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Buscadores de oro

Mitos y leyendas de una búsqueda recurrente: jesuitas, guaraníes, bandeirantes y oligarcas criollos. Curanderos y curanderas, siempre presentes. Las fake news de aquellos tiempos. Solano López y sus supuestos tesoros. Por Eduardo Silveyra.

ENTIERROS. Fermín Ibarra, un cabo jubilado de la policía de Misiones, cumplió con todos los rituales necesarios antes de comenzar la búsqueda del tesoro enterrado en el fondo de su casa. Un sueño premonitorio fue la primera señal, que días después le confirmara un espiritista conocido por el nombre de Don Benito y muy renombrado en esos parajes de San Ignacio. Fue él quien le dijo que debería ir al cementerio del vecino pueblo de Loreto y buscar el panteón de los japoneses Sato, y pedirles permiso para el desentierro del cofre cargado con lingotes y monedas de oro, ya que un integrante de la familia nipona había sido uno de los antiguos propietarios de la casa donde ahora vivía Ibarra y soñaba con la riqueza. Con 74 años recién cumplidos se lo veía vital y entusiasmado por esa aventura que comenzaba a emprender y a la cual había sumado como socio a un tal Juancito, un muchacho de 27 años que lo acompañó con secreta alegría hasta el cementerio de Loreto en una noche de luna llena, para así cumplimentar el descabellado ritual demandado por los muertos para entregar sus posesiones desde la tumba.

En realidad, en Misiones no existen yacimientos auríferos y tampoco se encuentran pepitas corriendo por las aguas de los numerosos ríos y arroyos, pero sí corren a raudales leyendas de tesoros enterrados por los jesuitas en su huida de las reducciones para escapar de la muerte jurada por bandeirantes y encomenderos ofuscados. En Paraguay ocurre lo mismo, pero el objeto de búsqueda no son las ocultas riquezas jesuíticas, sino los cofres repletos de monedas de oro y joyas de las familias poderosas que los ocultaban de los saqueos de las tropas argentinas, brasileñas y orientales durante la Guerra de la Triple Alianza. Tanto Ibarra como Juancito ignoraban esos detalles entre históricos y mitológicos y, al día siguiente de la excursión fúnebre, pusieron manos a la obra.

Según Ibarra, el o los cofres deberían estar enterrados a cinco metros de profundidad. Esa precisión, sin embargo, se desdibujaba cuando se trataba de indicar un punto preciso, ya que el foso medía cuatro por cuatro. Por lo cual Juancito paleaba tierra casi sin parar, bajo las órdenes policíacas del cabo jubilado, quien le decía:

—¡No le aflojes, Juancito! ¡Cada vez te falta menos para ser rico!
—Eso espero, Don Ibarra.
—¡La de guainitas que vas a tener, chamigo!

Lo cierto es que la excavación era bastante improvisada. Cuanto más profundo se llegaba, más complicado era subir la tierra a la superficie. La cuerda de un sistema para elevar las carretillas cargadas se rompía con frecuencia y ponía en peligro la vida del laborioso excavador. Cualquiera que se asomara a ver el trabajo de los dos hombres podía predecir un accidente en cualquier momento, cosa que ocurrió cuando solo faltaba un metro para llegar a los cinco indicados y un desmoronamiento de tierra sepultó a Ibarra y al desdichado Juancito. El rescate fue trabajoso: policías y vecinos hacían lo imposible por encontrar a los malogrados buscadores. Estuvieron revolviendo tierra como media hora hasta que lograron rescatar a Ibarra, lamentablemente ya muerto. Minutos después rescataron a Juancito con vida; en una ambulancia lo llevaron al hospital de San Ignacio. Milagrosamente respiraba. Cuando la enfermera logró abrirle el puño de su mano derecha, descubrió que aferraba una moneda dorada de un peso, pero acuñada el año anterior al suceso desdichado.

ORÍGENES. Vale preguntarse, entonces, cómo surge el mito de los tesoros enterrados por los jesuitas. El padre Guillermo Furlong, una eminencia en estudios históricos sobre la obra de la Compañía de Jesús, a la cual pertenecía, da cuenta en distintos textos de su autoría de que era común, antes de la expulsión de estos territorios, la propagación de “especies falsas” por parte de encomenderos, portugueses y oligarcas criollos, en las cuales se mencionaba el enterramiento de grandes cantidades de oro. Estas falacias permanecieron en el tiempo, más allá de las intencionalidades políticas primigenias. Para desmentirlas no bastaba con la palabra de Ruiz de Montoya, referente de la compañía, quien decía: “En las misiones no hay miseria, pero tampoco riquezas”.

El papa Francisco, cuando arreciaron las fake news contra Cristina y apareció días después de su derrota el enterramiento de un contenedor con un PBI entero en un punto impreciso de la Patagonia —novelón infructuoso cubierto, claro está, por las cámaras de TN—, no dudó en trazar el inevitable paralelismo entre especie falsa y fake news para demostrar que el recurso de la mentira para desacreditar proyectos políticos populares no es una creación reciente. En ese sentido, esto también lo padeció Francisco Solano López y, si bien algunos buscan tesoros en suelo paraguayo enterrados por las familias oligarcas durante la Guerra de la Triple Alianza, otros se dedican a los más voluminosos y supuestamente enterrados por el patriota guaraní. Tal el caso de Orlando Dos Reis, un empresario metalúrgico de Garupá que residía en Buenos Aires, pero las premoniciones de una curandera lo llevaron a vender la empresa e invertir todos sus ahorros en la búsqueda de un tesoro de tres toneladas de oro cuyo enterramiento le fue atribuido a Solano López, quien lo iba a emplear en la compra de armas.

El caso Dos Reis comenzó en 2010, cuando junto a su familia comenzaron a sentir olores raros en el patio de la casa donde vivían. Y, como en cierta noche el suelo se agrietó y brotaron llamas rojizas y azuladas, esa luminosidad de tintes infernales les trajo a los presentes el recuerdo del padre, quien les contó cómo aparecía oro con solo meter la mano en el suelo. Más allá de los distintos absurdos planteados en la situación, Dos Reis avanzó a paso firme y en declaraciones públicas afirmó: “Después de eso lo hablamos con la familia y dijimos: si Dios nos da esto tenemos que seguir. Fuimos a Paraguay y lo vimos a un joyero que nos alquiló un detector de oro, y cuando lo usamos nos dio que sí, era. Leímos un libro que se llama El buscador de oro y seguimos los pasos”.

La excavación de Dos Reis llegó a pasar los once metros de profundidad y motivó el envío de geólogos, arqueólogos y técnicos por parte del gobierno provincial y retroexcavadoras de la municipalidad de Garupá. También solicitó ayuda al gobierno nacional y prometió que una vez desenterrado el oro sería repartido entre pobres y necesitados de Misiones. Un par de años después, ante el inminente peligro de derrumbe de su vivienda originado por los constantes movimientos de tierra sin ningún tipo de estudio previo, Dos Reis clausuró el foso con forma de pirámide invertida y desapareció sin dejar rastros. Los lugareños tomaron la actitud como una certeza de que algo había encontrado. No faltaron quienes aseguraron haberlo visto en Posadas viviendo lujosamente.

No muy alejado en el tiempo en el cual ocurrieron estos hechos, en el puente que une a Posadas con Encarnación, precisamente en marzo de 2015, en la aduana argentina fueron detenidos dos ciudadanos paraguayos que pretendían introducir de contrabando un lingote de oro de 26 kilos perteneciente al Banco Nacional del Paraguay de 1824. Según ellos, al dorado lingote se lo habían comprado a unos indígenas por 50 mil dólares. Libres de conjeturar cualquier teoría acerca de la maniobra delictiva, la presunción de grandes cantidades de oro escondidas por jesuitas o por Solano López bajo tierra volvió a estar otra vez presente en las conversaciones de las sobremesas. Siendo en este caso, por notorias coincidencias, la teoría más popular —aunque sin ningún asidero real justificatorio— que Orlando Dos Reis estaba metido en dicha operación ilegal, de visos por demás misteriosos, pues el Banco Nacional del Paraguay no reconocía al lingote en cuestión como de su propiedad, ni en el pasado ni en el presente.

130. Se dice popularmente: el que busca encuentra, aunque muchas veces el encuentro con algo valioso se da de manera fortuita o casual, sin la intención de haberlo buscado, tal como le sucedió a Ángel Bautista, un paisano de San Vicente, quien en los años 60 vivía sobre la RN 14 en un tramo entre esa localidad y Francrán. Según le narró en una entrevista a un joven periodista de un medio local, antes de morir por el año 2007, con más de nueve décadas encima.

El muchacho daba los primeros pasos en la profesión y lo escuchaba con atención cuando Bautista, contándole acerca de ese incierto día de aquel tiempo lejano en el cual se internó en el monte con el propósito de cazar algunos animales. Presas de caza no encontró ni una, pero sí restos de construcciones humanas propias de los jesuitas, como abrevaderos, murallones, corrales y huellas de aborígenes a los cuales, vaya uno a saber con qué criterio, consideró como a los últimos caníbales en habitar suelo misionero.

Antes de partir de la infructuosa cacería, tomó nota mentalmente de cada seña del terreno, ya que sintió una energía inusual proveniente de las profundidades de la tierra, atribuida a la presencia indiscutible de oro y plata.

Esa sensación infrecuente lo llevó a volver al lugar acompañado por su hijo y un tipo de apellido Postchka, quien llevó un detector de metales. No le costó encontrar las referencias memorizadas de una hilera de pinos, un naranjo y un muro de piedras. Apenas el acompañante puso en funcionamiento el detector, los resultados fueron abrumadores. Ahí había un gran tesoro enterrado. Ante el acontecimiento esperado decidieron acampar y se quedaron a pasar la noche.

Una noche desencantada, donde tuvo un disgusto grande con Postchka, que comenzó a los balazos contra unos supuestos diablos que merodeaban el campamento. El enojo lo determinó el haber roto el pacto de llevar un arma de fuego, cuando se había convenido no portar ninguna.

Este acontecimiento determinó la ruptura de la sociedad con el tipo y que él, días después, emprendiera un viaje hasta el Brasil, en las cercanías de Río de Janeiro, para visitar a una vidente y curandera africana. Según le decía al joven escucha, azorado por su relato pleno de hechos inusitados, al llegar a la casa de la curandera esta lo estaba esperando en el patio de su casa sentada en una silla de paja, como quien espera a una ansiada visita preanunciada, pues al verlo le dijo:

—Sentate, que debés estar cansado. Ya sé por qué viniste. En el lugar que estuviste hay 130 carretas enterradas y cargadas de oro y joyas de los jesuitas. Hiciste mal en llevar al gringo ese; si hubieras desenterrado algo, los mataba a vos y a tu hijo para robarlos.

La conversación se extendió por toda la tarde y parte de la noche. Vencido por el cansancio, se quedó a dormir en casa de la adivina, para partir al día siguiente nuevamente con rumbo a San Vicente, un viaje que dadas las vicisitudes le demandó más de una semana.

Al llegar a su pueblo, no se demoró mucho en reunir los elementos necesarios para ir en busca del rescate del tesoro.

Pero cuando tomó la decisión de iniciar el desentierro, al llegar al lugar con su hijo comprobó que los pinos habían sido talados, los murallones derruidos junto con los abrevaderos y el naranjo sustituido por otro árbol. Y lo más grave: la dichosa energía aurífera brotada desde las entrañas de la tierra había desaparecido.

En su vuelta a San Vicente preguntó por Postchka, pero nadie supo decirle dónde estaba. Se había esfumado, desaparecido sin dejar rastro alguno.

—A partir de ese momento no volví a pensar en el tesoro en sí y quién me hubiera transformado con tamaña fortuna —decía Bautista—, sino en cómo hizo el gringo ese para en menos de quince días excavar, sacar el oro y cargarlo sin ser visto por nadie. ¡Se ve que el mismo era un diablo!

Días después de la entrevista, Ángel Bautista murió pobre en su rancho, del modo en que vivió siempre.

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