada desde Estados Unidos…
—Claro, acá me hacía estas preguntas pero desde mi actual pertenencia: hace 20 años que vivo en Estados Unidos y alguna que otra vez tuve estudiantes con apellidos que remitían a las naciones nativoamericanas. Empezó a obsesionarme cómo se viven las injusticias de este país desde adentro, entonces empecé a buscar literatura, información. En estas tierras sucede el alcoholismo, la muerte pero también la esperanza y esa lucha por sus reservas naturales como, por ejemplo, esa zona de agua.
—Para los personajes Taye y Alma, la escritura se plantea casi como una necesidad. En tu caso, ¿tu encuentro con la escritura fue así?
—La escritura consciente sí, la escritura como una tentación o pulsión estuvo desde que me di cuenta de que la mano podía escribir. Desde muy niña me maravillaba que la mano pudiera simbolizar. Ya cuando en la juventud empecé a escribir ficción como una decisión más tomada constituyó desde siempre este lugar de refugio. Una idea que podría implicar que afuera está el peligro y la amenaza pero, sin embargo, también es una justificación porque la escritura de un cuento o una historia multiplica la vida. Soy de un pueblo, de una provincia en Bolivia y siempre sentí que había algo que me asfixiaba y no sabía qué. Me habría ocurrido lo mismo en cualquier lugar del mundo: sentir que la vida que te tocó es privilegiada y que los modos de acceder a ella no siempre están al alcance para todos. Poder escribir es tender puentes. Decidí que si podía iba a escribir el resto de mi vida.
—En tu ficción, los jóvenes tienen un lugar de lucha. ¿Qué lectura hacés de lo que pasa con ellos en este presente?
—En la novela estos jóvenes son sujetos sacrificiales, se espera un montón de ellos. Taye insiste en cuestionar al hermano mayor planteándole que les están pidiendo un acto de magia al pedirles que solucionen problemas de siglos. Y Russell, el hermano de Taye que está en la medianía de edad y es un hombre todavía joven, está sosteniendo ese fuego tan tenue de la utopía. Le di el encargo a Russell y no al hermano menor porque, justamente, una de las cosas que más me preocupa en relación con mis hijos, que tienen 26 y 30 años, es el mundo en el que les está tocando luchar con la economía, la realización personal, incluso los amores. Es un desafío dónde encontrar el amor. Las personas van en contra de lo que decía Alain Badiou hace unos años, que el amor es siempre una cita a ciegas en la que no estás calculando. Pero las nuevas generaciones están haciendo esos cálculos porque es muy dura la propia vida, más aún con una pareja que te va a traer estas tareas extra. Mi gran preocupación es qué hago con mis jóvenes de la novela, no los voy a convertir falazmente en unos superhéroes porque no pueden. Las circunstancias sociohistóricas no se les brindan para que sean los superhéroes. Estos jóvenes se enfrentan a situaciones que vuelven mucho más desafiante el llamado de esa trascendencia. Quiero ser protagonista de este tiempo histórico aunque tenga que poner el cuerpo, la vida. En Bolivia hay juventud que está a la vanguardia, alertando sobre las injusticias pero no son esa mayoría que fue en los 60, 70. Ahora tu cuerpo está partido, dividido entre las luchas más precarias de supervivencia.
—¿Cómo es hoy tu vínculo con Bolivia?
—Venía viajando asiduamente hasta hace dos años que firmé un contrato de trabajo full time y todos mis viajes se detuvieron. Tengo pensado volver a Bolivia el mes que viene, lo siento una eternidad. El cuerpo te pide oler la tierra, escuchar, me gusta mucho ir al mercado a escuchar a la gente hablar. Me hace mucha falta que me abrace el sonido. Mi vínculo con Bolivia es de amor, de preocupación. Siempre he dicho que Bolivia es el lugar de mis más altas esperanzas e ilusiones y mis más grandes dolores. El mundo está superpolarizado y Bolivia no escapa de eso, es otra trampa más del capitalismo. La veo con dolor y preocupación pero también con ilusión, mis sobrinos más chicos van creciendo y veo lo difícil que es el día a día. A cada generación le toca librar batallas muy particulares. Es tarea de cada generación ver qué se espera, qué límites tiene que poner con la tarea no menor y humana de intentar ser felices a pesar de todo. Observo con mucho respeto porque creo que el cuerpo es un radar de información fundamental y mi cuerpo no está allá, yo no estoy en la calle, no estoy luchando por el pan de cada día allá. Entonces, por ese principio de respeto, me toca observar con la mayor empatía y acompañar con un silencio respetuoso.
—¿Cómo leés lo que se escribe hoy en América Latina?
—Siempre estoy leyendo a contemporáneos, incluso antes de que se publiquen, porque estoy trabajando en la carrera de escritura creativa de la universidad de Iowa y tengo el privilegio de ver lo que se está imaginando y todavía no está en librerías. La pulsión creativa que noto es un interés por lo que ha sido la tendencia de los últimos años por el gótico latinoamericano como otras formas de abordar los realismos. Noto una intención de mirar las periferias de las periferias, abrir el pliegue dentro del pliegue.
Con respecto a lo que sí he estado leyendo ya publicado, hay una autora boliviana Camila Urioste que tiene una muy hermosa novela que se llama Manqapacha Delight que es una historia genial sobre un lugar –que podría ser Bolivia– donde el derrumbe de los grandes poderes ya fosilizados se lleva a cabo a través de la acción de mujeres. Es interesante por cómo se articula lo femenino en un elemento de poder dentro de la novela.

—En tu novela está presente la tensión entre América Latina y Estados Unidos. ¿Cómo te interesaba abordar ese planteo?
—También quise subrayar algo que ya había trabajado en Tierra fresca…: la idea de la migración y de cómo, aunque te hayas ido del país hace muchos años, ese vínculo se renueva, se reinventa. No hay nada más engañoso que la memoria como texto histórico. Creo más en la memoria como documento, porque ahí es realmente fiel. En cambio, en el registro histórico tiene todo el derecho de contaminarse con la vida misma.
En Tierra fresca… había trabajado con esta idea de una memoria que trastoca la de un país
Píxel / Revista Zoom
