La literatura infantil (que de infantil no tiene nada) cumple un papel nobilísimo: ampliar la capacidad de asombro, alimentar el alma, invitar al disfrute y abrir la cabeza. Sumar, siempre. Sin embargo, ha proliferado, de un tiempo a esta parte, una concepción de la literatura infantil que privilegia una suerte de arte aséptico propiciado por un mundo adulto sobreprotector. Pero ¿cuándo la literatura para niños y niñas mudó su razón de ser? ¿Por qué se le pide cumplir un rol que no le es propio? ¿Cuándo –o por qué– dejamos de leer con mirada transparente? En los últimos años se ha popularizado la idea de que las nuevas generaciones son «de cristal», lo que ha llevado, entre otras cosas, a una creciente tendencia adulta a querer preservarlas del dolor, una cara más de la vida. De la mano de esa premisa, para contrarrestar posibles pesares, se han creado universos culturales y literarios lábiles y edulcorados, un arte pasatista que apenas roce la sensibilidad, que no provoque malestar ni tristeza, por lo general escudados en volúmenes de factura exquisita y costosa. O también historias en las que los personajes encarnen un papel para expresar otra idea, o que den un mensaje, cuyo fruto es un sucedáneo con sabor a vacío, escrituras ad hoc que funcionan como manuales de supervivencia: para dejar los pañales, “tratar” el bullying, la separación, la muerte, y un largo etcétera que minimizan una de las virtudes principales de los libros y la literatura: el goce estético.
Lo cierto es que no son necesarias las sobreexplicaciones ni las amortiguaciones. Los chicos, a su manera, elaboran sus propios sistemas de ideas y cuadros de situación. Cuando la intención –fresca, natural, inconsciente– es crear arte con el mero sentido del disfrute (al hacer y al compartir), no hay hilos que sostengan una máscara y la sospecha desaparece. Así sucede con Run Run y Luisa pide silencio, dos novelas ilustradas que cumplen con su única razón de ser, ni más ni menos que hacer volar la imaginación y disfrutar de la experiencia literaria.
¿Qué tienen en común Luisa, una niña tímida que quiere escuchar sus pensamientos, y Run Run, otra, que vive en el barrio de Once y junta cartones con su hermano, el Grande, para ayudar a su madre? A priori, la respuesta obvia es que ambas son niñas de pocos años, que seguramente van a la escuela y poco más, pero lo cierto es que, en realidad, ambas son las protagonistas de dos novelas cortas para las infancias que se publicaron este año.
Mientras que Run Run (Siglo XXI) fue escrito por Laura Devetach, quien a sus casi noventa años –los cumple en octubre– tiene amplia experiencia en esto de escribir para niños y niñas y suma casi el mismo número de años que de obras para ese público, Luisa pide silencio es el primer libro –para esos destinatarios– de Camila Fabbri (Ralenti), quien construyó su obra –no solo literaria– para el público adulto. Sin embargo, ambas autoras tienen una convicción que las hermana: escuchar a ese público infantil. ¿El resultado? Dos novelas sensibles para leer con el corazón y que, al cerrar el libro, dejan resonando pensamientos sobre la humanidad.

Laura Devetach construye una obra que permite ir y venir en el tiempo. Con sutileza y maestría –no apto para lecturas apuradas o lectores distraídos– enhebra las escenas, los momentos, de modo que los lectores, como sucede en el cine, descubrirán la fórmula de la novela sin buscarla: el primer capítulo presenta el conflicto, y en los sucesivos, se conocen los personajes, los vínculos, para luego retornar al conflicto y su resolución.
Run Run y el Grande van transitando por el barrio de Once como cada día, hasta que a su carro para juntar papeles, por un pequeño accidente, se le sale una rueda. Este suceso tuerce su cotidiano, que, para ellos, es muchísimo, y es la piedra que, lanzada literariamente, desata el conflicto. ¿Quién podrá ayudarlos en esa situación y en esa selva urbana? Entonces Run Run piensa en Efraín, ese viejo «loco» –para los demás, no para ella ni para Devetach siquiera, que lo nombra «inventor», «caminante», «mago»– que carga con los desechos del barrio para transformarlos en objetos necesarios (al punto que él construye así su palacete).
A partir de este entramado de situaciones, Laura Devetach teje una constelación en la que juega con el tiempo, con las idas y vueltas de los eventos: es sutil el pasaje hacia el pasado en el que Run Run recuerda cómo conoció a Efraín, su potencial salvador. Es delicado el devaneo para que chicos y chicas salten entre páginas y reconstruyan la obra de ingeniería que sólidamente y con maestría Laura creó.
Run Run es una pieza valiosa, ya desde su concepción. Cuenta Devetach que la idea del libro rondaba dentro de ella desde hacía tiempo, esperando alguna vez ver la luz. Mientras tanto, la autora la registraba en “papelitos“. Ese borrador ahora se transformó en una oportunidad riquísima para acercar a chicas y chicos a la buena literatura.
¿Y qué sería la buena literatura? Aquella que cautiva al punto de no querer soltar el libro hasta poder saber qué les sucede a los protagonistas. Entre otras cosas es, también, la que emociona, la que genera preguntas, la que nos convoca a la relectura, al convite y a la charla.
Camila Fabbri, por su parte, apela al humor y a la fina, finísima, ironía más que a la emotividad, lo que, a primera vista, estimula a que quienes son más afectos a las risas y más pudorosos con sus emociones se sientan convocados a leer esta novela. Sin embargo, esa será la primera impresión, porque tras pasar las páginas, se descubre una historia igual de tierna en la que, como en las de superhéroes, siempre ganan los buenos.

En Luisa pide silencio, la autora capitaliza su experiencia audiovisual y, al igual que Devetach, arma una historia con plot twist incluido, para que concluya el libro con un sabor dulce. Luisa, una niña que disfruta de escuchar sus pensamientos, se molesta porque el barullo que la circunda no la deja concentrarse en el discurrir de sus cavilaciones. Pero aunque ella crea que cada uno de los que la rodean no lo perciben, hay quienes están atentos a ella más allá de sus padres. Hasta que un día cualquiera descubre que Santi Ameghino, un compañero de la escuela también tiene un «superpoder»: la capacidad de observar. Tras este hallazgo y a partir de ese encuentro y de un plan de Santi, la vida de Luisa se transforma (y todavía algo más importante podrá suceder).
Con dosis de ternura y mucho de humor, Camila Fabbri debuta en la literatura infantil con pie firme y, una vez más, genera expectativas alrededor de su futuro en el universo de los libros, esta vez para los más chicos.
Ambas novelas coinciden también en la posibilidad de la atemporalidad. Lo vigente: son relatos profundamente humanos; hablan de lo que nos pasa, de lo que nos afecta, de lo que nos duele, de lo que nos da miedo y de lo que nos hace bien. Y eso, por suerte, aún permanece.
Son, además, narraciones inteligentes, con juegos de palabras e ideas que requieren de atención para no perder el hilo, aun siendo sencillas. El apuro nunca es solidario con el disfrute ni con lo que merece exprimirse al máximo.
Mención final para ambos volúmenes es su vínculo con las ilustraciones. En ambos casos se acompasan, porque cada relato requiere de diferentes formatos. En el caso de Run Run, las imágenes de Rocío Alejandro, minimalistas, con una paleta desaturada, son el eco perfecto para acompañar sin estridencias las palabras de Laura Devetach. Son igualmente poéticas. En el caso de Luisa pide silencio, sucede lo mismo pero al revés. Lucía Lulu Maranzana, con sus ilustraciones frescas y coloridas erige el escenario perfecto para que suceda la acción de esta novela ilustrada. Camila señaló, para esta nota, lo divino y emocionante de la experiencia de que una obra suya fuera ilustrada por primera vez.
Cuando visité a Laura Devetach en su casa de Once –barrio en donde nació su inspiración para Run Run–, hablamos de los chicos, de las infancias, de las lecturas, y de las distracciones, pero, también, de las lecturas moralizantes, de los libros con moraleja –sin que sean fábulas–. Con Camila conversamos sobre el asombro que le causan las infancias con sus inquietudes e ideas inteligentes. Nuevamente, una conexión excede y enlaza a estas autoras: la de escribir para niños y niñas que piensan y sienten.
Coincido con ambas en que la literatura no es prescriptiva. Y sumaría que, justamente, tampoco es restrictiva.
Imagen de portada: interior del libro Lucía pide silencio, de Camila Fabbri (Ralenti)
Píxel / Revista Zoom
