Nada más ajeno que el nombre propio, asegura Jacques Lacan en alguno de sus textos; sin embargo, el nombre otorgado suele signar el camino de una vida humana, tal como parece suceder con Aimé-Jacques Alexandre Goujaud. Nacido el 29 de agosto de 1773 en el pueblo de la costa sudeste francesa de La Rochelle y al cual todos conocemos por Aimé Bonpland. A quien su padre, viendo el desmesurado interés del niño por las plantas, apoda “Bon Plant” o buena planta. Sobrenombre que, en años posteriores, modificará en la consonante final y pasará a ser su apellido oficial por el resto de su vida. Aimé o Amado también será un nombre cargado de significantes a lo largo de su azarosa y prolongada existencia.
Recibido de médico a los 24 años, traba amistad con el aristócrata alemán Alexander von Humboldt, con el cual alrededor de 1799 emprenden un viaje por España y las Islas Canarias. Finalizado ese periplo, donde catalogan nuevas especies descubiertas e intercambian otras informaciones científicas, deciden embarcarse rumbo a Estados Unidos, recorriendo parte de México, Venezuela, Perú y el sur del continente, donde la costa del Río de la Plata primero y la exuberancia de la selva misionera después lo cautivan para siempre.
Es en estas andanzas por selvas y montes americanos donde el interés científico se mezcla con el político y conspirativo, lo cual lo lleva a trabar amistad con independentistas como Bolívar, Belgrano y San Martín. Aunque es gracias a Bernardino Rivadavia, quien le ofrece un puesto en el Estado para crear el Jardín Botánico de Sudamérica. Gracias a esto, en 1816, acompañado por su esposa Adeline Delhaye, se establece en Buenos Aires. Sin embargo, los tiempos no resultan ser tan venturosos. Se lo implica en un complot junto a sus connacionales Jean Lagresse y Charles Robert para asesinar al director supremo Juan Martín de Pueyrredón, a Bernardo O´Higgins y a San Martín. Sus arriesgados comentarios públicos y los de su esposa lo convirtieron en sospechoso. Juzgados, sus supuestos cómplices fueron hallados culpables y fusilados el 3 de abril de 1819. Él fue absuelto de culpa y cargo. A raíz de estos sucesos, su esposa Adeline lo abandona, seducida por un empresario bananero millonario de origen ecuatoriano, con el cual retorna a París. Nuestro Amado, viendo hacer agua la faraónica idea rivadaviana, en octubre de 1820 viaja al litoral, donde recorre las misiones jesuíticas y se asocia con un grupo de franceses e indígenas guaraníes en el poblado de Santa Ana, donde comienzan a producir yerba mate.
FRANCIA. Apenas unos meses de diferencia separan la presencia de José Artigas y la de Aimé Bonpland en el cerro de Santa Ana, en Misiones. Pero la misma se salda al ser ambos víctimas de los designios del dictador José Gaspar de Francia. El Overavá Karai, el hombre resplandeciente, según la traducción del guaraní, llegó en los primeros días de septiembre al cerro, con un ejército de afros y algunos de sus lugartenientes, entre ellos el irlandés Pedro Campbell. La intención era pedir asilo en el Paraguay de Francia, reordenar la tropa y continuar la lucha. El paraguayo mañoso y artero le otorga el asilo pedido. Pero apenas Artigas pone un pie en su territorio, es hecho prisionero y separado de su gente. Los jefes corren la misma suerte y son enviados a poblados alejados. Los soldados afro viven una situación particular: son declarados hombres libres en un país donde aún no se había abolido la esclavitud y Francia les otorga tierras, enseres de labranza y animales. Son ubicados en las cercanías de Asunción, donde fundan el pueblo de Cambá Cué o Cueva de Negros, como indica la traducción del guaraní.
En diciembre del mismo año, el Karai Arandu u Hombre sabio, tal como llamaban los guaraníes a Bonpland, se encuentra en el mismo lugar produciendo yerba mate. Francia descree que las actividades del francés estén ligadas solamente a ese cultivo y producción y lo considera un espía y un conspirador, conductor de un plan para derrocarlo y poner al Paraguay de rodillas ante el poder porteño. El delirio paranoico lo lleva a organizar una matanza en la cual son asesinados decenas de guaraníes y Aimé Bonpland, encadenado, es conducido prisionero hacia el Paraguay. Estos acontecimientos violentos dieron pie al inicio de una campaña internacional reclamando la libertad del ilustre prisionero. Simón Bolívar amenazó con invadir Paraguay si Francia no lo liberaba.
Tanto Artigas como Bonpland comparten un llamativo paralelismo en sus destinos de vida. El Protector de los Pueblos Libres es confinado en una chacra en Curuguaty, a 80 leguas de Asunción; allí se dedica a la producción agrícola y ganadera, además se casa con la criolla Clara Gómez Alonso, con la cual tuvo un hijo. Aimé Bonpland es confinado en otra chacra en el pueblo de Santa María de Fe, en el departamento de Misiones. Allí no solo continúa con los cultivos de yerba mate, también funda un hospital escuela y realiza una profusa clasificación herbórea. También contrae matrimonio con la hija del cacique guaraní Chiviré, María o Maréi, con la cual tiene dos hijos, Amado y María. Por esos tiempos, Gaspar Francia había promulgado una ley teñida de arbitrariedad que prohibía el casamiento entre europeos; estos solo podían casarse con criollos, indígenas o afros. Se podría conjeturar que Bonpland se casó con ella para no contravenir ninguna legislación y agravar su situación, pero un hecho futuro confirmará el amor verdadero que sentía tanto por su mujer como por sus hijos franco-guaraníes.
Francia gobernaba al país a la manera de un reyezuelo, propio de una historia de Lewis Carroll. Ocupado en esos absurdos, ninguno de los dos prisioneros le despertaba mayor interés. Tal es así que, al cumplirse diez años de cautiverio, expulsa a Bonpland de Paraguay, sin motivo alguno y sin darle el menor mérito a los valiosos aportes realizados. De la noche a la mañana, Bonpland se ve obligado a abandonar su chacra, el hospital y a su familia. Querido por la comunidad, derrama lágrimas antes de partir hacia Corrientes. Artigas deberá esperar la muerte de su captor durante una década y pasar un año encarcelado por Carlos Antonio López, que luego lo libera del todo. En el lapso que va de 1840 a 1850, año en que muere, es visitado por enviados de la República Oriental del Uruguay, quienes lo invitan a regresar. Ofrecimiento que rechaza de plano al considerarse un argentino oriental y ajeno a ese proyecto de país orquestado por Inglaterra.
BIFURCACIONES. Desde la liberación de su cautiverio en 1831 al 11 de mayo de 1858, día en que muere, han pasado veintisiete años. Amado no perdió el tiempo, volvió como vuelve un loco a sus obsesiones y se casa por tercera vez con la criolla Victoriana Cristaldo, que le da tres hijos. Una niña llamada Carmen y dos varones. Afincado en Paso de los Libres, no cesa en continuar sus trabajos científicos y comerciales y, a pesar de los empeños, carga con la frustración de no haber podido fundar un nuevo hospital escuela debido a la falta de presupuesto. Para compensar de algún modo la falla, el gobernador Pujol lo nombra director del Museo de Ciencias Naturales de Corrientes.
Podemos afirmar que tuvo una vida fantástica, claro que sí. Y una muerte por el estilo, por supuesto que también. Pero el gaucho correntino que avanza en la noche montado sobre un overo rosado ignora todo eso y, cuando pasa frente a la casa iluminada, con las ventanas y puertas abiertas de par en par, saluda a ese hombre de aspecto saludable que está tendido sobre la cama y que no es otro que Bonpland, al cual se puso a airear su cadáver luego de haberlo embalsamado, con la intención de trasladarlo a la capital correntina al día siguiente y ser enterrado con los honores propios de su dimensión humana. El paisano, de facón en la cintura, como se estila en esos pagos, está tan borracho que no puede distinguir a un vivo de un muerto o a un durmiente de un despierto. Se ofende, lo insulta y baja del overo, facón en mano; sin mediar palabra, le asesta un par de puñaladas al cadáver. El apuñalado no emite el menor sonido de dolor o queja. Esto aterroriza al alucinado jinete, que no comprende la situación y huye al galope largo en medio de la noche.
Este suceso fantástico interrumpió el proceso de embalsamamiento y hubo que suspender las exequias programadas. Su hija Carmen dio la orden de enterrarlo con la premura del caso en el cementerio de Paso de los Libres. Lugar donde, tal vez, Amado Bonpland hubiera querido descansar para siempre.
