Tiempos violentos

ENTREVISTA | Eugenia Almeida habla de “Un dios sacude la casa”, su nuevo libro de cuentos en el que abundan los muertos, los rotos, los caídos, paisajes de violencia en los que cada tanto brillan, también, pinceladas redentoras de la condición humana.

 “Al otro siempre lo mandan con los caballos”. El pibito tiene ocho años y un resentimiento muy crecido que en el cuento arranca por ahí, porque el mayor disfruta con los caballos y a él le toca atender, a regañadientes, unos escalones abajo, a los perros: zona rural, dos ranchos, el piso de tierra, un ombú, el gallinero al fondo. “La manta sucia de la impaciencia. Se va haciendo un pozo en el cuerpo y ahí va cayendo todo lo que daña. Los problemas en la escuela, los golpes del padre, el desapego de la madre, los Pinotti, que cada vez que pasan cerca lo escupen, la estúpida de la Galli, que ha dicho que tiene olor a perro. Tendría que esperarla en la curva y mostrarle con quién se está metiendo”. Algo está por estallar en “Péndulo”, ese chico es como una bomba pequeñita, y ahí están las señales de cómo se fue constituyendo el explosivo. “Péndulo” abre Un dios sacude la casa, un volumen de quince cuentos que Eugenia Almeida escribió en los últimos dos años, cuentos signados por la violencia en los que, a la vez, se perciben vetas solidarias, de acompañamiento, que a veces algo alumbran y otras apenas si titilan en escenarios de dolor.

         “Creo que en todo lo que he escrito está el tema de la violencia, y qué posibilidades tenemos ante la violencia, qué camino tomar ante cierta encrucijada en relación a otro, a un par”, dice Almeida desde Córdoba, la ciudad en la que vive, la ciudad en la que nació en 1972. “Estamos acostumbrados a hablar del mundo y de la época como si fuera algo que está afuera, ¿no? –sigue–. Y no como lo que es, algo que nosotros construimos todo los días. Prestamos colaboración o la retiramos ante esa crueldad, esa violencia. Y eso es algo que a mí me desvela. Estoy atenta a mi propio comportamiento, a ver qué hago, y me fijo mucho en todas las situaciones, cuál es el margen de acción que tenemos en relación a la responsabilidad ante el otro”.

         Almeida hasta ahora había escrito, sobre todo, novelas. Premiadas, casi todas. Con El colectivo (2005) ganó el Dos Orillas, del Salón del Libro Iberoamericano de Gijón; con La pieza del fondo (2011), fue finalista del Rómulo Gallegos; con La tensión en el umbral (2015), el Transfuge, por mejor novela hispánica publicada en Francia; y por Desarmadero (2022) ganó el Gran premio de la Literatura Policial en el rubro novela extranjera, también en Francia. Ha publicado además el libro de poemas La boca de la tormenta (2015) y un ensayo poético sobre la escritura titulado La inundación. “Había escrito cuentos antes para revistas o antologías, casi siempre a pedido, pero se publicaron aislados, sin estar pensados para una colección –rebobina Almeida–. Así que me dije: ‘Bueno, me voy a hacer un pedido a mí misma, y voy a ver si funciona’. Porque cuando me siento a escribir sin presión, en general lo que sale habitualmente es una novela, y la novela exige un estar ahí, espacios de tiempos no entrecortados, y en esta época eso para mí era problemático. Si por ahí tenés una hora libre al día para una novela es poco, pero para enfocar en un cuento, corregirlo, ajustarlo, podía funcionar. Me permitió otra relación con la escritura, con sus ventajas y desventajas. Es un género desafiante”.

Eugenia Almeida en la presentación del libro en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, Universidad Nacional de Córdoba. Imagen: gentileza FCEFyN – UNC. 

         En “Malditos” el narrador es un policía al que los operativos represivos le parecen una aberración, y sin embargo obedece; ahí están los abusos y el regodeo de sus compañeros, aunque también la resistencia y la maldición que les echa una mujer retacona, tez oscura, ojos negros, cicatriz en la mejilla, unos setenta años: a vos, que te mastique la desgracia. “Sangre” arranca con el casamiento de la chica Aguirre, que, inquieta por las querellas y puñaladas que surgen en las fiestas cuando el alcohol activa las furias, le ha pedido a su muchacho que partan enseguida rumbo al privilegiado puesto de frontera con el que los patrones han premiado al novio. En “Umbral” hay un tipo enjuiciado porque vio a una mujer en la puerta de su casa, la empujó, se mandó, se sentó en la cocina y pidió que le diera de comer: la cosa se complica con la llegada del marido, que se encocora hasta que el otro agarra un cuchillo y le dice: “Sentate, gordo manteca, o te abro en dos”. Una mujer que encuentra un bulto frente a su casa y lo entierra en el patio del fondo; el modus operandi de un gobernador y sus alfiles con los intendentes de la provincia, el inconveniente de que falle el modo pacífico y que el modo violento se pase de rosca; un pibito que insiste hasta el cansancio para trabajar en una carpinteria y a la primera de cambio se serrucha un dedo: conductas del dueño de la carpintería, de la mamá del chico, del abogado del pueblo. El puñado de líneas argumentativas centrales apenas esboza la riqueza de los cuentos de Almeida, que en cada pieza activa una tensión y dispone a sus personajes, sentires y reacciones en los claroscuros de miedos, angurrias, convicciones, culpas, cariños, desidias, compasiones.

         “Hay muchas formas de retirarse de ese orden de la violencia, del par obediencia/desobediencia: la idea es buscar otra cosa –plantea Almeida–. Hay un teórico que dice que una de las políticas que toma el humor es plantearle otra pregunta a la respuesta. Y me parece que hay algo de eso: no pensar en los términos de responder o no a lo que el mundo te propone, sino plantearle otra pregunta. Desbaratar eso. En cada época ha habido caminos a contracorriente, el budismo en los 60, los movimientos pacifistas en medio de la guerra. Ahora hay como una pseudo fantasía de que no hay grandes planteos sociales, que todo se trata de lo mío, lo propio, lo chiquito. También en lo chiquito hay una potencia impresionante. Pensar: ‘Bueno, ¿qué hago?’ ¿Qué hacer ante la violencia, la crueldad, el desinterés? Hay una frase muy naif de Ryszard Kapuściński que para mí es muy cierta: él dice que la experiencia fundamental de nuestra especie es el encuentro con el otro. Y para mí es eso, no hay más. Todo lo que hay para hacer en la vida es eso. ¿Qué vas a hacer? El sistema trata de quitarte fuerza, esto de que una golondrina no hace verano. Pero yo creo que ese es un campo de una potencia muy grande. En estas historias aparecen marcas fuertes de violencia y aparecen respuestas que no son las habituales a esa violencia. Creo que ese podría ser un hilito que una a estos cuentos”.

         En el origen de los cuentos a veces hay una voz, a veces hay una imagen. “Creo que se transparenta en la lectura: algunos son pura voz –señala–. El polícía de ‘Malditos’, por ejemplo. Uno oye algo, se detiene a escuchar, y la voz se despliega: ni siquiera hace falta que te estén hablando a vos. Podés estar en una sala de espera, alguien empieza a hablar y eso crece, se desarrolla. Son los que más he disfrutado mientras escribía: es como si tuvieras que recordar un sueño, y tratás de que sea lo más preciso posible. ‘Sangre’, en contrapartida, vino de una imagen: un asado grande y la hora en la que el que es medio despabilado se va, porque la gente ha tomado y aparece algún rencor”.

Eugenia Almeida en la presentación del libro en la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, Universidad Nacional de Córdoba. Imagen: gentileza FCEFyN – UNC. 

         -¿Quién es el dios del título?

         –Si supiéramos… Para mí es una de las formas que toma la desgracia. En nuestra tradición hay un único dios, pero de acuerdo con la frase este es uno entre otros: hay más. A este le gusta sacudir las casas. Sófocles lo dice en Antígona: hay personas que han pasado por esas situaciones. Pensamos que estamos amparados, que las cosas nunca van a cambiar porque es tu techo, tu refugio, pero para este dios eso es un juguete.

         La frase es del epígrafe del libro: “Felices aquellos cuya vida no ha probado los males. Porque no hay calamidad que deje de abatirse sobre toda la raza de aquellos a quienes un dios sacude la casa”. “Es perfecta: dichosos aquellos que no saben de qué estoy hablando, porque aquellos que lo experimentaron lo entienden perfectamente, ¿no? Es algo que va más allá de nuestra voluntad, de nuestra capacidad, de nuestro entendimiento. Sobre todo en esta época, que se ancla mucho en la fantasía loca de ‘lo que tengo es según lo que hago’. Esto de ‘yo me hago sola’. Eso hasta que tengas una desgracia. Y va a llegar, no conozco vida que no la haya probado antes o después: llega. Y cuando eso pasa cambia la magnitud de todo, trabajo, familia, amor, dinero. Todo”.

         Dice Almeida que no se animaría a inscribirse en una tradición de cuentistas, que no alcanza a establecer parentescos con esta o aquel. Nombra, eso sí, a contemporáneos que admira: Samanta Schweblin, Selva Almada, Martín Kohan, Guillermo Martínez, Fernanda García Lao, Pablo de Santis. Más atrás en el tiempo, Silvina Ocampo, Clarice Lispector. “Con la novela quizá podría decir algo más, pero con los cuentos… Muchos de esos colegas me impresionan mucho: Samanta, por ejemplo, tiene como un bisturí: es muy impresionante lo que hace. Su registro, sin embargo, es ajeno al mío. Yo la leo y digo: ‘¿cómo hace estos movimientos?’ La aprecio, la admiro y le respeto el tiempo que resistió la presión de ‘¿y, cuándo vas a escribir una novela?’ Bueno, cuando quiso escribió Distancia de rescate, para que todo el mundo se quede en silencio”.

         Por estos días anda a toda máquina el dios del título: en las páginas del libro de Almeida proliferan los muertos, los heridos, los averiados. Piensa, uno, en la escritora como testigo de su tiempo, la correspondencia con este tiempo de caídas, exclusiones, crueldades. “En la literatura, en la lectura y la escritura, siempre me han interesado los muertos, los heridos, los rotos –concluye Almeida–. Pero nunca, nunca, nos había visto tan rotos a todos. En algún momento por ahí hemos visto lo social más roto, pero ahora es lo social, lo grupal, lo individual. A medida que pasan los años es más difícil decir ‘a esto nunca lo vi’, pero esta situación sí, es inédita. Pongamos el 2001: fue una crisis grande, pero sobrevivimos con el trueque, íbamos a las plazas, nos cuidábamos. Ahora es muy, muy difícil. Sería más tranquilizador si pensáramos que es solo acá, donde tenemos quizá la versión más grotesca y payasesca; bueno, junto con Estados Unidos. Pero la situación está presente en todo el mundo. No pienso en esto de la distribución de la riqueza, y andar saltando por los montes, que es medio ingenuo, pero ¿cómo pudimos pasar por el Siglo XX y estar acá? ¿Cómo pudimos pasar por la pandemia y estar acá? Antes una tenía elementos como pensar, interpretar la época, y ahora, en cambio, tengo la sensación de que nada de lo que aprendí y experimenté sirve para entender esta complejidad”.

En la imagen de portada: Eugenia Almeida. Gentileza Riverside Agency.

Píxel | Revista Zoom

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