La cuenta regresiva hacia mayo de 2027 ya comenzó y todo el arco político se prepara para la próxima contienda electoral. Te proponemos iniciar un camino de análisis y reflexión sobre un nuevo territorio de disputa: el digital.
Cuando pensamos en las condiciones que favorecieron al gobierno nacional en las últimas elecciones, resulta imposible desconocer que una de las principales herramientas de La Libertad Avanza fue su conocimiento y su fuerte presencia en el entorno digital. Por eso, hoy es necesario volver sobre esas mismas premisas para pensar cómo construir un escenario más equitativo desde la oposición.
De cara a 2027, y ante el creciente desarrollo de la inteligencia artificial generativa al servicio de los equipos de comunicación de los candidatos, distinguir las estrategias de desinformación deja de ser un asunto reservado a los ámbitos académicos para convertirse en una obligación ciudadana. Mantenerse alerta, desarrollar herramientas de verificación y reconocer las campañas de manipulación será indispensable para votar responsablemente y rechazar las operaciones de desinformación.
Un poco de historia
En poco más de una década, la desinformación con fines políticos pasó de ser un recurso más dentro de una campaña electoral a convertirse en un componente estratégico de la disputa política. Podemos ubicar un punto de inflexión en la campaña de 2015 de Mauricio Macri, aunque su presencia en internet se remontaba a varios años antes. Fue entonces cuando comenzó a trasladarse una parte significativa de la disputa desde el territorio y los medios tradicionales —la televisión y la radio— hacia el entorno digital y el análisis de datos.
Los trolls, los bots, el microtargeting, la segmentación y el caso de Cambridge Analytica entraron en escena, y abrieron una etapa en la que los mensajes ultrapersonalizados, construidos a partir de intereses y perfiles individuales, comenzaron a circular masivamente. La instalación artificial de tendencias, la desacreditación de investigaciones periodísticas y el acoso digital pasaron a ocupar un lugar cada vez más relevante. En todo caso, quizá lo más cercano al territorio —tal como lo conocíamos hasta entonces— fue la avanzada sobre WhatsApp, pues allí las campañas adquirieron una dimensión local y capilar.
Esta etapa se profundizó durante el gobierno de Mauricio Macri, que destinó espacios y recursos estatales a la vinculación digital con los ciudadanos, en un esquema que luego sería asociado a las llamadas “granjas de trolls” vinculadas a Marcos Peña. De este modo, el entorno digital comenzó a naturalizarse como un nuevo terreno de disputa política.
Esta avanzada atravesó, en mayor o menor medida, a todos los espacios políticos. Sin embargo, dejó una desventaja particularmente marcada para el peronismo. Sus razones pueden ser discutidas —y seguramente también cuestionadas— pero hubo una de carácter autoimpuesto: la sobrevaloración del “territorio” y del boca a boca dejó en evidencia que, cuando llegó el momento de disputar la batalla digital, no se contaba con las mismas herramientas ni con la misma capacidad de respuesta.
Durante la pandemia de COVID-19, el uso de noticias falsas se potenció como instrumento para generar malestar social en torno de las medidas de aislamiento implementadas por el gobierno de Alberto Fernández. Salud y política pasaron a disputar el mismo escenario: el digital. Encerrados en nuestras casas, las pantallas se convirtieron en uno de los principales medios de socialización y circulación de información.
2023: las fuerzas del cielo desembarcan en Argentina
Con la llegada de La Libertad Avanza apareció una nueva mutación de estas herramientas. Comenzó a hablarse de una “maquinaria electrónica” que combinaba granjas de trolls, bots, influencers, militantes rentados y operadores anónimos que impulsaban campañas de desprestigio y hostigamiento contra los candidatos de los espacios adversarios.
Es necesario aclarar, nuevamente, que todos los partidos utilizaron estas herramientas en mayor o menor medida. La novedad de la campaña de Javier Milei fue, en buena medida, que no existía un comando centralizado encargado de dirigir los mensajes y la estrategia, como sí había ocurrido en otras experiencias políticas. En su lugar, se desplegó un ejército descentralizado de influencers y militantes fuertemente ideologizados que dominaron con rapidez las redes sociales y los nuevos formatos, especialmente los videos breves de TikTok e Instagram.
El ecosistema de la desinformación volvió a mutar hacia una comunicación orgánica e hiperpolarizada, desplegada en plataformas como X, TikTok, Instagram y canales de Telegram. El eje narrativo dejó de limitarse a la desacreditación de las propuestas de los candidatos opositores y avanzó hacia la instalación de consignas como el “fraude” y la eliminación de “la casta”.
En las elecciones porteñas de mayo de 2025, durante la veda electoral, circuló un video generado mediante inteligencia artificial en el que un falso Mauricio Macri pedía votar por Manuel Adorni en lugar de Silvia Lospennato. El material fue impulsado por cuentas libertarias y el Tribunal Electoral porteño ordenó retirarlo, aunque para entonces ya se había viralizado. El episodio constituyó uno de los primeros casos de deepfake electoral registrados en una campaña argentina.
La reflexión que surge de este episodio es fundamental: la inteligencia artificial debe ser entendida como una herramienta, no como una fatalidad. La clave está en la alfabetización digital de una sociedad cada vez más expuesta a estrategias sofisticadas de manipulación.

El territorio 2027: las fake news que vienen
El 2027 ya tiene su propio idioma. O aprendemos a hablarlo nosotros o, una vez más, serán otros quienes lo impongan. Llegarán los deepfakes: videos y audios fabricados con inteligencia artificial capaces de hacernos decir aquello que nunca dijimos. Llegará también el “ultrafalso” en plena veda electoral: la mentira lanzada precisamente cuando ya nadie puede responder. Y estarán las granjas de trolls disfrazadas de astroturfing, esa falsa espontaneidad que simula ser la voz del pueblo cuando, en realidad, responde a una operación organizada.
Nombrar estas herramientas es la primera trinchera. Al territorio digital no se puede entrar desarmado. Digámoslo de frente: llegamos tarde a este campo. Durante demasiado tiempo lo miramos por encima del hombro y pagamos caro esa subestimación. La disputa ya no es solamente por la atención. Es, sobre todo, por la confianza.
El deepfake no necesita que creamos una mentira. Su objetivo más profundo puede ser que dejemos de creer en todo. Que la verdad y la falsedad se vuelvan indistinguibles. Que toda imagen pueda ser puesta en duda y que toda palabra termine sospechada de ser una operación. Contra esa niebla, construir una voz propia, creíble y verificable no es solamente una estrategia defensiva: es plantar bandera.
El mandato es hoy: estudiar el terreno, anticiparse y responder en horas, no en días. Pero hay una condición que no deberíamos perder de vista: no convertirnos en aquello que denunciamos.
Nuestra militancia de carne y hueso sigue siendo una diferencia decisiva frente a los bots. Pero necesita método, formación y velocidad. Disputar mejor el territorio digital ya no es una opción. De cara a 2027, es una condición indispensable para dar la batalla política.
Bonus Track
Glosario de términos para ir metiéndonos en tema
- Desinformación (disinformation): contenido falso difundido con intención deliberada de causar daño. Es la operación premeditada.
- Fake news: término impreciso y políticamente capturado; conviene evitarlo porque suele usarse para deslegitimar al periodismo profesional.
- Troll: cuenta operada por una persona real que provoca u hostiga de forma deliberada, muchas veces coordinada.
- Bot: cuenta automatizada por software, que publica o replica a gran escala y velocidad.
- Cyborg: cuenta híbrida, en parte automatizada y en parte manejada por humanos; más difícil de detectar.
- Sock puppet (títere): identidad falsa creada y operada por una persona real para aparentar ser otra o multiplicar su voz.
- Granja de trolls/de bots (troll farm): estructura organizada y rentada que produce y coordina cuentas a escala industrial.
- Influencer/militante digital: amplificador con audiencia propia; pieza central del modelo descentralizado de difusión.
