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El invierno de nuestro descontento

Una reflexión sobre deuda, dependencia y poder, entre Shakespeare, la historia argentina y el desafío de recuperar un proyecto nacional. Por Eric Calcagno

En una sala ya vacía, el actor británico Laurence Olivier (1907-1989) parece acariciar el dorso del trono como la espalda de la amada. Camina hasta la cámara, se detiene hasta que la luz ilumina el rostro, nos mira fijo, la mano sobre la espada, y nos dice “ahora es el invierno de nuestro descontento”. Es el duque de Gloucester que aún no es Ricardo III, puesto que es apenas la primera escena del primer acto. Pero así lo decidió Shakespeare, con una frase -esas palabras- que encierran y develan una situación. ¿Qué es el descontento en invierno? ¿Que florecen rosas blancas? ¿O que el descontento está agravado por el invierno? Hablaremos pues del invierno del descontento en Argentina. Y también es una tragedia. 

Hay tragedias cotidianas y permanentes. El desempleo que no cesa, la precarización del trabajo, los salarios no alcanzan. Vuelven enfermedades erradicadas como la sífilis, la tuberculosis, la tos convulsa. Aumenta el consumo de psicotrópicos que ayudan a sostener lo insostenible, al menos para los que puedan pagarlos. Escasean los medicamentos dedicados a dolencias tratables, enfermedades crónicas o tratamientos urgentes. El Dr. Atienza, de Córdoba, señala cifras en mano que hay sobremuertes en adultos mayores y subvacunación en los niños. Todo en nombre de una moral que privilegia los negocios, incluso con anestésicos truchos, como el fentanilo adulterado y comercializado. Durante mucho tiempo alquilar fue el paso previo para acceder a la propiedad. Hoy existe una masa de inquilinos entregados de pies y manos a la especulación inmobiliaria, sin más certeza que el techo será siempre más caro y cada vez más inseguro. Para no hablar de la inexistencia en la construcción de viviendas populares, la ausencia de planificación urbana, la obra pública ausente. Rutas de la muerte. Suicidios en alza. 

Hablemos de las tarifas de los servicios que alguna vez fueron públicos. Es importante entender que las corporaciones privadas que se hicieron del agua, de la electricidad y del gas durante los años noventa jamás intentaron mejorar las prestaciones. No estaban ahí para eso. Luego de distribuir generosas comisiones para ganar concesiones, pudieron dedicarse a las finanzas. Bajar costos, dolarizar tarifas, aumentar los precios y girar a la casa matriz para los extranjeros o fugar a paraísos fiscales para los locales. Como ahora. Sepamos que si los Neuss pagan Transener con la caja de la propia empresa eso no es una excepción, sino la norma no escrita, aunque bien ejecutada. Así fue privatizada Aerolíneas Argentinas. No hay inversiones reales, sólo se apropian de lo existente. No green fields. IMPSA por treinta denarios. El régimen de Milei se ufana de bajar impuestos, algo que hizo en materia de retenciones y provee a los especuladores de marcos jurídicos inaccesibles a las leyes fiscales nacionales, provinciales, municipales, como si la Argentina no existiese. Y alarga concesiones que duran más que generaciones de Conans clonados, pues hay que premiar a aquellos como Eurnekian -no es único, no es el último- que afilaron la motosierra. 

La “seguridad jurídica” brinda el marco del saqueo, asegura la cotización en bolsa y reparte en cascada beneficios para los participantes. De este modo el acceso a los servicios básicos se convierte en el impuesto que las corporaciones privadas cosechan cada mes sobre el conjunto de los ciudadanos. En el medioevo francés existían una veintena  de pagos distintos que los campesinos le debían al señor. Eran los “derechos feudales”. Ahora por lo menos está simplificado. De ese modo llegamos a la “sociedad del seguro”, un engendro pensado por las compañías del rubro desde hace años, de modo tal que aquello que era  una responsabilidad pública pase a ser “un asunto entre privados”. Pague por salud, educación, seguridad. Se le brindará el servicio acorde a los pagos que realice. Así los bienes públicos son privatizados en nombre de la rentabilidad financiera. Es una forma de igualdad, pues todos pedalean de la bicicleta. Unos más, otros menos. El racionamiento pago de los servicios privatizados. 

En esa misma perspectiva podemos considerar la institucionalización de la usura. Para vastos sectores del pueblo, es el resultado de pocos o bajos ingresos, sin llegar a fin de mes para vivir o comer ni poder pagar las tarifas que los nuevos señores aumentan mes a mes. Entonces queda el endeudamiento. De la tarjeta del banco o de mercado pago, de la fintech, del prestamista formal o del trucho, la financiarización a marcha forzada con tasas prohibitivas y prohibidas queda como la esclavitud en última instancia. Es lo que sostiene Mauricio Lazzarato, en “La fábrica del hombre endeudado: ensayo sobre la condición neoliberal” (2013). No se trata sólo de capturar los ingresos de alguien o de una familia, un asunto siempre provechoso para el usurero, sino de utilizar el dinero debido para moldear la percepción de la persona acerca de sí mismo y de la sociedad. Lo que siempre es provechoso para los sectores dominantes. Queda establecida una relación de poder entre el acreedor y el deudor, que va mucho más allá de los números. El deudor es culpable de la propia deuda, sin importar las circunstancias históricas que lo superan, las condiciones sociales que le escapan, las decisiones políticas sobre las que no tiene peso (!). Un siervo de la deuda. Y sin embargo es acusado de gastador, falto de previsión, cuando no responsable de la compra compulsiva de televisores en la esperanza que la Argentina gane el mundial y que ahora no quieren pagar. 

Conocemos la cantinela: “en algo andaría metido” y 30.000 desaparecidos; “achicar el Estado es agrandar la Nación” y la entrega; “tenía la pollera muy corta” y violaciones y femicidios… ahora resulta que los deudores carecen de “educación financiera”. Significa acreditar ante la sociedad los méritos que merecen los ricos y legitimar las culpas de los pobres, que como bien sabemos carecen de educación tanto como de finanzas. Es falso. Como siempre. Pero funciona gracias al matraqueo mediático que traslada la responsabilidad de la precarización que realiza el capital a los precarizados del trabajo. Y tal degradación no deja pensar, no deja actuar, no deja vivir. Y eso es imponer un poder, asegurar una dominación basada en la destrucción metódica de la sociedad civil. 

Pero lo que hemos señalado hasta ahora son las consecuencias de la tragedia. Hay causas, que por ser estructurales no son menos permanentes. Quizás una de las más notorias sea la confusión entre la justicia, que es un valor, con la administración de justicia, que es una función. 

La administración de justicia es deficiente en cuanto a los objetivos proclamados, esos que hacen a la vida en común, pero es eficiente en cuanto protege los intereses extranjeros cuando brinda extraterritorialidad, que es una entrega de la soberanía, y protege la propiedad de la oligarquía local por encima de todo. Eso es la dependencia: la articulación entre intereses particulares externos e internos, cuando prevalece por sobre el interés nacional. No es una novedad, desde la célebre decisión de la corte suprema de 1930, que validó el golpe contra Yrigoyen si respetaba la propiedad privada, hasta el silencio acerca del decreto 70/23 que establece una reforma constitucional de facto que origina el régimen de Milei. No olvidemos que esa administración también bancó que la Constitución Nacional de 1949 sea derogada por un bando militar en 1956. Y no pagan impuestos, como el común de los mortales. ¿También derogaron la Asamblea del Año XIII? ¿Esa es la nobleza que nos toca en suerte? La “familia judicial” ejerce una administración de clase ausente de toda justicia: impunidad para la oligarquía, represión para el pueblo. Atentado a CFK, $Libra, ANDIS. Y eso lo hace muy bien, son los escribanos del saqueo.  

Otro aspecto que ha cobrado cierta notoriedad es la afirmación pseudo-económica que “la macro está bien” mientras que la “micro” parece que no tanto. O eso dicen. Algún día, quizás, alguien se avive que la economía es un todo, por eso en los orígenes se llamaba economía política (de Smith a Marx). Y que la división entre macro y micro es una cuestión ligada a la enseñanza de la disciplina, y no a una división tajante entre dos cosas ajenas, como si la macro fuera de Marte y la micro fuera de Venus. Por cierto, las explicaciones en términos astrológicos suelen tener la misma o mayor validez lógica que los “economistas” del establishment. Pero decir que “la macro está bien” significa que los circuitos de captación y fuga del excedente económico funcionan, y no deben ser cuestionados. Significa la “independencia” del Banco Central, que debe funcionar como caja de conversión que provea los dólares subvaluados por los pesos sobrevaluados que cosechan los monopolios locales y demás actividades, siempre que estén basados en cobrar a precios internacionales los bienes y servicios que facturan a los argentinos en el mercado interno. Pero claro, sin los salarios de Noruega. Todo sea en nombre del combate contra la inflación que ellos mismos provocan. Todo debe ser ganancia, aún con usura. 

Incluso Shylock, el usurero del Mercader de Venecia (ese que presta dinero por un cacho de carne) pasó por acá y dijo que se desbarrancaron mal. Endeudar a la Argentina, para que tenga que obedecer la voluntad de los acreedores, entre los cuales se encuentran bien provistos los oligarcas locales, ávidos compradores de deuda local. ¿que parte de la deuda externa está en manos de residentes locales? ¿Acaso nuestra oligarquía decadente, que cambió París por Miami, es la verdadera dueña de las acreencias que en nombre de las inversiones extranjeras que no existen o la seguridad jurídica de los ciudadanos que violan a diario a favor de intereses foráneos? ¿Y si los organismos internacionales de crédito, el cruel FMI, el benévolo Banco Mundial, no fuesen más que la voz de la articulación dependiente entre acreedores internacionales y locales? 

Y es aquí donde interviene una figura retórica que recorre la oligarquía local desde los tiempos de la colonia. No es una maldición genética, sino una decisión política. Es la idea del extranjero. Ya lo dijeron, el problema de la Argentina es que esta llena de argentinas y argentinos. Digamos que siempre trataron con dedicada aplicación a disminuir la cantidad de nacionales, sobre todo federales. También liquidaron a los paraguayos y sometieron a los pueblos originarios. Al gaucho “vago y mal entretenido” lo convirtieron de Martín Fierro en Segundo Sombra. Segundo y sombra. al menos Ricardo Güiraldes tuvo la elegancia de fallecer en París (0800 Lacan). Es así como el invierno del descontento oligárquico remite a la frase que Diego Capusotto  pronunciara en 2019: “se creen dueños de un país que detestan”. Por cierto, fijó doctrina. Es que este país está lleno de negros, a veces peronistas. Por eso los blanquitos remiten genealogías más o menos exactas que los emparentan de manera directa con campesinos españoles, bandidos calabreses o negociantes ingleses. Nada con parecerse a los nativos ¡por favor! De allí la necesidad ontológica de buscar un imperio colonial para servir, ya que sin esa articulación externa que los financie y sustente la oligarquía ni puede ser. 

A la España de la colonia le sucedió el Reino Unido, luego además los Estados Unidos y en estos últimos tiempos el Estado de Israel también es una de las potencias que aseguran el protectorado que sufre Argentina. En el siglo XX pudimos construir soberanía con Yrigoyen, Perón, Alfonsín y los Kirchner. El resto es el régimen de esa “aristocracia con olor a bosta” que denunciaba el propio Sarmiento al final de la vida. Como en todo trato satánico (vieron que el Diablo está de moda), el goce oligárquico de los bienes terrenales tiene como contrapartida la entrega del alma. Un “contrato entre privados”. Así es como la Argentina abandona la tradición diplomática de neutralidad para tomar como propios conflictos ajenos, como en Medio Oriente del lado de Israel o contra China y Rusia del lado de Estados Unidos, sin más interés que el de mantener la dominación sobre una nación cada vez más sola y desesperada. La traición a los aliados de siempre, de Perú a Venezuela y de México a Brasil es otra de las condiciones, que mucho no les cuesta a los blanquitos locales. Es que la Patria de ellos es la off-shore. Siempre lo fue. 

Al salir de Londres, tome la M1 hasta Leicester. Allí deberá doblar a la izquierda para llegar a Bosworth, por más que no sea el 22 de agosto de 1485 (siempre tarde, usted). Ese fue el día y el lugar en el cual Ricardo III perdió la batalla y también la vida. Fue el último rey inglés caído en combate, una tradición que la monarquía británica debería retomar cuanto antes. Es cuando pensamos que el movimiento nacional debe decidir si tiene vocación de gobierno. Si tal cosa existe, queda saber si encara una futura administración de connivencia, que trate de paliar las consecuencias que evocamos al principio de esta reflexión, o un proyecto nacional de ruptura que actúe también sobre las causas que originan esos efectos, evocados en la segunda parte del artículo. Después del óbito de Ricardo III, la corona rodó hasta bajo un arbusto de espinas, de difícil acceso. Es desde allí donde debemos conquistar el poder. Y quizás termine el invierno de nuestro descontento, para que en la democratización del goce evocada por Daniel Santoro como pasión de ser del peronismo, todos podamos disfrutar del sueño de una noche de verano. 

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