Cortázar refunfuñaba bastante cuando se hablaba de “boom latinoamericano”. Se lo atribuía al azar: “un azar que hace muy bien las cosas en la historia; incluso mucho mejor que la lógica”. Las obras de Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Miguel Ángel Asturias, Mario Vargas Llosa, con Cortázar incluido, fue tramándose en la soledad y la pobreza, con cierta indiferencia del mundo editorial. Las primeras ediciones de aquellos libros —que todavía nos estremecen— editadas de manera precaria y sin otro canal de distribución que el asombro solidario de los/as lectores/as, que se la pasaban de mano en mano, fueron una alerta imposible de desatender para las casas editoriales. Cortázar resolvía el asunto a su manera: “Ellos no nos inventaron a nosotros; fuimos nosotros quienes los inventamos a ellos”. Y lo hicieron, vaya paradoja, lejos de América latina. Fue el caso de García Márquez, Vargas Llosa, Asturias, del propio Cortázar. Todos ellos escribieron los libros que habrían de conmover, para siempre, a la patria latinoamericana, a miles de kilómetros de esta geografía.
Aquel azar magnífico trajo consigo no pocas novedades. Entre ellas, dejar de leer solo mirando a Europa. La avidez de aquellos años por las novelas de Graham Green, de Pearl Buck, de François Mauriac, de Ernest Hemingway, escritores inmensos que era necesario leer entonces (y que sigue siendo necesario leer ahora) comenzaba a hacer lugar, además, en una década inolvidable, a los escritores latinoamericanos. Había aquí, entonces, un germen revolucionario, la búsqueda de una identidad, el modo inapelable en que comenzaban a nombrarse —y a cobrar vida— los sueños de lo que fuimos y de lo que queríamos ser.
Quizá fue Manuel Scorza, novelista, poeta y editor peruano de la así denominada Generación del 50, quien ofrecería algunas de las pistas más preciosas para comprender la profundidad no contingente de la literatura latinoamericana. Su primera novela, Redoble por Rancas (1970), forma parte de un ciclo denominado “La balada”, “las Cantatas” o “La guerra silenciosa”. En ellas, desde una óptica eminentemente poética que fusiona mitos ancestrales e historia, Scorza muestra la antigua lucha de los campesinos de los Andes Centrales del Perú para recuperar sus tierras, luchas en las que estuvo involucrado directamente. Las otras novelas que componen este ciclo, Historia de Garabombo el invisible (1972), El jinete insomne (1977), Cantar de Agapito Robles (1977) y La tumba del relámpago (1979), componen una pentalogía notable. Esta serie, traducida a más de cuarenta idiomas, se ha constituido en una de las más difundidas y reconocidas de la literatura peruana en este siglo. Es de su pluma que podemos recoger ese ritmo tremendo de masacre, lucha, coraje y dignidad: una guerra callada de las comunidades indígenas contra el capital. El anclaje de esa historia estremece: en Cerro de Pasco se ven acometidos por un cerco que avanzaba destruyendo pueblos, cercando cerros y lagunas, mientras una compañía multinacional elevaba las aguas de un lago mediante una presa.
En otra de sus novelas, El jinete insomne, se alude a uno de esos hombres que Scorza juzga extraordinarios. Dice el escritor peruano: “la primera vez que oí hablar del jinete insomne fue en uno de estos pueblos cuando me contaron que el presidente de la comunidad había salido a medir sus tierras para demostrar la justicia de su causa en un juicio que ya duraba doscientos cincuenta años. Y lo que cuento no son exageraciones literarias. En el mes de junio de 1977 […] se ha publicado en el Perú la solución de un juicio de Chariña que dura también doscientos cincuenta años. Todo esto muestra la detención del tiempo, que es lo que yo planteo en ese libro. Este hombre, por ejemplo, salió a medir esos límites y los midió perseguido por la policía, por los hacendados y salió ya enfermo y midió estas tierras, según me contaba Agapito Robles, que es personaje de uno de mis libros. Me dijo que estuvo veintiún días sin dormir, a caballo delante de todos, diciendo: `tendremos justicia´. Veintiún días sin dormir día y noche. Yo le dije: `Agapito, es imposible que un hombre esté veintiún días sin dormir porque se muere´. Y dijo: `Se murió. Llegó a las seis al pueblo y se murió a las siete´. Me quedé terriblemente impactado por esta historia. Porque la historia de este hombre, después lo averigüé, era exacta, era rigurosamente exacta. En el libro lo presento […] como una cabalgata que dura 270 años, que es lo que dura el juicio. […] A mí me parece importante mostrar que hay hombres que pueden tener ese coraje. Sobre todo, hoy, que se hace todo lo posible para demostrar que el hombre no vale nada. Yo creo lo contrario, que el hombre vale mucho y que tiene una chispa grandiosa”.[1]
Volvamos a la pregunta: ¿es la literatura latinoamericana delirante? Scorza retoma la palabra: “Es nuestra historia la que es excesiva. Por ejemplo, en algunos de mis libros, he contado un hecho que luego no ha sido rebatido porque es exacto. Hablo de la historia del infarto colectivo. En una oportunidad, un patrón envenenó a los quince miembros de la Junta Directiva de un sindicato y pasó eso por un infarto colectivo. Hasta ahí sería literatura del peor de los gustos, pero lo que empieza a ser grave, y es histórico, es que la Corte de Justicia en el Perú aprobó el dictamen emitido por la Corte del Cusco. Entonces, cuando una Corte de Justicia en un país admite que se ha podido producir un infarto colectivo donde hay un envenenamiento, entonces, ya el delirio está en la realidad. El delirio no está en el texto. En este sentido, estos libros parecen delirios imaginativos, pero son estrictamente históricos”.
El Tribunal de los Justos
Y he aquí tal vez lo decisivo: “La Cerro de Pasco Corporation es un ejemplo típico de las compañías multinacionales que han cometido toda clase de excesos agravados por la complicidad de las autoridades. Porque hay que decir, en un momento de autocrítica, que muchas cosas negativas que se han cometido en América latina, que se han cometido en el Perú, se deben también a la complicidad y a la participación de peruanos que se pusieron al servicio de estas malas artes. Yo he citado a las compañías por sus nombres, he citado a los funcionarios por sus nombres y no me han podido desmentir. Todo lo que pudo ocurrir es que mi libro estuviera silenciado en los Estados Unidos. Hasta que me llamaron a mí y me preguntaron si yo estaba dispuesto a afrontar un juicio en caso de que la Cerro de Pasco respondiera por sentirse atacada y yo le dije que deseaba el juicio. Ojalá se produzca un juicio para comparecer ante un juicio de información y demostrar que las cosas son mucho más graves. Y esto lo he hecho porque yo estimo que la novela es muy amplia, es, fundamentalmente, una máquina de soñar, diría yo, porque es la diferencia entre la información y la novela. Pero, en América latina, la novela para nosotros es algo así como un gran Tribunal, el Tribunal Supremo donde se plantean lo que yo llamaría las causas perdidas. ⦋…⦌ en América, cuando las causas se pierden totalmente, uno puede apelar a la literatura. Y, justamente, nuestra literatura, la literatura hispanoamericana, es el gran Tribunal de Apelación donde se juzga lo que pasa en América latina. Lo que no puede juzgarse en los países, se juzga allá a través de los libros, se reabre el expediente, no muere. Por eso nosotros, como escritores, le damos tanta importancia a la literatura porque es ética, tiene un fundamento ético. Es un Tribunal de Última Instancia. […]”.

Si les estoy compartiendo estos ensimismamientos es porque este viernes 17 de abril se cumplen doce años de la muerte de Gabriel García Márquez, y la pregunta que me ha rondado todos estos días es si Macondo ha dejado de existir, o si su modo de respirar el mundo sigue vivo en ciertos lugares donde la historia, la memoria y la injusticia se mezclan con la vida cotidiana hasta volverse paisaje.
¿En Tucumán, por ejemplo?
¿Acaso no es posible reconocer, en los estremecedores relatos de Scorza, en la potencia inagotable de Cien años de soledad, en la magnífica película de Martel,[2] la herida incurable de los ingenios abandonados, de pueblos sumidos —todavía— en el abismal silencio del despojo, una sensación de que el pasado no pasa, de que los muertos siguen sentados a la mesa, de que la historia se repite como una obstinación sin tiempo?
También García Márquez decía que no había inventado nada, que solo había escrito lo que veía. En Tucumán también se ven cosas que, contadas en otro lugar, sonarían inverosímiles: generaciones marcadas por el cierre de los ingenios, relatos de desaparecidos que se transmiten como advertencias morales, barrios enteros donde el tiempo parece haberse detenido en la década en que el progreso prometido nunca llegó. El agua inundando ciudades enteras, ahogando ilusiones, sellando la muerte en un abrazo desesperado.
En Cien años de soledad, y aquí, la memoria es una forma de resistencia. Y el archivo, la prepotente voluntad de quienes no creen en lo imposible. La memoria de la zafra asfixiada, de la represión, de las luchas sociales, de la decencia cotidiana de quienes resisten la pobreza estructural, ¿no tiene, acaso, la densidad narrativa que leímos en la saga de los Buendía? El trazo del boom quizás haya sido poder leer, con otros ojos, el polvo de nuestras propias incertidumbres desopilantes.
“En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía”.[3]
Quién sabe, Tucumán querido… mejor no detener el pensamiento acerca de nuestra manera de decirnos. A insistir con la palabra, y con la lucha, para construir otra gramática que nos permita —desde y con la lengua y la cultura— hacer cierto otro porvenir.
[1] Conversación con Joaquín Soler Serrano, periodista español que conducía el programa A fondo, junio de 1977. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=stsomKvljDo
[2] Nofal, Rossana Carlos Zeta (2026): «Sembraré las palabras», Pixel Cultura, Revista Zoom, 22 de marzo. Disponible en: https://revistazoom.com.ar/sembrare-las-palabras/
[3] “La soledad de América Latina”, Gabriel García Márquez, discurso en ocasión de recibir el Premio Nobel de Literatura, Suecia, 1982
