Los nazis del Plan Cóndor y otras andanzas

La presencia de criminales de guerra nazis en el Plan Cóndor. Impunidad, asesoramiento y otras perversiones. Expertos en represión, torturas y desapariciones. Por Eduardo Silveyra

Se puede decir que el general prusiano Hans Kundt fue el primer militar germano que pisó suelo sudamericano con el fin de asesorar y reorganizar al ejército boliviano, el cual venía de una dura derrota sufrida unas décadas antes a manos de Chile, en la llamada Guerra del Pacífico, conflicto donde perdiera su salida al mar. Kundt llegó a La Paz en 1911 y, en poco tiempo, deslumbró a los militares del altiplano, que lo nombraron general del mismo ejército, función interrumpida cuando viajó a Alemania en 1914 y, durante sus vacaciones, estalló la Primera Guerra Mundial. Se incorporó al frente de batalla. Cuenta el corresponsal de guerra del diario La Nación, que lo encontró en las trincheras luciendo las medallas e insignias del ejército de Bolivia, por lo cual el sorprendido escriba se preguntaba si Kundt estaba allí como un combatiente alemán o un boliviano solidario. Terminada la contienda, el aguerrido prusiano volvió a Bolivia a ocupar sus cargos jerárquicos, que fueron escalando de general a ministro de Guerra.

La estadía de Kundt fue atravesada por distintos acontecimientos históricos, siendo el más catastrófico el ascenso al poder de Adolf Hitler, quien en 1929 envía a un viejo camarada de andanzas a Bolivia, también como asesor militar. Hablamos del futuro jefe de las SA, Ernst Röhm, quien es nombrado coronel del Ejército Boliviano y jefe de la Sección III del Estado Mayor. En realidad, Röhm parece aburrirse un poco en las alturas bolivianas, aburrimiento que mitiga, en cierta forma, la presencia de un efebo germánico, a la sazón su amante, quien se destaca por pintar bellos paisajes andinos. En una carta enviada a una de sus amistades en Berlín, Röhm le narra lo siguiente: “El clima de altura de La Paz (3.600 metros) no me resulta especialmente duro. Vivo bien y puedo comer al estilo alemán. Si no me faltara el objeto de mis amores. Incluso me he traído un acompañante, un pintor muniqués de 19 años. Cuando se va de viaje de estudios, la paso terriblemente mal”. Le aclara en la epístola que es “un muchacho realmente hermoso”, aunque se queja de que el artista prefiere a las mujeres. Röhm confiesa que, aunque los paceños son “en gran parte muy guapos”, no encuentra manera de entablar relación con ellos. Comenta haber “sondeado cuidadosamente” el tema con su profesor de español, quien le habría respondido que “en La Paz no se da esto” y que “para eso” había que viajar a Buenos Aires.

La estadía de Röhm en Bolivia no se prolongaría mucho tiempo. A mediados de 1930 es llamado por Hitler para reorganizar las SA y regresa a Alemania. La tarea la lleva adelante con tanto éxito que se gana enemigos poderosos como Himmler, Goebbels y Göring, los cuales, en una interna feroz, lo llevarían a la muerte junto a 85 líderes de las SA en la famosa matanza conocida como la Noche de los Cuchillos Largos, perpetrada durante la noche del 30 de junio y la madrugada del 1 de julio. Hans Kundt, por su parte, participó de la comandancia del Ejército Boliviano, del cual se retiró vencido al finalizar la Guerra del Chaco, donde Bolivia volvió a perder territorio, esta vez a manos de Paraguay. Murió poco tiempo después en el Perú. Habrá que esperar al fin de la Segunda Guerra para tener presencia de nazis y criminales de guerra asesorando al ejército y a las dictaduras bolivianas.

CHILE. Cuando Michael Martin Kast llegó a Chile, lo hizo con un pasaporte expedido por la Cruz Roja y con un nombre falso, tal como le recomendara el obispo austríaco Alois Hudal en una oficina compartida con el sacerdote croata Krunoslav Draganović, integrante de la organización fascista Ustacha. Ambos sacerdotes eran entusiastas simpatizantes del régimen caído y organizaban la huida de criminales de guerra o sospechosos de serlo por la famosa Ruta de las Ratas. Meses después, llegaría su esposa, María Olga Rist, acompañada por dos hijos. Martin Kast estaba afiliado al Partido Nacionalsocialista Alemán y había peleado en el frente ruso, pero, debido a un ascenso, fue a parar a un territorio menos ardiente como Italia.

A pesar de los movimientos sísmicos propios de la cordillera, el territorio le resultó apacible y pronto volvió a usar su nombre verdadero, aunque continuó relacionándose con otros exnazis que eligieron Chile para pasar desapercibidos, entre ellos Erik Wünsch, que lo ayudará a instalar una fábrica de cecina en la localidad de Paine en 1962. La empresa, bautizada Bavaria S. A., es exitosa y se expande hacia otras vertientes comerciales. Ese crecimiento económico acompaña también el crecimiento de la familia con nuevos hijos. La vida del exoficial nazi podría ser tranquila y apacible, pero el anticomunismo le corroe las venas y es así que aplaude el golpe de Estado de Pinochet y se torna en un colaborador entusiasta. Tanto él como su hijo Miguel son asiduos visitantes al Centro Nacional de Información (CNI), posteriormente convertido en la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA).

A las mazmorras de la CNI son llevados detenidos algunos de los obreros de la empresa Bavaria, luego de un reclamo por salarios impagos. Allí son torturados hasta la muerte. Según familiares de Pedro Vargas —uno de los trabajadores asesinados—, en sus testimonios durante un juicio aseguraron que tanto Michael Kast como su hijo Miguel fueron partícipes de las torturas y posterior fusilamiento de las víctimas, como así también de aportar vehículos de la empresa para el traslado de prisioneros de comisarías a lugares de exterminio. Si bien Miguel Kast Rist sentía un placer morboso por participar en acciones tan escabrosas como una sesión de tortura y posterior fusilamiento, también tenía una atracción no menos funesta con la economía, ya que en su rol de economista fue nombrado por el mismo Pinochet presidente del Banco Central de Chile, y fotografías suyas con una cínica sonrisa ilustraban las notas en diarios y revistas donde se lo nombraba como al más notorio Chicago Boy de Chile.

Si bien los Kast no tuvieron una relación cercana con la Colonia Dignidad, fundada en 1961 por el exnazi y pedófilo Paul Schäfer, conocían muy bien las actividades que se desarrollaban puertas adentro de la pretendida comunidad religiosa de raíces evangélicas. Schäfer no solo abusaba de los menores de edad nacidos en la singular congregación, donde sus miembros estaban reducidos a la esclavitud, sino que el lugar sirvió de campo de tortura y exterminio de prisioneros políticos durante la dictadura de Pinochet. En sus instalaciones se almacenaba armamento convencional y funcionaba un laboratorio para la fabricación de armas químicas. Durante el gobierno de Gabriel Boric, se sancionó una ley que expropiaba terrenos de la colonia con la intención de construir un museo y un espacio de la memoria que recordara tanto a las víctimas chilenas de la dictadura como a los alemanes integrantes de la comunidad. Al llegar al gobierno, José Antonio Kast Rist, hijo y hermano de Michael y Miguel y, por supuesto, negacionista de los crímenes en los cuales estuvieron involucrados sus familiares, derogó por decreto la ley reparatoria, alegando cuestiones de presupuesto.

PARAGUAY. Una vez finalizada la Guerra de la Triple Alianza, el Paraguay derrotado sufrió una crisis demográfica producto de la pérdida de población a causa del conflicto bélico. Esto le abrió la puerta a una inmigración un tanto descontrolada y, en esas oleadas, llegaron al país muchos alemanes a finales del siglo XIX, los cuales se establecieron en colonias agrícolas a lo largo y ancho del territorio guaraní. En 1887, la hermana de Nietzsche, Elisabet, y su esposo Bernhard Förster fundan una colonia de arios puros llamada Nueva Germania, que tuvo un final escandaloso.

A principios de los años 20 del siglo pasado, Paraguay tenía una población que apenas llegaba al millón de habitantes, de los cuales 30 mil eran alemanes, un número significativo. A pesar de la lejanía, mantuvieron contacto con sus familiares y amigos. En esa comunicación se establecieron vínculos políticos y simpatías hacia Adolf Hitler, una figura en ascenso y prometedora de una nueva grandeza para Alemania. Ese fenómeno ascendente entre los alemanes transoceánicos y entusiastas los llevó a fundar el Partido Nacional Socialista del Paraguay en 1929, cuyo líder era un colono llamado Friedrich Kliewer, o sea, el primer partido nazi del mundo fuera de los límites de Alemania y Austria.

Esa densidad de población germana desparramada en diversas colonias agrícolas en medio de parajes selváticos resultó el escondite perfecto para todo nazi prófugo una vez finalizada la Segunda Guerra. La Ruta de las Ratas tuvo como destino preferido al remoto Paraguay, que, con la llegada de Alfredo Stroessner al poder en 1954, descendiente directo de aquellos pioneros, tuvo una acogida libre de cualquier amenaza. Es así que uno encuentra a criminales de guerra como Joseph Mengele moviéndose por las calles de Asunción sin ocultar su identidad, hasta que fue descubierto por el cazador de nazis Simón Wiesenthal y huye a Brasil. En los pasillos de la casa de gobierno en la capital, uno podía cruzarse con el famoso piloto de la Luftwaffe, Hans-Ulrich Rudel, convertido en uno de los colaboradores más importantes del dictador Stroessner. O haber compartido la sala de internación del Hospital de Clínicas, donde falleció en 1977 Eduard Roschmann, conocido como “el Carnicero de Riga”, responsable de la muerte de 40.000 personas en los campos de Letonia.

En 1989, con el derrocamiento de Stroessner por parte de su consuegro, el general Andrés Rodríguez, se dio inicio a una apertura democrática bastante tutelada. En esa contingencia volvió a reaparecer el Partido Nacional Socialista del Paraguay. Los aires habían cambiado y en las elecciones nacionales cosechó apenas un 0,03 % de los votos y, en el año 2000, fue directamente eliminado de la lista de partidos autorizados a competir electoralmente. Más allá de esto, el general Rodríguez, que cimentó su fortuna personal en base al contrabando y el tráfico de drogas, tuvo como socio y asesor a un exintegrante de la Gestapo de Marsella, Lucien Darguelles. Se puede decir que Paraguay fue durante décadas un santuario del nazismo. Entre los paisajes selváticos y los calores extremos, los peores criminales de la humanidad ocultaron sus crímenes y descansaron allí sus nefastos sueños.

BOLIVIA. Después de las andanzas de Hans Kundt y Ernst Röhm por los territorios andinos de Bolivia, habrá que esperar al final de la contienda mundial, con la posterior derrota de Alemania, para encontrar nazis o, al menos, un nazi, pero no uno cualquiera, en Bolivia. Klaus Barbie llegó a ese país en 1951 con un pasaporte expedido por la Cruz Roja, usando la Ruta de las Ratas y con el nombre falso de Klaus Altmann. Como burla macabra, adoptó el apellido del rabino de su pueblo. La fuga pudo concretarse gracias a un acuerdo con el Cuerpo de Contrainteligencia (CIC) del ejército americano, que lo recluta para llevar adelante actividades anticomunistas entre 1947 y 1951. Reclamado por Francia, en EE. UU. dicen desconocer su paradero. Con prisa abandona Berlín, donde regenteaba un cabaret a la par de hacer oscuros negocios en el mercado negro.

Barbie huye hacia Bolivia en 1955. En un principio se estableció en La Paz, donde, como tapadera, llevó adelante un aserradero y comienza a vincularse con los círculos de poder de la ultraderecha boliviana, asesorando en seguridad y luego en métodos represivos, al acceder a puestos jerárquicos en los gobiernos de Barrientos, Banzer y García Meza, con este último de la mano del narcotraficante Roberto Suárez, quien, al igual que su asesor, tenía con Pablo Escobar, en Colombia, un estrecho vínculo operativo. La experiencia de Klaus Barbie es aprovechada por los servicios secretos de Alemania Federal durante la Guerra Fría, que lo contratan para llevar adelante actividades anticomunistas, y también por el dictador René Barrientos, quien le solicita la creación de un grupo militar especial, cuya finalidad es atrapar al Che Guevara en la selva boliviana. Esa colaboración se continúa durante el gobierno de Hugo Banzer y culmina con García Meza, donde, en complicidad con Roberto Suárez Gómez, dan el famoso golpe de Estado conocido como “el Golpe de la Cocaína”. Barbie se dedica a crear grupos paramilitares con la finalidad de secuestrar, torturar y asesinar opositores. Una recreación perversa de lo que ha hecho tanto en Berlín como en Lyon en años anteriores. Si como burla Barbie había adoptado el apellido del rabino de su pueblo, paradójicamente la mujer de Suárez era de origen judío. Ayda Levy, tal su nombre, tenía una tía en Lyon que fue deportada por Barbie a un campo de concentración. Pero tanta paradoja perversa y huida siniestra llegarían a su fin en 1982, cuando un gobierno democrático de centroizquierda accede al gobierno, con Siles Suazo como presidente, y al poco tiempo de asumir ordena detener a Barbie por estafa. Meses después es extraditado a Francia. Juzgado por sus crímenes, fue condenado a prisión perpetua en 1983. Sus sangrientos periplos concluyeron a los 77 años, en la cárcel de la ciudad a la cual asoló durante toda la ocupación.

ARGENTINA. En los lejanos años 70 tuve una novia llamada Ana. Era alumna de la Escuela de Bellas Artes P. Pueyrredón y tenía como compañero a un tal Hansi, un rubio hijo de alemanes que vivía por Villa Ballester, zona germánica del Gran Buenos Aires. A veces tomábamos el tren en Retiro para ir a su casa a visitarlo. En el verano solíamos quedarnos hasta altas horas de la madrugada debajo de una glorieta cargada de glicinas. Hansi nos contaba, entre otras cosas, que sus padres extrañaban Alemania y que dormían con una bandera nazi debajo del colchón. La madre, una germana regordeta, estaba un tanto preocupada porque Hansi era vegetariano. La mujer se tranquilizaba un poco cuando su hijo con inclinaciones artísticas le aseguraba que Hitler también lo había sido. El padre, un tipo al que nunca vimos, trabajaba en un puesto jerárquico en Mercedes-Benz. Más allá de lo risueña que pueda sonar una anécdota, tuvieron que sucederse varias décadas para saber que el padre de Hansi fue parte de los 76 nazis que trabajaron en puestos de importancia en la fábrica automotriz, cifra que incluye a Adolf Eichmann antes de ser raptado por el Mossad y ser juzgado en Israel como el responsable de la Solución Final que llevara a la muerte a millones de judíos. En los años 50 del pasado siglo, la empresa no solo fue usada como parte de una estructura de fuga y lavado de dinero proveniente de los nazis, sino también como refugio de muchos exintegrantes del ejército vencido.

En esos mismos años 70, las luchas políticas estaban en un punto esplendoroso y la empresa no escapaba a esa realidad. La junta interna, integrada por sectores del peronismo combativo y vertientes de izquierda, tenía un fuerte arraigo entre los trabajadores y no solo se enfrentaba a la patronal con reclamos de mejoras laborales, sino también a la burocracia sindical representada por el SMATA y su secretario general, el sindicalista José Rodríguez. Muerto Perón, las persecuciones estaban a la orden del día. Carlos Ruckauf, ministro de Trabajo de Isabel Perón, pidió una lista de delegados y militantes para ser encarcelados y desmembrar a la organización sindical. Según testimonió el exobrero Hugo Crosatto en el juicio llevado adelante en los Tribunales Federales de San Martín contra ejecutivos de la empresa, cómplice del terrorismo de Estado, las listas las realizaba un exnazi de apellido Snuck, tarea que siguió realizando cuando el gobierno de Isabel fue derrocado por la junta militar comandada por Videla el 24 de marzo de 1976.

Durante el juicio mencionado, fue interrogado el gerente general de la empresa, el judío alemán Juan Tasselkraut, quien alegó que, debido a la actuación de la mencionada organización, la producción había mermado un 30 %. Cuando el fiscal le repreguntó si, después del encarcelamiento y desaparición de 17 integrantes de la junta interna, se había recuperado el nivel productivo, Tasselkraut, sin hesitar y con duro cinismo, respondió:

—Sí, magia no hay.

Increíblemente, el cínico gerente fue sobreseído de culpa y cargo. Es posible que muchos nazis hayan colaborado con mayor o menor empeño de lo que lo hizo la empresa Mercedes-Benz con la dictadura militar. Lo cierto es que su funcionamiento durante esos años de terror fue muy similar al de los campos de concentración durante el nazismo.

Compartí el artículo