Esta mañana, como todas las mañanas, cerré la puerta de mi departamento para comenzar los trabajos y los días al otro lado de la vida donde la rutina se inicia en un café. En ese cruzar de la noche, voy con los sueños apenas acontecidos y con los empeños de las maquinarias de las cuentas por saldar. Prender el lavarropas en programa timer sálvese quien pueda, descargar las sogas que cruzan el comedor del otoño con lluvia, las listas de los cuidados y las muchas cosas de las que nos ocupamos antes de salir. Planchar nunca: no fui bendecida con ese don ancestral del calor y conjuro de arrugas.
Cruzar de una dimensión a otra es una necesidad urgente. Mi mamá se pintaba los labios en el ascensor. Caminando ligerito, de memoria y sin espejo. Era el ritual cotidiano. Yo no heredé ese saber, pero sí la necesidad de “cambiar el pasito” cuando vas en la marcha. Era un extraño movimiento que servía para cambiar la tendencia a poner primero el pie izquierdo en la calle cuando toda la astrología indicaba que la cosa era con la derecha. Cambiar el pie hoy es para mí sentarme, con cualquiera de los dos pies entrando primero, en el bar de la otra cuadra, mirar el panorama, listar los novios pendientes y las promesas contrapuestas con los amores del común olvido, mientras saco un libro de la cartera que no es ni tote, ni mochila, ni bolsa: es cartera y es libro.
Esa es la isla de tierra firme en cualquier vendaval de 33 palabras. Un libro, “esos de antes”, como dicen los chicos. Libro de papel: con tapas, hojas, olor de letras y de tinta. Más o menos viejo, más o menos amarillo, más o menos usado. Siempre sobrescrito con la cita que me quiero robar y que la vuelvo a copiar en el borde de la misma hoja donde la leí. Porque es la cita que necesito para “dar la clase” del mediodía. O la novela de la próxima conversación. Anotar para no olvidarme. Me gusta esa artesanía del pasaje y la caligrafía de copiarlo. Lo puedo mudar a otra hoja, sacar y anotar en el cuaderno, llevarla a otro lado, pensarla desde todos los lugares, mezclarlo con otra cita ajena y devolverlo al mismo párrafo desde el que salió.
Esta mañana me di cuenta de que ese ritual tan personal, tan individual, en realidad, no era ni privado ni mucho menos invisible. Los movimientos son siempre iguales. Y estoy siempre apurada por tomar el café doble tres cuartos. Me enoja mucho si mi lugar está ocupado: como si alguien pudiera adivinar las neurosis imperialistas que tenemos las parroquianas habituales de los lugares públicos que se fabulan propios.
—¿Usted está siempre leyendo, no?— me pregunta Karen, la moza que todos los días me acerca del desayuno.
—Sí, sí.
—¿Y de qué trabaja?
—Soy profesora.
—Ah… (pregunta con lapicera en mano) ¿Me podría decir qué libros le puedo comprar a mi hijita? Yo creo que a ella le va a gustar leer. Ella ya lee sola. Pero yo quiero que ella lea libros y que los podamos leer juntas a la noche.
Imagino la escena. Nombro mi lista de los tres libros preferidos de mi vida de ser madre y leer a la noche. Que, de ser profesora, pensaba yo, es leer de día. Las otras lecturas son de la nocturnidad.
Ella anota en su libreta de comanda. Nombre del libro y nombre de la autora. Con mucho entusiasmo, anota. Me pregunta si están en la librería de la esquina. Le digo que sí. Los primeros días del mes siguiente Karen vuelve con los libros. Nuevecitos. Recién comprados. En estos días quiero saber cómo estamos. Las profesoras siempre queremos saber cómo vamos. Si ya leyeron, si ya encontraron ese secreto de cada libro. Pero no, no sé. Es también el tiempo de la espera en ese suceder de encuentros que puede darse o no. El libro está ahí. Eso cambia el escenario. Hay una biblioteca que comienza a construirse, donde un libro se encuentra con otro y esperan esas lecturas con voz primera.

Me quedo pensando, después de esta viñeta. ¿Dónde vive la literatura? Un cuento se juega siempre entre la verdad contundente de quien narra y la ficción imaginada de quien escucha. Contar el cuento es sumar un ejercicio de convicción sobre el secreto de lo que no sabemos, es buscar sentidos y figuraciones sobre el mundo, pero también es construcción metafórica de una realidad. No se puede construir sobre la literalidad absoluta. Muchas veces me preguntan nombres de libros, algunos, más intrépidos en sus búsquedas me piden “recomendaciones” y yo, desde la soberbia más figurada, hasta las doy. Con este sí, con este no.
En mi relato, las cosas estaban desplazadas y la pregunta se inscribía en la repetición ritualizada de las mismas acciones todos los días: el café y los libros. Todos los detalles de la escena, la pregunta, la certeza y las otras preguntas: ¿por qué no pensar en los libros? ¿Los libros se cuentan de mano a mano? ¿Se pueden comprar? Seguramente sí, siempre y cuando alguien diga que vale la pena la conversación que llevan y la felicidad que anticipan. Yo creo que a ella le faltan un par de preguntas, una importante: ¿por qué será que usted lee todos los días? A mí me sobran otros muchos pares de prejuicios: ¿por qué ella no los compraría? Y seguramente otras tantas que apenas ponemos imaginar. Porque Karen estaba hablando de la literatura y de ese poder de decirlo todo. Si su hija ya lee sola las cosas que tiene que leer en la escuela, ¿por qué valdría la pena ayudarla a cruzar la calle de la lectura literaria? Porque su mamá sabe muy bien que se necesitan otras herramientas, esas de las que habla Fabián Casas[1] cuando escribe “un lenguaje duro para una vida dura”. En esta dispersión de cosas reales, una mamá busca el lugar de las metáforas. Y eso es una paradoja: en la vida de las privaciones, el libro es necesidad. Y ese es el lugar que necesita ocupar la literatura en nuestras vidas, pero siempre fuimos a contrapelo. El libro es lujo y privilegio, es el lugar del recorte. Pero, y eso es evidente, algo cambia en la composición del cuento de mi historia. La enseñanza de la literatura formalizada en las figuraciones escolares y organizada desde la graduación de conocimientos implica, fundamentalmente, una lógica argumentativa, secuencias didácticas, itinerarios lectores, la acreditación de saberes y la evaluación numérica.
Si la escuela es “otro exterior” que acredita saberes, pero donde no se lee literatura que nos gusta, la pregunta en el bar y la conversación entre dos mujeres instala la construcción del sentido literario en la lógica de la presencia próxima para organizar inventarios cuantificables: la pregunta era en plural. Los tres libros pueden ser un mundo. Hay un gesto subversivo en ese movimiento contrainsurgente, un salto cualitativo y la certeza de que los libros tienen algo que decir en esa partida. Que es popular en sus gestos, pero es elitista en sus recortes. Y también implica una decisión: comprar un libro, que es un producto, que no integra la “canasta básica”. No sé si alguna vez lo pensamos. No digo las políticas públicas o la ley del libro. Digo, pensamos en un diseño donde la decisión sea la de comprar un libro. Nos enseñan a comprar varias cosas, pero el libro difícilmente integra la lista de cosas que pegamos en alguna heladera. La configuración de la biblioteca implica un nuevo diseño no solo educativo, sino social. Otros pactos y otras alianzas que propicien cruces: clases trabajadoras, clases medias y grupos de elite. Se trata de un “contramovimiento” de la literatura en sí, como forma de arte frente a la institucionalización de la literatura como uso o recurso didáctico sin espesor. La verdad de los libros que viven en la esquina es, entonces, una fantasía de intervención política en un texto siempre en fuga desde la verdad hasta su jaque mate a la ficción, con esta voluntad de habitar un único punto por donde puede pasar una bala sin lastimar un centro vital de las prácticas del lenguaje que no pueden cruzar la calle.
[1] Un lenguaje duro para una vida dura | Perfil https://www.perfil.com/noticias/columnistas/un-lenguaje-duro-para-una-vida-dura.phtml
