Qué ves cuando me ves

ENTREVISTA ¿Cuánto de lo que vemos queda fuera de foco? A partir de “Campo visual”, su nuevo libro de cuentos, Jorge Consiglio reflexiona sobre la percepción, la escritura y esas zonas que la literatura permite iluminar.

Siempre que empieza a escribir, ha escrito Jorge Consiglio, imagina que se ha corrido de sus dos o tres temas recurrentes. Pero enseguida encuentra que no: que ahí están. La recurrencia también puede apreciarse en los nueve cuentos que componen Campo visual, el volumen que acaba de poner en circulación Eterna Cadencia, la editorial que publica sus libros desde hace once años. “Uno de esos temas tiene que ver con la posibilidad de comunicarte con los otros como instancia fallida: los personajes intentan comunicarse, y fallan”, dice Consiglio en el living de su departamento, y convida un mate amargo. Eso está desarrollado con sutileza, por caso, con las dos muchachas de “Las señas”, que han subido y bajado asociadas en una consultora en la ciudad e intentan una remontada existencial en una quinta campestre. El asunto alcanza su clímax en “Retaguardia”, el relato que cierra el conjunto, cuando unos conscriptos que han zafado de ir a la guerra de Malvinas se encuentran una madrugada en un playón del edificio Libertad con un grupo de ex combatientes recién retornados desde las islas, casi unos apestados ocultos con la orden de no contar sobre lo que habían vivido. Escribe: “Lo castrense, como si fuera un gas venenoso, se cuela en las relaciones y las contamina, tanto las personales como las de los elementos”.

            “En ese cuento hay acontecimientos que sucedieron cuando hice la colimba, de ahí que el narrador se llame Consiglio —dice Consiglio—. Juego un poco con la crónica, que admite la ficcionalización, cierta distorsión. Bueno, es algo que pasa en todas las ficciones, también, porque ¿cuál es la distancia entre lo ficcional y lo biográfico? Finalmente, todas las ficciones son terriblemente autobiográficas”. Ambos, el narrador de “Retaguardia” y el escritor, nacieron en Buenos Aires en 1962 y estudiaron Letras; el primero era por entonces un incipiente estudiante y el actual, versión 2026, que en esta tarde otoñal complementa los mates con unas pepas de membrillo, lleva escritos diecisiete libros, entre novelas (Sodio, Hospital Posadas, La circunstancia), poemas (La velocidad de la tierra, Plaza Sinclair) y cuentos (Marrakech, El otro lado, Villa del Parque). “Las historias no tienen principio ni final, dice Graham Greene. Se elige a ciegas una escena para empezar y otra para terminar. A través de estos dispositivos se pretende ajustar una confusión con la que se presentan los hechos. Conforme a ese criterio, escojo una secuencia que dé pie a mi relato”.

Jorge Consiglio. Foto: Alejandro Santa Cruz

            Esa es la frase inicial de “Retaguardia”: “Me alucinó cuando lo encontré a Greene diciendo eso —se entusiasma Consiglio—. Porque no es Joyce el que lo dice; lo dice Greene, cuyos relatos son muy urbanos y progresan de una manera bastante tradicional. De acuerdo, utilizaba el misterio, hay algo de la sustracción que manejaba magistralmente, pero leerle eso a él me pareció genial. Porque, ¿cómo abrís un relato, o una peli? Esos primeros párrafos van a ser decisivos para encontrar el sonido de tu narrador y para que el lector vaya haciendo una teleología de la recepción y se comprometa a acompañarte. Esta cuestión del pequeño hallazgo: te tiré una cosita así y esas primeras oraciones abren una puerta. Uno tiene que pensar mucho los procedimientos de los comienzos, y también de los finales”.

            Ese pensar mucho parece de la familia con esto otro que dice: “A estos cuentos debo haberlos releído trescientas veces antes de soltarlos”. Se intuye un trabajo de orfebrería al leer a Consiglio, que ha forjado, con el correr del tiempo y de los libros, un estilo de escritura reconocible. “Son cuentos que escribí en los últimos tres o cuatro años —apunta—. Mientras voy escribiendo las novelas: me resuelven la ansiedad de terminar algo, de llegar al final de algo”. Algunos aparecieron publicados inicialmente en el suplementoVerano/12: “Hiel”, por caso, una niña que camina a campo traviesa con su abuela para solicitar los servicios de una bruja de buenas artes y mala fama, que en algún momento gritará “Yo no hablo por hablar, hijos de puta”; o “Cuerpo en suspenso”, la historia de Templeton, un biólogo que arranca para el lado de la taxidermia con la idea de que un cuerpo quieto “reflejaba mejor la vida que el movimiento”; o, por mentar el que abre el volumen, “Un día en la vida”, que trafica con “Biografía de Tadeo Cruz”: “Agarré la matriz del relato de Borges, lo vacié, y lo trabajé con lo que quise, metí un montón de datos biográficos —cuenta Consiglio—. En ese cuento Fierro se encuentra con Cruz y se pone de su lado. Me encanta, eso, con el viejo: es un procedimiento que ya hice con ‘El Sur’, que aparece en Villa del Parque, y se llama ‘Diagonal Sur’”.

            ¿Y el otro tema recurrente en sus relatos? “Mis personajes creen encontrar un sentido, una ilusión vinculada a lo sentimental, una persona a quien amar o a la que creen amar, o alguna actividad, alguna instancia leída como que iba a justificarles la vida, y eso finalmente no es tal, se desarma. Resulta un poco escéptico. Como que, a final de cuentas, nada les justifica la vida. Y sin embargo ahí está la ilusión, ¿no?”

            “Yo me despierto temprano y soy bastante productivo a la mañana para laburar, a las siete y media de la mañana las neuronas están menos contaminadas —cuenta—. Y me sirve tener una fecha de entrega, tomar un compromiso para terminar. Después discuto con eso, y luego seguiré corrigiendo o reelaborando para volver a publicarlos, pero me funciona. Algunos me llevaron un mes, otros tres o cuatro meses. Con algunos estuve explorando formatos, salirme de la estructura clásica, e ir derivando: ¿adónde me llevará esto? Son más bien rizomáticos”. Si hay un elemento cohesivo a lo largo de todo el libro, sostiene Consiglio, es el trabajo con el lenguaje. “Diría que la trama, la peripecia, podría pensarse como una especie de excusa para ver qué hacés con el lenguaje —plantea—. Podés contar cualquier historia, por absurda que sea, pero está el tema del lenguaje. El otro día leía un texto de Aira en el que postulaba que la literatura es procedimiento, que no tiene que ver con lo que narrás sino con cómo lo narrás. Y sin embargo siempre terminamos hablando de las tramas, como que no se puede hablar del lenguaje sin hablar de qué estás contando; si la trama no tiene pathos, no tiene ningún sentido, ¿no? Parece una contradicción, pero no. Lo que busco, de alguna manera, es un sonido que sea el propio para esa peripecia, para la trama que estás contando”.

            Difícil hallar en la escritura de Consiglio una oración que exceda las tres líneas; difícil dar con una línea que no tenga al menos un signo de puntuación. Entre esos marcos, la cadencia varía: allí trabaja el sonido, una música, su escritura. “En ciertos textos que me gustan está la vieja figura del extrañamiento —dice—. En narradores de los 60 —ponele, digamos Conti, Kordon, Walsh, Saer— uno ve un realismo desbordado. Cada uno con sus recursos, Saer con su prosa tan particular, Walsh con esa mixtura entre la literatura de denuncia, la ficción y la no ficción. Lo que yo encontré —y no soy original— tiene que ver con el grado cero de la emocionalidad. El narrador está como contenido, y esa distancia que hay entre quien enuncia y lo que enuncia genera un vacío que busca meterle un eco a lo cotidiano: de ahí el extrañamiento. Y después, por supuesto, hay que elaborar el movimiento del texto, cómo funciona una oración con otra, el párrafo entero. Contrastes, contrapuntos, que buscan sobresaltar. No sé, como si ese párrafo fuera una pequeña sonata”.

            Ventanal al noroeste, quinto piso, Colegiales: allá abajo suenan cada tanto los trenes celestes del Mitre que viajan entre Retiro y José León Suárez. Unas cuantas bibliotecas, claro, envidiablemente ordenadas; en la más cercana hay fotos en blanco y negro de Pessoa, Artaud, Camus, Kafka, y una en colores de Evita rodeada de niños. “Más poesía, menos policía”, proclama una calcomanía desde el termo con el que ceba. En estos días aparece en librerías, también, Matar al comisario, una novela gráfica popular que hizo junto a la escritora y psicóloga Paula Brecciaroli y el ilustrador y arquitecto Iñaki Echeverría, una historia del anarquismo argentino, que toma como punto de partida la respuesta bomba de Simón Radowitzky al coronel Ramón L. Falcón, que dirigió el 1 de mayo de 1909 la bestial represión contra los trabajadores, con un saldo de ocho muertos y más de cien heridos.

Ángel Berlanga y Jorge Consiglio. Foto: Alejandro Santa Cruz

            Antes de dedicarse de lleno a la escritura, Consiglio trabajó durante muchos años en oftalmología, se ganaba la vida como visitador a los consultorios, un mundo que conoció bastante y suele aparecer en su narrativa: el cuento que da título al libro está protagonizado por un médico que narra su deriva por hospitales, changas, penitenciarios, rebusques. “Elegí ese título porque siempre me pareció fascinante la cuestión de los ojos. El concepto de campo visual me alucina, porque nosotros en realidad vemos 180 grados, es decir, vemos cosas que no terminamos de ver. Si abro los brazos y muevo las manos a los costados, y a la vez te estoy mirando de frente a vos, a las manos las registro moviéndose en la periferia. Es una expresión que me gusta, porque alude a una lateralidad no del todo registrada. Como si fuera una mirada mucho más compleja de lo que parece. Es extraordinario ese pequeño sintagma: ¿viste que en oftalmología te hacen un estudio, para saber cuánto de tu campo visual está limitado? Es genial: eso parece ser la literatura. Hay una enfermedad llamada glaucoma, una enfermedad de mierda, silenciosa, que genera presión ocular y te va comiendo el campo visual hasta dejarte ciego. Y te das cuenta recién al llegar a lo que los oftalmólogos llaman ‘visión de caño de escopeta’. Es terrible: terminás viendo lo que tenés adelante y al resto, alrededor, es todo oscuridad”.

Imagen de portada: Ángel Berlanga y Jorge Consiglio. Foto: Alejandro Santa Cruz

Píxel / Revista Zoom

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