El estuche de Cristo

Historias reales que son de no creer.

Así como hay gente rara en el mundo, también hay creencias para todos los gustos, prueba tal vez de la propensión de la especie humana a la diversidad, la demencia, o la estupidez.

Para las religiones institucionalizadas, esta simpática afición es tenida por herejía, término de origen griego (hairesis) que significa, sencillamente, la creencia elegida por un individuo o un grupo. El término no siempre tuvo una connotación peyorativa, y de hecho el historiador Flavio Josefo describe las distintas hairesis dentro de la religión judía de su época, el siglo I: fariseos, saduceos, esenios, zelotes…y nazarenos, que vienen a ser los seguidores de Jesús.

Dentro de estos últimos, fue un fariseo arrepentido apodado Pablo quien inició la costumbre de censurar a quienes profesaran opiniones diferentes a la suya, y ¡cuando no! incluir la herejía en una lista de “obras de la carne”, junto a la lujuria, la impureza, el desenfreno, las borracheras, etc. Es sabido que el desdichado Pablo padecía severas perturbaciones sexuales. Y encontró numerosos seguidores, en especial, dentro de los piromaniacos de todas las épocas, al parecer aquejados de similares desasosiegos.

Como es natural, los partidarios de las facciones dominantes tienden a creer que los locos, son los demás. Para el caso, podría darse el ejemplo de los ofitas, quienes reverenciaban a la serpiente del Edén. Pero, según se mire, no está en la actualidad menos desquiciado el brasilero Orlando Fedell, obsesionado por mandar a la hoguera al teólogo Maurice Zundell por haber dicho que encontraba a Cristo en los fideos de la sopa, y de paso al gnóstico pancrístico (SIC) Tehilard de Chardin.

Santa serpiente

Los ofitas también eran gnósticos, pero de los primeros años de nuestra era, y dejaban estupefactos tanto a los cristianos ortodoxos como a los paganos. Para los ofitas, en el principio estaba el Padre de Todo, el Primer Hombre, de quien emanó el Pensamiento, que viene a ser el Segundo Hombre. Y luego hizo su entrada el Espíritu Santo, que no es el Tercer Hombre, sino la Primera Mujer.

De este estrambótico menage a trois, la Trinidad propiamente dicha, emanaron Cristo y su hermana Sophia, la Sabiduría. Pero ocurrió que a uno de los hijos de Sophia, el malévolo e impronunciable Ialdabaoth, se le dio por crear el mundo material, incluidos los primeros humanos, que como todos saben, son Adán y Eva, dos engañadas criaturitas que tomaron a Ialdabaoth como la divinidad máxima.

A fin de acabar con esta impostura Sophia envió al Edén un agente secreto, la serpiente, que persuadió a nuestros antepasados de comer el fruto de árbol prohibido, gracias a lo que conocieron la naturaleza relativamente baja de ese chanta que se hacía y hace pasar (con singular éxito) como el Creador.

Sophia también implantó en Adán y Eva la “luz húmeda”, que no es lo que ustedes piensan sino una suerte de luminosidad espiritual que contiene el conocimiento del Padre de Todo. Frenético, Ialdabaoth se convirtió en demonio y buscó confundir a las gentes para que no conocieran esa luz interior. Hasta que Cristo se apiadó de los humanos y uniéndose –en espíritu, desde luego– a un carpintero de Galilea, se convirtió en Jesucristo. Y para escándalo de los poderosos de todos los tiempos, proclamó que el conocimiento de la luz húmeda (que todos portamos) nos libra de la esclavitud en que nos tiene el inventor de la materia, el tiránico Ialdabaoth.

Como no podía ser de otro modo, Jesucristo fue ejecutado.

Un Kamasutra algo peculiar

Lo de la luz húmeda ha de haber perturbado tanto como a ustedes al pastor suizo Antón Unternahrer, ya que se le dio por ver en la Biblia un compendio de diversas ceremonias sexuales de carácter sacro. Estamos en las soledades alpinas de Schwarzenburg, a principios del siglo XIX y suena lógico que en semejantes ambientes la imaginación tienda a desbocarse. En fin, que además a Antón se le ocurrió que la serpiente del Edén era la auténtica salvadora de la humanidad, pues las sensaciones de vergüenza o remordimiento asociadas a la práctica sexual eran obra del Malo.

Las autoridades bien podían dejar al pastor entretenido con las serpientes, pero ya no se mostraron tan tolerantes cuando el suizo proclamó que el incesto era también un acto sagrado. Sometido a juicio, Unternahrer demostró que no era un cualquiera, sino un profeta elegido por el Señor, lo que procedió a llevar a cabo poniéndose en pelota. Tenía tres.

Lluvia de Dios

Un siglo más tarde, de paso por la región de Schwarzenburg, el psiquiatra Hermann Rorschach escuchó hablar de ciertas sectas, particularmente sobre el fundador de una de ellas, un tal Johannes Binggeli, que había estado internado en Münsingen entre 1896 y 1901.

Interesado, Rorschach visitó al ya anciano Binggeli en su pueblo. En su mocedad, Binggeli se había mostrado propenso a las visiones y experiencias extracorpóreas, durante las que viajaba por los mundos del espíritu. Para 1870 publicó un relato de sus andanzas y organizó una secta religiosa a la que llamó la Hermandad de los Bosques.

El culto de Binggeli se centraba en los poderes divinos de su pene, adorado como “Estuche de Cristo” por gran número de fieles, que eran ritualmente orinados por el profeta. Se entiende: la meada de Bingelli poseía propiedades milagrosas hasta el punto de ser tenido como “rocío celestial” y “bálsamo divino”.

No conforme con esto, desarrolló una técnica sexual de su invención para exorcizar a las desdichadas suizas que eran poseídas por los demonios. Todo iba bien, hasta que exorcizó a su hija, dejándola embarazada.

Los peligros de tejer

Para su sorpresa, Rorschach descubrió que un antepasado de Binggeli había sido jefe de una comunidad de discípulos de Unternahrer. Encontró que también en siglos anteriores y junto a las sectas “normales” tales como la de los anabaptistas, los valdenses y los cátaros existieron sectas semejantes a las de Binggeli y Unternahrer, todas en la misma región.

Sus investigaciones le permitieron trazar un cuadro de las sectas religiosas suizas mediante el que demostró que surgían siempre en las mismas regiones, que venían a coincidir con las fronteras raciales. Es más, la localización de las sectas coincidía exactamente con los puntos en que residían tejedores. Entre estos grupos de población existían “núcleos sectarios”, que venían a ser los grupos familiares que durante siglos, de generación en generación, habían representado el elemento esencial de las sectas: los discípulos. Así, por ejemplo, en el caso Binggeli, en el curso de cuatro siglos diez de sus antepasados habían desempeñado un papel en la vida de dichas sectas.

Años después el psiquiatra suizo estudió las reacciones de los enfermos mentales ante manchas de tinta de color y las comparó a las de los sujetos sin ninguna anormalidad psíquica. En 1921 presentó su famoso test de proyección, mediante el cual descubrió que la percepción visual está influenciada por la personalidad. El test de Rorschach consiste en la interpretación del contenido de 10 obscenas manchas de tinta. Basándose en la tipología introversión-extraversión de Jung, Rorschach asoció las respuestas de color a la extraversión y las respuestas de movimiento a la introversión. La cuestión es que las manchas son útiles para obtener conclusiones sobre la inteligencia, las aptitudes, las actitudes emocionales y los rasgos de conducta.

Bingelli fue recluido en un manicomio.

Rorschach es muy estimado por su test, que sigue siendo utilizado por miles de desquiciados que tratan de entender las conductas y motivaciones de otros miles de desquiciados.

Y pensar que Binggeli apenas si los meaba.

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