Una narración de la crítica

LECTURAS El nuevo libro de Ezequiel Alemian convierte una antología de crítica de arte en autobiografía oblicua, archivo generacional y obra de arte conceptual.

            La primera impresión frente a la tapa de Artpress, una narración propia (Ripio) es la extrañeza. Produce una vacilación autoral, ya que quien firma este volumen, que reúne 300 páginas de artículos, reseñas y entrevistas sobre arte contemporáneo publicadas en la revista francesa Artpress entre 1994 y 2001, lo hace por duplicado: Ezequiel Alemian encabeza la cubierta como autor, en imprenta mayúscula, pero también, en un cuerpo menor y abajo del título, como responsable de la selección y traducción de una antología.

            Esta duplicación tiene eco en el interior del libro, que consta de dos partes principales: “Artpress” y “Una narración propia”. Los dos términos del título reaparecen como secciones homónimas, aunque de una manera inesperada, o más bien invertida. El primer apartado no reúne los artículos de la revista sino que cuenta la historia de un lector obsesionado con esa publicación que llegaba erráticamente a la Argentina, y cómo ese seguimiento disperso termina convirtiéndolo en un coleccionista involuntario de ese objeto. La segunda parte, en cambio, consiste en la compilación de los textos seleccionados y traducidos por Alemian.

            El derrotero para conseguir los ejemplares y el recorrido de lectura por las páginas de la revista se espejan, así como también la vida del objeto y del sujeto que las desea, relee, subraya, colecciona, olvida y vuelve a encontrar. Ambos polos se postulan como narraciones posibles. La idea de relato —que es ajena, en principio, al género crítica de arte, aunque no del todo extraña al arte contemporáneo— está presente en el título y es reforzada con un epígrafe de Bataille, de El azul del cielo: “No hay persona que no esté pendiente de los relatos. Solo los relatos, que a veces leemos como si estuviésemos en trance, nos enfrentan con el destino”.

            Una lectura en trance de esta selección de artículos nos podría enfrentar con algún destino. ¿Nuestro destino o el de quien trabaja la selección? ¿O el destino de la crítica de arte y de su jerga? Alemian manipula los textos —así como los paratextos en un rol prácticamente coeditor— pero la tensión sobre el sentido es latente. En la lectura del libro, la presencia insidiosa del autor podría pasarse por alto. Si se decide no hacerlo, sin embargo, cabe admitir que se tiene en las manos una obra de arte conceptual. Una que podría aparecer reseñada entre las páginas de la propia antología de esa revista. Y no sería raro, porque muchos libros de Ezequiel Alemian predisponen a esta lectura: DIED, la compilación facsimilar de obituarios de la revista Time, y el reciente poema largo compuesto a base de un cut-up de frases con las que constantemente se evade la narración Anexo Lindsey son algunos ejemplos no excluyentes.

            “Me di cuenta de que son mis años noventa”, dijo Alemian en una conversación personal, en referencia a la lectura de largo aliento a la que volvió a acercarse para el trabajo de selección y traducción. Si uno tomara al pie de la letra esta declaración, especularía con que, mientras sus compañeros de generación leían poesía argentina, sudamericana y anglosajona, él leía las críticas de la publicación francesa. Un experimento, una especie única de Kaspar Hauser en la literatura contemporánea argentina. En la escritura de Alemian, este insumo extravagante —artículos de crítica de arte contemporáneo en otro idioma acerca de discusiones pertinentes para el otro hemisferio— habría actuado como influencia singular, corrida de las traducciones de formación vernáculas.

            Sin embargo, la extravagancia no es un pájaro tan raro en estas pampas. Artforum de César Aira tiene un tema equivalente al de Alemian —publicación de arte estadounidense en su caso— aunque la factura es otra: Aira recopila escenas y anécdotas acerca de una también errática relación durante décadas con la revista, pero lo hace abocado al fetichismo del objeto. Poco dice Aira del contenido de sus revistas Artforum, aunque sí, cada tanto, deja caer la idea de que bien podría él contar su autobiografía a partir de las aventuras que ha vivido para conseguir más ejemplares.

            Es grande la tentación de leer Artpress, una narración propia en clave autobiográfica. El personaje de la primera parte —que oficia de alter ego uno cree— se hace una serie de preguntas de calibre autorreflexivo que apuntan en este sentido: “¿Quién es él cuando empieza a comprar la revista? ¿Cuáles son sus deseos, sus preocupaciones? ¿De qué vive? ¿En quiénes se apoya, y a quiénes ayuda? ¿Qué ha pasado entretanto con el mundo del que hablaba la revista? ¿Qué ha pasado con el tiempo?”.

            La narración objetiva, finalmente, se torna sublimación de la lente subjetiva: “Desde hace unos días, cuando habla con su hijo, ve en sus ojos una mirada diferente”.

            Y si las cosas que perseguimos pueden girar y narrarnos a nosotros, también lo puede hacer el discurso. El reciente libro Estanterías ajenas, de Nora Catelli (Ampersand), es afín a la operación estética de Alemian. En la búsqueda del temperamento de la lectora que fue, Catelli hila siete escenas de lectura fuera de programa, extrañas a la biblioteca propia, que vuelven con insistencia, inesperadas, desde extramuros. Esta decisión responde al objetivo de evadir el cliché del autorretrato y dar cuenta de un sustrato del yo lector que sobrevive en las jergas pasadas de moda.

            “Los léxicos de la crítica, incluso los más precisos, sufren la usura del tiempo. Al revés, unas nociones laxas, derivadas de aquellos humores, contienen un resto vivo, como el poso de los vinos y los fluidos y los polvos de las recetas magistrales.”

            ¿A qué sabe el fondo de cocción de la crítica de arte contemporáneo con el que cocina sus textos Alemian en Artpress, una narración propia? Los artículos seleccionados son ejemplares en su ejercicio de la écfrasis —la descripción y caracterización de instalaciones, intervenciones en el espacio público, música, fotografía y películas. Las obras —y sus artistas, desconocidos en gran mayoría para quien suscribe— bien podrían formar parte, por su excentricidad y variedad, de las Crónicas de Bustos Domecq (aunque sin la ironía que le imprimían los bromistas Borges y Bioy). Algunas de las entrevistas elegidas, a artistas y curadores, dan cuenta de un estado de la discusión estéticas de primera línea; críticos y artistas hablando como si de verdad se les jugara algo. Una escena del arte envidiable que demuestra la capacidad formativa que pudo llegar a tener sobre un escritor joven.

            Por otro lado, con el correr de las páginas saltan a la vista el léxico técnico, las referencias repetitivas al santoral teórico de vanguardia (Duchamp, Warhol, Bataille, Marx, entre otros), y las frases hechas de un periodismo simplón esmerilan la euforia del primer impacto. Las argumentaciones estéticas tan bien fundamentadas por sus artistas y curadores, con un andamiaje teórico actualizado en los debates y palabras clave del arte contemporáneo y la teoría posmoderna saturan, o bien, rápidamente, como testimonia Nora Catelli, calcifican una jerga muy datada en el pasado. Con toda su potencia crítica, los artículos compilados escenifican un sistema del arte elitista y endogámico que, aunque cercano en el tiempo, no se llega a extrañar del todo. Antes que promover una forma de hablar sobre el arte —y en esto la operación de Alemian no es inocente— Artpress, una narración propia hace de la crítica su pieza de museo.

Píxel / Revista Zoom

Compartí el artículo