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Cabezazos

La violencia política, el hambre y el desempleo, el abandono de poblaciones enteras. Golpes y metabolismo social. Por Carlos Zeta

Al sudeste de la provincia de Tucumán, en el Departamento Graneros, se encuentra la localidad de La Madrid. Su origen se vincula al desarrollo espontáneo generado por la expansión del Ferrocarril Central Norte Argentino en la segunda mitad del siglo XIX. Su consolidación como núcleo urbano coincidió con el tendido de las vías férreas… y ya sabemos lo que hizo con nuestros ferrocarriles la primera oleada neoliberal.

La Madrid tiene unos cinco mil habitantes y es una de las zonas rurales más vulnerables de la provincia. En la última década su situación social y económica viene marcada por pobreza estructural, la dependencia del empleo público o rural, y recurrentes desastres hídricos. Una porción significativa de su población depende de trabajo rural temporario, especialmente en actividades ligadas al agro del sur tucumano (caña de azúcar, citrus o tareas rurales estacionales). Otro tanto vive (mal) del empleo público municipal o provincial. ¿El sector privado? Apenas pequeños comercios, servicios básicos y economía informal.

Los programas estatales de protección social y acompañamiento para intentar mitigar la pobreza extrema, apenas son un parche que no atenúa los efectos de una profunda desigualdad. La combinación de pobreza estructural, escasas oportunidades económicas y repetidas catástrofes hídricas, no hacen más que profundizar la vulnerabilidad social, porque el problema central no es solo económico, es también territorial e infraestructural, puesto que las inundaciones recurrentes afectan directamente la estabilidad del pueblo.

La agresión que sufrió el legislador Federico Pelli, atacado de un cabezazo por un empleado público encendió las alarmas sobre la escalada de violencia en la arena política. Sin embargo, más allá del hecho puntual que requirió intervención quirúrgica, este episodio funciona como una metáfora brutal de una realidad que golpea a millones de argentinos: desempleo, corrupción, salarios de miseria, un país manejado por unas marionetas a control remoto que se desintegra, mientras el avión presidencial gasta la ruta hacia el centro de operaciones, como un Arca de Noé modelo siglo XXI, con toda la casta viviendo la vida que nos niegan.

Hagamos Zoom

Si ampliamos el lente, esa escena —condenable, claro— se replica a diario, aunque sin sangre visible. Así como el artero cabezazo derribó a Pelli, la falta de empleo derriba hogares. Según un informe del Mirador de la Actualidad del Trabajo y la Economía (Mate), desde diciembre de 2023 se perdieron casi 320.000 empleos formales. La estadística es fría, pero su traducción social es devastadora: 462 puestos de trabajo destruidos cada día, uno cada tres minutos.

Esa es la violencia silenciosa del mercado laboral. A la pérdida de puestos se suma el drama de quienes conservan el trabajo, pero vieron caer su salario real, para experimentar la humillación de que el esfuerzo cotidiano sea útil para no caer en la indignidad de no poder comprarle una zapatilla a los hijos, ni festejarles el cumpleaños, que es como no celebrarles la vida.

Un informe de la consultora C-P reveló que, en enero, los salarios del sector privado registraron una caída del 1,3%, mientras que, en el sector público, el derrumbe desde la asunción de Javier Milei alcanza el 16,9%. La consecuencia no es solo un número en una planilla, sino hogares donde se comienza a saltear comidas. El Observatorio de la Deuda Social de la UCA confirmó que el 83,5% de los trabajadores sufre algún tipo de privación alimentaria. El 56,2% de los asalariados come menos y peor al mismo tiempo.

Esa es la cotidianeidad de los restos de un país que convive con una inflación que en enero trepó al 2,9%, el nivel más alto en diez meses, pulverizando cualquier intento de recuperación.

El cabezazo a Pelli es repudiable por su violencia física, claro… ¿y la corrupción gubernamental?, ¿y las decisiones políticas que perpetúan este escenario?, ¿no hay allí un persistente cabezazo moral contra la sociedad?

El informe de Mate también destaca una “transferencia masiva de ingresos desde los asalariados hacia otros sectores” calculada en 67,2 billones de pesos, mientras el Estado profundiza recortes en obra pública, jubilaciones y educación. Las jubilaciones mínimas, que perciben el 60% de los adultos mayores, perdieron un 5% en solo siete meses.

El presidente de Industriales Pymes Argentinos (IPA), Daniel Rosato, graficó el sentir del sector productivo al advertir que “la estabilidad lograda por el gobierno se parece mucho a la paz de los cementerios”. Una paz ficticia conseguida a costa del cierre de fábricas y la destrucción del entramado productivo. La bronca contenida explota contra una figura más visible, así como en las góndolas explota contra el bolsillo.

La clase media trabajadora es víctima del “fin del ancla salarial”, de la reforma laboral que precariza y del “auge del rebusque digital” como única vía de supervivencia, un sector que ya muestra signos de saturación.

Mientras el Congreso debate reformas y la Casa Rosada celebra proyecciones de crecimiento de largo plazo, la microeconomía sangra. ¿Cuál es la escala de nuestra indignación? ¿Denunciar la violencia política en los titulares y sostener la violencia económica en los hechos? ¿Justificar la pérdida del 20% del poder adquisitivo de los trabajadores públicos o el ajuste de más del 23% en las jubilaciones?

La indignación selectiva

No hay matices posibles frente a la violencia física. Atacar a una persona por su actividad pública es cruzar una línea que nunca debería traspasarse. Tanto como apretar el gatillo a menos de medio metro de la cabeza de una dirigente política que fue dos veces presidenta, vicepresidenta, varias veces legisladora que, después de ese cabezazo, pasa sus días con una tobillera, invirtiendo los papeles de víctima y victimario. Y me pregunto, ¿cuál es la tasa de indignación por el disparo a Pablo Grillo?

Sin embargo, hay algo que inquieta el carácter selectivo de la indignación. La corrupción que desvía recursos destinados a obras públicas, a escuelas o a hospitales ¿es un cabezazo que se puede justificar? ¿Cómo se contabilizan los cabezazos silenciosos —y otras tantas veces estridentes— que los medios metabolizan en olor de un futuro que nadie avizora? ¿Cuál es el nuevo estatus del escándalo?

Es una paradoja incómoda: somos extremadamente sensibles frente a la violencia individual, pero sorprendentemente tolerantes con las violencias sistémicas que afectan a millones de personas. Si nos acostumbramos a esos golpes silenciosos corremos el riesgo de indignarnos cuando la violencia se vuelve visible, pero no cuando se vuelve cotidiana. Si la dirigencia política y económica no pone el mismo énfasis en condenar y revertir el cabezazo diario de la falta de empleo, la pérdida de salario y el ajuste, entonces la sociedad seguirá sangrando. La violencia, en todas sus formas, encuentra su caldo de cultivo en la desesperanza. Y mientras los salarios caen y la comida se vuelve un lujo, el silencio de los poderosos es cómplice del próximo cabezazo.

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