1.
Si quisieras llegar –pero dios mío, que no se te ocurra ir nunca– pero si quisieras llegar, tendrías que conseguirte un barco bien tripulado, capaz de surcar olas de quince metros, romper hielos antárticos, por las dudas, y –lo más importante de todo– que sea un barco que no se hunda de ninguna manera. Porque si caés al agua, la muerte te abrazará fuerte y nadie puede salvarte. Pero si llegaras, allí estarías en las coordenadas 48° 52.6′ latitud sur, 123° 23.6′ longitud oeste.
Estás en Punto Nemo.
Es el lugar en el océano más alejado de la humanidad que cualquier otra ubicación del planeta. A 2.600 kilómetros de tierra firme. Es tan remoto que en ese mismísimo lugar lo más cercano a otro humano que estarías sería cuando la Estación Espacial Internacional cruzara por encima tuyo, a unos 400 kilómetros de altura, una o dos veces por día. Y qué irónico, porque alrededor del año 2030 (una fecha futurista que llegará en solo cuatro años) la EEI, abandonada, oscura, con toda su maquinaria, sus pantallas, sus botones, con todos sus secretos, será guiada para estrellarse en el vecindario de Punto Nemo. Al entrar a la atmósfera arderá. Algunos pedazos serán incinerados, pero la mayor parte de la estructura se estrellará sobre la superficie del mar y se hundirá 4000 metros hasta unirse en el fondo, junto a más de 300 naves espaciales, en un cementerio que es, también, un monumento –en plena construcción– de nuestros tiempos.
2.
Punto Nemo fue una abstracción hasta 1992, cuando Hrvoje Lukatela, un ingeniero croata especializado en geodesia y cartografía, calculó dónde se encontraba este polo de inaccesibilidad oceánico usando datos de OpenStreetMap y otros recovecos de su profesión. Más allá de su hazaña científica, lo más bello que hizo Lukatela fue el nombre que le otorgó. Estuvo iluminado. Un poeta no lo hubiera hecho mejor. En solo una palabra de cuatro letras unió dos significados impecables para la ubicación que identificó e hizo lugar al nombrarlo.

Por un lado, Nemo, en latín, significa nadie. Las estaciones espaciales abandonadas sin nadie son tiradas al mar en un punto del planeta donde no hay nadie y caen al fondo del mar donde no hay nadie y nunca hubo nadie y nunca habrá nadie.
¡Y el Capitán Nemo, de Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne!
Era una de las novelas favoritas de Lukatela, pero también hay una coincidencia, y no se sabe si él lo supo o no.
En la edición original del libro, editado en el año 1870, en un momento de viaje, Pierre Aronnax, el narrador de la historia escribe en su cuaderno que el barco se encuentra en altamar, inimaginablemente alejado de la tierra. Anota las coordenadas: 47° 24′ de latitud sur y 126° 43′ de longitud oeste.
A unos cientos de kilómetros nomás de Punto Nemo.
3.
Antes de seguir, hay que hacer un breve intervalo y aclarar que esta nota se escribe dentro de la transformación de la escritura: estamos pasando de un modo de ser a otro. Ya no podemos confiar que lo pensado y lo escrito viene de otro humano. En este caso preciso, no tienes ni una razón por la cual creer que yo escribí esta nota o cuanto de ella escribí. Obviamente, no fue ninguna proeza conseguir los datos y algunas asociaciones que están contenidas en este texto iluminado sobre tu pantalla, ahora mismo, tal vez en la diminutiva pantalla de lo que nos hicieron llamar teléfono: un dispositivo de control y vigilancia que, como las estaciones espaciales, naves espaciales de carga, y satélites, terminará muy pronto como chatarra, bien escondido de nuestras miradas.
4.
La órbita terrestre está repleta de basura. Se estrellan los satélites y las naves una contra la otra, se despedazan en miles de fragmentos, y se convierten en una nube de balas que viajan a diez kilómetros por segundo. La barrera se está poniendo cada vez más espesa, y pronto surcarla podría ser tan factible como lo hubiera sido cruzar la tierra de nadie entre dos trincheras en la Primera Guerra Mundial. Los que pretenden viajar hacia los astros para poblar el espacio se han armado esta trampa. Esto es una situación emblemática de nuestros tiempos. Sabían lo que iba a pasar, pero se les fue de las manos. Ahora están haciendo todo lo posible para trasladar su basura de un lugar a otro.
Además, por su lejanía a la civilización humana, las agencias espaciales han elegido Punto Nemo como su basurero porque el lugar no tiene dueño. No hay presencia humana, no hay ley. Tierra de nadie, tierra de todos. Rusos, chinos, gringos, japoneses y quien venga.

5.
¿Y si nos preguntamos si las habitaciones contienen algo del espíritu de sus habitantes? Porque si es así, podemos imaginarnos las estaciones espaciales cayendo al Punto Nemo también como jaulas de almas. ¿Qué sueños habrán tenido los astronautas en el espacio? ¿De qué manera se amaban? ¿O se odiaban, allí arriba en el espacio? ¿Alguno habrá dejado un recuerdo sobre la nave antes de irse: como un poema, o un simple avión de papel?
No quiero imaginar la oscuridad y el frío allí donde están.
5.
Este texto se va fragmentando como una nave espacial volviendo a entrar a la atmósfera. Es porque de vez en cuando quiero buscar un dato para seguir pensando, y el chatbot –como fue programado para hacerlo– me da más información de la que pedí.
Consulté cuán dependiente Internet era de los satélites y me corrigió una grave ignorancia. Explicó que la infraestructura de la red y su naturaleza principalmente analógica –aproximadamente el 95% del tráfico de Internet– pasa por cables submarinos (me cuesta caer en la cuenta de lo frágil que es todo esto).Y luego me agrega esto:
Hay también una interesante ironía simbólica: la civilización digital moderna depende profundamente de frágiles cables tendidos a través de regiones abisales de los mismos océanos asociados con lugares como Punto Nemo, aunque el propio Punto Nemo está lejos de las principales rutas de cableado debido a su extrema lejanía y aislamiento.
Ahora sí que no hay nadie en el Punto Nemo.
6.
La abrumadora soledad de Punto Nemo y sus alrededores es peor de lo que hemos contado hasta ahora. Rodeando las coordenadas del punto de inaccesibilidad oceánico, circula una de las cinco corrientes marinas más grandes del planeta: la Corriente del Pacífico Sur. Es un giro empujado por los vientos del oeste; las aguas rotan contrarreloj en un óvalo, desde Antártida, hasta la costa oeste de Latinoamérica, pasando por el Ecuador y terminando su gira por las islas polinesias y la costa oeste de Nueva Zelanda.
Este gigantesco óvalo de agua bloquea nutrientes, así que, dentro del óvalo, el plancton no vive en suficiente abundancia para cumplir su rol como la base de la pirámide nutricional de todas las bestias del mar. Por lo tanto, Punto Nemo es, en el nombre de los científicos marítimos, un desierto biológico.
Este giro del Pacífico del Sur tiene aproximadamente 37 millones de kilómetros de área, mucho más grande que la superficie de Rusia, el segundo país más grande del planeta. Salvo unos albatros –fantasmas espeluznantes sobre esas aguas desoladas– no hay nada en este desierto azul.
Es difícil imaginarse en el centro de tanta agua. Desde Punto Nemo, pareciera que nos equivocamos al llamar este planeta, Tierra. Aproximadamente el 70% de la superficie de nuestro planeta está cubierta por la superficie del mar. Nuestro planeta se debería llamar Mar.
Y si ese Mar tuviera un trono, muy bien podría ser en Punto Nemo.
7.
Espero que se estén dando cuenta –o por lo menos quiero pensar que no estoy solo al sentir– que alrededor de este tema hay algo siniestro. Tal vez sea que el Punto Nemo pone en evidencia nuestra absoluta nimiedad. Estuvo allí millones y millones de años antes de nosotros, como lo estará después. Traga nuestras naves espaciales como si fueran cenizas, con absoluta indiferencia, y esconde estas estructuras –supuestas glorias de nuestra civilización– lejos de cualquier mirada presente o futura.
Pero puede ser más que eso. En su cuento La llamada de Cthulhu (1928), H.P. Lovecraft –el rey del terror cósmico– especificó unas coordenadas para la resurrección de un monstruo abismal, prehistórico o eterno o venidero de los astros, que, al solo mirarlo puede matar por el espanto que causa. Pero es más que eso. El espanto tiene que ver también con que el monstruo Cthulhu es un dios alternativo a los nuestros, que proviene de un tiempo cósmico que antecede el nuestro. Es decir es muy, muy antiguo y va a vivir mucho, mucho más tiempo. Eso da terror.
Las coordenadas donde una tripulación se encuentra con una isla donde Cthulhu está esperando su resurrección son:
47° 9′ S, 126°43′ O
A unos 700 kilómetros de Punto Nemo.
8.
Quiero terminar de escribir, pero otra vez estoy en problemas. Recurrí a un chatbot para constatar unos datos sobre la nave soviética MIR, que fue la primera gran estación espacial en ser consignada a Punto Nemo tras quince años en uso. Cayó en marzo del 2001. George Bush hijo era el nuevo presidente de los Estados Unidos y Vladimir Putin, el nuevo presidente de Rusia. Mir, en russo significa Paz.
Terminé en un agujero que me llevó por un camino que, si hubiera querido, no terminaría más. Con lo que devoré en diez minutos, tengo un boceto para escribir varios volúmenes sobre Punto Nemo que traten de mitopoética, simbolismo oculto, etimología, geopolítica, ciencias de la computación, la literatura especulativa, el género distópico, el horror vacui, la exploración y la habitación de espacios chicos.

Más allá de las computadoras, el Punto Nemo aterroriza porque evade una clara definición. Repetimos: solamente es un lugar porque fue nombrado.
Mejor intentar pensar solo un rato. Mejor llevar la conciencia pura a Punto Nemo.
Estoy allí, solo, como un ojo transparente levitando, subiendo y bajando al compás de las olas negras, las olas plateadas, las olas doradas, las olas del tamaño de un edificio de diez pisos, o una superficie de mar tan plano y limpio como un espejo, dependiendo de la hora, la temperatura, y la temporada del año.
Veo las estrellas girar en un circuito, veo los planetas, veo el sol y la luna circular, subir y bajar y circular alrededor mío, como los planetas que están más lejos.
Hay viento, agua y luz. No hay sonido, porque no hay nadie para escuchar a nadie.
Es el silencio de antes que llegamos, y es el silencio que habrá cuando no estemos más.
Foto de portada: Andrés Hax
Píxel / Revista Zoom
