Los que saben dicen que hay tres maneras en que deviene un levantamiento armado. Si se trata de militares en servicio, se convierte en un golpe de Estado, que no modifica el escenario; más bien le da nuevos bríos al existente en tiempos de riesgo para el sistema. Ejemplos: los golpes militares en América Latina. Si es una rebelión popular, la consecuencia es una revolución, en la que se trastocan profundamente los fundamentos de una nación: Cuba. Si no ocurre ni una cosa ni la otra y se consolidan dos bandos irreconciliables, la consecuencia es una Guerra Civil. Ese fue el debate crucial que entre el 17 y el 19 de julio de 1936 atravesó a la Segunda República española y que, como se sabe, terminó en un fratricidio que tres años después dejó un millón de muertos, cientos de miles de desaparecidos, más de medio millón de exiliados y una feroz dictadura hasta la muerte deFrancisco Franco, en 1975.
Una crónica novelada con centenares de testimonios de uno y otro bando en aquella conflagración la publicó en 1967 el historiador Luis Romero en el libro Tres días de julio, un notable trabajo de investigación que el hombre realizó en pleno franquismo y desde un lugar más cercano al régimen derechista, pero con voces de todos los sectores en un gesto de amplitud inusual por entonces. Fueron esos los tres dramáticos días en que los generales Emilio Mola y José Sanjurjo, a los que luego se uniría Franco, se sublevaron contra la república instaurada en 1931.
En esas jornadas frenéticas, mientras las diferencias entre las izquierdas afloraban, las centrales sindicales CNT (anarcosindicalista) y UGT (socialista) reclamaban al gobierno central que entregara armas al pueblo para defender las instituciones democráticas. Desde Madrid, el presidente esperaba que la revuelta militar fuera desactivada por los leales a la República, que no escaseaban en las fuerzas armadas ni en la sociedad, pero en esas horas cruciales nadie sabía con exactitud dónde estaba parado cada uno. O más bien, luego de una década de pleitos entre monárquicos y revolucionarios, faltaba una chispa que encendiera el polvorín. Y esa chispa sería el asesinato de José Calvo Sotelo, exministro de la dictadura de Miguel Primo de Rivera y por entonces líder monárquico en el Congreso de los Diputados.
Conviene a esta altura sobrevolar la trama que llevó a este enfrentamiento. El término de la Primera Guerra Mundial las cartas en el mundo quedaron plantadas en disputa entre un capitalismo que intentaba recomponerse ante la desintegración de los imperios zarista, alemán, otomano y de los Habsburgo, contra la Utopía que construían los soviets en Rusia. De hecho, si se llegó a un armisticio en noviembre de 1918 fue fundamentalmente porque el Reich estaba a las puertas de una revolución como la que un año antes había terminado con los zares.
El crecimiento del nazismo y el fascismo en el continente europeo se entiende en este contexto. Veamos: Benito Mussolini asume como primer ministro de Italia en octubre de 1922, y en la península ibérica, en septiembre de 1923 un golpe de estado lleva al poder al general Miguel Primo de Rivera. En Múnich, al mismo tiempo, se produce el Putch de la Cervecería, una intentona que puso en foco al partido nazi y a su líder, Adolf Hitler. En Portugal, la I República termina tras un golpe militar que cae luego en manos de un oscuro profesor de Economía de la Universidad de Coimbra, António de Oliveira Salazar.
La crisis mundial de 1930 no hizo sino acelerar y en algunos casos consolidar estos movimientos reaccionarios, mientras en el este Josif Stalin construía la Unión Soviética y en Estados Unidos las fichas comenzaban a jugar a favor de los cambios que llevaría adelante Franklin D. Roosevelt. Tras la renuncia de Primo de Rivera, en enero de 1930, el rey Alfonso XIII terminó por convocar a elecciones generales. En abril de 1931 el resultado de los comicios municipales fue aplastante en favor de los antimonárquicos, de modo que dos días más tarde se declaró la República y el rey partió a un exilio dorado.
Lo que vino después fue una sucesión de crisis que no permitieron cimentar el proceso democrático. En un continente que se desbarrancaba a otra guerra y donde todos los jugadores buscaban acomodarse para poner freno o sufrir las menores consecuencias ante el expansionismo germánico y las amenazas concretas del fascismo en todas sus variantes, que en España se manifestó a través de la Falange, fundada en 1933 por José Antonio Primo de Rivera, el hijo mayor del dictador, y que tenía un contenido católico extremo y un nacionalismo muy de la época.
Marruecos, protectorado español desde 1912 tras un arreglo colonial con Francia, fue un problema para la corona del Borbón. La Guerra del Rif fue un conflicto en el que hasta 100.000 efectivos españoles y no menos de 300.000 franceses intervinieron para sofocar los levantamientos de la población local. Allí fueron forjando su figura militares como Sanjurjo, “héroe” de la represión a los marroquíes en 1925 y luego designado como máxima autoridad española en Marruecos. También se fueron forjando en la lucha más feroz las tropas enviadas desde España, las que en un ambiente hostil se endurecieron al punto de ser cabezas de lanza en la pugna por el poder que se desataría en julio de 1936.
Manuel Azaña fue desde el 7 de abril de 1936 el segundo presidente de la República, sucediendo a Niceto Alcalá Zamora, de quien había sido primer ministro. Se lo considera como una suerte de padre de la república. Fundador del Frente Popular, una coalición de partidos antifascistas y antimonárquicos, tuvo que enfrentar el momento más dramático para la historia española y cargó con muchas de las culpas por errores que llevaron a las brutales matanzas en las que se vio envuelta la nación.
Anota en su libro Luis Romero un comunicado del general Sebastián Pozas Perea, comandante de la Guardia Civil, que a esas horas entablaba una febril lucha para mantener a las guarniciones militares en defensa de la Constitución de 1931. Como fuerza de seguridad, la GC tenía un rol más importante que el ejército en el mantenimiento del orden interno.
Algunas fuerzas del Ejército sublevado en África se han apoderado de la estación de Radio Tetuán, lo que comunico a las autoridades de mi Cuerpo por orden del ministro de la Gobernación, para que se consideren facciosas todas las proclamas que empezará a lanzar dicha estación, propalando noticias falsas. Las comunicaciones y órdenes emanadas del Gobierno legítimo y de esta Inspección General serán cursadas por la Estación Central. Exhorto a todos a que cumplan con absoluta lealtad el precepto reglamentario de permanecer siempre fieles a su deber, por el honor de la Institución.
El 19 de julio de 1936 renuncia el primer ministro Santiago Casares Quiroga, fundador del partido nacionalista gallego ORGA, y asume José Giral, muy cercano a Azaña. Las cartas están prácticamente jugadas y si bien el golpe fracasó por falta de apoyos en todo el país, sin embargo, logró dividir el territorio en dos. El 20 de julio muere Sanjurjo en un extraño accidente aviación en un De Havilland DH.80 Puss Mothen en el Estoril. El 3 de junio de 1937 seguiría sus pasos en un Airspeed Envoy en Burgos el otro organizador de la revuelta, el general Mola. Así, Francisco Franco, por imperio de la “desgracia” de sus competidores, quedaría como único líder de la restauración monárquica.

Azaña pidió ayuda al francés León Blum, que también integraba un Frente Nacional contra el fascismo, pero el premier socialista demoró una decisión. Por entonces, el peor de los males que podían ocurrir en esas regiones era el avance del comunismo, y convenía orejear las cartas a ver qué pasaba del otro lado de los Pirineos.
El primer ministro británico Stanley Baldwin, como conservador que era, tenía una tesitura todavía más precavida con eso de apoyar a un gobierno repleto de socialistas, anarquistas, comunistas y en el fondo, herejes. Faltaban pocos días para el inicio de los Juegos Olímpicos de Berlín, que para Hitler serían la muestra del resurgimiento alemán. Y nadie en Europa quería contradecirlo. La Unión Soviética saldría en ayuda de la República en diciembre de ese año, Alemania e Italia aportaron a la rebelión bastante antes.
¿Cuándo terminó la guerra? Oficialmente el 1 de abril de 1939, cuando el “generalísimo” emite un parte bien sintético. Sin embargo, las heridas siguen latentes y todavía hay disputa por los nombres de algunas calles que homenajean a criminales de guerra y los restos del propio Franco fueron retirados del monumento que se había hecho construir, en el ahora llamado Valle de Cuelgamuros, en la sierra de Guadarrama, en octubre de 2019. Y un artículo del diario El País de hace unos días firmado por José Andrés Rojo y Nicolás Sesma, entre solemne y disgustado, se preguntaba ¿Hasta cuándo seguiremos hablando de la Guerra Civil?
