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Vallecas: el barrio más grande y pujante de Europa

Con su equipo de fútbol de primera división con posiciones antifascistas, su Parque de las Siete Tetas, su “batalla naval” anual, el emblemático barrio madrileño de Vallecas sostiene una pujante vida social, política y cultural. Crónica de una visita al barrio más grande Europa. Por Mariano Pacheco

Situado en la periferia sureste de Madrid, Vallecas es conocido por ser “el barrio más grande de Europa” y por tener un equipo de fútbol fuertemente posicionado políticamente: El Rayo, que cuenta con una historia de más de un siglo, un arraigo obrero que no cesa a pesar de las profundas mutaciones que ha experimentado la clase obrera en las últimas décadas y que compite desde hace años en Primera División sosteniendo banderas abiertamente antifascistas. 

En esa zona en la que las empresas de desarrollo inmobiliario vienen visualizando cada vez mayores posibilidades para hacer grandes negocios, habitan alrededor de 370.000 personas. Allí, entre la cancha de fútbol y el parque del Cerro del Tío Pío (más conocido como El Parque de las Siete Tetas) se realiza desde 1981, en cada julio, “La batalla naval”, una suerte de carnaval en la que todo el barrio ameniza el calor con intercambios de agua que trazan asimismo caminos imaginarios respecto del puerto de mar que se reivindica como parte de las leyendas del lugar (que cuenta en su haber con el nombramiento de un presidente de la “República de Vallecas” durante el primer aniversario del evento).

Caracterizado por una pujante participación popular en distintas instancias, existen en el barrio una gran cantidad de espacios sociales y culturales. Algunos más oficiales, como el Paco Rabal, sitio multidisciplinar que cuenta con un teatro, sala de exposiciones, biblioteca, sala de Internet, gimnasio y cafetería, y otros autogestionados, entre los que se destacan el Centro social La brecha, donde funcionan varios colectivos, con una librería, una biblioteca, una ludoteca, un grupo de consumo ecológico y en donde también se pueden encontrar clases de inglés, asesoría legal, apoyo escolar cooperativo, una despensa solidaria; La Horizontal, Centro cultural enfocado en las artes escénicas que desde sus talleres de teatro, circo, clown, aéreos, coro, swing, pero también de chi kung, yoga o la organización de los “Cabarés”, busca jugar un papel activo en la creación de espacios artísticos propios de la comunidad. 

Entre estas apuestas por gestar y sostener tramas comunitarias ante tanta proliferación de individualismo y negocio rentístico, desde hace 13 años funciona también uno de esos sitios que se ha transformado en todo un emblema del quehacer político y cultural de la zona: la Villana de Vallekas.

Una librería más allá de los libros

Calle Serra de Arquige 12, frente a la Plaza de Amos Acero.

Llego allí una tarde de mayo, habiendo contactado previamente a Josele, una de las personas a cargo de la librería. Me presento al llegar y el muchacho que estaba concentrado en sus tareas frente a la computadora se para, me saluda afectuosamente y comienza a mostrarme los estantes mientras me explica cómo están organizados los libros, el modo en que se vinculan con las editoriales y, tras algunos intercambios de palabras, pasa a contarme un poco de la historia del lugar, y de cómo un proyecto de libros se relaciona con el de otras tantas iniciativas. 

Nacido y sostenido por más de una década en un local situado en la calle Monseni, en la otra punta de Vallecas, el Centro Social y Cultural La Villana se mudó a la actual sede en 2025. La puerta de ingreso, la “cara visible” del lugar, es la Librería Malaletra, una iniciativa impulsada por la Escuela de las Periferias, uno de los colectivos del Centro social dedicado a la formación y la producción y socialización de conocimientos que busca hacerle un guiño al barrio para que allí también esté presente el pensamiento político, la poesía, el ensayo, la narrativa, la crítica social.

Josele comenta que, hasta ahora, han logrado sortear las grandes dificultades que se le suelen presentar a iniciativas así cuando no se desarrollan en el centro mismo de una gran ciudad: por un lado, la falta de ventas; por otro lado, el desinterés en la recepción de la propuesta. Y destaca el apoyo que han recibido todo este tiempo por parte de las socias y socios de la librería, ese club de amistades que es parte fundamental de toda esta historia. 

La librería, por otra parte, busca inscribirse en una “ecología crítica del libro”, es decir, junto a una serie de editoriales y distribuidoras críticas o alternativas que trabajan al margen del mercado capitalista del libro y que permite tener mejores condiciones a la hora de conformar el depósito de libros fundamentales para dar los primeros pasos y fomentar una red con otras librerías y distribuidoras que manejan criterios similares, no sólo en Madrid sino también en Cataluña, en Andalucía, en Euskadi.

Vender libros, recomendarlos, pero también, presentarlos, en el marco de otro conjunto de actividades, que incluye transmisiones de charlas en formato podcast, o talleres, es parte del desafío: talleres como el que impulsan a su vez otros colectivos que no forman parte del ecosistema organizativo de La Villana, pero que se arriman a Malaletra con nuevas propuestas, como “Sílaba insurrecta”, el club de lectura con perspectiva interseccional y transversal, nacido hace tres años impulsado por Lua, quien nos cuenta que el trabajo sobre la poesía y la literatura latinoamericana que realizan busca fomentar espacios de encuentro para ensayar formas de ir y venir entre la crítica literaria y la crítica social. 

Antes de irme del lugar Josele comenta que, si bien ya existía un software libre de gestión de editoriales y de distribuidoras, en estos meses últimos y luego dos años de trabajo, comenzaron a utilizar el primer software libre de gestión de librerías, con el que buscan migrar su base de datos desde Excel hacia este nuevo sistema.

Ya en Argentina, recibo un mensaje suyo por WhatsApp, en el que me cuenta con entusiasmo que están a la espera de que la Junta del distrito les apruebe la posibilidad de llevar adelante en 2027 una primera Feria del Libro Alternativa de Vallekas.

Consolidación y expansión

Durante más de una década, mientras permanecieron en el otro rincón del barrio, La Villana formó parte de un arraigado trabajo territorial, de un amplio movimiento vecinal de recuperación de espacios, como el parque vecinal Sputnik de Vallecas y la organización, nuevamente, de las fiestas de Doña Carlota. De allí el enorme desafío que se les presentó tras la mudanza: reiniciar sus actividades en otra zona de aquel enorme distrito, en un local donde antiguamente funcionó una guardería y, antes, una fábrica de harina, pero que desde hace 25 años permanece cerrado. 

Con casi 400 socios y socias, el Centro social y cultural arrancó sus actividades en 2025 con alrededor de 15 colectivos funcionando en el nuevo local, que pudieron comprar tras un proceso de campaña solidaria realizada para juntar fondos y la adquisición de un préstamo a través de la COP57, una cooperativa de servicios financieros destinada a conceder préstamos a proyectos de la economía social de España, nacida en 1995 en Barcelona tras el cierre de Editorial Bruguera, que permite conformar una red para financiar proyectos con plazos de 15 años, en lo que es conocido bajo el nombre de “banca ética”. 

Atravesados por una realidad en la que la expulsión de vecinos frente al rentismo, los fondos buitres, la especulación de los bancos y la remodelación de viviendas para el alquiler al turismo es moneda corriente, se entiende por qué la Plataforma de Afectados por la Hipoteca es uno de los grupos más dinámicos de La Villana, así como el de Clases de castellano, colectivo que trabaja con migrantes y funciona como uno de los principales dispositivos antiracistas del lugar, en donde se comparte el aprendizaje de la lengua desde un paradigma de construcción de comunidad.

Otra de las iniciativas de este conglomerado de trabajo asociativo del que La Villana forma parte es la Red de Apoyo Laboral, que funciona como una suerte de “Sindicato de barrio”; la Escuelita, enfocada en el trabajo con infancias; Radio Vallecas, proveniente de la Radio Comunitaria que hoy produce podcast y formación en el oficio; un Grupo de salud que trabaja las relaciones entre Centros sociales y Centros de salud del barrio, poniendo el foco en la cuestión de la vivienda para tratar de indagar en cómo las condiciones de hábitat afectan la salud (proyecto en el marco del cual durante este año se ha desarrollado una Escuela de sanidad popular); el Grupo de gestión comunitaria de las violencias, que desde una mirada antipunitiva busca politizar el daño, reconocer los ejes de poder y opresión para generar respuestas proporcionales, colectivas y orientadas a evitar la repetición de situaciones; el Club deportivo transfeminista de Puerto de Vallecas; el Colectivo feminista “Ariscas”; los Grupos de consumo que sostienen las Redes agroecológicas entre campo-ciudad; Talleres como el de Pilates o el Espacio de primeros contratos, que busca garantizar el registro de migrantes a precontratos, que luego resultan fundamentales para el acceso al mercado laboral y a la seguridad social.

Nuevos desafíos

Como en toda experiencia duradera, hubo iniciativas que se sumaron con el pasar de los años y otras que se fueron desvaneciendo, dislocando, como la Taberna mediterráneo, el Ciclo de cine villano o la Despensa solidaria, ese espacio autoorganizado por mujeres, la mayoría migrantes, que quedó funcionando en el anterior local y que hasta el día de hoy gestiona donaciones de alimentos, construye cestas para repartir y, también, realiza talleres de costura, peluquería, catering u otros oficios que contribuyen al desarrollo laboral con el que se pueden llevar adelante nuevos trabajos para sumar ingresos. 

En medio de un mundo que se cae a pedazos, con proyectos políticos de izquierda o progresistas en crisis, apuestas como la de la librería Malaletra y el espacio donde funciona, no sólo se consolidan sino que además se expanden, contribuyendo a oxigenar un poco el ambiente, a sostenerse con mejor ánimo en esta espera activa por tiempos más auspiciosos para las perspectivas de emancipación. 

Mientras desde Vallecas llegan noticias de intentos de desalojos de viviendas y procesos colectivos de organización que buscan frenarlos, la compra de un antiguo bar que lleva varios años cerrado aparece en el horizonte del trabajo territorial emprendido por los colectivos que funcionan en La Villana. Si bien el “Local Ufarte” no está situado en las instalaciones mismas del Centro social y cultural, sino a unos metros, su asamblea aprobó embarcarse en esta aventura de ampliación, bajo la idea de preservar ese tejido vecinal que en este barrio, como en tantos otros, comienza a ser carcomido por el desarrollismo urbano. 

“Estamos ahora en un proceso de búsqueda de financiación que implica una doble apuesta. Por un lado, tratar de conseguir crédito en ámbitos como la banca ética y a través de aportes de socios o de personas e instituciones solidarias que quieran contribuir con este proyecto. Por otro lado, impulsar el “Obrador de croquetas”, comenta Josele, quien subraya que las croquetas, en Madrid, son un alimento muy aclamado, que a todo el mundo le gusta, pero que a nadie “le mola” hacer. En este horizonte, la apuesta del Obrador no sólo tiene implicancias económicas, sino también relacionales, políticas: combina una línea de producción, sistematización del oficio gastronómico, aprendizaje de la organización autogestiva del trabajo, con otra que apuesta por el entrelazamiento de tradiciones culturales, trayectorias de vida y hasta lenguas diferentes: españoles, senegaleses, marroquíes compartiendo la producción de un alimento y, al mismo tiempo, la fabricación de un sueño colectivo. 

Provenientes de diferentes procesos de movimientos sociales atravesados en Madrid por la rebelión de “Indignados” del 15M (15 de mayo de 2011), con recorridos militantes en las ocupaciones de viviendas y con apuestas por llevar adelante experiencias municipalistas en lo que se conoció como las “alcaldías rebeldes”; ligados a todo un quehacer político sustentado en la idea de un “sindicalismo social” que busca superar las lógicas del sindicato tradicional dedicado solo a temas laborales para pasar a operar sobre otros temas más generales de la vida popular; influenciados por procesos latinoamericanos como el de los zapatistas en México, con el foco puesto en la participación directa de las personas en asambleas y en el trabajo de base allí donde aparecen los conflictos cotidianos de las grandes mayorías, sitios como La Villana se fueron transformando con el paso de los años en una referencia que muestra una posibilidad concreta de gestar y habitar espacios políticos, sociales y culturales sustentados en principios igualitarios.

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