El 17 de octubre fue una jornada que cristalizó los bloques que parecen empezar a consolidarse dentro del peronismo para la contienda por el liderazgo electoral. Esa disputa puede saldarse en una primaria o en una negociación, como ha sido en las últimas dos elecciones. El modo de resolución es parte de la batalla. El gobernador bonaerense Axel Kicillof apuesta a que su candidatura emerja de una primaria. Parte de la base —no se equivoca— de que el mecanismo de elección no es un tema formal. Es clave en la legitimidad y al margen de autonomía de un liderazgo.
Este 17 de octubre, Kicillof realizó su acto en el Polideportivo Juan Domingo Perón de González Catán. La vicegobernadora, Verónica Magario, y el intendente de La Matanza, Fernando Espinoza, fueron los anfitriones. El evento juntó una larga lista de intendentes. Algunos son orgánicos del Movimiento Derecho al Futuro, como el de Avellaneda, Jorge Ferraresi, y otros mantienen una posición equidistante entre el axelismo y La Cámpora, como Leandro Nardini, de Malvinas Argentinas, o Mariel Fernández, de Moreno.
El discurso de Kicillof tuvo referencias a la situación del país. Calificó al gobierno del Javier Milei como “el más desastroso que tuvo la Argentina” y cuestionó la política exterior de subordinación. Se refirió a la “injusta prisión” de Cristina Fernández y reivindicó los gobiernos de Néstor y CFK. Utilizó de nuevo una fórmula indirecta para sugerir su candidatura presidencial. Dijo que “cuenten” con él para el 2027 y llamó a la unidad.
Uno de datos más importantes del acto fue la masividad. Había unas 20 mil personas, según los organizadores. Ese nivel de movilización habla de entusiasmo. El gobernador sintetiza, como ningún otro dirigente peronista de su generación, la reivindicación de la década kirchnerista con necesidad de renovación. Esa confluencia entre continuidad y cambio es al mismo tiempo su fortaleza y su potencial debilidad.
En la campaña de 2019 que consagró el triunfo de Alberto Fernández esa síntesis se plasmó en la consigna “volver mejores”. Las “nuevas canciones” de Kicillof apuntan en el mismo sentido. Y no se trata de que esas nuevas canciones se compongan. Lo importante es la enunciación. Decir que hay que hacer nuevas canciones es hacerlas, mencionar la necesidad de recreación es la nueva melodía. Porque eso abre, amplía. Lo que demandan algunos sectores de la sociedad argentina que rechazan a Milei pero no son kirchneristas es que el peronismo les diga que está abierto a recrearse. Es una promesa que no necesita una constatación. ¿Por qué Kicillof es por ahora el dirigente en el que esta síntesis entre continuidad y cambio del kirchnerismo suena más creíble? Entre otras cosas por sus gestos y decisiones de autonomía.
En el camino enfrenta los puntos débiles que tiene esa fortaleza. Uno son los cuestionamientos a su lealtad-o la falta de ella-hacia Cristina. Se sabe que Kicillof dejó de reconocer a CFK como su jefa política. A eso se suman cuestiones personales que nunca son menores. Estas críticas pueden y buscan debilitar el respaldo que Axel recibe de amplios sectores que tienen un lazo político y afectivo con la expresidenta. Puede afirmarse que la mayoría de los potenciales votantes de Kicillof al mismo tiempo tienen ese lazo con CFK.
A esos ataques internos se suman los de la derecha, que apuntan sobre otro segmento. Se dirigen a sectores de clase media filoradical que rechazan el desprecio por el rol del Estado que tiene el mileísmo, pero al mismo tiempo son refractarios al peronismo.
Miguel Pichetto suele decir que “en política la estética es importante”. No se equivoca, especialmente en esta era de la imagen. Kicillof tiene una “estética”, modo de hablar, de actuar, que lo ayudan a conectar con sectores no peronistas.
Máximo en Chaco
Máximo Kirchner protagonizó otro acto por el 17 de octubre, en este caso en la provincia de Chaco, junto al senador Jorge “Coqui” Capitanich. El diputado nacional cuestionó con dureza al gobierno de Milei. Marcó, entre otras cosas, el proceso brutal de endeudamiento del país y lo asoció con el endeudamiento de las provincias y las familias. Dijo que Milei “no había cumplido” ninguna de sus promesas tras casi tres años de gobierno.
En el plano de la interna partidaria, sus cuestionamientos no tuvieron un destinatario explícito, pero seguramente retumbaron en La Plata. Dijo que “no tenía sentido acumular dirigentes” y que la gente tiene que “volver a elegir al que le gusta y no al que menos le disgusta”. Son mensajes que podrían leerse como respuesta a la propuesta catch-all (atrápalo todo) de Kicillof.
Lo más importante de los últimos movimientos de Máximo es la saga de entrevistas que viene dando en medios que son abiertamente antiperonistas o con una línea “progre no peronista”. Durante muchos años, La Cámpora sostuvo que sobre la figura de MK se había montado una caracterización estigmatizante, el pibe que sólo jugaba a la play, el monje negro que arma operaciones. Es cierto que se construyó esa imagen. También es verdad que la decisión política de no hablar por fuera de los actos partidarios ayudó a que la narración la construyeran los otros. Para que no te cuenten los otros, hay que contarse uno mismo. Quizás la decisión del silencio durante tantos años haya tenido que ver con que la palabra predominante fuera la de CFK y que no se generase confusión. Puede ser. En tal caso, la estrategia cambió. ¿Qué resultado está teniendo el giro comunicacional? Difícil saberlo. Es reciente y trata de revertir muchos años de una estrategia diferente.
Desde el cristinismo dejan trascender que la expresidenta está evaluando impulsar a su hijo para la gobernación bonaerense. ¿Es un posible punto de acuerdo con Kicillof? ¿O es el acuerdo con Sergio Massa para que el tigrense vaya por la presidencia y MK por la Provincia?
Los movimientos de Massa
El 17 de Massa consistió en difundir una foto en la que se lo ve saliendo por la puerta del edificio de la calle San José 1111, donde Cristina vive y cumple su arbitraria condena de prisión. A eso Massa le sumó un video con imágenes de un histórico discurso de Juan Perón acompañado con la frase “la unidad es el camino a la victoria”.
El tigrense por ahora está dedicado a tejer un gran consenso detrás de su candidatura en sectores de poder político y también del empresariado nacional. Podría decirse que trabaja más en el palacio que en la calle. Es un estilo de construcción política habitual en Massa, que ya fue candidato a presidente en dos ocasiones.
Massa tiene un reconocido conocimiento sobre el funcionamiento del Estado y además cuenta con algo muy valioso en esta época, buenas relaciones con diversos sectores de poder en Estados Unidos, tanto de los republicanos como de los demócratas. La política de Washington es tratar de mantener alineados lo más posible a todos los países de la región. El objetivo central es mantener a China sin acceso a los recursos estratégicos del continente. En ese contexto, tiene bastante sentido que un partido de Estado, como el peronismo, evalúe que para los vientos que corren el mejor camino es ofrecer un peronista que tenga la confianza de Washington para buscar un equilibrio.
El punto débil de Massa es que tiene más consenso en factores de poder, Cristina, la embajada, un sector del empresariado, que en el electorado. Quizás confía en que con el apoyo de CFK le alcanza para ganar la interna partidaria y que luego, en la pelea general, el rechazo al desastre del gobierno mileísta hará el resto. Que la población votará en contra de Milei y que lo importante es ser el que esté parado enfrente.
