«Un padre que no terminó la secundaria llora de alegría en la puerta de una facultad, a la que nunca entró, porque se recibió su hija. Su hermana, la tía de la licenciada, se ríe, lo abraza y le dice: “Tomá pa’ vo’, la chiquita”. Fin. La justicia es poética, pero, sobre todo, pública».
Luciano Gabilondo, en La Vero Similitud.
La descentralización de la universidad pública generó nuevos proyectos de vida para gran parte de la población argentina. Si la gratuidad universitaria decretada por el peronismo en 1949 garantizó la democratización del acceso a la educación superior, la creación de universidades descentralizó las posibilidades, permitiendo sostener ese derecho.
La quita de aranceles implementada por Perón tuvo efecto inmediato en la matrícula estudiantil universitaria, que aumentó considerablemente: mientras en 1945 había 47 mil estudiantes, para 1950 ya eran 80.445 y para 1955 ese número ascendía a 138.317. Pero ¿qué efectos tuvo la creación de casas de altos estudios en las últimas décadas? ¿Qué pasó cuando las oportunidades de formación dejaron de concentrarse en Córdoba, La Plata, Ciudad de Buenos Aires o Rosario?
En este 2026, ante un gobierno que no cumple con la ley de financiamiento universitario, las marchas masivas en defensa de la educación pública se siguen sosteniendo desde 2024. En este contexto, resuenan las discusiones acerca de qué implica el derecho a seguir estudiando y a pensar una Argentina con desarrollo científico.
Se escucha, se lee que la creación de nuevas universidades permitió que haya una primera generación de universitarios en numerosas familias trabajadoras argentinas. Pero ¿qué implica eso? ¿Quiénes componen esa nueva generación? Algunas de estas preguntas sobre el impacto de esta política pública, impulsada por gobiernos peronistas, intentan encontrar respuestas en quienes trabajan día a día en estas instituciones.
Comunidades, expectativas y proyecciones:
La Universidad Nacional Arturo Jauretche (UNAJ) se inauguró en 2010. Cuando abrieron la primera inscripción, imaginaron que los inscriptos podían llegar a 700. El número los sorprendió, ya que en 2011 hubo 3.049 interesados en empezar a cursar. En 2012 llegaron a los 4.000 y, con Enfermería y Kinesiología como carreras más requeridas, ese número fue creciendo hasta estabilizarse en los últimos años en 10.000 y 11.000 inscriptos por año aproximadamente.
“En su mayoría eran personas de mediana edad, no eran recientes egresados del secundario. Esa primera generación era gente que tenía su proyecto de estudio postergado. Recién en los últimos años empezó a haber un cambio en ese perfil. Como si esa necesidad se hubiera ya cumplido y ahora tenemos mayoría de estudiantes regulares en edades de egreso de la secundaria para ingresar a la universidad”, cuenta Victoria Guerrini, directora general de Aseguramiento de la Calidad de esa institución.
“Otra particularidad de las universidades del conurbano es que, si bien, en proporción, la primera generación de universitarios es mayoría, también lo es en muchas de las tradicionales, como en la UBA o en la Universidad Nacional del Nordeste. Esto es así porque la proporción de personas en edad de hacer el secundario era del 30, 35 %. Hoy está arriba del 90 %, entonces tenés una cantidad de gente que atraviesa el secundario y se acerca a la universidad. El dato distintivo de las del conurbano es que ni el padre ni la madre tienen más que primaria completa. En UNAHUR ese dato representa al 20, 25 % de los estudiantes”, explica Jorge Aliaga, secretario de Planeamiento y Evaluación Institucional en la Universidad Nacional de Hurlingham (UNAHUR).
En ese sentido, Ana Laura Herrera, secretaria de Integración con la Comunidad y Extensión Universitaria de la Universidad Nacional de José C. Paz (UNPAZ), reflexiona sobre el impacto de la casa de altos estudios en la comunidad: “Es un distrito con fuerte crecimiento poblacional y desigualdades estructurales importantes, donde la idea de acceder a la universidad no estaba ni siquiera en el horizonte de sus habitantes, pues implicaba viajar largas distancias, tener recursos económicos para poder afrontar tanto los viajes como los estudios superiores. Así que el primer impacto importante es un acceso real a la educación superior. Por el otro lado, la universidad deja de ser una excepción para los sectores de clase media de los grandes centros urbanos y empieza a ser una posibilidad concreta para muchos jóvenes y adultos del distrito y de las zonas cercanas”.
Aliaga, también exdecano de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires (UBA), cuenta que, analizando los últimos censos, se puede ver el crecimiento exponencial en la formación educativa de la población. “Si miramos los datos de los censos 2010 y 2022, hay mucha más gente estudiando en una universidad en la provincia de Buenos Aires. La UNAHUR se creó en 2016; en 2010 Hurlingham estaba en la mitad del ranking del Gran Buenos Aires en proporción de estudiantes por población y en 2022 estaba número uno con Vicente López”, grafica.
Reconocimiento de trayectorias y manejo del tiempo:
Los consultados coinciden en que estas universidades congregan a un gran número de estudiantes que son primera generación universitaria en sus familias, pero, al abrir ese dato, aparecen particularidades. Por ejemplo, eso no implica que sean todos jóvenes recién salidos del secundario. En muchos casos, el inicio de la carrera universitaria llega con muchos años de trabajo a cuestas y una posibilidad de cursar una carrera de a poco, de manera discontinua pero sostenida.
“UNPAZ, como las otras universidades del conurbano, alberga un importante número de primera generación universitaria, en nuestro caso, el 80 %. Una gran porción de estudiantes proviene de familias con secundario o primario incompleto”, marca Herrera.
Al mismo tiempo señala que, con la institución como posibilidad cercana, se produjo otro efecto: “A partir de la decisión de algunos jóvenes de ingresar a la universidad y afrontar estudios universitarios, quizás madres, padres o hasta abuelos, que son abuelos jóvenes, deciden venir a la universidad y afrontar algo que ha quedado pendiente por tener una vida de trabajo, de obligaciones familiares y de necesidades”. De esta manera conviven en las aulas estudiantes de tres generaciones de una misma familia.
UNAHUR tiene la particularidad de que un porcentaje alto de sus egresados son de la carrera de Ciencias de la Educación, que propone un ciclo de complementación para docentes, profesores o maestros. En su mayoría, se trata de graduadas mujeres que acceden a una formación universitaria y a un título que reconoce sus trayectorias. “Esto impacta no solo en las familias, también en las escuelas donde dan clases”, repasa Aliaga.
“Quizás la trayectoria académica no es lineal, sino que está caracterizada por períodos de interrupción, baja en la cantidad de materias que cursan por cuatrimestre, muy vinculado a momentos en los que deben afrontar otras obligaciones, vinculadas al trabajo, la crianza u obligaciones familiares o de salud”, repasa Herrera.
Según datos oficiales del Departamento de Información Universitaria, dependiente de la Secretaría de Educación, en la Argentina hay 115 universidades y en las 63 públicas estudia el 80 % de los 2,5 millones de estudiantes. A veces, esos datos esconden las condiciones que los hacen posibles, como la existencia de políticas públicas que garanticen ese derecho para que las posibilidades no se concentren en los grandes centros urbanos.
