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Venezuela después del día final

Tras la invasión estadounidense y una crisis social agravada por los terremotos, Venezuela enfrenta una transición incierta. La resistencia, las fracturas dentro del chavismo y la disputa por el petróleo. Por Modesto Emilio Guerrero

La pregunta es qué le falta a la sociedad venezolana después de una invasión imperialista con bombardeo de su capital, más de cien asesinados y dos terremotos simultáneos como si estuviera condenada a un Armagedón particular.

Los espíritus débiles y timoratos educados en la cultura socialdemócrata tiemblan ante tamaño siniestro. Ignoran que no se trata de Venezuela. Es el continente y más que el continente, es el destino del hemisferio lo que comenzó en Venezuela. 

Pero no el que termina en las montañas frías de Canadá, el Islote Águila y Cabo de Hornos al sur, sino el que llega hasta la isla final de Groenlandia, se devuelve en línea vertical por las Azores y culmina en los mares del sur alrededor de Las Malvinas.

Este es el “hemisferio” del corolario Trump, publicado en 2024, como para Theodore Roosevelt en 1904 el mismo espacio imperial se limitaba a las aguas del Caribe y sus islas, la zona andina y amazónica y el cono sur, cada una con sus gobiernos, recursos y poblaciones. Eso es lo que comenzó con Venezuela.

Contiene el mismo sentido existencial que hace apenas medio siglo tuvo la palabra-concepto Lebensraum para el imperio capitalista de los nazis, o la expresión mare nostrum para el imperio esclavista romano en el siglo II antes de nuestra era. Para los romanos incluía el Mediterráneo con sus ricas tierras aledañas plagadas de alimentos, madera, esclavos y caballos.

Para EEUU son los “minerales raros”, trabajadores baratos y el agua potable, pero sobre todo un depósito de crudo viscoso acumulado en el oriente venezolano hasta Trinidad y Tobago. Pero este tenía un problema: lo administraba un gobierno no amigable ni sometido como Panamá, Ecuador o Argentina. 

Los expertos calculan que al ritmo de la tasa de extracción actual, ese magma de crudo venezolano abriga alrededor de tres siglos de energía para mover la maquinaria imperial.

Venezuela es el punto de partida porque se volvió un obstáculo durante 25 años. Eso era tan problemático como la Cuba fidelista desde hace 60 años. Pero Cuba no tiene recursos vitales, podía esperar. Venezuela no.

Circula la teoría peregrina según la cual la guerra contra Irán dependía del resultado contra Venezuela (la sostienen L. Wilkerson, L. Johnson y K. Kiatkowski, tres académicos norteamericanos). Puede ser correcta si la medimos con los hechos ocurridos desde enero, según el orden en que ocurrieron.

Riesgo sísmico

Lo que no pudieron prever en el Pentágono era que la corteza terrestre les jugara una mala pasada. Los dos temblores que hicieron crujir Venezuela en dos días seguidos, pusieron en riesgo la victoria militar alcanzada con los 50 helicópteros que bombardearon Caracas.

La fuerza telúrica derribó más de 40 edificios y casas, de repente produjo más de 60 mil víctimas con necesidad urgente de atención clínica, comida y techo, casi 7 mil heridos graves y dejó más de 6 mil cadáveres. El costo de atención a esa tragedia equivalía a varios años de gastos y accidentes naturales en la sociedad, con riesgo de malestar social.

La “buena voluntad” de los rescatistas norteamericanos, europeos y sionistas, con sus máquinas, militares y tecnologías, fue opuesta a la compostura moral y propósitos de los grupos de auxilio llegados desde Chile, Colombia, México o Argentina.

La invasión de enero y el plan de transición hacia un no chavismo, pudieron descalabrarse si los dos terremotos hubiesen sumado en junio una devastación similar a la de Haití en 2012. 

Porque a ese costo social gigantesco tendrían que sumar los efectos telúricos de una deuda externa que desde 2018 ya suma los 240.000 millones de dólares, según el Financial Times. Para una economía que desde enero recibe el 17% del crudo que se venda porque EEUU se queda con el 83%.

La presión social se hubiera potenciado varias veces, obligando a concentrar la atención política en el desastre humano y el colapso presupuestario. 

Pudo ser un serio desvío peligroso en la ruta militar-imperial impuesta el 3 de enero. EEUU no se posesionó de Venezuela para atender problemas humanitarios.

Los dos sismos comprometieron el principal objetivo de la ocupación. La inteligencia norteamericana sabe desde la rebelión del 13 de abril de 2002, que en Venezuela existe una materia prima social y política para nutrir una resistencia armada prolongada. 

Eso los convenció de evitar los errores que condujeron en Irak al brote islámico del ISIS, por despojar al país de su Ejército, sus gobernantes propios, iglesias y sus partidos políticos.

EEUU prefirió esperar un cuarto de siglo para Venezuela. Cuando estuvo seguro apostó al único recurso de guerra que no habían usado –o usó mal apostando a un lumpen como Guaidó–: la colaboración interna

Esta técnica permitió ganar decenas de guerras en la historia, cuando lo demás se volvió inútil.

Dilema

Ocho meses después del bombardeo y a más de un mes del terremoto doble, la sociedad se debate entre dos tensiones y sentimientos. Sobrevivir en la vida material, por un lado y resolver en el fuero íntimo de su conciencia lo que debe hacer con la presencia de los norteamericanos en el país. 

Sobrevivir es un cálculo diario a la medida del salario nacional heredado del gobierno de Nicolás Maduro desde 2022, cuando decretó –sin presión externa– el congelamiento del salario. 

El salario mensual y la jubilación resultante de esa medida están hoy por debajo de medio dólar mensual, según el marcador del Banco Central. Las familias obreras sobreviven con los bonos oficiales y la “ayuda de Dios”, que se traduce en creativas maneras de solidaridad barrial.

Ya se agotó la ilusión de las primeras semanas posteriores a la invasión. Ya nadie espera que con los gringos llegue la prosperidad y los gigantes Wallmart de empleo masivo. Esa desilusión mutó en materia prima de rechazo.

Para resolver el segundo problema diario, oculto en su estado de conciencia, un sector minoritario del pueblo acude a lo que tiene en su memoria inmediata: la calle. Junto con la calle, usan al comandante Chávez como estandarte anti imperialista.

Desde mediados del mes de julio, algunos centenares de militantes marcharon, en representación de los miles que aún no se atreven. Decidieron manifestar su descontento contra la presencia norteamericana, pero también contra lo que ven como colaboración del gobierno con ella.

Hasta hoy viernes 7 de agosto, se cuentan 6 movilizaciones a la Plaza Bolívar en dos ciudades importantes, una Declaración Nacional firmada en la ciudad militar de Maracay donde nació el chavismo, por unas diez agrupaciones identificadas con Maduro. En ella se cuestiona la colaboración de Delcy Rodríguez y reclaman una postura pública crítica. 

Uno de los más activos y potenciadores opositores a la presencia gringa permitida es Mario Silva, uno de los comunicadores más conocidos del chavismo oficial. Al reclamo de Silva se suman una de las diputadas más conocidas del chavismo y uno de los dos comandantes promotores de la rebelión militar de 1992. 

Hasta ahí llegan las señales de una resistencia. Aún no es masiva aunque es popular en la medida en que se atreve a decir lo que la mayoría aún no sabe o no se atreve. 

El chavismo de Hugo Chávez sembró en 12 años una conciencia anti imperialista y prosocialista elemental. Siendo difusa, es suficiente para cimentar un nuevo movimiento de resistencia a la dominación de EEUU. Está por verse, pero las manifestaciones de julio y agosto y la Declaración de Maracay constituyen síntomas de una reacción que puede evolucionar.

La demanda más sensible en el estado de conciencia actual es el robo del petróleo, como era previsible en Venezuela. Además de la reacción patriótica contra Trump cuando declaró que Venezuela pasó a ser el Estado 51 de su imperio.

Transición en riesgo

Ambas cosas, ser el Estado 51 y la formación de una resistencia fuerte son todavía deseos, pero presagian un panorama nacional cruzado por una crisis explosiva del chavismo, sobre todo en su partido, el PSUV y en su gobierno actual.

En esa exacta medida, la transición política hacia unas elecciones que instale a María Corina Machado está comprometida. 

Esta novedad explica los temores y cautelas de Washington cuando le hace decir a Marco Rubio que le diga a María Corina, que por ahora no. Y le exige a Delcy y a su hermano en la Asamblea Nacional, que apuren las negociaciones con la oposición de derecha. 

La primera reunión entre Jorge Rodríguez y esta oposición, el jueves 6 de agosto, resultó en una declaración que solo compromete a una nueva reunión. O sea, nada. Más hizo la encargada Delcy en febrero, cuando designó a un hombre de María Corina Machado como embajador en la Santa Sede de Roma, un lugar clave para una población tan católica.

Las piezas para una transición en paz están puestas y dispuestas, pero no en la calle ni dentro del partido oficial. No habrá transición en paz si el chavismo actual, residual, incluido su sector militar activo, mantiene el estado de malestar interno entre los que reclaman algo de autonomía nacional, quienes sostienen que no se puede más y aquellos que presionan por expulsar a los norteamericanos. 

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