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Sturzenegger, nuestro Terminator de entrecasa

Del megacanje a la motosierra, el recorrido político de un funcionario que convirtió la desregulación en un proyecto de transformación del Estado. Por Ricardo Ragendorfer

Hay un video destinado a ser un documento histórico de la época en curso; ahí se lo ve a Federico Sturzenegger parado ante una mesa con dos gigantescas pilas de hojas tamaño oficio, que él acaricia con una mezcla de orgullo y satisfacción.  

Se trataba de su obra maestra: un paquete con 300 leyes a derogar y otras tantas que sufrirían modificaciones. Una gesta legislativa que le insumió ocho meses de su existencia. Hasta que, en noviembre de 2023, llegó a las manos del presidente electo Javier Milei. 

El propio Sturzenegger, con una pícara sonrisa, rememoró ese momento al ser entrevistado en el canal de streaming Deja Vu. Y sus palabras fueron:  

–Javier se entusiasmaba. Por momentos gemía, Parecía como que estaba teniendo sexo… como que estaba teniendo un orgasmo. 

Dicho esto, seguía sonriendo. 

Es que en el mamotreto de ese hombre tan expansivo y cordial estaba el germen de la Ley Bases, que modifica de un plumazo el grueso de los derechos económicos y laborales consagrados por la Constitución. Un paso ineludible en el desguace del Estado; o sea, un proceso de exterminio institucional del cual —desde el Ministerio de Desregulación— se convertiría en su arquitecto. 

¿Acaso este tipo es, entonces, una encarnación de la “banalidad del mal”?  

La Solución Final

Este concepto fue desarrollado por la filósofa alemana Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén (1963). Y plantea la idea de que las peores atrocidades en gran escala no suelen ser cometidas por seres monstruosos, sino por personas comunes, burócratas sin pensamiento crítico, solo motivados por la pulsión de la obediencia para así ascender en sus trabajos; especialmente, cuando cumplen funciones en sistemas políticos cifrados en la aniquilación masiva. 

Arendt se basa en la figura del criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, cuyo juicio en Israel ella cubrió para la revista The New Yorker.

Es que este hombrecillo gris había planificado, durante la larga noche del Tercer Reich, la deportación y, luego, el asesinato de seis millones de judíos.

Su trabajo al respecto no dejó ningún detalle librado al azar. La “Solución Final”, tal como supo titular el objetivo de la orden que le habían impartido, fue preparada con un esmero que deslumbró a sus jefes. Desde el cuidado que puso en que las deportaciones se realizaran de manera económica y sin interrumpir las operaciones militares, hasta su tino en ubicar los campos de concentración cerca de los recorridos ferroviarios, pasando por la dinámica administrativa que tomaría la incautación de bienes a las víctimas y, claro, el espíritu industrial con el cual diseñó las cámaras de gas, destinadas a liquidar a la mayor cantidad de personas en el menor tiempo posible. Era su obra maestra. Así fue concebido el Holocausto, del cual él, a todas luces, se convirtió en su arquitecto. 

Durante el juicio al que fue sometido en 1962, explicó su proceder: 

–No perseguí a los judíos con avidez ni placer. Porque fue el Gobierno quien lo hizo. La persecución solo la decidía el Gobierno, pero de ningún modo yo.  Y acuso a mis superiores por haber abusado de mi obediencia.

Este individuo era la banalidad del mal en estado puro.

Pues bien, volviendo al presente: ¿acaso —salvando, claro, las distancias— Sturzenegger podría ser considerado una suerte de Eichmann herbívoro?

Por lo pronto, el modo de procesar sus propios actos es significativo. Por caso, durante una entrevista en La Nación+, Luis Majul quiso saber: 

– ¿No cree que echar a 50 mil empleados estatales es un acto de crueldad?

La réplica, con un tono neutro, fue: 

–Está mal planteada la pregunta. Vos tenés que preguntar sobre los miles de puestos que se crearon cuando les devolvimos dos mil millones de dólares a los argentinos porque no le tenemos que pagar a esos 50 mil ñoquis.

En sus labios resaltaba su típica sonrisa.

La Ley Bases ya era una realidad. Y él se jactaba de su autoría. Lo cierto es que resulta necesaria una perseverancia algo enfermiza para idear semejante cosa. Eso conduce a un interrogante: ¿acaso la vida imita a la literatura? Porque lo suyo excede con creces el marco de una simple ensoñación normativa para consumar una hazaña en el campo de las fantasías distópicas. Y que, por si fuera poco, desnude una de las frustraciones de su alma.

“Sé que terminaré mis días como escritor de ficción”, supo ilusionarse en una entrevista periodística. Y añadió: “(José) Saramago empezó a escribir a los 54 años. Yo todavía puedo tener esperanzas”.

Aquellas palabras fueron publicadas el 28 de junio de 2011 en el diario El Cronista. Pero, a tres lustros después de ello –y habiendo ya superado en cuatro años la edad que tenía el escritor portugués al incursionar en las letras– su deuda con la pluma sigue tan intacta como la del país con el FMI 

Ya se sabe que las vocaciones incumplidas son un semillero de criaturas muy especiales.

Hacia la motosierra 

La carrera de Sturzenegger siempre osciló entre la placidez y los sobresaltos. 

Su debut profesional fue cómo docente en la Universidad de California, antes de volver, en 1994, a la Argentina por un conchabo que lo catapultaría a las ligas mayores: economista jefe de YPF por voluntad expresa del ministro menemista Domingo Felipe Cavallo. Un lustro después, ya desafectado de ese paso por la función pública, lo contrató la Universidad Torcuato Di Tella para ejercer el decanato de su Escuela de Negocios. Allí cimentó su prestigio como cuadro joven del neoliberalismo. Eso hizo que, en marzo de 2001, el ministro de Economía del Gobierno de la Alianza, Ricardo López Murphy, se fijara en él, sumándolo a su equipo con el cargo de secretario de Política Económica, justo antes de ser reemplazado por Cavallo, quien lo conservó a su lado.

Había que verlo por TV cuando anunció el “blindaje del FMI”, un ajuste brutal que incluía la quita del 13% de sus haberes a estatales y jubilados, de la que no fue ajena Patricia Bullrich. Y, fiel a su gestualidad, sonreía.  

También fue artífice del “megacanje”, una transa con bonos que elevó hasta límites siderales las comisiones a los bancos extranjeros y, por ende, la deuda externa, provocando así un estallido inflacionario.

Ambos desatinos tuvieron un efecto no previsto: la insurrección popular del 19 y 20 de diciembre de 2001.  

En medio de esa circunstancia, él se escabulló a hurtadillas del Palacio de Hacienda, mientras el presidente Fernando de la Rúa huía de la Casa Rosada en helicóptero.

De esa fase de su vida conservó por años un souvenir: su procesamiento por lo del megacanje, del cual recién fue sobreseído en 2016, gracias a los buenos oficios del entonces presidente Mauricio Macri.

Este lo había rescatado del ostracismo ocho años antes, ya entronizado en la jefatura del gobierno porteño, al conferirle la titularidad del Banco de la Ciudad. Y siempre de su mano consiguió, en 2013, una banca en la Cámara de Diputados que mantuvo por dos años, hasta que el líder de PRO –ya en el Sillón de Rivadavia– lo puso al frente del Banco Central.

Desde allí tuvo la ocurrencia de poner en práctica una serie de medidas para controlar la inflación en un 10% anual. A saber: eliminó el cepo cambiario; ideó un sistema de créditos hipotecarios llamado Unidades de Valor Adquisitivo (UVA), indexadas al aumento del costo de la vida (que resultaron ser un himno a la usura), además de crear letras de la institución a su cargo, las Lebacs y los Leliq (que ahora Milei intenta denodadamente eliminar), junto a un disparatado tipo de cambio flotante. El resultado fue una inflación del 47% en 2018, la más alta, por entonces, en más de cinco lustros. Ese año fue eyectado del cargo.

Ahora, con Milei en la Casa Rosada, disfruta de una tercera oportunidad, habiéndole tocado en gracia el manejo estratégico de una herramienta singular: la ya célebre motosierra.

En resumidas cuentas, desde su ingreso al Ministerio de Desregulación, nuestro Terminator de entrecasa propició –tanto en el Estado como en el sector privado– la pérdida de 259.000 empleos formales. A eso se le suma (hasta junio de 2026) el cierre de, exactamente, 24.327 empresas, que abarcan desde Pymes hasta sociedades industriales o comerciales de gran envergadura. 

Pero los servicios de Sturzenegger al país aún no concluyeron.

Ahora está por tratarse en la Cámara Alta su proyecto de “Inviolabilidad de la propiedad privada”, un eufemismo que, en rigor, se refiere a la compra sin límites de tierras argentinas por parte de inversores extranjeros, no sin habilitar, además, el desalojo express de sus pobladores. 

Al respecto, la senadora del PJ, Juliana Di Tulio, ofreció –el 23 de julio– una entrevista a Radio 10 para manifestar su rechazo al asunto. Y se permitió el siguiente comentario:   

–Si (Sturzenegger) pudiese lograr la venta libre de órganos, lo haría. 

Dicen que el aludido, quien estaba entre los oyentes, enarcó entonces las cejas, mientras sus pupilas adquirían un extraño brillo. Y sonrió. 

La legisladora, involuntariamente, le había obsequiado una gran idea.  

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