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Milei y el trastorno de la moral

El problema no empieza cuando alguien cree tener razón, sino cuando convierte esa razón en una verdad absoluta y al otro en una forma del mal. Por Hernán Brienza

Una vez más, el presidente argentino Javier Milei nos ha sometido a las mieles de su maniqueísmo de baja estofa. Así como hace unos años la emprendió contra el Papa Francisco, el peronismo y el keynesianismo, entre otros destinatarios esta semana arremetió contra el marxismo y su fundador, Carlos Marx a quien acusó de satanista. Más allá de lo que se puede pensar del marxismo, el comunismo y el socialismo -en mi caso creo que el comunismo a esta altura son los padres, ya que no estoy hablando de una amenaza real sino de un fantasma del pasado-, lo verdaderamente peligroso es enlazar la política a la moral como hizo el presidente desde el atril de la escuela ORT, cosa que ya había hecho a principios de año en la apertura de las sesiones legislativas. ¿Por qué? Porque hacerlo termina con la política misma, dividir la realidad entre lo moral y lo inmoral, entre el Bien y el Mal, acaba con la posibilidad del diálogo, de la negociación, de la construcción de consensos y de encuentros colectivos. “Yo soy el Bien, los demás son el mal”, dice Milei y ese pensamiento absoluto es el ingreso al Lado Oscuro de la Fuerza, como le reprocha el maestro Jedi Obi Wan Kenobi, en el Episodio III de la saga de la Guerra de las Galaxias, a su padawan Anakin Skywalker en pleno proceso de convertirse en Darth Vader.

El verdadero problema de ese tipo de discursividad es que genera una fuerte estigmatización y cosificación del Otro, colocándolo en el lugar de lo inmoral, lo corrupto, lo delincuencial, el Mal, y abre un camino posible a la violencia real. Es cierto que puede entenderse como un recurso político: el de circunscribir a un enemigo y, al mismo tiempo autolegitimante, pero lo que lo vuelve realmente peligroso a Milei es la desmesura de su discurso. Pero ¿cuál es el problema de autopercibirnos buenos? Lo trágico, lo desesperante, lo absolutamente angustiante, lo irresoluble es que la mayoría de los seres humanos cuando cometemos actos malos lo hacemos banalizando el Mal que hacemos o, en última instancia apelando al Bien como justificación, es decir, como última estación de esa misma banalización, de la que nos habla Hannah Arendt en su ya célebre libro Eichmann en Jerusalén. Y, para agregar un grado más de desconcierto, este mecanismo no está inspirado por la hipocresía en la mayoría de los casos: simplemente estamos convencidos en mayor o menor medida de nuestra propia razón, de nuestra propia “bondad”, con toda la complejidad que ese término encierra.

Siempre me cautivó el personaje de Alden Pyle, central en una de las novelas más exquisitas del género de espionaje del siglo XX. Educado, culto, universitario, honesto, bienintencionado, idealista, este norteamericano agente de la CIA simboliza en el mundo de la literatura la manera en la que un muchacho dotado de buenas intenciones y en nombre de un bien como la democracia, puede generar el caos y producir decenas de muertos. La novela a la que me refiero es El americano impasible, de Graham Greene y narra de qué manera el intervencionismo norteamericano, en nombre de la libertad, genera desastres en cada uno de los países en los que actúa, en este caso, la guerra de los años 1952-55 en Vietnam e Indochina. Pyle, para evitar que triunfe el comunismo en la región orquesta un atentado en Saigón para crear una crisis que justifique la intervención norteamericana. Lo determinante en la visión del autor es que, a pesar de que el atentado genera un desastre humanitario en la ciudad, Pyle lo hace convencido de que ha hecho el bien, un Bien Supremo.

Para sostener esta afirmación sobre el Bien Supremo, parto del principio socrático de que nadie hace el mal a conciencia y de que se trata de un desorden del alma causado por la ignorancia. ¿Pero de qué ignorancia estoy hablando? No me refiero a aquella vinculada al desconocimiento de lo bueno y lo malo ni siquiera de los posibles efectos de nuestras acciones. No se trata de pensar que quien lleva adelante una masacre determinada contra un pueblo no conoce sus consecuencias. Es posible que haya plena conciencia del mal que se lleva adelante. La cuestión, en realidad, es de otro orden.

La ignorancia a la que me refiero es de un orden diferente. Es la ignorancia de quien cree reclamar para sí mismo el bien absoluto, es decir, de creer que se está del lado del bien, de la justicia, de Dios, de un mundo mejor, de una utopía a futuro. Alguien es “absolutamente bueno” cuando se erige en guardián de un “Bien Supremo” que justifica todos los sacrificios y los esfuerzos para resguardarlo. ¿Por qué la llamo ignorancia? Porque quien se considera parte del Bien –no hablo de la persona que se considera sencillamente “buena”-, no necesita más que construir un Mal que sustente su existencia. Lo que “ignora” quien construye una identidad –una ipseidad- absoluta es, entre otras cosas, la complejidad de la existencia propia, de las relaciones humanas, de las relaciones de otredad, de los innumerables peldaños que tienen las escalinatas al cielo o al infierno. Ignora la existencia y las particularidades del Otro, pero lo que ignora, por sobre todas las cosas, es la propia existencia.

Bifo Berardi en su último libro Pensar después de Gaza sugiere que el problema del Estado de Israel está en función de su identidad a partir de su territorio, es decir, que el asentamiento, no en términos prácticos sino diría existenciales, es lo que permite el blindaje de una identidad monolítica que ya no permite ingresar las particularidades y las complejidades de las relaciones humanas. El territorio, según Bifo, sería el elemento aglutinante de una identidad que comienza a construir una relación de Otredad Radicalizada latente que en algún momento puede estallar. 

En diferentes trabajos sobre el mal, el problema de la Otredad aparece en el centro de los mecanismos de explicación de por qué se cometen atrocidades y masacres. La deshumanización, la zoologización, la cosificación, la estigmatización del Otro pareciera ser el dispositivo necesario para que se lleve adelante cualquier tipo de políticas de exterminio. Entiendo por Otro, a aquel que no es similar a nosotros, que no es otro en tanto un yo-mismo posible, sino otro que pone en juego mi propia identidad y existencia, es, en términos del pensador Emmanuel Levinas, “el extranjero”. 

En mi libro En contra del Bien, intento explicar que es necesario detenerse un poco antes de la relación de Otredad. Porque no hay Otredad sin Ipseidad previa. No es posible la constitución de Otro sin la consolidación de un “Yo”. Y la relación de Otredad radical depende justamente del tipo de la construcción de ipseidad que se realice, es decir, del tipo de identidad que nos constituya. Un “Yo” plural, particular, sospechoso de sí mismo reconocerá la existencia de Otro, con sus pluralidades y particularidades. Un “Yo” que se arrogue la “totalidad” –parafraseo a Levinas, nuevamente- no podrá vincularse con el Otro de una manera que no sea “absoluta” y radical. He allí el sentido en el que uso el concepto de “ignorancia de ipseidad”.

Pero el discurso del presidente en la ORT tuvo un aditivo aún más peligroso que la simple apropiación del concepto del Bien Supremo. No se trató sólo de un simple dogmatismo, de un anacronismo, ni siquiera de la arrogación individual de un deber misional. Lo horrendo en Milei, es que convirtió a la política en un problema religioso, porque significa la entronización de la teología política, como forma de justificación de toda acción humana. Si hay fuerzas del Cielo, habrá fuerzas del infierno, si hay luz habrá tinieblas, si hay verdad habrá mentira. La lógica de toda teología política es siempre binaria, siempre de relación de amigo-enemigo. Y esa concepción siempre es autoritaria. La presencia de la moral en política, por definición, anula la libertad humana.

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