La publicación de la Encíclica Magnifica Humanitas excede por mucho el tiempo que le podamos dedicar en este espacio. Sin embargo, sabemos que estamos ante un hecho histórico. El convite de León XIV es claro: “estamos llamados a interrogarnos sobre el gran proyecto de nuestra época: ¿qué estamos construyendo?”. Y esa construcción no es cualquier obra, sino el lugar que tiene y ocupará la dimensión digital en nuestras existencias. Quizás por eso el tercer capítulo lleve por nombre “Técnica y dominio”.
Elegimos adoptar la perspectiva cognitiva, de momento que el Papa habla sobre la necesidad que tiene el “paradigma tecnocrático” de establecer “un nuevo marco espiritual, ético y político”. Ese “paradigma”, ya criticado por Francisco, supone que los problemas sociales tienen soluciones técnicas. Establecer un nuevo marco de referencia significa reducir cuestiones que van desde el medio ambiente, el funcionamiento económico y la distribución del ingreso hasta la legitimidad del poder político al simple nivel de decisiones técnicas. Puesto que éstas serán hijas de la Inteligencia Artificial, no podrán sino ser positivas para los que ejercen el optimismo o inevitables para los pesimistas. En todos los casos, las resoluciones propuestas son y serán indiscutibles. Tal frenesí acerca de este fetichismo tecnologista evoca aquella otra fascinación ya añeja por la máquina como capital (pero eso es sapo de otro costal). Es ahora donde León arremete como tal.
“Así se manifiesta con mayor evidencia que la técnica no es un simple instrumento y que, cuando se vuelve criterio, termina por establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz”. Técnica. Instrumento. Criterio. Todo está allí. Porque la técnica es la llamada Inteligencia Artificial. No es un simple instrumento objetivo: el método determina el resultado. De allí el peligro de tomar esa técnica como criterio sin atender a los supuestos sociales, económicos, políticos y culturales que dan a luz a esa tecnología. No es neutral. Toma partido, y toma partido fuera de cualquier debate o consenso, sino por la imposición de un saber limitado y expeditivo llamado “aceleracionismo”, que es la versión fascista a la moda digital del “si pasa, pasa”. Y eso es lo que significa “dominio”. El poder. Escuchemos al Papa.
“Aquí es necesario reconocer un aspecto decisivo, que ya he mencionado antes: en muchos casos, en el contexto digital, el control de las plataformas, las infraestructuras, los datos y la capacidad de cálculo no es prerrogativa de los Estados, sino de grandes actores económicos y tecnológicos que, de hecho, determinan las condiciones de acceso, las reglas de visibilidad y las mismas posibilidades de participación. Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades”. La heterogeneidad tecnológica existente sólo puede engendrar nuevas formas de dominación, tanto en el seno de cada sociedad como entre países y regiones.
¿Qué es el control público evocado por León XIV? Sospechamos que es la política. Y la política bien ejercida es la representación efectiva de la sociedad civil. “Hagan lío”, nos dijeron. Ahora nos dicen adónde ir a “hacer lío”. ¿Cómo? Como se pueda. Está la teoría: ejercer la conciencia y la libertad, llamadas a especificar los usos y límites de la Inteligencia Artificial, de los monopolios internacionales que la dominan y de los regímenes locales que la apañan. Nos toca la práctica. ¿Estaremos a la altura?
En clave peronista, si “Evangelii Gaudium” del Papa Francisco podría parecerse al equivalente de “Conducción Política”, “Magnifica Humanitas” del Papa León XIV viene a ser la actualización doctrinaria. Habrá que reconocer que Bergoglio es, hasta hoy, el único Compañero que pudo asegurar una sucesión desde el liderazgo acorde al proyecto original. Como militantes, nos podemos alegrar del rescate de los conceptos de comunidad y de justicia social, que son la base de nuestra doctrina. Como argentinos, alivia escuchar a quien escribe sobre las causas de los problemas que sufrimos, así como los caminos posibles. Como cristianos, estamos contentos porque el camino de Bergoglio, ya comenzado desde el Concilio Vaticano II, está en buenas sandalias de pescador. Amén.
