Distintas maneras de empezar

LECTURAS Julieta Correa lee la esperada novela de Valeria Luiselli, una ficción que explora cómo se crean los relatos de origen cuando la memoria empieza a deshacerse.

La aparición de Feltrinelli en idioma español es un pequeño suceso para quienes seguimos las noticias editoriales, los pocos que somos, por pocos que seamos. La editorial italiana —conocida además por haber des-independizado a Anagrama al comprarla en 2016— desembarca ahora en la región compuesta por Latinoamérica más España con dos libros, una librería deslumbrante en la capital uruguaya y toda la promesa de su aura. Los libros son las novelas Doctor Zhivago de Boris Pasternak, publicación cuya historia vale una novela en sí misma, y Principio, medio, fin, la muy esperada novedad de la escritora mexicana Valeria Luiselli.

            Pedí el libro para comentar a un colega de prensa porque sigo la carrera de Luiselli; me gusta cómo piensa, su trabajo, sus libros. A mí y a mucha gente más. Su novela anterior, Desierto sonoro, la única escrita en inglés y traducida por Daniel Saldaña París —acá publicada por Sigilo en 2019— fue un éxito, ganó premios y vendió muchísimos ejemplares. Principio, medio, fin salió este mayo, siete años después, y es, en bastantes sentidos, una continuación del proyecto aquel. A pesar de esto, tardé en entrar en el ritmo de la historia. Eso, el tiempo que tardan las cosas —¿las cosas?— en una ficción, cómo atravesar ese tiempo, es uno de los temas de la novela.

            Principio, medio, fin sigue a una escritora y a su hija de doce años, entre niña y adolescente, que se instalan en Sicilia después de una gira de promoción por Europa. Ambas acaban de dejar una forma de familia a partir del divorcio de la madre y reflexionan sobre cómo encontrarle un nuevo inicio a su vida y cómo construir una casa de a dos durante un verano de agitación climática con volcanes en erupción y vientos impredecibles —el Levante, el Scirocco, quiero nombrarlos porque son hermosos—. De esta isla, además, había partido la abuela de la narradora hacia América a comienzos del siglo pasado. El cuarto personaje es el eslabón que falta de esa cadena de cuatro generaciones de mujeres: la madre de la narradora que vive en Baja California, es activista ambiental y tiene un principio de demencia.

            La novela está dividida en tres partes con un epílogo de imágenes y un complemento sonoro que se puede escanear. Una buena parte está compuesta de fragmentos breves que llevan frases en mayúscula de título. Esta estructura, con mucho diálogo y unos pocos personajes que más que secundarios son tangenciales, hace avanzar una historia que no hace pie tanto en la trama como en una serie de preguntas. En un momento, la narradora menciona la idea del camino del deseo, un camino fantasma que se va armando de a poco con las pisadas, como el rastro de las vacas en el campo. Así se va formando la estructura.

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            ¿Cómo empezar de nuevo? ¿Cómo se construyen los recuerdos? ¿Qué conforma una familia? Según cuenta la propia Luiselli, el germen de la historia surgió a partir de una pregunta de su hija: ¿Por qué en los mitos de origen siempre hay algo roto? —Y, ¿qué hacer con lo roto?—.

            Como su madre está perdiendo la memoria, la narradora le pide que traduzca la novela que está escribiendo. La hija escribe postales, saca fotos con una polaroid y busca respuestas a sus inquietudes en los clásicos griegos. Mientras tanto, se mueven. Escapan isla adentro de la violencia contenida del Etna y de un pianista, por caminos sinuosos y una presencia cada vez mayor del fuego. Tienen la tarea de devolver un mosaico robado —o rescatado— por la Nanna a su lugar de origen y conversan. Porque se trata de una novela de preguntas donde importan las reflexiones de la narradora, pero sobre todo por el diálogo entre madre e hija que se va espesando con el correr de las páginas.

            Conversan sobre: los viajes en el tiempo, la bibliomancia consultada a la Historia natural de Plinio el Viejo, la historia y geología de la isla, la inmigración del siglo XX y la actual, la crisis climática, los problemas de escritura, los trombolini —saqueadores de ruinas como los protagonistas de esa película deliciosa que es La quimera de Alice Rohrwacher. Y, especialmente, sobre las historias griega e italiana, con sus guerras, sus mitos y sus sabios.

            Y rondando todo eso, las posibilidades de la ficción que aparecen en los sueños, en las invenciones de la hija escritas en postales y los mensajes confusos de la abuela por whatsapp. La demencia tiene componentes de ficción. La genealogía y los mitos de origen también. Al fin y al cabo, el recuerdo es siempre una narración arbitraria que se arma con los elementos disponibles. También lo es el futuro.

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            Hace poco tomé un curso de Walter Romero sobre Literatura francesa del siglo XXI en Malba Plus. En la primera clase, sobre El adversario de Emmanuel Carrère, plantea uno de los grandes temas de la literatura post dos mil: qué es verdad y qué es mentira. Es sabido que cuando se publicó Yoga del mismo autor, la exmujer le hizo juicio por mencionarla, desmintió aspectos de la trama y el escritor terminó sacando una nueva versión del libro, sin ella.

            Menciona otros dos casos muy conocidos en Francia: Kamel Daoud ganó el Goncourt con Houris y semanas después una mujer salió a decir que la novela estaba basada en el relato psicoanalítico contado en sesión a su esposa. Édouard Louis publicó Historia de la violencia y el joven que aparece en el libro le hizo juicio por difamación; el juez determinó que no había ocurrido la violación de la novela. ¿Era mentira? ¿Importa? ¿Tiene validez el reclamo del protagonista —o de los lectores—?

            En una entrevista en la UNAM a propósito del lanzamiento de su libro, Luiselli cuenta entre risas que los editores estadounidenses le preguntaron si los personajes eran reales. Si el pianista era real, si la madre realmente estaba perdiendo la memoria. La insistencia era tal que la madre, que estaba con ella en el auto, quiso intervenir. En ese mercado editorial, el problema de los juicios por difamación está siempre presente, y la zona de cruce entre autobiografía y ficción es zona de riesgo legal. Un poco más adelante en la entrevista, Luiselli agrega que un funcionario siciliano le preguntó si tenía todavía el mosaico de Proteo en su familia.

            Ella se ríe de la ocurrencia, pero es un tema que le importa. Varios fragmentos de la novela vuelven sobre esto: la autobiografía, los efectos de la ficción en la memoria, el porcentaje de realidad de la historia. “Aquí es donde empieza la ficción, pienso”, dice la narradora. Luiselli, que es una escritora inteligentísima, parece tomar partido por la ambigüedad. No resuelve, no esquiva ni se inquieta; plantea preguntas.

            Más adelante, dice el personaje en la novela: “El punto central es que la mamá de la narradora está perdiendo la memoria, y a la narradora le preocupa mucho eso, así que decide hacer algo al respecto y le pide a su mamá que traduzca su novela. (…)
¿Y le vas a pedir a la abuela que la traduzca?
¿A mi mamá? No, no creo.
¿Por qué no?
Porque todo es nomás ficción”.

            Hay varios problemas derivados de lo anterior, pero podemos mencionar tres: contar la vida de alguien real que nos pueda desmentir, el extractivismo y usufructo —con perdón de ambas palabras— de una vida de alguien que podría querer contar su historia y el pacto de verdad con los lectores. Y por qué no, lo que esa enunciación de verdad dice sobre la política de identidad del autor.

            Lo que seguro es cierto es que, cada vez más, la pregunta por la ficción es un terreno pantanoso para quienes escriben. Y en ese pantano se mueve Valeria Luiselli deliberadamente. Lo hace, por suerte para nosotros, con inteligencia y generosidad.

Píxel / Revista Zoom

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