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Octubre rojo y Charly vivo

Octubre, Charly, un país. Este país, en octubre, y Charly. Velitas para celebrar la suerte infinita de que Mozart haya nacido en Caballito. Por María José Bovi

El 4 de octubre cumplió 40 años el disco Oktubre de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota; el 6 se despidió Lionel Messi de la Selección Argentina con su gol número 126 con nuestra camiseta; el 10 de octubre tocaron Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado en Tucumán, frente a 50 mil testigos del primer octubre sin el Indio; el 15 de octubre Fernando Burlando afirmó que Diego Maradona fue asesinado; el 16 de octubre se estrenó en Netflix Lo dejamos acá, la peor película protagonizada por los mejores actores argentinos, Ricardo Darín y Diego Peretti, y el más peligroso guion para los tiempos de salud mental que estamos atravesando; el 17 de octubre tanto aquí como allá el peronismo apareció fragmentado y los disparos se los lanzaron entre compañerxs. Podría ser este primer párrafo un pequeño inventario de la patria pop, al estilo María Moreno, pero lo pop nos abandonó hace rato. Mercedes Morán en la serie El hombre de tu vida (2011) instaló el mantra: “sótano nunca, terraza siempre”, maravillosa frase que luego fue reformulada con la vida de Cristina Fernández de Kirchner por una mucho mejor: “siempre balcón, nunca sótano”. La intento pensar, otra vez, pero ahora con ustedes, porque tengo la sensación de que solo el sótano nos está convocando en este país sombrío, y de que los balcones y terrazas solo almacenan promesas de un futuro que pocas probabilidades tiene de existir. Parece que lo viejo ya no funciona, o incluso, está muerto.

Sin embargo, mientras “la realidad duerme sola en un entierro”,[1] hoy se celebran 75 años de país en la música y de música en el país, hoy Carlos Alberto García Moreno, nuestro Charly García, el Charly de quienes creyeron —y todavía siguen creyendo— en la revolución, en los raros peinados nuevos, en las promesas sobre el bidet, en demoler hoteles, en buscar símbolos de paz, en la filosofía barata y los zapatos de goma, y en las máquinas de ser feliz. Todavía no nos tuvimos que despedir de uno de los grandes que nos quedan. Todavía podemos seguir escuchándolo. Tanto, que hoy a la 00h, en Youtube, en el canal @CharlyGarciaVEVO, se estrenaron videos nuevos con canciones viejas: “Raros peinados nuevos”, “No me dejan salir”, “Nos siguen pegando abajo”. Volvemos a escuchar los discos Clics Modernos (1983) y Piano bar (1984). Lo interesante ahora es hacer el ejercicio de leer las letras y pensar por qué ahora, por qué estas canciones. “Quiero algo de razón, no quiero un loco” / “Miren lo están golpeando todo el tiempo, lo vuelven, vuelven a golpear” / “Ya no sirve, vivir para sufrir”.

Vuelvo a María Moreno y su libro Por cuatro días locos (2024), en donde se reúnen sus crónicas escritas durante casi veinte años en Página/12, crónicas que “atienden más a los personajes que a los hechos, se olvidan de la noticia y permiten pasarse de los caracteres exigidos por la pauta”; vuelvo, porque es lo que vengo a hacer. Tengo que confesar que hay mucha biografía de Charly que nunca atajé en las alacenas de mis pensamientos, muchos acontecimientos de aquel país de setenta y cinco años en una sola vida que desconozco. Tan solo soy creyente de que contar las historias de las propias experiencias o de las que nos han contado es convertir ese cuento que hacemos en experiencia de quienes las escuchan y las leen.

Si cierro los ojos y rebobino, “Necesito” de Sui Generis es la primera canción que suena en mi lista de canciones. Me gustaba que hable de guisos y de caramelos, de postres de abuela y de la mente colgada en una soga. Reía con mis hermanas al cantarla a los gritos. Siempre necesitábamos algo de todo lo que Charly y Nito decían. Una de ellas también cantaba “Eiti Leda” y, un poco, me ponía triste escucharla. Nada entendía de letras ni de contextos. Pero mis hogares nunca fueron de música compartida en los livings, nunca fueron de bibliotecas grandes, y jamás de militancia. Una metonimia para decir qué especie de argentina fui.

La primera vez que vi la película La noche de los lápices tuve que taparme los ojos. Y vi llorar a una profesora de la escuela mientras sonaba la canción que yo sí sabía cantar: “Rasguña las piedras”. En 2025, cuando entré a las celdas del principal centro clandestino de detención, tortura y exterminio (CCDTyE9) de Mendoza durante la última dictadura cívico-militar, el Departamento de Informaciones (D-2) de la Policía, ubicado en el Palacio Policial, le puse materialidad a aquel recuerdo y esta vez lloré yo, recordando a Claudia cantar con María Clara y Pablo, junto a todos los compañeros detenidos y algunos desaparecidos, “Canción para mi muerte”. Cada vez me cuesta más escucharla sin querer llorar. La nostalgia es una forma extraña de volver a un lugar en el que nunca estuvimos, pero que, de algún modo, también nos pertenece. Es descubrir que una canción que aprendimos a cantar en la escuela puede volverse insoportable cuando entendemos todo lo que suena detrás de ella.

Llegué a Tucumán un febrero furioso de calor, con 22 años, lista para empezar el estudio de las Humanidades. En agosto de 2013, a pocos meses de empezar mi carrera en Filosofía y Letras, los estudiantes tomamos la facultad hasta octubre —tanto pasa en octubre que ya no sé qué pensar de este mes en el que también yo llego al mundo—. Muchísimas fueron las canciones de Charly que sonaron tanto en el pasillo 300, como en el principal y en los merenderos. A la noche, a la tarde y a la mañana. En clases públicas y en colchones en el suelo. Algo de esa historia de lápices escribiendo sobrevive en esos pasillos, en las canciones que aprendimos a cantar sin saber todavía cuánto podía doler la historia. En 2013, mientras ocupábamos la Facultad, Charly era una manera de acompañarnos, de hacer comunidad, de sostener los días y las noches de una lucha que también nos estaba enseñando a leer el mundo.

No estuve en Tucumán en 2010, cuando Charly llenó la plaza Independencia con 100.000 personas, el 9 de julio, en los festejos del Bicentenario, y dijo sobre su pierna “estuve jugando con Maradona y me lastimé”. Pero me emociona el Himno Nacional Argentino y cada video de las personas levantando las banderas frente a un escenario imponente en las escalinatas de la Casa de Gobierno. En tiempos felices de Cristina, en tiempos de pueblo, Charly solo cantó y no dejó de cantar. Mismo año que, en octubre, falleció Néstor Kirchner. Las tristezas históricas en un mes parecen una superstición, hasta que una empieza a reconocer en el calendario las marcas de aquello que todavía no termina de comprender. Alguna vez fuimos capaces de encontrarnos en una misma canción y hubo un tiempo que fue hermoso y fuimos libres de verdad.

Hoy cumple Charly, quien instaló la metáfora de dinosaurios y sigue musicalizando nuestra Memoria, Verdad y Justicia. Es como el cumpleaños de un país, los 75 años de Argentina que también caben en la vida de un hombre. O al menos en la de este hombre, que nació en 1951, cuando el peronismo todavía prometía un país para las mayorías, que creció entre los restos de una Argentina que había conocido el bienestar y empezaba a descubrir sus propias fracturas, que atravesó la violencia política, la dictadura, la recuperación democrática, las promesas de modernización, las privatizaciones, el estallido, la fiesta, la resaca y este presente en el que parece que ya no sabemos muy bien qué hacer con lo que fuimos. Charly es la Argentina porque su música estuvo mientras la historia sucedía, porque fuimos y somos muchos quienes aprendimos a escuchar el país con sus canciones y porque, de alguna manera, sus contradicciones también son las nuestras. Hay algo profundamente argentino en ese hombre que puede cantar el Himno Nacional en una plaza desbordada, tirarse de un noveno piso a una pileta, sobrevivir a sus propios excesos y volver a sentarse frente a un piano. Algo de nuestra obstinación, de nuestra capacidad para destruir lo que construimos, de esa costumbre de dar por muerto lo que todavía respira. En él conviven el genio y el desastre, la solemnidad y el absurdo, la belleza y el escándalo. Y también las distintas argentinas que fuimos: la que creyó que todo era posible, la que tuvo miedo, la que salió a la calle, la que festejó, la que se quedó sin nada y la que todavía busca una canción con la que reconocerse. Su figura excede la historia del rock nacional. Es parte de nuestra educación sentimental, incluso de la de quienes, como yo, llegamos a sus canciones sin conocer del todo sus historias. Primero cantamos. Después, a veces muchos años después, entendimos.

Y ahora que lo festejamos vivo, me pregunto qué Argentina aparece cuando volvemos a él. Qué queda de las promesas de modernidad, de la irreverencia como forma de libertad, de la posibilidad de imaginar una vida distinta. Cómo haremos para que nos dejen de pegar abajo. Feliz cumpleaños al hombre que nos queda para seguir soñando con un pasado que alguna vez tiene que volver a ser futuro. Al que hizo de la rareza una manera de estar en el mundo y de la canción un lugar donde reconocernos. Al hombre-país que vuelve una y otra vez sobre sus ruinas, que tiene la costumbre de enterrar demasiado pronto aquello que todavía puede decirle algo. Si alguna vez fuimos capaces de cantar juntos sus canciones, ¿qué nos impide volver a hacerlo? Festejar su vida es habitar la esperanza de que hay un país patas para abajo y cabeza para arriba que todavía vive en nosotros.

Lo bueno que tiene el hecho de contar historias, dejarlas escritas y reproducirlas infinitamente con palabras dichas en voz alta es que nunca terminamos de entender las canciones que cantamos de memoria. Que cada vez que alguien las vuelve a cantar, algo de lo que fuimos vuelve a ponerse en movimiento, encuentra otros cuerpos, otras voces, otras formas de decir. Hay algo en las canciones de Charly que no sabemos cómo nombrar, pero que reconocemos como propio. Una manera de estar en el mundo, y de querer estar en él.

Y al final, nos queda octubre sin estandarte. Mes en donde se apilan las derrotas de la política, de la desmemoria institucional y el simulacro cultural. Mes en donde festejar una vida como la suya es, quizás, una prueba de que la insubordinación todavía nos pertenece y tenemos a nuestro lado nuestro Dios, el que nos queda con esa camiseta puesta.


[1] Verso de canción “La colina de la vida”, de León Gieco.

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