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Reparar el Estado nación y sus tres grandes pactos sociales

La llegada de Milei no fue el origen de la crisis, sino la expresión de un agotamiento profundo. ¿Qué perdió la Argentina y qué necesita recuperar? Por Hernán Brienza.

Hace casi tres años, el resultado de la segunda vuelta electoral nos sorprendió a muchos. Sobre todo a los que todavía manteníamos algún grado de fe en el sistema cultural de la Argentina del Estado nación. Mientras algunos lúcidos analistas advertían sobre los procesos que se producían por debajo de la superficie de la sociedad —cambios sociológicos que incluían nuevos sujetos juveniles, fenómenos religiosos no registrados, descontentos mayoritarios con la “casta” política que tan bien supo delinear Javier Milei y un agotamiento de la experiencia peronista de los últimos 25 años—, otros, un poco más cándidos, entre los que me incluyo, creímos que, frente al “espanto” que representaba la desmesura del León creado por la inteligencia artificial, el cordón sanitario del sistema político iba a prevalecer y, finalmente, en el balotaje, iba a primar la racionalidad —como si hubiera una sola racionalidad posible (léase con ironía)— e iba a ser elegido el candidato que ofrecía una continuidad de las lógicas políticas de las últimas décadas, un saber especializado en la administración del Estado y un diálogo relativamente previsible con los poderes fácticos.

Pero eso no ocurrió: la mayoría de los argentinos prefirió resetear conscientemente el sistema político argentino. Y en ese “F5” que realizó la sociedad argentina quedaron expuestas algunas deficiencias que hacían del propio Estado nación y de su sistema político una experiencia fallida. Milei emergió como lo nuevo. Por supuesto, era parte de un entramado de la tradición liberal-conservadora en la historia argentina. Su anarcocapitalismo es una profundización de la ideología que permite la concentración económica en manos de las élites socioeconómicas; tiene puntos de contacto con los recorridos culturales del macrismo, del menemismo y de las dictaduras militares; y es heredero de los imaginarios de dominación de la élite del Proceso de Organización Nacional —no en vano se referencia en el orden oligárquico de 1862 a 1916 y elige como tótems históricos a Juan Bautista Alberdi, Domingo Sarmiento y Julio Argentino Roca, más allá de la dudosa correspondencia de esas apelaciones—.

En mi libro El síntoma Milei tejí la siguiente hipótesis: que Milei no es otra cosa que el síntoma de la degradación más espeluznante del sistema cultural argentino —entendido como principios, valores, imaginarios, expectativas colectivas, prácticas oficiales e insurgentes—, cuya máxima creación es el Estado nación. Pero esa decadencia no debía buscarse en el interior de la sociedad; no se trataba de “culpabilizar” a sus votantes y a los sectores populares, sino de comprender la poca eficacia de símbolos que antes parecían determinantes y que hoy ya no tienen peso en la vida de millones de argentinos.

En este sentido, Milei es un síntoma de que una forma de pensar y sentir la Argentina se encuentra en estado de descomposición o de deconstrucción. Y uno podría leer esa situación en la poca importancia que las apelaciones nacionales tienen entre las mayorías, más allá del fervor futbolístico legítimo o de cierto chauvinismo xenófobo explotado por dirigentes políticos oficialistas. Hoy, las ideas de “patria”, de “nación”, incluso ese artefacto tan poderoso del siglo XX que fue el Estado nación, no parecen traccionar obediencias ni acumular voluntades más que en un sector minoritario del esquema político. Excepto, claro está, la cuestión Malvinas, desatada por la bandera improvisada que los jugadores de la selección empuñaron después de la victoria contra Inglaterra y que tuvo consecuencias inesperadas en la anulación de la Ley de Extranjerización de Tierras.

Milei, entonces, no llegó para destruir el Estado nación: su emergencia es síntoma de que el Estado nación argentino parece un experimento fallido o, al menos, se encuentra en punto muerto. Esa caída conjunta abarca el marco del Estado nación, pero, además, incluye a los tres grandes pactos sociales que se realizaron a lo largo de la historia argentina: a) el pacto de la educación pública como herramienta de igualación de oportunidades (o, al menos, como ficción de esa posibilidad), llevado adelante por el gobierno de Roca en 1884; b) el pacto de la justicia social arrancado por el peronismo en 1945 y que supuso el ingreso de los sectores populares al mundo de la política y de los derechos sociales; y c) el pacto democrático firmado por la sociedad argentina en 1983, con Raúl Alfonsín como garante, pero que fue el resultado de la toma de conciencia de los horrores que generó la violencia política en la Argentina y, por sobre todas las cosas, la brutal represión ilegal de la última dictadura militar.

La única razón por la que Milei pudo avasallar esos tres pactos con sus políticas públicas es que la sociedad ya no visualizaba como conquistas propias ni como patrimonios anhelados los beneficios de una educación pública cuestionada, una justicia social imperceptible en un mercado de trabajo destrozado y una democracia que “no curó ni educó ni dio de comer”. ¿Casi tres años de gobierno mileísta habrán bastado para que gran parte de la sociedad revisara sus posturas respecto del sistema político? No lo sabemos. Las elecciones en Brasil, en Israel y en Estados Unidos parecen ponerle un freno a cierta desmesura de ese bloque de alianzas al que apostó el presidente argentino y, por lo tanto, ofrecen un espacio abierto para pensar nuevas formas políticas de confrontar con el oficialismo.

Posiblemente, no sea útil replicar las herramientas que se utilizaron en Brasil ni en EE. UU. para el año electoral que se avecina. Son experiencias con continuidades y con rupturas que no se pueden trasladar automáticamente, pero sí nos permiten prever, al menos, la atenuación de la hegemonía política de lo que se conoció como las “nuevas derechas”, que sorprendieron por su ferocidad e insensatez.

Ante esta nueva situación, ¿qué se puede rescatar del derrumbe del Estado nación que dejó el mileísmo? ¿Qué estructuras estatales, pero también qué corrientes de sentido, qué valores culturales y espirituales ligados al sistema político tradicional —la solidaridad colectiva, la justicia social, ciertos valores democráticos ligados al reconocimiento de la otredad, por ejemplo— pueden recomponerse luego de la avalancha anarcolibertaria?

Por lo pronto, es necesario reparar las grietas profundas de la estructura del Estado nación, de su constitucionalidad, de sus instituciones, de algunas de sus conversaciones y encuentros e incluso, me atrevería a decir, de algunas viejas discordancias. Y redefinir las alianzas y las contradicciones: de un lado, aquellos que tienen intención de seguir sosteniendo el Estado nación con todos sus conflictos y contradicciones; del otro, quienes ven en el mercado y en la globalización tecnofinanciera el paraíso a construir.

Dentro de este marco, el peronismo pareciera estar convocado a ser parte de una alianza mayor que asuma la totalidad de la memoria del Estado nación junto a otros participantes que formen parte de esa historia. Distrito a distrito, municipio a municipio, provincia a provincia. Quizás la promesa de futuro que haya que constituir sea justamente esa: volver a dotar de racionalidad al sistema político, recuperar diálogos mínimos entre oponentes, reparar el derrumbe de los pactos sociales preexistentes, dotando de nuevas herramientas a la educación frente a la tecnología; a la protección laboral, con derechos que atiendan a las nuevas necesidades de los trabajadores; y a la democracia, para pensar nuevas formas directas de participación y de control de la dirigencia. En síntesis: frente al mileísmo es necesario oponer no solo una unidad del peronismo, sino una alianza con todas las fuerzas democráticas que defiendan el sistema político. No para anclarlo en el pasado, sino para dotarlo de futuro.

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