La presentación de la “ley de inviolabilidad de la propiedad privada” que propone el régimen de Milei es por lo menos redundante, puesto que la propiedad privada ya está tuelada en la Constitución Nacional. Pero como es habitual en los sistemas oligárquicos que padecemos, el nombre de las normas sólo tiene una relación lejana con el objetivo que pretende alcanzar. Así, se toma el nombre de algo que todos tienen -o suponen tener- sólo para impulsar reformas de fondo acerca de temas bastante menos generales en favor de intereses demasiado particulares. El impulsor de esa “ley” no es otro que Federico Sturzenegger, cuyo perfil criminal ya fue definido con maestría por Ragendofer. Apenas digamos que el “coloso” Sturzenegger (así le dice Mieli) no sabe distinguir muy bien entre los libros “Cómo conseguir amigos” de Dale Carnegie y “El Príncipe” de Nicolás Maquiavelo. Aunque es eficaz en destruir y prolijo a la hora de cobrar dinero. El hecho que el “ministro de desregulación” sea la voz cantante de los sectores dominantes locales y extranjeros en esta iniciativa legislativa habla también bastante mal del decadentismo oligarquíco. ¿Dónde está Federico Pinedo (1895-1971) cuando se lo necesita?
En efecto, la “ley de inviolabilidad…” pone en venta a la Patria. Es cierto, ya existen vastas extensiones del suelo argentino en manos extranjeras. La empresa Benetton es un ejemplo en cantidad, por las hectáreas que ocupa, la estancia de Lewis es un caso de calidad, por el territorio que ostenta y prohíbe el paso a los nacionales. Sin duda, existen más parcelas en manos foráneas, ya sean latifundios o enclaves. Digamos también que los latifundios en manos de extranjeros adinerados tampoco difieren mucho del uso que le pueden dar los propietarios locales. Al menos de vez en cuando se disfrazan de gauchos, a quienes destruyeron en la segunda mitad del siglo XIX. Dialéctica. Es así como en Departamento de Lácar en la Provincia de Neuquén, el 95% de las tierras está en manos de terratenientes locales y extranjeros, los pueblos originarios apenas tienen el 5% del territorio. Pero claro, el problema son los mapuches. ¡Válgame Ngünechen!
Es que en un segundo análisis la cuestión de la “ley de inviolabilidad…” no hace tanto al origen de los oligarcas, sino al comportamiento de éstos, ya que sean locales o foráneos –suelen actuar del mismo modo. Es que establecer por ley el saqueo que sufrimos sólo puede alentar más depredación, en busca de conseguir una imposible legitimidad en gramos que buscan con imponer por una “legalidad” votada por kilos. Es consistente con el régimen mileísta, que pretende estructurar la economía argentina con eje en el extractivismo. Así, son los hidrocarburos, la minería, la agroexportación, los servicios financieros que habrán de estructurar el funcionamiento de la sociedad. Incluso y sobre todo con la imposición de jurisdicciones ajenas, ya sea de organismos internacionales, como el CIADI del Banco Mundial o las leyes del Estado de Nueva York. Si, buscan imponer una estructura colonial. Y lo logran, porque ya lo hicieron. Pretenden refundar una sociedad sobre bases anteriores a la independencia.
Quizás nos ayude un libro publicado en 1954, llamado “Estructura social de la colonia”, escrito por Sergio Bagú. (1911-2002). Excepcional inteligencia argentina, militante universitario, presidente de la FUA, profesor en las mejores Universidades Nacionales, fallecerá en México, donde se exiló luego de “noche de los bastones largos” de 1966, ese crimen del onganiato contra toda forma de cultura nacional. Bueno, como ahora. En esa obra, Bagú rinde cuenta del periodo que va de la conquista europea hasta las independencias latinoamericanas en Nuestra América.
Y lo hace desde una perspectiva novedosa. En ruptura con las concepciones historiográficas dominantes, que sostuvieron la conquista y el genocidio como proyección de las formas feudales de Europa, Bagú nos dice que “lo que surge en la América española y portuguesa no es feudalismo, sino capitalismo colonial. Lejos de revivir el ciclo feudal, América ingresó con sorprendente celeridad dentro del ciclo del capitalismo comercial, inaugurado ya en Europa, al cual contribuyó a dar un vigor asombroso, haciendo con ello posible la iniciación del período del capitalismo industrial, siglos más tarde”. Toda una ruptura epistemológica.
¿Capitalismo colonial? ¿Qué es eso? Lo explica Bagú con un ejemplo: “la diferencia entre el alto precio pagado por la mercancía en el mercado europeo y el bajo precio de la mano de obra indígena permitió una vertiginosa y colosal acumulación de riquezas, que hizo de los mineros americanos un grupo social más poderoso, económicamente, que los más poderosos de muchos países de Europa”. En la colonia, “el comercio directa o indirectamente vinculado a la exportación de esos productos básicos es el que da lugar a las mayores concentraciones de capital comercial y determina la formación de los grupos mercantiles más poderosos: esclavistas en Brasil; los comerciantes exportadores e importadores en México y Perú, que intervienen en la exportación de metales preciosos o en la importación de múltiples artículos, muchos de ellos de lujo, para los ricos consumidores locales”. Esos “ricos consumidores locales” serán el germen de las actuales oligarquías. Que ahora entregan en venta tierras, energía, agua. Todo lo necesario para una datacenter de Palantir. O de quien pague. Las mejores comisiones.
Seguimos con Bagú. Es así que propiedad, comercio, finanzas son las marcas de la clase alta colonial, puesto que “todos ellos tienen de común que están integrados por quienes controlan la mano de obra y son los propietarios o poseedores de la tierra y de los medios de producción y, en algunos casos, también del capital financiero (…) A ellos nos referimos, en conjunto, cuando hablamos de la clase social de los poseedores”. En este esquema colonial, no hay lugar para las clases medias, reducidas al mínimo indispensable. Sólo amos y esclavos. ¿Les suena conocido?
En tal estratificación social, situación es color: cuanto más blanco más pudiente. tanto en la colonia como ahora. Clase y raza deben ser una sola, no tanto por rémoras medievales, sino por que el propio capitalismo colonial lo exige. Adiós a M’Hijo el Dotor. Ese aspecto también es subrayado por Bagú: “el prejuicio racial, como justificativo y, a la vez, como afirmación de poderío o, dicho en otra forma, como afirmación del decidido empeño de defender el privilegio por todos los medios posibles”. Sos negro porque sos pobre: “la segregación étnica, el uso de las diferencias de pigmentación como pauta ostensible para acentuar las líneas divisorias de las clases sociales, ha sido por siglos —y sigue siéndolo, en algunos países— uno de los instrumentos más eficaces para la defensa de los privilegios económicos, sociales y políticos”. Apenas dos años después de la publicación de “La Estructura…” uno de los protagonistas del golpe de Estado de 1955, el contraalmirante Arturo Rial dirá «sepan ustedes que esta gloriosa revolución se hizo para que, en este bendito país, el hijo del barrendero muera barrendero». Sos pobre porque sos negro. Y encima del Conurbano.
Por eso, a la hora de calificar sin más de feudalismo o de tecnofeudalismo a las formas que adquiere el modo de producción digital, corremos el riesgo de errar el viscachazo. En tu cara, Varoufakis. No es feudal, puede que algo tecno, pero sobre todo es “capitalismo colonial”, que lejos de ser un pasado remoto es y ha sido una realidad tangible a lo largo de nuestra historia. Que algunos solemos llamar “dependencia”. Como en la época de la colonia que nos describe Sergio Bagú, esa “dependencia” asocia a las grandes empresas de las grandes potencias, que tienen en cada territorio dominado la correspondiente clase social encargada de la producción a bajo costo de los insumos necesarios para encarar la próxima acumulación de capital. ¿Pax Sílica? Ya no solo mediante la cosecha digital de datos, sino a través de la provisión de la energía eléctrica, de los recursos acuíferos, de las salvaguardas jurídicas necesarias para que esta forma de capitalismo colonial pueda desarrollase a pleno. El problema es que en el antecedente ilustrado por Bagú no es necesaria la clase media, sino que se precisan masas de esclavos. Que vienen a ser los trabajadores precarizados, informales, pobres. ¿O de qué pensamos que habían cuando citan como mantra el modelo social de Perú?
Ah, pero no todo es tan fácil en la sociedad colonial que evoca Sergio Bagú, así como en la realidad que habitamos aquí y ahora. “En las relaciones entre las clases y los grupos, en todos los días y las horas de la existencia colonial, la violencia late con furia o estalla torrencialmente”. La sociedad modelada sobre el capitalismo colonial hace que “la violencia social amenaza la integridad física y la vida misma del individuo”, porque “las relaciones de clases en la colonia reposan sobre la violencia”. Ese sistema funciona siempre que “la masa de los sometidos sienta el puño del dominador ante sus ojos para hacer el esfuerzo que se le exige”. Vemos que la violencia no es una excepción, sino la condición permanente para dominar la colonia extractivista.
“Resumiremos aquí lo ya dicho”, dice Sergio Bagú, “repitiendo que en las sociedades coloniales se superpone un grupo pequeño de conquistadores o colonizadores, que pasan a ser los poseedores y señores de la mano de obra y un grupo mucho más numeroso de mano de obra desposeída”.
Los hechos resuenan en los siglos, del asesinato del Inca Atahualpa (1533) a los repartidores de Rappi (2026). Por eso lo que votarán las y los legisladores no es sólo la entrega de territorio nacional en manos extranjeras, sino la conformación de un determinado tipo de sociedad, pues una cosa no va sin la otra. Por cierto, Sergio Bagú escribe sobre la sociedad colonial, colonizada, depediente que “no hay peor corrupción que que la esclavitud”.
