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¿Festejar, conmemorar, homenajear?

1º de Mayo: aquellas luchas, estas ruinas… nuestra esperanza. Por Silvia Rojkés

En mayo de 1886, Chicago fue el epicentro de grandes movilizaciones. La industrialización sin regulaciones laborales dejó a los obreros en condiciones precarias y con extensas jornadas laborales. Miles de trabajadores se manifestaron para exigir una jornada laboral de ocho horas, marcando un punto de inflexión en la lucha laboral: la revuelta del 1°de mayo de 1886 en Haymarket, exigía. “Ocho horas para dormir, ocho horas para trabajar, ocho horas para estar en casa”.

A partir de estas luchas, que costaron tantas vidas, la historia continuó. En la gran mayoría de los países se comenzó a instaurar (con diversas normativas), la jornada de ocho horas. Más allá de las diversas propuestas de países más o menos progresistas en sus definiciones políticas, se fue reduciendo el tiempo laborable junto con un aumento, cada vez más significativo, de actividades culturales, deportivas, familiares, lúdicas, que impactaron en la construcción de sociedades que comenzaban a entender la vida desde otros paradigmas: solidaridad, afectos, innovación, disfrute. Eso que podríamos denominar “calidad de vida”. Y es que sociedades más igualitarias, menos desiguales, más inclusivas, se construyen desde la distribución del ingreso y condiciones laborales dignas, que definen el modelo político-económico de una nación.

Hoy, en nuestro país, lo que llaman “modernización laboral” es el interés puesto solo en las ganancias —sin decirlo, claro— como gran ordenador de las condiciones de trabajo, bajo la falacia de creación de riqueza para toda la sociedad, con un único camino: el que lleva hacia los grandes grupos concentradores de riqueza. La ganancia es la que manda.

Conformaron una brutal polarización utilizando diversas herramientas del cyber capitalismo. Fake news y discursos de odio; noticias que nada importa si son verdaderas o falsas, más la IA, para acentuar una polarización ideológico-afectiva (como plantean Kessler y Vommaro).[1]

Los campos opuestos tienen opiniones muy diferentes en temas cruciales —como el trabajo— y tienden a descalificar moralmente al grupo opuesto; incluso hay quienes prefieren una salida no democrática antes que asuma el candidato que representa a ese “otro”. Vimos que, en el debate en la Cámara de Diputados sobre la Ley de Modernización del Trabajo, hubo quienes se opusieron a debatirla por artículos, por el temor a perder la votación si se daban a conocer los atropellos a derechos adquiridos, la destrucción del empleo y el retroceso humanitario que trae aparejado. Entre otras tantas, la posible pérdida de las ocho horas laborales, el salario digno, la jubilación futura, la capacitación y, quizá, sobre todo, la dignidad del trabajo, de ser “laburante”, para así quebrar los lazos sociales que también se construyen desde las condiciones laborales. Un retroceso humanitario que invisibiliza a la persona que hay en un trabajador.

Hay muchas historias en cada una de ellos, colectivas e individuales. También hubo e intenta haber respuestas colectivas, cada día más espaciadas y con no tanta fuerza como en un pasado cercano.

¿Qué peso tiene el trabajo en cada uno de nosotros?, y ¿qué significado social tiene “tener trabajo” a nivel comunitario? ¿Qué impacto tiene perder el trabajo a nivel económico, a nivel afectivo, a la pérdida de autoridad y reconocimiento entre el grupo comunitario y familiar? Hoy, los indicadores de la actividad económica están en caída, lo que significa más hambre para el trabajador formal, informal y el desocupado.

Impacto donde realmente duele

Esta ley impacta, también, en las pymes e industrias nacionales. Está pensada para favorecer a los grandes capitales que buscan solo la ganancia y no tienen empacho en dejar de producir para sumarse a la timba financiera. Mientras, erosionan a la pyme que comienza despidiendo empleados y termina bajando las persianas. Afecta impositivamente. Bajan las recaudaciones, por la falta de consumo, por los empobrecidos salarios, lo que acrecienta la deuda interna; y las paupérrimas coparticipaciones federales se ven sensiblemente afectadas. Los gobernadores lo saben, lo sienten, pero siguen mandando a votar, para convertirse en verdugos de sus propios pueblos.

El llamado efecto dominó que tiene esta política, sumado al presupuesto —también aprobado y festejado— tiene impacto en todos los sectores. Tanto lo saben que aprobaron el protocolo antipiquetes, es decir, la represión lisa y llana, para que nadie se manifieste: saben que este ajuste salvaje tiene un fin cuando los propios “ajustados” dicen basta.

Hubo asociaciones y sindicatos que interpusieron amparos; jueces valientes que decidieron salir del colonialismo jurídico, para demostrar —una vez más— que las internas judiciales existen y la “casta jurídica” actuó para evidenciarla nuevamente. Otra vez: el reino de la ganancia.

Basta considerar algunos fundamentos de la “Ley Hojarasca” (cuyo nombre ya nos indica lo que significa): “Fundamentos generales: los derechos no requieren leyes. Nuestra Constitución Nacional establece una serie de derechos fundamentales que son inherentes a las personas. Es decir que no es necesario emitir una norma que reconozca un derecho que ya es propio de todos los habitantes de la nación”.

Entonces, nos preguntamos, ¿qué ocurre con el artículo 14 bis de la Constitución Nacional?

Artículo 14 bis: el trabajo en sus diversas formas gozará de la protección de las leyes, las que asegurarán al trabajador condiciones dignas y equitativas de labor; jornada limitada; descanso y vacaciones pagados; retribución justa; salario mínimo vital móvil; igual remuneración por igual tarea…

Posiblemente lo que ocurre con algunos magistrados, políticos, empresarios y diversos actores sociales tenga que ver con lo que plantea Byung-Chul Han, que el poder de este capitalismo neoliberal, se centra en que “la psicopolítica emplea el sistema de dominación que en lugar de emplear el poder opresor, utiliza un poder seductor, inteligente, que consigue que las personas se sometan por sí mismas al entramado de dominación, no siendo conscientes de su sometimiento (…) el sujeto se cree libre, y es el sistema el que explota su libertad”.[2]

Aquella consulta popular

Desde el Frente Nacional contra la Pobreza (Frenapo) logramos, en diciembre de 2001, junto con muchas organizaciones como la CTA, APyME, el Instituto Movilizador de Fondos cooperativos, el CELS, y diversas personalidades y organizaciones sociales, una consulta popular a nivel país. La propuesta a votar era la implementación de un seguro de empleo y la formación para cada jefa o jefe de hogar desocupado; una asignación universal mensual por cada hija o hijo de hasta 18 años y otra para los mayores de 65 años que no percibieran jubilación ni pensión. Fue el 18 de diciembre de 2001, cuando se dio a conocer el resultado de los tres días de votación, sostenida por militantes en todo el país. Fue una grata sorpresa: más de tres millones de personas votaron por la implementación de los tres seguros. El país estaba convulsionado por la grave situación económica y social y salió a expresarse sin temor para poner un fin a aquella realidad de estafa a los argentinos. Solo un día después ocurrió el estallido, con muertos, represión y el presidente De la Rúa huyendo en helicóptero.

2003: el comienzo de la recuperación

Veníamos de un país destruido económica y socialmente. El desempleo actuaba como disciplinador, herencia de la década de los 90, a la que logramos sobrevivir para replantearnos el modelo de país que queríamos. Muchos trabajadores desocupados, acostumbrados a las changas, al trabajo ocasional, con hambre de justicia social y muchísimas necesidades; distintos sectores productivos; industrias nacionales con un alto porcentaje de capacidad ociosa; pymes que cerraban; monedas provinciales; entrega de soberanía; privatizaciones de las empresas del Estado; nacionalización de la deuda privada; el corralito financiero… un clima social de profunda desesperanza. Hubo un objetivo común desde los distintos espacios políticos progresistas: la necesidad de reconstruir un país para todos.

Néstor Kirchner, el presidente llegado con el viento del sur, construyó propuestas para la distribución del ingreso, la generación de políticas públicas para crear fuentes de trabajo; generó, con Julio de Vido, la necesidad de avanzar en nuevas propuestas de organización del trabajo, como las cooperativas para la construcción de casas con los jefes y jefas, más aquellos que estaban desocupados, sin importar la edad (se encontraban abuelos, hijos y nietos) con mucha capacitación. Se levantaron barrios, agua potable y quedó capacidad instalada y otras formas de organización que dieron lugar a nuevos empleos. Sentirse útiles, tener organizado el día, elevar la autoestima, recuperar la autoridad perdida, sostener la mirada social, enseñar a otros, planificar presupuestos y respirar esa dignidad de cobrar un salario: hacer un país. Todo eso es lo que vinieron a arrancarnos, para sumir a las grandes mayorías en situaciones de máxima vulnerabilidad, falta de derechos, y la dignidad de sentirse sujetos sociales. Perder el trabajo implica el sometimiento a condiciones de vida inhumanas.

Es por esto (y por mucho más) que es legítimo preguntarnos, en esta realidad tan cruel y perversa, si este 1° de Mayo, conmemoramos, festejamos o evocamos el día del trabajador. Supongo que las respuestas serán variadas y ¿por qué no? Tal vez encontremos lugar para las tres. Lo que me resulta indudable es que nos debe encontrar ante una reflexión y un desafío: recuperar la esperanza, perder el temor y participar en todos los espacios que impulsen al compromiso de gestionar nuevos proyectos de vida. Porque de esto se trata. Contra los que destruyen y nos arrancan lo que es nuestro, nosotros valoramos el trabajo, la producción, la cultura, la ciencia, la educación, la salud, el tiempo libre, lo colectivo, como política de la vida, para que la vida sea digna.


[1] Kessler, G. y G. Vommaro (2025): La era del hartazgo. Líderes disruptivos, polarización y antipolítica en América Latina, Siglo XXI, Buenos Aires.

[2] Han, Byung-Chul (2014): Psicopolítica, Herder, Madrid.

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