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El peronismo frente a su hora más difícil

La historia demuestra que ningún movimiento conserva para siempre la representación popular. Cuando deja de interpretar su tiempo, otro ocupa su lugar. Por Antonio Muñiz

La política tiene una regla implacable: cuando una fuerza deja de interpretar las demandas de la sociedad o pierde capacidad para conducir una etapa histórica, otra ocupa su lugar. Ningún movimiento posee un derecho permanente sobre la representación popular. El peronismo debería reflexionar seriamente sobre esta realidad.

Mientras la dirigencia justicialista permanece enfrascada en una interna cada vez más desgastante, el gobierno de Javier Milei avanza con rapidez en una profunda transformación de la Argentina. Ya no se trata únicamente de un programa económico. Está en discusión el modelo de país, el papel del Estado, la producción nacional, el trabajo, la ciencia, la universidad pública y la inserción internacional de la Argentina.

Las decisiones del Gobierno responden a una lógica política definida. El endeudamiento externo vuelve a ocupar un lugar central; se acelera la desregulación económica, se debilitan organismos del Estado, se favorece la concentración económica y se profundiza un esquema de dependencia financiera y tecnológica. Se podrá compartir o rechazar ese rumbo, pero resulta evidente que existe una estrategia de poder y un horizonte político claramente definido.

Lo preocupante es que la principal fuerza opositora parece incapaz de construir una respuesta de similar envergadura.

El debate dentro del peronismo gira alrededor de candidaturas, liderazgos y disputas territoriales, mientras millones de argentinos enfrentan la caída del consumo, el cierre de empresas, la pérdida del poder adquisitivo y una creciente incertidumbre sobre el futuro. Existe una evidente desconexión entre las preocupaciones de la sociedad y las prioridades de buena parte de la dirigencia.

Las diferencias internas no son el problema. El peronismo siempre fue un movimiento plural. La discusión es saludable cuando sirve para definir un rumbo. Se vuelve estéril cuando sustituye al proyecto político. Eso es lo que hoy comienza a percibir buena parte de la sociedad.

Resulta difícil comprender que dirigentes llamados a construir una alternativa dediquen más tiempo a debilitar a otros compañeros que a confrontar con el proyecto político del oficialismo.

Esa dinámica tampoco es casual. Esta siendo fogoneada desde los medios y los grupos de poder. Estos sectores siempre comprendieron que un peronismo dividido representa una ventaja estratégica. Pero sería un error atribuir toda la responsabilidad a factores externos. También existe una preocupante falta de comprensión política dentro del propio movimiento. En política existe una regla elemental, saber distinguir con claridad quién es el adversario y quién es el aliado. Cuando esa frontera se desdibuja, se pierde el sentido estratégico de la acción política. Hoy algunos dirigentes peronistas dedican más esfuerzo a combatir a sus propios compañeros que a enfrentar el proyecto político que impulsa el gobierno de Javier Milei.

La experiencia latinoamericana ofrece una advertencia que el peronismo haría bien en estudiar. Durante décadas, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) pareció una fuerza invencible. Controló el Estado, organizó la vida política y construyó una estructura territorial que parecía imposible de desplazar. Sin embargo, la pérdida de credibilidad, la burocratización de su dirigencia y la incapacidad para interpretar las nuevas demandas sociales terminaron erosionando su legitimidad. 

Ese vacío fue ocupado por Movimiento Regeneración Nacional, (MORENA) bajo el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador, que logró canalizar el descontento popular y construir una nueva mayoría. La enseñanza es clara: ningún movimiento político conserva para siempre la representación del pueblo si deja de interpretar su tiempo.

La política no admite vacíos. Cuando una fuerza deja de expresar las demandas de amplios sectores sociales, inevitablemente surgen nuevos actores dispuestos a ocupar ese espacio.

Por eso la discusión no debería centrarse en quién conduce el Partido Justicialista y arma las listas. La verdadera discusión consiste en quién está dispuesto a conducir un proyecto nacional capaz de recuperar la producción, el trabajo, la movilidad social, la soberanía económica y la capacidad del Estado para promover el desarrollo.

La unidad, por sí sola, no resolverá el problema. Sin un programa claro, sin una estrategia y sin una lectura adecuada del momento histórico, será apenas una tregua entre dirigentes.

El peronismo todavía dispone de dirigentes, territorialidad, militancia e historia para reconstruirse. Lo que parece faltarle es sentido de urgencia.

Porque mientras el oficialismo avanza sobre transformaciones que pueden condicionar a la Argentina durante décadas, el principal espacio opositor continúa consumiendo un tiempo precioso en disputas que la sociedad observa con creciente desinterés.

La historia deja una enseñanza que ningún dirigente debería ignorar: cuando una conducción deja de cumplir la función que su tiempo le exige, termina siendo reemplazada.

Si el peronismo no comprende la magnitud del desafío, puede descubrir demasiado tarde que el lugar histórico que ocupó durante más de setenta años como principal expresión política de los sectores nacionales y populares ya ha comenzado a ser ocupado por otra nueva dirigencia política.

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