«Concibo la defensa como una póliza de seguro contra ciertos riesgos.»

En charla con ZOOM en su casa de Parque Patricios, opina que la economía es una manera de acercarse al tema de la defensa nacional y que la eficiencia de la defensa depende de cómo gastar mejor y tener mayor capacidad operativa. Dice que Estados Unidos sigue promoviendo que las Fuerzas Armadas se usen contra “nuevas amenazas internas”.

Nacido en Estados Unidos, Thomas Scheetz llegó a América Latina en 1968. Primero estuvo en Perú como misionero jesuita y practicante de la Teología de la Liberación, donde estudió con Gustavo Gutiérrez, fundador de esta corriente de la Iglesia Católica. Retirado de la vida religiosa y radicado en Argentina desde 1984, Scheetz se dedicó de lleno a la academia, la economía y la defensa, adoptando como área de especialización la economía de la defensa, la tecnología militar y la reforma militar.

Lejos de ser un estereotipo de su ambiente, revela que siempre ha sido muy crítico de las improvisaciones en políticas públicas, de las violaciones a los derechos humanos y de la política exterior estadounidense. Con su peculiar personalidad ha polemizado y defendido su posición en los distintos lugares donde trabajó; fue así como cuestionó duramente a la jerarquía de la iglesia católica, debatió igual en el ámbito universitario, el militar, y también con sus asesorados, muchos de ellos políticos.

Declarado un ferviente argentino latinoamericano, ha llevado a cabo investigaciones sobre el gasto militar y social en Argentina, Bolivia, Chile, Guatemala, Paraguay y Perú. “Lo que más me interesa en estos momentos —afirma Scheetz— es la eficiencia de la defensa desde la perspectiva económica, de cómo gastar mejor y tener mayor capacidad operativa”.

Fanático de Huracán, Scheetz actualmente imparte clases en el Instituto Nacional de Guerra de Ecuador y en la escuela de defensa nacional del Ministerio de Defensa de Argentina. Hoy día, un lugar acostumbrado y apacible para muchos civiles, hombres y mujeres de distintas profesiones.

—¿Qué es la economía de defensa y quiénes son los involucrados en materia de defensa?

—La defensa tiene distintos caminos de acercamiento y requiere de variados especialistas, obviamente los militares en primer lugar, pero también civiles en las relaciones internacionales. Asimismo, la economía es una manera de acercarse al tema Defensa.

La economía de defensa realiza dos tareas: por un lado, desde una mirada macroeconómica, reconoce el impacto del gasto militar y el resto de la economía (en las cuentas nacionales, en el PBI, en las exportaciones, en las importaciones, y también cómo afecta al resto del fisco, el gasto en salud, educación, etcétera); por otro lado, desde una perspectiva microeconómica de defensa —lo que más me interesa en estos momentos—, intenta encontrar la manera de cómo hacer eficiente la defensa desde la perspectiva económica, cómo se puede gastar mejor y tener mayor capacidad operativa. Eso requiere de análisis pormenorizado de gastos en capital material fijo y variable, o sea, operaciones, mantenimientos, adquisiciones y mano de obra en el área de defensa, tanto civil como uniformados, activos como pasivos.

—¿Cómo se debería concebir el gasto militar en el actual sistema de defensa?

—Debería de ser una cuestión de visión de largo plazo. Como economista concibo la defensa como una especie de póliza de seguro contra ciertos riesgos; esa póliza se cubre año tras año por una prima, por decirlo de alguna forma. La prima sería el gasto militar. Esto es lo que debería ser —o que conceptualmente desde la visión clásica económica se puede decir— aunque, tristemente, no ocurre necesariamente.

—¿Cuáles deberían ser los principales ejes a tener en cuenta para el presupuesto de defensa en la Argentina teniendo en cuenta las iniciativas de integración regional como UNASUR?

—UNASUR y otras iniciativas de unión latinoamericana datan desde los períodos independentistas, pero todas han fracasado. La unión latinoamericana existe únicamente en el ámbito del idioma y la cultura. Las declamaciones han sido mayores que las realizaciones a lo largo de la historia: los latinoamericanos nos hemos dedicado mucho a declamar y afirmar propuestas rimbombantes y luego olímpicamente olvidarnos del paso a paso, del día a día que se requiere para construir. Creo que UNASUR es uno más. Fíjese que cuando uno se sienta en la mesa de negociación con otros países de la región y dialogan entre ellos, dicen:

—Yo gasto tanto en defensa ¿y cuánto gastás vos?

—Tanto.

—¡Ah!… ¡Estás gastando menos!

Entonces la respuesta es qué activos militares ustedes pueden poner y ahí empezamos a tartamudear los argentinos porque básicamente no tenemos muchos activos para poner sobre la mesa. Lo que queremos poner es buena voluntad y predisposición a dialogar hasta cierto punto, pero nuestra oferta de activos es cercana a cero, es por ello que hay que tener fichas para poner en la mesa para negociar con alguien o hasta qué punto se tienen fichas para la mesa.

En realidad, Argentina no es el único país que carece de falta de seriedad en este tipo de propuestas; las declamaciones son, más que nada, puros virus regionales, pero en defensa como en cualquier otra área, el que pone la plata termina con capacidades operativas reales, y es finalmente el que va a nombrar la canción. Y cantar la unión nacional o regional sin tener el trabajo es perder un poco el tiempo y es una receta de frustración tras frustración. Ese mismo problema lo tiene el Mercosur, lo cual no deja de ser una iniciativa atractiva a la que deberíamos apuntar; sin embargo, el punto es que hay que hacer la tarea antes y no siempre dar anuncios.

—¿Cómo impacta en materia de derechos humanos la reestructuración de las Fuerzas Armadas en el país?

—La cuestión de derechos humanos ha sido siempre un tema fundamental en mi vida. Salí de la congregación por un enfrentamiento en defensa de los derechos humanos en la sierra sur peruana, o sea, que doy por sentada su importancia. También doy por sentado que lo que hicieron las fuerzas armadas en la Argentina no tiene nombre. Dicho esto, también que las FFAA hoy respetan los derechos humanos así como el gobierno y otras instituciones. Cuando hablo de defensa entonces es un costo de seguimiento de DDHH, es parte de la Constitución y de las leyes argentinas y los instrumentos internacionales.

Es fundamental que todas las instituciones, y obviamente las Fuerzas Armadas —por esa historia negra— respeten los derechos humanos. Pero decir que tenemos FFAA que acatan los valores de derechos humanos no tiene nada que ver con que tengamos o no Fuerzas Armadas, y discutir sobre esto no es balancear la política de defensa o militar con la política de derechos humanos, lo mismo es la cuestión de género, justicia militar y otras iniciativas del gobierno actual que han sido realmente positivas; pero no tienen que ver con operatividad o no, más bien no la tenemos hoy en las FFAA: básicamente nos falta una política militar amplia, profunda y seria.

¿Cuál es la situación actual de la estructura piramidal de las Fuerzas Armadas?

—Hay un desequilibrio en la estructura piramidal en la cuestión de grado, esa es política militar. Hay que equilibrar las funciones de todos los que trabajan en defensa que son alrededor de 105 mil civiles y uniformados.

Las necesidades en defensa no deberían ser una especie de caja de bienestar para algunos uniformados y civiles, más bien deberían producir operatividad, y si bien tenemos actualmente algunos deseos expresados por el gobierno para tener eso, está muy lejos de ser realidad. De hecho, ahora la situación en defensa en términos de operatividad es lo peor que hemos tenidos en los últimos 35 años. Hay una tendencia de depreciación de material humano y material físico. Y aclaro que no es por culpa de este gobierno sino por culpa de varios gobiernos, que uno tras otro no enfrentaron los problemas en materia de defensa.

—¿Cómo analizaría la visión de la defensa en América Latina con respecto a la Argentina?

—Dividiría primero América Latina en dos partes. Colombia para el norte y Colombia para el sur, quizás ubicar a Colombia en un punto de inflexión. Básicamente el norte latinoamericano (Caribe y América Central, incluyendo a México) está perdiendo capacidad de fuerzas convencionales. El rol de sus fuerzas armadas es fundamentalmente y crecientemente policial. No tienen capacidad operativa en sentido de Fuerzas Armadas sino como fuerzas de control de narcotráficos, de maras y cosas por el estilo.

Nosotros, en la Argentina expresamente hemos rechazado esa política, por razones históricas que hacen erizar la piel de cada argentino. No queremos volver a la situación de cuando las Fuerzas Armadas operaban contra los mismos ciudadanos argentinos. Eso tiene una lógica también militar: no es por accidente que las Fuerzas Armadas no estuvieran preparadas para las Malvinas, que sí es un accionar militar, por haber dedicado esfuerzo a hombres y materiales durante siete años contra un “enemigo interno”.

Estados Unidos sigue promoviendo esa situación donde las FFAA se usan contra las llamadas “nuevas amenazas” y volcarlo al interior del país. Los argentinos no negamos a escuchar todo esto por razones históricas, y las Fuerzas Armadas en general rechazan esa postura también, porque significa su muerte convirtiéndose en fuerzas de seguridad interna como en América Central. Entonces en América del Sur en general se pretende más o menos un grado de fuerzas convencionales aunque algunos tienen más o menos uso de sus fuerzas en la seguridad interna.

Dejemos entre paréntesis el caso colombiano, porque tiene un problema particular como es el caso de las FARC y una relación con Estados Unidos que también es muy particular.

Ahora, el tema sobre presupuesto tiene implicancias muy fuertes sobre los presupuestos en América Latina hasta 2003-2004 que implicó una debilidad en las adquisiciones; debilidad que, en general, se vivía en los costos geométricamente creciente de adquisiciones bélicas: cada vez menos adquisiciones de armas modernas, por lo tanto, cada vez más peso desbordante en cuestiones de costos de labores, y el consiguiente debilitamiento en el sistema de retiro, sistemas de ascensos, sistemas de arma y de operatividad. Sin embargo, en los últimos años, con un auge económico, algunos países están comenzando a adquirir, lo que presenta un nuevo posible problema de carrera armamentista en la región.

—¿Cuál es, según su juicio, la razón por la cual Estados Unidos reactivó la IV Flota en América Latina?

—Estados Unidos ha evitado mirar al sur desde el 11-S. A su vez, siempre lo consideró como su patio trasero, pues tuvo a América del Sur y América Central como una gran expectativa, y considero que esa expectativa se cumple en América central y en el Caribe. Hoy, Estados Unidos pretende que América del Sur sea su patio trasero, por su gran cantidad de recursos comenzando con hidrocarburos (no sólo en Venezuela), y luego otros insumos de la minería, etcétera.

Se le fue de la mano un poco durante estos últimos siete años y ahora creo que ha tomado conocimiento de lo que esta ocurriendo: que hay “injerencia extranjera” en la zona, como China, Rusia —por las ventas de armas— o Irán. Así, el mundo globalizado, la globalización que ellos predican, permite la entrada de estas otras potencias que son ávidas de insumos de recursos naturales que América del Sur dispone.

Estados Unidos depende por ejemplo de Venezuela como cuarto país de producción de petróleo para la exportación; sin embargo, aunque Chávez esté un poco rebelde en ese sentido, hay que decir que siempre ha entregado petróleo en el puerto del sur de Estados Unidos. No obstante, Estados Unidos arma la IV flota alegando que es como una presencia de ayuda para la salud, la pobreza, etcétera, aunque obviamente no es como ellos dicen sino que directamente es para instalar la presencia militar en la región y afirmar su rol principal ahí. Creo que es preocupante y, además lo considero un error de la política estadounidense también, que es contraproducente como tantas otras políticas del gobierno de Bush.

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