Tengo en mi casa dos ejemplares de El país del humo de Sara Gallardo. Una primera edición de Sudamericana, desvencijada y maltrecha, muy amarilla y de letra diminuta que leí hace años. Otra elegante, preciosamente editada y con letra más grande, que acaba de sacar Fiordo, que está reeditando toda su obra. Inmensa alegría para nosotras, lectoras de estas décadas. Pero en este momento y por otro mes más, están embalados en cajas de mudanza —la ropa, los vasos, los libros, todo menos los gatos— y tuve que pedir prestado otro. Por suerte, no sólo sus libros son ahora fáciles de conseguir.
Siempre es interesante y despabila la cabeza volver a Sara Gallardo. A diferencia de otros autores que he leído con pasión, pero dejo a un lado después del cuarto o quinto título para espaciarlos —porque la trama, el estilo o los personajes se empastan—, cada uno de sus libros es, para mí, un acontecimiento.
No se van, aunque no piense especialmente en ellos: el estilo del místico Eisejuaz y su voz alucinada, o las ambiciones tibias de Julián, protagonista de Los galgos, los galgos, o el resentimiento y la rigidez —tan comunes— de Alejandro, protagonista de Pantalones azules. Hay mucho más que esto. ¿Cómo puede ser que todos ellos —también la ternura ingenua de Nefer y las observaciones disparatadas y desopilantes de La donna è mobile— provengan de una misma mano?
Es cierto que hay temas recurrentes, el campo argentino, nuestra historia, la perspectiva animal, los protagonistas que no encuentran su lugar, el trabajo con el lenguaje. Pero cada uno es un elemento (brillante, precioso) de este jardín que es su obra. Y es avanzando por ese jardín singular que la lectura gana textura, matices e interés, aunque todavía se considere necesario hablar de su genealogía —incluso de su belleza— para describirla.
*
El país del humo es el único libro de cuentos que Sara Gallardo (1931–1988) publicó en vida, en 1977. Sara nació y murió en Buenos Aires, y vivió en muchos otros lugares: La Cumbre, Barcelona, Suiza, Roma. Una vida itinerante, pero siempre anclada ¿afectivamente? —literariamente, quizás son lo mismo— en lo argentino. Un país en las entrañas y en la memoria. Una memoria, como todas, evocada a través del humo.

Es un libro que es la patria, eso se afirma desde el título. Una patria antigua, de gesta de formación nacional, que la autora parece conocer bien; envuelta en un misterio que no termina de aclararse. Un territorio pensado desde fuera de la ciudad, aunque esta también aparece de forma extrañada. De la ciudad: la mudanza de las ratas —¿y el ascenso social?—, un césped con personalidad, dos gatos domésticos que aprenden el idioma de los leones del zoo.
Tiene ocho partes y cuarenta y seis cuentos, que escribió al tiempo que publicaba Eisejuaz, unos años antes. Después de los primeros ocho relatos sin encabezado, tiene siete secciones de extensión desigual: «En el desierto», «En el jardín», «Puñales», «Dos alazanes y Cía», «Tareas», «Trenes» y «Destierros». La mayor parte de los textos no tienen la extensión ni la estructura de un cuento convencional. Algunos tienen apenas un par de líneas. Parecen microcuentos, si esa palabra no tuviera connotaciones de acertijo de revista o concurso literario.
En realidad, son todo menos convencionales. Se dice que la experiencia de Eisejuaz, novela en la que inventa un lenguaje a la altura de Rulfo, cambió su forma de escribir. Pero en los cuentos recupera la gracia, el sentido del humor. Que no está en los temas sino en el estilo. En la liviandad de acercarse a lo terrible o lo siniestro con compasión y belleza.
En sus cuentos existe un idioma mejor. No mejor, más preciso, más bello. Con tono de chisme, de parábola patria o relato antiguo, de la importancia de la fábula para resistir una noche larga y fría de invierno. Un lenguaje salido de los ensueños de un gaucho filósofo, de esos que son un descubrimiento de la literatura argentina.
Personajes, escenarios, temas, tonos: todo funciona por acumulación. El jubilado que pierde su jardín en el océano, el tordillo que descubre la libertad, la amante del general, el soldado de la independencia que cambia de bando, el científico que estudia las nubes, las treinta y tres mujeres de Calfucurá. Los lugares: el cielo es el de Lanús, un árbol es la araucaria de plaza San Martín, la estación de tren la de Chajaes. Los nombres propios de caciques, generales y vecinos —uno, de tan argentino, es en realidad otro: un nombre francés cambiado para siempre por un empleado de aduanas. Y el último cuento, inteligente y conmovedor como pocos, en homenaje a Murena, su segundo marido. Su título: Un solitario.
*
Una de mis suertes es conversar todos los días con la escritora Sofía de la Vega, que acaba de publicar De los potrillos nacen ríos, libro de cuentos que podría divertirse mucho conversando con el de Gallardo. El año pasado publicó en la revista Los años 20, un ensayo que está circulando mucho y se llama Dónde está la imaginación. A partir del aburrimiento que le produce la lectura de algunos libros contemporáneos escritos de forma plana y leídos en forma de círculo, rescata la escritura de la imaginación. Pero me interesa de qué forma introduce lo que llamo, para simplificar, la imaginación de la realidad:
“No creo que la imaginación sea únicamente la capacidad de crear mundos distintos o alejados de nuestro presente. (…) O no es solamente eso. La imaginación sirve también para proyectar una configuración interna de nosotros mismos, para conocer la realidad, por eso es una herramienta tan potente. (…) La imaginación es la ventana, hueco, bisagra, donde se superponen unos sobre otros los cuerpos, los mundos, las lenguas”.

En los cuentos de El país del humo, la imaginación funciona de esa forma. Como una combinación entre lo religioso y lo racional, la naturaleza y la ciudad, la civilización y la barbarie. Parte de la observación de lo propio y lo ajeno, de lo que pensamos y lo que nos damos el tiempo de mirar. Y más, la enumeración es larga, pero la cantidad de cuentos me la permite: de la tecnología, la magia, la ciencia, lo animal, lo humano, la bruma, lo efímero, lo eterno, la belleza, la crueldad, pero también la ternura y la compasión. Una imaginación puesta al servicio de revelar una realidad que se descubre a partir de opuestos —y todo lo que está en el medio.
*
Supe de la existencia de Sara Gallardo bastante pronto. Era hermana de mi abuela. Murió un año antes de que yo naciera, como otro de sus hermanos. Después me enteré de que era escritora, una mujer que en su tiempo libre había publicado unos libros. No se conseguían en ningún lado; nadie la había leído y la primera vez que se lo conté a alguien, la madre de una amiga del colegio que tenía una edición de Los galgos, me dijo que le había parecido flojo. Eran los primeros dos mil.
Con los años, Sara —Sarita, en realidad— empezó a ganar lugar en la academia y en la prensa, y en los estantes de las librerías, gracias a los esfuerzos fundamentales de Leopoldo Brizuela y Lucia de Leone, entre otros. Entonces volvió a la conversación. Cuando se reeditaron sus libros y los leí, me di cuenta de lo evidente: la tía abuela que escribía en su tiempo libre (con las disculpas que merece la frase) era una de las escritoras más importantes del país. Una escritora rebelde, inteligentísima y sensible con una obra inclasificable, que había tomado riesgos y publicado por lo menos tres libros excelentes. Quizás cuatro. ¡Y estos cuentos! Menuda sorpresa.
Ahora la conozco como se conoce a los escritores adorados: por sus libros. Es una buena noticia. Gracias al trabajo de lectores, editores y libreros, tenemos mucho del pasado por delante.
Píxel / Revista Zoom
