Estamos a dos días de la final del mundo. Y yo sigo llorando la semifinal. Sigo llorando los cuartos de final. Esto de andar con el algoritmo de las redes totalmente alterado por la hinchada más intensa del mundo me tiene loca. Las redes sociales en este tiempo nos dieron todo: fake news y festejos de familias; palabras de veteranos y estupideces de un presidente; infartos y memes. También se dividieron las aguas esta semana. De un lado, quienes insisten con la idea de que el fútbol es solo fútbol; del otro, quienes sostenemos que el fútbol es, y ha sido siempre, un campo de disputa de sentido. Como dijo el Diego alguna vez: “Es una pelota y 22 que corremos atrás. Las pelotas”. A mí me gusta pensar que cuando Lo Celso y el Licha extendieron la bandera de “Las Malvinas son argentinas” en la cara del mundo, después de ganarle a Inglaterra un clásico agónico por 2 a 1, quienes ganamos esa absurda y tibia batalla cultural fuimos los que vivimos la semifinal con la pasión desorbitada de un pueblo herido. Un pueblo que, huérfano de Estado, buscaba la revancha tras una guerra perdida y frente a una claudicación contemporánea. Ganamos quienes hace un mes concentramos nuestro corazón en este mundial para sujetarnos, al menos un poco, de una alegría que nos está siendo expropiada absolutamente todos los días, todo el tiempo. Ganamos, también, los que todavía nos enojamos frente a la tibieza diplomática.
La contradicción en estos días fue obscena y, por eso mismo, muy luminosa. Mientras el presidente Javier Milei se mostraba de acuerdo con la prohibición de exhibir insignias sobre Malvinas en el partido para no incomodar las sensibilidades del mercado internacional, los jugadores eligieron, finalmente, la desobediencia. Con una bandera pequeña e inmensa dieron el mensaje directo al núcleo de nuestra identidad. Fue imposible no viajar en el tiempo y escuchar el eco de Víctor Hugo Morales en el 86: “¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina?”. Y fue inevitable, también, recordar lo que el propio Diego Maradona le dijo alguna vez a Víctor Hugo sobre aquel cruce histórico: «Se jugaba con botines y fusiles, ganando le podíamos atenuar el dolor a muchas madres que perdieron a sus hijos en las Malvinas».
Llorar después de haber creído morir. Llorar con el cuerpo duro, rígido. Con el cuerpo colapsado. Llorar por felicidad, por la alegría de ser campeón. Llorar por ganar. Llorar con las amigas y con los desconocidos. Sujetarse a la idea de que pronto todo será mejor y llorar. Los argentinos sufrimos. Siempre. Los partidos nos lo recuerdan en volumen mucho más alto que quienes dicen: “ya va a pasar este tiempo”, “ya vendrán tiempos mejores”, “ya vamos a salir de esta”. En medios tucumanos se publicó esta semana que 33 fueron los infartos agudos de miocardio durante la Copa del Mundo. Parece pequeño el número frente a los millones, pero es un número de sufrimiento que expone de alguna manera cómo el país nos atraviesa, el testimonio clínico de que la desesperación por aferrarnos a un milagro colectivo nos lleva, literal y metafóricamente, al límite mismo de nuestra resistencia física. Somos un pueblo que sabe de la muerte y de la resurrección. Esa es la esperanza que tengo, al menos yo, para seguir de pie frente al drama de fondo.
Y es esa misma capacidad de leer nuestro dolor, ese pensamiento enfocado por entero en el pueblo, lo que demostró Messi en la entrevista después del partido: «Estamos orgullosos y felices de poder regalarle esta alegría a la gente. Sabemos que los mundiales para nosotros son especiales y nos olvidamos de todos los males que nos toca pasar. Hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes, que la vive peleando a la vida nuestra. Lo que nos tocó siempre. Poder regalarle toda esta alegría a ellos, estar otra vez en la final del mundo». Mi hermana también me lo había dicho el martes 7, cuando Argentina iba perdiendo y yo había perdido la esperanza: “Todavía quedan 15 minutos, brodi. Es mucho tiempo para la Argentina. Necesitamos esta alegría, tenemos que ganar”. Cuando lloramos abrazadas junto a mi hijo en las calles de Palermo supe que ella, y no es menor decir: mi lesbiana favorita, también esperaba ganar porque no daba más. Una más bien agarrada a los hilos sueltos de un país que nos duele. Necesitamos ganar porque es la única emoción nuestra que nos queda.
También, en las aguas divididas, fuimos muchos quienes llegamos a este mundial con una gran herida por la muerte de nuestro ídolo popular, 100% argentino, un mes antes de que rodara la pelota: el Indio Solari. El mismo que le aclaró a Mick Jagger que «en la misma noche 160 mil personas no es lo mismo que en tres días», defendiendo el pogo más grande del mundo, de abajo, bien argentino, como aquel visto en Tandil en 2016. Ese Indio inmenso que le había preparado un mensaje humilde a nuestro capitán: «Lionel, compatriota, habla Indio. Acá soy uno más que te quiere saludar y te quiere aplaudir. Has sido un tesoro deportivo argentino. El Dios y el diablo te dieron una destreza inimaginable. Te felicito y me has hecho pasar momentos muy divertidos y poder gozar a algunos amigos extranjeros también. Bueno, te mando un abrazo y pasala bien de aquí en más. Te merecés una buena vida». Y remató con una exigencia hermosa: «Posdata: ¿qué tal si ganás un campeonato del mundo más? Estás para eso, viejo, estás para eso». Su partida amenazó con dejarnos huérfanos, pero su mensaje nos recuerda cómo operan la muerte y la pasión en nuestros ídolos. Como bien propuso Carlos Alberto Díaz en esta misma revista,[1] necesitamos dejar de leer el presente bajo el lente de la pérdida. El Indio —desde su ausencia irrenunciable— y Messi —desde la distancia de una pantalla— nos demuestran que la formación de comunidad no exige un territorio espacial compartido ni el contacto físico como única garantía de lo colectivo. Esa voz guardada en un dispositivo, cruzando la muerte para hablarle al capitán es el elemento vivo capaz de organizar el lazo social, la prueba material de cómo la pasión por un ídolo logra fijarse en la realidad del otro para mantenernos pueblo, incluso cuando todo alrededor parece derrumbarse.

Mientras lloramos, festejamos y recordamos a nuestros mitos, el país de fondo avanza hacia el abismo. Este jueves, mientras las calles todavía vibraban de euforia, las tierras de nuestro país estuvieron en las manos y en los votos de nuestros senadores. La consolidación de políticas que derogan la Ley de Tierras y habilitan la extranjerización de nuestros recursos nos demuestra que el país se mueve a una velocidad peligrosa mientras miramos la pelota. El mundo lo hace. Somos muchos los que saltamos en las calles un miércoles sabiendo que un monstruo inmenso viene por nosotros a quitarnos lo que nos queda. Por eso, en las trincheras de las redes sociales empezó a agitarse la idea de que las verdaderas «cuartas estrellas» que nos toca bordar son políticas: una cuarta, es no dejar que se siga vendiendo y rifando la Argentina al capital extranjero; otra cuarta, no dejar que muera el CONICET. Para mí, de nada sirve gritar los goles de un equipo de memoria si permitimos que se desmantele el sistema científico que produce nuestra soberanía de pensamiento. Si no, ¿quién va a poder construir memoria, cultura, significantes, y las palabras justas para nombrar lo que somos? Es imposible pensar cómo vamos a seguir produciendo conocimiento riguroso, crítico y de vanguardia con una ciencia pública brutalmente desfinanciada; la misma ciencia que a base de esfuerzo nos ha posicionado históricamente en los mejores números mundiales, compitiendo en las grandes ligas del saber. Defender a nuestros investigadores y frenar la entrega de nuestros territorios es la misma lucha. Habitamos un suelo inmenso, repleto de esos recursos estratégicos que el resto del mundo quiere con desesperación. Otra vez, mucho más que jugadores detrás de una pelota; un país latinoamericano verdaderamente imponente frente a cualquiera que venga a reclamarlos como propios.
El capital es rápido y sabe leer nuestra desesperación. Esta semana vimos cómo la maquinaria del marketing explotó la matriz argentina con las marcas borrando de urgencia sus eslóganes en inglés para no quedar del lado perdedor de la historia, retomando un español argentino impostado y barrial. Todas tuvieron que disfrazarse de pueblo, a excepción de unas pocas como Marolio, que pudo sentarse a mirar el espectáculo con la tranquilidad de quien no tiene que traducir nada porque su argentinidad no es un acting publicitario. Vivimos inmersos en esa trampa, bombardeados por una arquitectura de falsedades y operaciones de prensa en las que resbalamos constantemente, confundiendo quiénes son los aliados y quiénes los verdugos. Sin embargo, el instinto de supervivencia de nuestro pueblo sigue intacto y se cuela por todas las roturas. El miércoles, al finalizar el partido, el mayor tuitero, instagramero y tiktokero del país —quien, en sus ratos libres, también ejerce como presidente de la Nación— posteó en su cuenta oficial: “Argentina nunca se rinde”. Sí, intentó subirse al triunfo de un colectivo que representa el trabajo en equipo, la identidad nacional y la memoria. Todo lo que él desprecia. La publicación se llenó de comentarios que perforaron el cerco digital, señalándolo como “vendepatria”, “cipayo”, “inglés”, “cachivache”. Entre toda esa furia escrita, yo me detuve en un comentario que fue un destello de precisión política: “por eso, en el 2027 estarás fuera”. Fue esa misma frase la que me arrancó la última lágrima que venía conteniendo hace meses. La lágrima de la esperanza. Porque el tipo se había metido con el fútbol lamiendo botas de cowboy para decirle no a las banderas con nuestras islas; el mismo tipo que, en una entrevista, llegó a decir que los ingleses estaban en su derecho porque las islas eran suyas. El mismo que ahora, con un cinismo feroz, ofrece los balcones de la Casa Rosada para la foto si salimos campeones, mientras valla las calles, cierra las posibilidades del encuentro popular y reprime la alegría con sus secuaces.
Son tantos los motivos por los que necesitamos la alegría de este fútbol ganado. Es que tenemos una invención popular que no le compramos a nadie, con el mismo sello de origen irrefutable que el dulce de leche o las lapiceras. Por eso mismo el domingo 19, a las 16 horas, el tiempo se va a detener. Nos enfrentamos a España en la final. Y en ese cruce también está el peso simbólico de la historia, el grito latinoamericano frente a quienes alguna vez se creyeron nuestros dueños. Y también vamos a asistir a la última función del jugador que logró la utopía sociológica de zurcir nuestras diferencias y unir a generaciones completas bajo un mismo abrazo. Quisiéramos no decirle adiós, pero debe marcharse. Nos llevamos todo de vos, Lionel. Por Malvinas y por el Diego ya lo hicimos. Ahora nos tenemos que ir preparando para la última de Leo. Amarlo es amar nuestra propia capacidad de sobreponernos. Es el pibe que, al igual que nuestro pueblo, supo ganarles a todas las adversidades: al cuerpo que no crecía, a las críticas despiadadas, al destierro temprano, a la renuncia ahogada en llanto y al dolor insoportable de las finales perdidas. Messi nos enseña que la persistencia también es un acto de amor, de resistencia obstinada. Un acto muy argentino. Tragamos las derrotas y volvemos a intentarlo hasta que la historia, por pura insistencia, nos da la razón. Messi será también parte de la épica monumental que contaremos con orgullo quienes vivimos este mundial mucho más que como un partido de fútbol. Diremos, seguramente, que la peleamos hasta el final, que le ganamos a los ingleses en un grito desgarrador de justicia, y que después, llorando de pura gratitud, nos despedimos de otro barrilete cósmico. Diremos que hubo pueblo en esos tiempos.Y al contarlo, estaremos usando la tremenda fuerza material de la palabra para fundar nuestra realidad. Porque sabemos que nombrar las cosas es hacerlas existir, y que escribir nuestra propia épica frente a quienes intentan borrarnos es el acto de resistencia definitivo para construir, de una vez y para siempre, la Argentina que nos pertenece.
[1] https://revistazoom.com.ar/yo-no-se-por-que-soy-el-indio/
