CONOCIMIENTO. En aquellos años ya lejanos, pero aun con vívidos recuerdos, yo trabajaba en la desaparecida Editorial Abril como diagramador, en una de las tantas revistas ahí editadas. En realidad me interesaba escribir, pero si bien no lo hacía, me relacionaba con los redactores y eso no estaba mal del todo. Fue así que en el boliche del coreano Raúl, ubicado a la vuelta del edificio por la calle Paraguay, donde iba a almorzar o tomar un vino a la tarde, me fui haciendo amigo de algunos periodistas, entre ellos Juan Carlos “Cacho” Novoa, Mario Cueva y Jesús Cáceres. Cierto día, para ser más preciso el 26 de abril de 1979, fui invitado por Cacho y El Gordo Jesús, al apretujado bar de Raúl una vez que terminara la jornada. ¿El motivo? La presencia del “viejo” Emilio Petcoff.
—Te invitamos, porque si querés escribir, lo tenés que conocer al “viejo” y además, mañana se para.
La fecha de tal acontecimiento, la recuerdo, no porque sea un obsesivo de tales rememoraciones, sino porque al día siguiente, se realizaba el primer paro general contra la dictadura convocado por la CGT, aparte de esto, leía con avidez las crónicas policiales escritas por Emilio Petcoff, con los seudónimos de Fermín Rivas y El Licenciado Pechblenda y publicadas en Clarín. Por esos días, en Quequén había sido encarcelado el marinero yugoeslavo Milijove Pesic, acusado de matar a una alternadora de un night club del puerto patagónico, tanto Rivas como el Licenciado, que eran el mismísimo Petcoff, no creían en la culpabilidad del marinero. Los argumentos eran demoledores, pero La Bonaerense necesita a un culpable.
No podría enumerar en detalle todos los momentos vividos aquella noche, si recuerdo que Emilio llegó acompañado por el periodista uruguayo Alberto “Gato” Carbone y que siempre estaba con un cigarrillo encendido entre sus dedos amarillentos y flacos. Al pitar, la piel se le pegaba a los huesos de la cara y exhalaba el humo por un costado de la comisura de los labios, después bebía un sorbo lento de whisky. Entre anécdotas, cuentos y chanzas, las horas fueron pasando y se adentró la noche con más sed de vino y decidimos tomar un taxi rumbo a Barracas, fuimos a parar a un bar casi debajo de uno de los puentes del ferrocarril Roca, que permanecía abierto las 24 horas.
Las palabras brotaban como insectos, Novoa nos narraba ciertos secretos de su época de jugador de fútbol, al tiempo que nos mostraba unos botines que pensaba estrenar al día siguiente en un picado en Floresta. Carbone rememoraba algunas vivencias de su paso como violinista fugaz por la orquesta de Aníbal Troilo y Emilio, revelaba la verdadera trama del “incidente Pesic” mientras, la noche agonizaba y las luces del día estallaban sobre el adoquinado de esa calle innombrable. Se podría decir que esa gente, cuando no escribía, bien podría ser escrita y que vivían en un estado de escritura latente. ¡Qué noche, aquella! Hubo un momento, en el cual Emilio preguntó la hora y alguien le respondió:
—Las diez de la mañana.
—¡Las diez de la mañana! ¡Yo a esa hora en mi casa, siempre tomo un vermú! ¡Gallego!
El gallego lo escuchó, pero no trajo un vermú en la bandeja, vino con un café doble y le dijo:
—Emilio, lo llamaron del diario, dicen que vaya a México 1177, engayolaron a una mujer que envenenó a tres amigas. Se llama Yiya Murano.
Y así, de ese modo tan literario, finalizó aquella extensa jornada, en la cual conocí a Emilio Petcoff.

BÚLGARO. En 1931 Nicolás Antonio Petcoff abandonó Bulgaria después de haber participado como oficial en las guerras macedónicas, discerniendo que aquel no sería el último conflicto sangriento en Europa, decidió como muchos europeos de aquel entonces dejar atrás ese territorio de conflicto y emprendió un viaje hacia América, no solo ostentaba las ganas de un mejor futuro para su esposa María y su pequeño hijo Emilio, sino también un título de maestro, al igual que su cónyuge. Nicolás arribó al puerto de Buenos Aires en 1931, pero se quedó muy pocas semanas en la ciudad rioplatense, pues emprendió otro viaje aún más incierto hacia el noreste, precisamente, hacia Misiones. Allí se unió a las huestes de Adolfo Schwelm, un alemán nacido en Stuttgart y junto a él fundaron la ciudad de Eldorado, enclave que abandonó en 1936 cuando su esposa María llegó al lugar con el pequeño Emilio, para radicarse en el novel pueblo de Capioví.
Emilio correteaba y jugaba con otros niños entre los plantíos de camelias y orquídeas cultivados por el matrimonio de maestros, quienes tenían una biblioteca de más de mil volúmenes, además de la explotación florística, enseñaban a leer y escribir a los infantes de la zona. Emilio, no solo era atraído por los juegos infantiles en ese ámbito selvático y tan distinto al paisaje que sus ojos habían mirado en Bulgaria, otra atracción llenaba las horas de las siestas y la noche y era la lectura donde se narraban las aventuras del Capitán Ajab en busca de Moby Dick, la ballena blanca, las vicisitudes de la bella seductora Sherazade en Las mil y una noches o las luchas de Sandokan contra los explotadores ingleses. Esas lecturas iniciáticas que comprendían los viajes de los exploradores por el África y los polos helados, en determinado momento de la adolescencia lo llevaron a tomar la determinación de convertirse él mismo en un escritor y un aventurero. Esto llevó a que la relación con sus padres no fuera la mejor, ellos deseaban un continuador de la explotación floral, es decir un florido hombre de negocios.
Era evidente que el joven Emilio tenía otros planes, y cumplidos los 18 años, una noche, armó una valija con unas mudas de ropa, algunos libros y no mucho más y emprendió el viaje hacia Posadas, con la firme determinación de trabajar en el diario El Territorio. Es posible que sus superiores, notaran su férrea voluntad y las ansias de transformarse en periodista y pronto lo pasaron de la sección barrido y limpieza a un escritorio con una máquina de escribir, en la cual redactaba algunas notas. Sin embargo, las cosas no resultaron del todo buenas, puesto que su noviazgo con una jovencita posadeña, había pasado de lo platónico a lo carnal, el padre de la misma lo perseguía por toda la ciudad de Posadas con una 45 en la cintura, para obligarlo a casarse con la hija supuestamente deshonrada. Esa contingencia, lo llevó a un escape raudo hacia Buenos Aires, ciudad que lo acogería y en la cual llevaría adelante su propósito literario.

RECORRIDO. Al llegar a la capital porteña en 1954 se estableció en pleno centro, en una pensión en Callao al 300 llamada Iberá, casualmente administrada por una correntina, desde ese lugar establecido como un búnker, salía todos los días a recorrer redacciones en busca de trabajo. No tardó mucho tiempo en ubicarse en el diario peronista Democracia, cerrado después del golpe de estado de 1955. A pesar de este traspié su carrera ya estaba iniciada y pasó durante un tiempo por distintos medios gráficos y radiales, entre estos Radio El Mundo, donde hacía Las Fábulas de Emilio, en el cual asociaba fábulas clásicas con episodios de la actualidad, hasta que en 1967 comienza a trabajar en la sección de policiales del diario Clarín. Su jefe Horacio Ramos le encaja el seudónimo de Fermín Rivas, con el cual firma sus notas, entre las que se destacan las escritas sobre el marinero Milijove Pesic. Las crónicas sobre la envenenadora Yiya Murano y el parricidio de los hermanos Schoklender. Esas notas harán que años después, Pablo, uno de los hermanos involucrados, lo eligiera como el ghostwriter de su libro Yo, Pablo. También llevan la firma de Fermín Rivas, las notas que cubrieron el femicidio de Alicia Muñiz perpetrado por Carlos Monzón.
Sus textos tenían un estilo y un léxico un tanto infrecuente para el género, sin embargo su gran genialidad fue la creación de un personaje llamado El Licenciado Pechblenda, una especie de investigador al estilo del inspector Maigret del belga George Simenon, con el que daba una discreta cobertura a sus fuentes de información, las cuales muchas veces eran prostitutas, levantadores de quiniela y apostadores de diversos juegos, con los cuales solía encontrarse en los distintos bares que frecuentaba, como el de Piedras e Ituzaingó, cercano a la redacción de Clarín o en los 36 Billares, lugar donde daba rienda suelta a su pasión por el ajedrez. En esos tiempos, las redacciones de los diarios y revistas funcionaban de un modo muy diferente a como funcionan en la actualidad, muchas veces las notas se gestaban en los mostradores de los bares y cafetines y se escribían, claro está en los ajetreados teclados de las Remington u Olivetti de las oficinas. En ese sentido podemos decir que Petcoff fue el creador de un método de investigación bastante singular, donde la fuente policial es desdeñada, muchas veces porque está enfocada por distintos intereses en la resolución a toda costa de un caso. En esas resoluciones ligeras e interesadas, suelen ser castigados inocentes, los llamados “perejiles”, tal como lo demostró El Licenciado Pechblenda en el caso del marinero Pesic, que cinco años después fue liberado de la cárcel por un tribunal que lo exoneró del homicidio por el que fue declarado culpable. Poco antes de morir en 1994, en una entrevista le confiesa al entrevistador, que: “Yo no tengo ninguna amistad con la policía. Para eso tenemos gente acreditada en el Departamento Central”. Así era Emilio Petcoff.

ERRANCIAS. Son cerca de las tres de la tarde, por las calles limpias y ornamentadas de Capioví, circula algún que otro auto o camioneta. En una plaza, un grupo de señoras jubiladas, realizan actividades físicas bajo la fronda fresca. Mientras subo la pendiente de la avenida principal, rumbo a la biblioteca popular Antonio Nicolás Petcoff, en busca de corroborar un dato leído en una nota y en la cual se afirmaba que, Emilio al morir había donado los libros de su biblioteca a la fundada por su padre. Mientras camino, mi pensamiento es atravesado por una frase de la escritora Alicia Genovese y leída al azar en algún lado, en la cual nos dice que: La errancia es inherente a la tarea de escribir. Es entonces que pienso en los periplos de Emilio, iniciados en una aldea perdida cercana al Danubio desde la cual parte a Sofía en el Expreso Oriente e imagino su visión al lado de la locomotora jadeante en el andén de la estación, antes de ir hacia el puerto para surcar el mar rumbo a Buenos Aires, ciudad encantada desde la cual parte junto a su madre, hacia el pueblo de Capioví en el albor de su fundación. Allí el padre había construido una sólida casa de madera y estaba dedicado al oficio de apicultor. Tanto el niño como su madre se sorprenden con la espesura de esa selva, lo cual hace que María le pregunte, azorada, a su marido: ¡Antonio, adónde nos trajiste!

Al fin llego a la biblioteca, el local donde funciona es agradable, me atiende una empleada administrativa, la cual cuando le digo el propósito de mi ida al lugar me confiesa no tener la menor idea acerca de si la donación de los libros de Emilio realmente se concretó. En el escritorio vecino al suyo un muchacho con pinta de alemán trabaja en la computadora, la chica me dice que es el bibliotecario y que él sí puede saber algo más. El joven es bastante tímido y al preguntarle sobre el hecho, me responde que no está seguro, pero que es posible que Emilio haya donado su biblioteca, pero que ellos, todos los años, con el material viejo que hay acumulado, organizan una suelta de libros y posiblemente ya no quede nada en los estantes de la mentada donación. De todos modos el tímido descendiente de teutones, me pasa el contacto de la directora, la cual puede tener datos más concretos. Mientras camino, intercambio mensajes con la directora; en el último me dice que la llame a la noche porque está ocupada, pero me pasa el contacto de Graciela Petcoff, la hija de Emilio con la excusa de que ella sí puede saber si el gesto que yo deseo verificar se realizó o no. Le envío un mensaje explicándole el motivo.

Gracias a que el trayecto de vuelta es cuesta abajo, mi caminar es tranquilo y sin dificultades respiratorias. Esa comodidad me permite peregrinar por el pensamiento y vuelvo hacia la errancia, no esa de grandes distancias sino otras más acotadas que lo llevaban a Emilio Petcoff de la redacción de Clarín a un bar de San Telmo, de ese bar a un cafetín de Barracas o a los 36 Billares en Avenida de Mayo y de ahí al escenario de algún crimen en otro punto de la geografía urbana. Pienso también en mi errancia de contacto en contacto en busca de una verificación. Por suerte en Capioví hay cafeterías. Entro a una sobre la ruta 12, pido un café; al beber el primer sorbo caliente, suena el celular, es Graciela Petcoff. Conversamos un rato y en el debido momento me dice: No, mi padre no hizo ninguna donación de libros, él no tenía biblioteca. Con la cantidad de mujeres que tuvo, nunca estaba mucho tiempo en la misma casa. Andaba de manera desprolija de un lado para el otro, eso sí, estaba en estado de escritura todo el tiempo. Y esa es, tal vez, la marca de agua más exacta de la vida de Emilio Petcoff y la justificación de todas sus errancias.
