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La migración latinoamericana en Alemania: desafíos ante una Europa donde prolifera el racismo

Con más de 14 millones de personas sin ciudadanía y 11 millones excluidas del voto, Alemania vuelve a colocar a la migración en el centro de la disputa política. Desde Berlín, la experiencia del Bloque Latinoamericano y el escenario previo a las elecciones de septiembre. Por Mariano Pacheco

Después del Holocausto, con sus 7 millones de asesinatos y la marca de los campos de concentración, a nadie se le ocurriría decir que el problema alemán es de los judíos. ¿Pero qué pasa con la herencia nazi? La proliferación de grupos de ultraderecha extrema, a tono con lo que pasa en buena parte del mundo, viene acompañada en este caso con antisemitismo, también extremo, que se lleva adelante esta vez contra los palestinos masacrados en Gaza por el Estado de Israel y apaleados son todos aquellos que se manifiestan contra este genocidio y alzan símbolos, banderas palestinas. Incluso la propia izquierda tiene su “ala derecha” que defiende al sionismo (“Antideutsch” dentro de “Die Linke”).

En Alemania, esta proliferación de la extrema derecha no se produce solo en el contexto parapolicial (los grupos neonazis que son solo la cara más burda del problema), sino también –principalmente– dentro de las fuerzas de seguridad (en especial la policía) y las instituciones públicas, comenta a este cronista el argentino Darío Farcy, licenciado en Ciencia política, quien vive en Berlín desde hace 8 años. La situación llega a tal punto que el Canciller llegó a declarar públicamente que los migrantes “afean el país”. Agrega Farcy: “vemos además que, actualmente, existe una vinculación muy fuerte entre el sionismo como razón de Estado y el racismo contra les migrantes”. De allí que insista en que es muy común escuchar cotidianamente frases tales como “los alemanes habíamos resuelto el problema del antisemitismo, pero ahora volvió por culpa de los migrantes del sur global”. Este tipo de argumentaciones, muchas veces provenientes de espacios institucionales, son las que luego justifican la represión. “Así, de manera perversa, se utiliza la lucha histórica del pueblo judío contra la persecución para reprimir y perseguir a otros pueblos y, sobre todo, a sus corrientes de izquierda”, complementa Farcy en su explicación. Y remata: “para poner en contexto, en Alemania que te tilden de organización antisemita implica perder los derechos civiles y políticos, padecer la represión, la cancelación de tus cuentas y hasta la cárcel. Y para los individuos, puede implicar desde la pérdida del trabajo hasta la deportación”.  

Por todo esto es que me llamó tanto la atención ver colgada, del edificio en el barrio Kreuzberg donde me alojé toda la semana que estuve en Berlín, esa bandera gigante con la consigna “Palestina Libre”. Al ingresar y conocer a sus habitantes rápidamente lo comprendí, por más que solo hablara y entendiera castellano: el internacionalismo militante se respiraba en el ambiente y podía verse en las gráficas pegadas en las puertas y paredes, así como escucharse en la diversidad de lenguas que allí adentro se hablaban. “La Casa Roja”, como la llaman, es actualmente una vivienda comunitaria en la que se alojan una docena de adultos, muchos de ellos con sus hijos, niños, niñas que crecen en ese ambiente en el que cada noche alguien está encargado de preparar la cena para todos y las tareas de limpieza se dividen entre quienes habitan cada uno de los cuatro pisos de aquel edificio que supo ser una de las tantas casas “Okupas” que en otras décadas fueron todo un fenómeno en varios países europeos, y que hoy ha pasado a ser un sitio gestionado por una Fundación que busca garantizar que toda esa historia condensada en aquellos ladrillos no sea demolida ni privatizada y vendida a las grandes empresas del desarrollismo urbano que viene arrasando ciudades enteras. 

En la casa hay, por supuesto, alemanes, pero también personas que provienen de otros sitios como Italia o Turquía. Los habitantes que más me llamaron la atención son un kurdo que se llama Guevara (se llama, no se “apellida”) y nuestro contacto “alemán”, Orsi, una húngara que nos hablaba en castellano mientras nos recibe tomando mate.

Esa costumbre de migrar

¿Qué formas de trabajar y cocinar, de sentir y pensar, de relacionarse y amar, de vestirse y protestar, de organizarse y luchar se lleva alguien al migrar? ¿Qué se aprende y qué se olvida? ¿Qué se desaprende y qué queda guardado en la memoria? ¿Qué dificultades se encuentran al llegar a un nuevo sitio, sobre todo habiendo partido desde el sur global y si esa nueva casa se encuentra en algún centro del poder mundial?

Como bien plantean desde el Bloque Latinoamericano de Berlín, existen diversas experiencias de migración: hay quienes lo hacen con permisos de estudio o trabajo, visas de casamiento, pasaportes europeos, y quienes lo hacen sin papeles y son criminalizades por aquellos Estados. Todas estas experiencias forman parte, aunque de forma diferente, de un proceso de creciente precarización de la vida migrante, en la que las dificultades para acceder a la vivienda y la precarización laboral –sobre todo en rubros como la gastronomía, la economía de plataforma, la limpieza y los cuidados–, son moneda frecuente.

Frente al racismo y el maltrato de patrones y propietarios que quienes migran se suelen encontrar al llegar a otros países en los que además se cuenta con pocas o nulas redes de contención, “El Bloque” se propone contribuir a construir y consolidar un sujeto migrante que tenga consciencia de su capacidad de transformar la sociedad alemana de manera estructural. De ahí las diferentes estructuras, campañas y espacios políticos que gestan entre migrantes, de las que también participan alemanes que comparten la caracterización del rol dinámico que cumplen. Por eso, no se consideran una simple organización gremial, sectorial, que lucha por el beneficio exclusivo de los migrantes, sino que apunta a que la clase trabajadora como tal encuentre soluciones conjuntas, tanto para las personas que nacieron en el país como para quienes llegan y lo habitan y lo sostienen con su trabajo.

Esto no quita, obviamente, que desde “El Bloque” se sostenga una solidaridad permanente con los países y regiones de origen, a la que consideran una tarea clave dentro de la perspectiva internacionalista de aunar esfuerzos entre los pueblos en pos de emancipación, pero al mismo tiempo, buscan desarrollar acciones e intercambios políticos que contribuyan a gestar redes internacionales.  

Perspectiva interseccional 

Si bien la precarización es una realidad que se comparte con otros sectores oprimidos de la sociedad alemana, afecta especialmente a los migrantes, y particularmente a las mujeres migrantes. De allí la importancia del abordaje “interseccional” de la cuestión, en donde las dimensiones de clase, raza y género son tenidas en cuenta por igual y en su interrelación. 

Laura Jula es colombiana, vive en Berlín desde hace tres años y, antes, estuvo otros siete en una ciudad más pequeña: Göttingen. Llegó a Alemania para continuar sus estudios en matemáticas y, como tantas, se quedó, siempre con su mente y corazón a dos orillas. En su testimonio destaca que hay muchas mujeres que no solo tienen su costado afectivo dividido entre dos territorios, sino que incluso se ocupan de una o varias personas en dos sitios, porque hay madres que aún no han logrado llevar a sus hijas e hijos con ellas, o tienen a otros familiares mayores (sobre todo madres, padres) en sus países de origen.

En medio de una crisis global de los cuidados, las tareas de cuidado de infancias y adultos mayores recae cada vez más sobre las mujeres que migran desde el sur global hacia los países del centro capitalista, en donde las fuerzas políticas de derecha tienden, además, cada vez más, a desgastar lo poco que queda en pie de aquel sistema institucional de salud, educación y ayuda social típico de los Estados de bienestar. 

El caso más extremo de la explotación del norte sobre las mujeres del sur global se expresa en este fenómeno que ya ha llegado al cine y la producción audiovisual, con series emblemáticas como la danesa “Los secretos que ocultamos”. Se trata del denominado sistema “Au pair”, una visa bastante precaria que incluso llega a ocultar lo que hay quienes caracterizan como la gran esclavitud del siglo XXI, ya que mujeres jóvenes de países subdesarrollados son convocadas para tareas de cuidado en casas de familia en las que viven, a cambio de aprender alemán y, luego de dos años, acceder a una visa. Pero todo eso puede transformarse en un infierno, nunca acceder al aprendizaje del idioma y, luego de ese período transcurrido, prácticamente no haber ni siquiera conocido la ciudad, puesto que resulta muy difícil regular los horarios de trabajo y los de tiempo libre. Esto se agrava mucho más si la vivienda no está situada en un centro urbano sino en un pueblo del interior del país. 

Jula agrega que, además, se produce la paradoja de que, en los últimos tiempos, se han sumado, por ejemplo, convocatorias a mujeres que tienen un saber construido, un oficio, como el de las enfermeras. La paradoja es que obtienen quizás un mejor ingreso que en sus lugares de origen, como Colombia, pero realizan tareas por un salario mucho menor que el que percibe una enfermera alemana. Esto explica la dificultad del proceso de politización: las personas no solo no tienen tiempo de participar de determinadas iniciativas, por la recarga de trabajo, sino que además se ven tensionadas porque efectivamente a nivel individual pueden estar mejor que en los países donde nacieron y se criaron, pero siendo parte de una cadena que solo resulta beneficiosa en la medida en que produce una explotación mayor (precariza la fuerza de trabajo de los países centrales; fuerza a poblaciones de países periféricos a tener que migrar e incluso a llevar adelante sus propios trabajos sin que se retribuya económicamente ni se desarrolle en condiciones laborales acordes a la formación adquirida). 

Por eso Laura valora la producción y socialización del conocimiento, la politización que se vive siendo parte de experiencias como la del Bloque Latinoamericano. Y subraya que esa politización lleva en muchos casos a problematizar de manera profunda roles asignados, al punto en que muchas mujeres que nunca tuvieron participación política terminan asumiendo roles de liderazgo o problematizando su orientación sexual.

Es esta perspectiva, entonces, la que impulsa a “El Bloque”, a llevar adelante una organización migrante para combatir la precarización de la vida, sin perder de vista las condiciones generales de la política alemana. 

Por eso su trabajo se enfoca en dos esferas: las condiciones laborales y el acceso a la vivienda. En ese marco han implementado actividades tales como la campaña “Anmeldung für Alle” (“Registro de Residencia para Todes”), que busca modificar la normativa y los requerimientos para poder inscribirse en Berlín, o hayan fundado la “Asamblea Au Pair”, que busca el reconocimiento como trabajadores de las personas que hacen intercambios “culturales” entre países del sur global y Alemania, mientras que, al mismo tiempo, siguen con sus reuniones informativas, sus talleres de concientización sobre temas laborales, sus acciones callejeras en la búsqueda de visibilizar sus reclamos, obtener algunas conquistas parciales y participar de la vida política alemana en general. 

Migración y “política nacional”

A diferencia de otros agrupamientos de migrantes latinoamericanos en Europa, “El Bloque” no se restringe a realizar actividades de solidaridad y de difusión de lo que pasa en los países de donde provienen sus integrantes, sino que busca ser un actor de la política alemana. Desde su nacimiento en 2018 viene poniendo foco en su construcción en el eje que denuncia que la clase obrera migrante no solo padece la explotación en los ámbitos de trabajo, sino que también se manifiesta en la exclusión política del fundamental derecho ciudadano a poder votar.

Y si bien han declarado en numerosas oportunidades que no conciben que una “transformación estructural de las condiciones de existencia” pueda llevarse adelante a través de debates en los recintos parlamentarios, no ignoran que ante un contexto global “marcado por el agravamiento de la crisis económica, la criminalización de la protesta social y el avance sostenido de las fuerzas de ultraderecha”, las medidas que se tomen en el parlamento de aquí en más pueden modificar drásticamente sus condiciones materiales y políticas como trabajadores migrantes. 

Por eso, a diferencia de otros momentos en que se limitaron a apoyar a determinados candidatos cuyo trabajo político consideraban coherente con la perspectiva migrante, antiimperialista e internacionalista que sostienen, ante las próximas elecciones del 20 de septiembre en Berlín –esas en que se definirá la composición del Parlamento y de las Asambleas de los distritos–, tomaron una posición activa en favor de Die Linke, la fuerza política de izquierda que, consideran, viene desde hace casi dos años llevando adelante un proceso de renovación profunda a través de nuevas figuras, temáticas y estilos de liderazgo que se distancian de las formas tradicionales de hacer política, muy en sintonía con el tipo de trabajo emprendido en Nueva York por Zohran Mamdani, quien resultó alcalde electo en 2025, luego de un intenso trabajo “casa por casa”, como el que también lleva adelante desde hace años la izquierda comunalista catalana y que por estos días “El Bloque” ha convocado a implementar, para que los migrantes de distintos sitios del mundo que están en Berlín, realicen en castellano y en inglés una capacitación que los deje mejor parados a la hora de hablar con sus vecinas y personas que visiten en distintos barrios, más allá del límite de no hablar el alemán, en la mayoría de los casos.

En un escenario marcado por discursos conservadores que hacen de la figura del migrante su enemigo público fundamental, citándolos en el lugar de chivos expiatorios de la mala gestión económica, la escasez de vivienda, la inseguridad, Die Linke se perfila con alrededor del 20% de intención de voto, según puede leerse en algunas encuestas oficiales de comienzos de julio, transformándose así en la fuerza política actual más consolidada en la capital alemana, con perspectivas de construir un futuro gobierno local de izquierda. 

La crisis habitacional y los reiterados problemas burocráticos que se presentan en el “Registro de residencia obligatorio”; la lucha contra las medidas de austeridad y la precarización de la vida; y el desafío de fortalecer la participación política en reclamo por el voto migrante, aparecen como los tres elementos programáticos aglutinadores del trabajo político llevado adelante por movimientos sociales autónomos como el Bloque Latinoamericano, que sostiene una perspectiva de construcción política desde abajo y a la izquierda, sin renunciar por ello a una intervención activa en este contexto preelectoral. 

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