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Postales Ricoteras

Crónica de una despedida imposible: la fila, el duelo y la mística popular alrededor del Indio Solari como experiencia colectiva, filosófica y sentimental de una Argentina que todavía busca cantar unida. Por Eric Calcagno

Quedamos desorientados. Algunos hablan de terrible piña que nos propina el destino. A la cabeza, en el estómago, siempre al corazón. Y así estamos. Cada cual la recibió donde más duele. Si caímos nos levantamos, más rápido los más jóvenes, más lento los que somos más viejos. Tambaleamos un poco antes de tratar por todos los medios que Solari viva más. Alguien postea lo de Bioy Casares “hoy es el primer día sin Borges”. Pero no hay, que sea mañana, falta definir hora y lugar, disfrutemos de esa mezquindad y que no sea nunca. La muerte, que vulgaridad. Por justicia, será el Conurbano quien reciba al hijo pródigo. Ahora se viene. Vamos, quiero decir. Toca hacer la fila India. Cantando. Algunas lágrimas surcan caras en silencio, sin parar. Quien grita y gime es abrazado de inmediato. Alterna la tristeza y la alegría. 

Cada cual tiene un camino propio al Indio. A mí me agarró en la vereda de Santa Fe al 1100, al salir de una cena con mi tío Bocha y la tía Copito. Eran los ochenta y cuando salía del concheto edificio pasaron dos pibes que me alcanzaron un volante de Patricio Rey. Todo parecía posible en esos años posdictadura, y eran tantas y tantos en resurgimiento que por qué alguien no podía llamarse Patricio Rey. Los dos se fueron hacia la Nueve de Julio, debo decir que no se notaban las alas. Ahora en la fila comprendo que Los Redondos te eligen, vos no elegís a los Redondos. Que los viejos, una novia, la barra de amigos. Desde la tumba o en medio de placeres artificiales, que ambos encierran, cada cual y todos tenemos la Anunciación. A veces la fila fluye, como en un beso, o va por sacudones, como en el amor. Quizás por eso sentimos -sabemos- que el Indio nos habla a cada uno y a todos en cada tema. Las letras están ahí para contener cuando la cosa va mal, para festejar cuando van bien. Un amado amigo me mandó el vinilo de Gulp! cuando tuve el destino de estudiar afuera. Vaya si ayuda cuando una está groggy sin destilar.  Experiencia personalísima, y que por repetirse tanto en tantos sólo puede ser colectiva, siempre eterna y renovada invitación al viaje. La fila se mueve, avancemos.

Hay momentos de introspección en la espera, al menos cuando se va solo. Voy a prender un cigarrillo y alguien me alcanza un fernet con coca, eso no se rechaza, al empinar la botella recortada reconozco a Marcel Proust, ataviado con la clásica remera de OKTUBRE, muy sonriente, el jopo en desorden, los bigotes desordenados, con sonrisa de Puticlub. Da cuenta de mi sorpresa, y me dice que ¡acá está el tiempo recobrado, papá! ¡Acá no perdemos el tiempo! Vuelve al mini-pogo, como tantos que surgen al capricho de la música que aflora aquí o allá, mientras grita “Cómo puede ser que te alboroten mis placeres”. Qué Marcel este, ché. De allí sale sorprendido y sonriente Henri Bergson, le paso el fernet mientras me garronea un cigarrillo. “Mirá”, me dice, “vos podés saberte todas las letras de los Redondos, saber la vida y obra del Indio y de Skay, conocer qué tema se tocó en cada misa, dártelas de sommelier crítico o gorila pseudo-ilustrado… ¡todo eso no vale vivir un pogo!” Mientras, trato de manotearle lo que queda del fernet, pero un Premio Nobel de Literatura no es presa fácil. “La risa, la alegría, ¡es lo que nos va a salvar de las máquinas! Vaaamooo lo Redoooo” canta desafinado, mientras me grita “vivir sólo cuesta vivencia ”mientras se pierde en la fila, encima me afanó el atado y se fue con el fernet. No tengo tiempo ni ganas de correrlo, que la fila avanza y pasamos un retén. Mientras miro con ojos perdidos al vacío al asfalto mojado, alguien me abraza para llorar en el hombro. Entre sollozos extiende el otro brazo hacia la interminable fila India y me habla de un principio espiritual, hecho de pasado y de presente, que son lo mismo, que los trapos son el deseo de vivir juntos, que hay esfuerzos, sacrificios y devociones en el pueblo ricotero, que acaso es la expresión del pueblo mismo, son las condiciones esenciales para ser pueblo: tener glorias comunes en el pasado y voluntad de continuarlas en el presente. Levanta la cabeza Ernest Renan mientras se limpia los mocos. “Uno ama en proporción a los sacrificios que ha cometido y los problemas que ha sufrido” y también es la voluntad colectiva para hacer grandes cosas juntos en el futuro. “Nos merecemos bellos milagros, y ocurrirán”, me dice entre hipos después de dejarme la campera hecha un asco, y vuelve a la fila con los padres, hijos y nietos que se abrazan mientras llevan un trapo común “Nación Ricotera”. Al menos el cigarrillo que fumo no viene de ningún atado. ¡Ja Ja que fuerte lo de Marcel Proust!

Ahí sí, la cosa se espesa. Es que estamos cerca. Los regimientos ricoteros, dispersos y ordenados, esperan el momento. ¡Qué momento! Sí, hay espera todavía, pero la ansiedad se come el tiempo. Todos seguimos las indicaciones de la organización, quizás conscientes del privilegio que tenemos de sufrir a cielo abierto, mientras ellos nos cuidan la pena. Luego, son imágenes, como flashes. Imposible describir. Es como estar lanzado y sin embargo inmóvil. Estamos juntos. Sólo es posible transitar ese momento entre todos. Inexplicable. Sin palabras. Que no es posible medir lo que se siente. Íntimo y colectivo al mismo tiempo. Querer estar sin molestar. No voy a velorios. Prefiero el “dulce recuerdo” de una eterna despedida. Eso me ha permitido quedar mal con mucha gente, aunque no con los muertos. Sin embargo, aquí. Para mÍ fue una avalancha, casi como con Néstor. De la luz gris a la luz oscura. A brillar, mi amor. Nada de celular. Es el momento del ser arrojado a si mismo. Las imágenes, el cajón, las ofrendas. Así de los héroes de Homero en la Grecia antigua como al Indio en el Conurbano. Eso lo pensé después. En ese momento no hay nada más de lo que es. De lo que se es. De lo que se quiere ser, en la experiencia de la conciencia que es tener el Indio allí, o que él nos tiene para liberarnos. Pararse de manos. El barrio y el infinito. Gritos de amor y de locura, que acaso son lo mismo. ¿Acaso grité yo también? No recuerdo. Estaba como fusilado por la Cruz Roja. Después salir, ¿para ir adonde? Todo es vano. El esfuerzo de la marcha en forma de fila tuvo la recompensa de esos minutos, lo más parecido al infinito. Después el vacío, como después del amor. Caminar unos pasos. Volver a casa, no se como, sin duda por reflejo. Sin palabras. Me duele el tobillo derecho (triple fractura hace un año), bastante. La Vieja Guardia muere, pero no se rinde. Gracias Míster. Queda compartir lo vívido vivido. 

Toda vuelta es larga y azarosa. Si no, pregúntele a Ulises, que también estaba en la odisea de la fila, con Penélope y Telémaco, ricoteros como todos mitos del bien. ¿Hay que pensar cuando sólo quiero sentir? Pero ese sentimiento, ¿no precisa del pensamiento para durar? Bueno, ejercicio intelectual. Después de todo, soy eso. Un intelectual francoperonista, claro, no un ejercicio. ¡Puaj! ¿A quién se parece el Indio Solari? Mmmmhhh… sí, ese puede ser. Culto, pero poco popular. Lo siento. Sólo lo popular es cultura, sino es mera erudición. ¿Este otro? Pero le falta espíritu ricotero. Es complicado. Así que si queremos comparar a Solari con alguien debemos ir a las más altas cimas, donde ya no quedan cobardes. Tiene que ser alguien que haga Bardo. ¡Claro! Es Shakespeare. ¿O acaso Macbeth no es “Nuestro amo juega al esclavo” porque “violencia es mentir”? Demostramos estos días que el bosque en marcha destinado a terminar con la tiranía será ricotero. “Un perro nunca mira al cielo”. ¿Un perro vivo? Y si hablamos de celos, ¿no es acaso Otelo el parámetro que encontramos en Etiqueta negra con el “celo moro”? ¿Qué hacemos con la razonada locura del buen Hamlet en “Beef or not to Beef”, cuando todo es consumo plástico resuena “pensado en vos siempre / siempre extrañándote”? Y acaso no está todo Romeo y Julieta en Juguetes Perdidos, “cuando la noche es más oscura se viene el cielo en tu corazón”? “Somos juguetes del destino”, confirma Mercutio. Y en la última Tempestad que nos da Shakespeare, leemos la súplica del Bardo al público para que “la indulgencia me libere”, que es lo que canta el Indio en “yo ya no puedo cumplir / hazañas que prometí”. 

Y así podríamos seguir. Digamos que tanto Shakespeare como Solari vivieron vidas discretas, aunque frecuentaron los escenarios, uno en la Inglaterra de hace cuatro siglos, otro en la Argentina de hoy. Ambos cultivaron lo popular con exigencia, para ellos y para los demás, en esa forma de respeto que enaltece a quien escribe y actúa como a quien mira y disfruta. Aunque hayan sido o sean “chorros, drogadictos, suicidas, rotos”. La diferencia está en que el Teatro Globo de Londres había espectadores, y que en Jijiji hay pogo: quien asiste participa. Es un tema de tiempos, no de superioridades sin sentido. La comparación vale en tanto las preguntas son las mismas, realizadas por artistas que desde el margen pudieron apreciar el todo, y representar los dramas de todos los días, a veces bajo la forma de Reyes, otras en la invocación de la hija del fletero (divina infinita). Es el arte en marcha. Son temas universales. Rocambole.

Que los protagonistas tengan la próxima palabra -que no la última. Una joven dice “tengo nostalgia de un momento que no conocí”. Un pibe con dos operaciones de corazón dice “gracias viejo que me pusiste Gulp!” en el hospital, otra afirma “Se robó todas las palabras”. Una señora recuerda que con menos años “me escapaba de casa”, pues la libertad es liberación. Tercia otra: “Me acaban de operar de cáncer de mama. Vivir sólo cuesta vida”. Algún desdentado dice “El Indio se comió todo mi dolor”. Se me confunden las redes y los testimonios, sobre aquel “hizo leer a los presos y bailar a los filósofos”. “La gente lo necesita”, “cuando di a luz sonaba el Indio”. “La muerte me besó dos veces en la frente y el Indio me salvó”. Mucho “Cristina Libre”, “Viva Perón” y recuerdos shakesperianos para Milei “Nunca vas a ser remera”, “Milei, nunca vas a conseguir esto”. Lloraba una compañera “Dios no puede morir dos veces”

Llegué a casa. ¡Qué frío ché! Como duele la pata mocha. Pienso que el Papa Francisco nos dejó a León XIV, que tan mal no está. En la misma vena, el Indio Solari nos deja a los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Son peronistas que supieron arreglar la sucesión. Ojalá la dirigencia esté a la altura de lo sucedido estos días, de ese pueblo ricotero que es pueblo sin más y tanto, que reclama contención y conducción. O que dejen de ser dirigencia, o que dejen de ser peronistas. Encima llego sucio. Algunos dicen que embarramos la cancha. No saben que nacemos embarrados, y si no venimos embarrados, y si no nos embarramos en soberana voluntad de existir. Es el barro de la historia, giles, que para cipayos limpitos están ustedes. ¿Pueden beber el vino por ustedes envasado? Nos vemos en la próxima misa. ¡¡¡Vamos las bandas!!! ¡¡¡Rajen del cielo!!!

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