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¿Somos los argentinos racistas?

La polémica desatada tras la final del Mundial reabrió un viejo interrogante: ¿los argentinos somos racistas? Una reflexión histórica sobre el origen del racismo, la construcción de la identidad nacional y las particularidades del caso argentino. Por Hernán Brienza

La final del campeonato del mundo disputado en Estados Unidos nos ha legado una importante operación mediática que se reflejó en las redes con el uso de los algoritmos conocidos para influir en el resultado de la final que disputaron España y Argentina y que finalmente ganó la selección europea. ¿Se trató de una maniobra consciente de desestabilización emocional del contrincante? ¿De una táctica extra futbolística a la que desde ahora vamos a tener que considerar como parte del deporte que está más atravesado por el mundo de los negocios y la geopolítica? ¿O simplemente se trató de una acusación concreta y verídica respecto de las cualidades y condiciones de “los argentinos” (así en un plural totalizador y por lo tanto autoritario)?

¿Los argentinos somos racistas? Esa fue la acusación más directa que se le realizó a la “Argentina futbolera” pero también extra futbolera. La conclusión a la que se arribó se construyó a partir de variables tan poco sustanciales como “la falta de jugadores negros en la selección” e incluso la falta de población afroamericana en la sociedad argentina, tema muy investigado y nunca demasiado bien resuelto por los debates historiográficos.

Las acusaciones contra “los argentinos” son, en parte, ciertas: la sociedad argentina tiene actitudes racistas. Pero no por las razones que esgrimen quienes acometen de manera chabacana contra los jugadores de la selección o su hinchada. El Estado-Nación argentino no está atravesado por una cuestión racial similar a la de los Estados Unidos o de los países europeos. Desmenucemos la cuestión.

El racismo surge de varias construcciones históricas vinculadas a los procesos de construcción de los Estados-Nación modernos: 1) la pertenencia de un territorio, 2) el establecimiento de una elite hegemónica y 3) las ideologías supremacistas de las políticas decolonización y 4) las consecuentes relaciones de Otredad. 

El proceso es sencillo: un grupo humano se territorializa, es decir, define que una zona o región le pertenece y se afinca culturalmente a ese paisaje, dentro de esa misma comunidad una elite define las características y peculiaridades de un “nosotros” y sobre todo los intereses particulares que la definen hacia el interior, define quién son los Otros, los que están afuera de ese grupo cultural, y establece relaciones de dominio o de hegemonía de tipo colonialista con los otros grupos humanos. 

El racismo moderno es hijo de las relaciones hegemónicas de poder y por lo tanto resultado de las relaciones colonialistas de los últimos siglos signados por la universalización de las relaciones capitalistas de producción y de intercambio internacional. Por lo tanto, que las potencias colonialistas acusen a un país de segundo o tercer orden como lo es la Argentina de racismo, es la operación cultural más hipócrita que se haya visto en mucho tiempo. 

La racionalidad occidental europea está construida sobre el supremacismo racial. La Alemania nazi mató a más de 10 millones de personas en campos de concentración por cuestiones raciales; España misma sometió a millones de personas –las cifras de muertos ascienden a 80 millones- en América bajo la excusa de la evangelización y la civilización –adecuación de las pautas culturales europeas- de un continente; en los Estados Unidos, las leyes segregacionistas raciales estuvieron vigentes hasta bien entrados los años setenta –sin contar, por supuesto, los millones de muertos, mutilados y torturados que dejaron sus políticas imperialistas en los cincos continentes donde impuso su hegemonía-; en las primeras décadas del siglo XX, Turquíamasacró a un millón y medio de armenios; Francia asesinó a cinco millones de argelinos y 250 mil personas en Indochina; Holanda y Gran Bretaña traficaron 20 millones de africanos a América hasta mediados del siglo XIX; Bélgica y sus políticas extractivistas en El Congo dejaron un tendal de 20 millones de muertos; actualmente, el Estado de Israel está cometiendo un genocidio en Gaza, por último y para no extender hasta el agobio la lista de brutalidades occidentales, el Imperio británico es acusado de haber asesinado a 150 millones de personas en distintos episodios colonialistas en la India, Australia, Irlanda y otros territorios y aun hoy ocupa ilegalmente Malvinas.

El Estado-nación argentino no ha sido la excepción a la regla de la construcción hegemónica: la campaña contra los pueblos originarios es la muestra de que no ha escapado a la racionalidad colonizadora occidental. Sin embargo, no ha tenido políticas de segregación oficiales –cómo si lo han tenido otros países- sino más bien pautas culturales de sometimiento y de legitimidad de sus propias elites, pero en virtud de una otredad interna y no externa. En la Argentina, el extranjero –el bárbaro- nunca es el europeo sino el nativo que no interioriza las pautas hegemónicas de las clases dominantes. 

En mi libro ¿Para qué sirvió el peronismo?, escrito en el 2024,  intento demostrar que las elites dominantes en la Argentina se constituyen a partir de un cruce ideológico que incluye: a) unConservadurismo, que apela al tradicionalismo de las formas culturales, políticas y económicas de una nación establecida y a la intocabilidad de un orden jerárquico férreamente establecido y defendido con todas las fuerzas del Estado; b) un liberalismo económico o neoliberalismo, ferviente defensor del individualismo económico, la propiedad privada y las políticas de mínimo intervencionismo estatal; c) el populismo de derecha, que conjuga una serie de discursos populares, antiestatistas, antipolíticos y cualunquistas con políticas públicas neoliberales o tendientes a la concentraciónde la riqueza; y d) algunas cualidades esenciales tomadas del andamiaje ideológico europeo, sin dudas, dos elementos son fundamentales para comprenderlas: el positivismo, por un lado, con su teoría de “Orden y Progreso” y su traducción en estas costas como “Subordinación y segregacionismo”, y por el otro lado, un supremacismo étnico-cultural, reelaborado del darwinismo social de Herbert Spencer, quien adaptó (mal) las ideas de Charles Darwin a la sociología y decretó que las leyes naturales estaban por encima de las convenciones sociales y que se debía respetar la lógica de la supervivencia del más apto y fomentarla desde las políticas públicas.

Lo que se visualiza en el “sistema cultural” argentino –que incluye el recorrido histórico de un complejo construido por valores, principios, prejuicios, pautas actitudinales, intereses políticos económicos y sociales, por marcos ideológicos, prejuicios instalados, es decir, una forma de percibir la argentinidad- es la instalación de una relación de “superioridad” moral y estética que no se conduce demasiado con la realidad.

La cuestión de la Otredad es medular en la construcción del sistema cultural de la Argentina de la Organización Nacional, de aquí en más, la Argentina Establecida. El lenguaje está allí, parafraseando (o manipulando) al filósofo Ludwig Wittgenstein para marcar los límites del mundo. La frontera se traza con el lenguaje que deshumaniza: “negro de mierda”, dice cualquier ciudadano y allí establece la tranquera de una Argentinidad determinada. Pero no está dirigido a los afroamericanos sino a los “mestizos” argentinos, hijos de cruce de criollos, pueblos originarios y afroamericanos, pero no tanto por sus condiciones étnicas sino por sus pautas culturales. El principio esencial sobre el que está fundamentada la estructura de legitimidad política, económica, social y cultural de la Argentina Establecida es el supremacismo. Sin ese elemento no hay otra variable que justifique el establecimiento de una elite criolla por encima de las mayorías. 

La operación de “civilización y barbarie”, más allá de intenciones del propio Sarmiento, el desprecio a los pueblos originarios y al mestizaje, fueron reforzados por las teorías positivistas de fines del siglo XIX –abrazadas oportunamente por la intelectualidad orgánica de la Generación del 80- para justificar una condición de “superioridad”, que no se verificaba en las cualidades concretas de esa minoría aventajada económicamente gracias a las dádivas del sistema colonial, a los beneficios del contrabando y la apropiación indebida de tierras –a través de las oscuras leyes de enfiteusis y el alambrado injustificado de grandes extensiones- a las que estaba acostumbrada. No fue la nobleza de origen. No fue la sangre azul. No fue un pasado glorioso. Ni las grandes tradiciones las que formaron esa “superioridad”. Fueron las mañas y las picardías las que colocaron en posición dominante a una elite que necesitó el darwinismo social spenceriano y el supremacismo para justificar y sostener esa misma posición. 

Entonces ¿somos los argentinos racistas? Sí, claro, pero no en el sentido en que son racistas los países hegemónicos occidentales. No es un racismo con Otredad exterior sino internalizada. El Otro no pertenece a una etnia determinada, sino a una porción mayoritaria de la propia población nacional.

Una última cuestión que es necesaria discutir es el de los modelos de asimilación o inclusión cultural de los países hegemónicos occidentales: ¿estamos seguros de que las políticas multiculturalistas o de respeto (tolerancia, dicho esto con ironía) de las diversidades son más incluyentes que las políticas de homogeneización normativa? ¿Las políticas multiculturalistas no conllevan una inevitable indiferencia hacia la Otredad que, finalmente, concluye en un “no diálogo”, en un “desapego” hacia las otras partes? ¿No es finalmente el reaseguro de una sociedad construida en guetos? ¿No es la unidad, la mezcla, la tensión, la discusión de distintas pautas culturales, el famoso “crisol” de grupos culturales, lo que todavía permite pensar una igualdad radical sustantiva?

En estos días se ha citado con frecuencia el trabajo del politólogo Guillermo O´Donnell “¿Y a mí que me importa?”, escrito en 1984. En ese texto, el intelectual recuerda un episodio en el que dos argentinos discuten en la calle y uno lo increpa al otro preguntándole exigiendo un respeto debido a una supuesta jerarquía: “¿Usted sabe con quién está hablando?”. La respuesta del otro es terminante: “¿Y a mí qué mierda me importa?”. 

Hay algo en esa respuesta típicamente argentina: cierto igualitarismo radical indómito. Una sociedad construida sobre el acento de quién es el Otro, de excesivo respeto sobre quién es ese Otro, también puede ser una sociedad desigual donde prime la indiferencia e incluso el desprecio sobre el Otro, y por último un estancamiento estigmatizador sobre esa relación de Otredad. El desconocimiento de los privilegios del Otro siempre es un elemento desordenador –donde pueden colarse también prácticas discriminadoras, por supuesto- pero que presupone una premisa: todos somos el Otro de Otro, no importa quién “mierda” sea uno. U el Otro.     

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