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El vocero Ravier en tiempo de descuento

El accidentado debut del nuevo vocero presidencial, las tensiones que atraviesan al Gobierno y las razones por las que Adrián Ravier ya parece jugar su continuidad en tiempo de descuento. Por Ricardo Ragendorfer

Durante la mañana del 30 de junio hubo en la Casa Rosada una gran afluencia de periodistas. En la cabecera de su Sala de Conferencias, detrás de una tarima, resaltaba un sujeto atildado y sonriente, quien no tardó en abordar varios temas con dosis equilibradas de entusiasmo y soltura.  

A la mañana siguiente también se lo vio allí. No obstante, la actitud que exhibía ya no era tan espléndida, y su arranque consistió en admitir que una de sus frases del día anterior había sido “poco feliz”. 

Dada su función específica, eso fue una paradoja. Porque aquel hombre (que hasta cuatro días antes había sido diputado nacional por La Pampa) era el flamante vocero presidencial Adrián Ravier. De manera que su debut en el cargo fue, a todas luces (o sombras, en este caso) una calamidad en sí misma.  

Es que, al referirse a los incrementos en las tarifas de gas, había sugerido la opción de “abrigarse” en vez de encender la calefacción. Un argumento que ni su antecesor, Manuel Adorni, se hubiera atrevido a pronunciar.

Lo cierto es que su existencia está atravesada por otras paradojas. La más llamativa es que, no hace mucho, Javier Milei solía denostarlo con los siguientes juicios de valor: “Carece de velocidad mental para debatir por TV”; “es lento y poco formado! y “tiene escaso rigor académico”, además de dedicarle epítetos que van desde “burro“ hasta “imbécil total”, pasando por “salamín” y “chanta” (estos dos últimos, cabe aclarar, en sus momentos más cordiales).  

Claro que, con el tiempo, tales rispideces se revirtieron. No obstante, es también muy posible el renacimiento de semejante animosidad.

De hecho, Ravier ya empieza a estar en la cuerda floja. 

Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.

El humillado

¿Qué extraño designio hizo que este hombre de 47 años se dejara humillar así por el actual presidente, cuando éste no era más que un panelista de TV? 

Pues bien, sin duda, la respuesta a tal interrogante está depositada en su propia historia vocacional, cuando obtuvo su título de licenciado en Economía por la UBA, seguido de una maestría cursada en la peculiar Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas (ESEADE), donde su factótum, el prócer libertario Alberto Benegas Lynch, lo puso bajo su ala. Después bregaría por un doctorado en la Universidad Rey Juan Carlos de España, famosa por su conservadurismo doctrinario. Pero ya entonces, su cerebro estaba debidamente formateado entre las ideas de Milton Friedman, quien le puso letra a la famosa Escuela de Economía de Chicago (el semillero liberal más influyente del siglo XX) y las enseñanzas de Friedrich August von Hayek, quien le puso música a la insólita Escuela de Economía Austríaca (el semillero del anarcocapitalismo). 

De modo que en su cosmovisión bullía una mezcla explosiva. Y que pedía a gritos toparse, en medio de La Pampa (donde moraba), con un alma gemela.

Por esa clase de pulsiones, después de establecerse en la CABA, se unió a la filial porteña de la Sociedad Mont Pelerin, una especie de club ideológico fundado por Hayek en Suiza y que, con el inexorable paso del tiempo, derivó en un cenáculo para cuadros de extrema derecha algo alocados.    

La cuestión es que, ya a edad adulta, Ravier supo de Milei. Y no dudó en escribirle una carta de presentación. Pero esa hoja prolijamente mecanografiada causó una pésima impresión en el destinatario, puesto que el futuro vocero, en vez de expresar con claridad las coincidencias teóricas entre ellos, se equivocó con las palabras (ya un hábito en él), cometiendo así el pecado involuntario de comparar su intelecto con el de Milei, un atrevimiento imperdonable.  

Por tal motivo hubo de su parte aquel desprecio casi atávico hacia Ravier, sin que ello aquietara la insistencia de éste para que fueran amigos. Y hasta hubo quienes advirtieron en esa actitud el fantasma del Síndrome de Estocolmo. 

Pero, al final, Milei se dio por vencido. Y así comenzó una gran amistad. 

Claro que, en eso, la influencia del bueno de Benegas Lynch fue decisiva. 

Entonces, el flechazo entre ellos fue tan rotundo, que, entre muchas otras circunstancias, se consolidaría con largas noches de conversaciones telefónicas. 

El propio Ravier lo reconoció en una entrevista para la señal televisiva Sky News, de Londres, donde dijo:  

“Fueron mil charlas. Hablábamos sobre como dolarizar a la Argentina y como bajar los impuestos; soñábamos despiertos con el anarcocapitalismo. Así se fue forjando una bella relación entre nosotros”.

Seguramente, tales pláticas eran para alquilar balcones. Una lástima que no hubiera ningún registro al respecto. 

Pero ellos escribieron juntos el libro La batalla por la macroeconomía en 2021, editado por la Fundación Faro. 

No es un dato menor que Ravier sea el director del “Consejo Académico” de dicho think tank, concebido –en apariencia– para promover las ideas de libre mercado, cuando, en realidad, es un sello para recaudar fondos (en sus arcas se blanquearon recientemente unos cinco millones de dólares). 

Tampoco es un dato menor que su presunto jefe, el teórico del fascismo neoliberal, Agustín Laje, sea en realidad un simple testaferro institucional, dado que, en rigor, el que corta allí el bacalao no es otro que el asesor polimorfo del régimen, Santiago Caputo. 

Es que, entre otros resortes claves del Estado, dicho individuo también tiene en sus manos su estructura de comunicación. De ello se desprende que, en la puja interna que continúa sacudiendo al llamado “triángulo de hierro”, Ravier sea un alfil de Caputo, a quien le agrada que lo llamen “El Mago del Kremlin”. 

Por lo pronto –y pese a sus pocos días en el cargo– la hermana Karina ya lo tiene a Ravier entre ceja y ceja. En tanto que “Javo” –quien fue el artífice del desembarco de Ravier en la Vocería– actúa como si en aquella puja él estuviera más allá del bien y del mal. 

El pobre Ravier, temeroso de sus reacciones, intenta seguirle la corriente, persuadido de que con esa actitud sumisa y silencios palpita su sobrevivencia. Pero ciertos detalles indican que ya le picaron el boleto. 

En la cornisa

Desde el 10 de diciembre de 2023, cuando Milei accedió al Sillón de Rivadavia, ya hubo 258 funcionarios gubernamentales (que incluyen ministros, secretarios, directores y hasta burócratas de escasa categoría) despojados de sus cargos por razones ajenas a su voluntad. Es decir, uno cada 3,5 días de gestión.  

En tal sentido, Ravier estaría a pasos de convertirse en el que menos duró (unas dos o tres semanas), siempre y cuando se hagan realidad los rumores que ahora corren por los pasillos oficiales. 

Otra paradoja para su colección, dado que, al menos en el sector privado, las cesantías son objeto de su devoción, tal como lo manifestó en una entrevista publicada por elDiarioAR el 19 de octubre de 2025, donde destaca –según él– una gran virtud de la reforma laboral: “Será más barato despedir con los nuevos contratos”. Una hermosura de persona.

Sin embargo, no solo es por el duelo ajedrecístico entre Santiago y Karina que su cabeza puede rodar, sino también por su desempeño en el cargo. 

Desde que fue colocado al mando de la Vocería, únicamente ofreció dos conferencias de prensa. 

En la primera, comenzó con una defensa de las restricciones impuestas a los periodistas acreditados, para después derrapar con el consejo de “abrigarse”, lo que motivó su disculpa del día siguiente (sin que esa fuera una conferencia de prensa). En la segunda, realizada el 7 de julio, admitió a regañadientes que Adorni, después de su caída en desgracia, aún conservaba su custodia y los tres vehículos que lo llevan a todas partes. 

Más allá de ambos temas puntuales, en esas ocasiones también informó, con actitud de primicia, hechos que ya habían sido reflejados por la prensa.

Así llegó al Tedeum del 9 de julio en la Catedral Metropolitana, a cargo del arzobispo Jorge García Cuerva, quien no ahorro críticas al Poder Ejecutivo. 

Milei, rodeado de sus ministros y colaboradores más cercanos, lo oía con fingida indiferencia, pero con la mandíbula muy apretada. 

A continuación, el presidente saludó con fuertes y prolongados abrazos a sus acompañantes (incluso a Patricia Bullrich). Pero, para sorpresa de todos, le esquivó el saludo a Ravier. 

El tipo, con los brazos extendidos, quedó congelado. 

No es una novedad que estos desaires son para la liturgia de Milei el paso inicial de una inminente eyección. 

Todos después caminaron hacia Balcarce 50, y detrás del grupo, a por lo menos dos metros del anteúltimo, iba Ravier como si fuera un furgón de cola. 

Ya en la Casa Rosada hubo una reunión de Gabinete, de la cual también participaron funcionarios de menor rango.  Pero no Ravier.  

Tampoco formó parte de la delegación oficial que la noche anterior había viajado con el presidente a Tucumán. 

Ni fue convocado, durante el atardecer del martes al cónclave de la Mesa Política que encabezaba Karina en la Rosada. 

¿Acaso el flamante vocero ya protagoniza su ceremonia del adiós?

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