“En la infancia, tenemos los ojos fijos, sobre todo, en el mundo de los adultos, oscuro y misterioso para nosotros. Nos parece absurdo porque no comprendemos nada de las palabras que los adultos se cambian entre sí ni el sentido de sus decisiones y acciones, ni las causas de sus cambios de humor, de sus cóleras repentinas. […] Entramos en la adolescencia cuando las palabras que se cambian los adultos entre sí se nos hacen inteligibles”.
Este fragmento del ensayo “Las relaciones humanas” lo encontré en el libro Las pequeñas virtudes, de la escritora italiana Natalia Ginzburg (1916-1991). Me parece simple y brillante a la vez la idea de que el hecho de entrar a la adolescencia esté signado por la capacidad de, al fin, comprender lo que dicen los adultos.
A medida que crecemos, esas conversaciones que antes nos aburrían empiezan a llamarnos la atención. No solo queremos escucharlas: no vemos la hora de ser parte de ellas, de debatir, de tener una opinión (no importa tanto qué opinión tenemos, sino más bien que tenemos una). Creo que la primera vez que me sentí adulta fue en esa Navidad en la que quise sentarme en la mesa de los grandes. Mi prima había señalado el cielo y me había dicho: creo que vi a Papá Noel. La miré con arrogancia, porque ya sabía que Papá Noel no existe, y porque no me dejaba escuchar lo que se estaba hablando en la mesa de los grandes: un chisme jugosísimo sobre una ex (y acá no importa tanto quién es, sino qué es lo que le pasó).
Ese murmullo que escuchamos de fondo en casa cuando somos chicos deja ya de ser una ecuación a resolver, una incógnita lejana y recelosa: por fin despejamos la X. Entendemos finalmente qué se dice, cuál es el fondo de la conversación. Aprendemos a reconocer el tono que toman esas voces cuando se está contando un chisme, estudiamos qué elevaciones de la voz nos avisan el momento justo para retirarnos de la escena, asimilamos herramientas oratorias para conseguir lo que queremos: en otras palabras, nos adentramos en el fino arte del coloquio.
Cuando escucho a la gente hablar, tengo debilidad por las expresiones poco convencionales o pasadas de moda, y por las historias que no conozco. ¿Qué quiso decir? me pregunto para después preguntarle al orador. ¿Qué significa esa palabra? ¿A qué anécdota se está refiriendo? Y esas personas me lo explican, me cuentan, y yo escucho. Esta tendencia a la escucha da como resultado que las personas con una edad por arriba de los sesenta años tengan una especial simpatía hacia mí. Porque no hay nada que le guste más a un ser humano que contar su propia historia. Y yo ya estoy en la mesa de los adultos hace muchos años.
Natalia Ginzburg, aparte de esos ensayos bellísimos, también escribió una famosa novela sobre su familia y su vida, Léxico familiar (1963). El hilo conductor, lo que amalgama esas páginas sin capítulos y con escenas que se concatenan sin pausa, es justamente el léxico de su familia: expresiones, palabras, personajes, chistes y canciones que funcionaban como una etiqueta rotuladora que decía: yo pertenezco a esta familia, esta es mi historia, estos son mis pares. Natalia narra:
“Somos cinco hermanos. Vivimos en distintas ciudades y algunos en el extranjero, pero no solemos escribirnos. Cuando nos vemos, podemos estar indiferentes o distraídos los unos de los otros, pero basta que uno de nosotros diga una palabra, una frase, una de aquellas antiguas frases que hemos oído y repetido infinidad de veces en nuestra infancia […] para volver a recuperar de pronto nuestra antigua relación y nuestra infancia y juventud […]Una de aquellas frases o palabras nos haría reconocernos los unos a los otros en la oscuridad de una gruta o entre millones de personas. Esas frases son nuestro latín […] son la base de nuestra unidad familiar, que subsistirá mientras permanezcamos en el mundo […]”.
Y claro que es posible que dos personas se reconozcan en la oscuridad de una gruta por una frase o por una palabra que comparten, que ambos la reconozcan y, a la vez, que se reconozcan. Si yo acá escribo “es una película”, “quiero verlo”, “que la felicidad brille en tu corazón como gota de rocío en el cáliz de una flor”, “no tenés suela” o el nombre “C. Iturrieta”, para la mayoría son frases sin significado, simples oraciones o nombres que no les dicen nada. Pero si alguien de mi familia o alguna de mis amigas las está leyendo, seguramente reconozca alguna y sonría.

También tengo debilidad por escuchar conversaciones en la calle. Dos o tres interlocutores que no me están hablando a mí, que están hablando entre ellos, absortos, y yo puedo escucharlos sin el peso de tener que contestar: ser una simple testigo auricular. No sé si pasa en todas las ciudades, pero en Buenos Aires tengo la sospecha de que las conversaciones siempre tienen el tinte de ser LA conversación, de que baten LA justa, cuestiones de vida o muerte, máximas irrefutables. “¿Entendés lo que te digo?”, “Yo te voy a explicar”.
Por un lado, agota, pero por el otro, en esa soberbia no dejo de encontrar otra cosa: los habitantes de Buenos Aires intentan saber el motivo de todas las cosas cuando en realidad saben bien que viven a la deriva, y que nada tiene demasiado sentido. Porteños: no sabemos hacia dónde vamos, ni está tan claro de dónde venimos.
Más al norte del planeta, otra mujer habló sobre otras voces, en otra ciudad, mucho más grande y conocida que la mía. Pero las voces son voces al fin:
“De lo que no puedo prescindir es de las voces. En muchas ciudades del mundo, la población está asentada sobre siglos de callejones adoquinados, iglesias en ruinas, reliquias arquitectónicas que nunca han sido excavadas, sólo apiladas unas sobre otras. Si has crecido en Nueva York, tu vida es una arqueología no de estructuras, sino de voces, que también se apilan unas sobre otras, y que tampoco se reemplazan unas a las otras”.
Vivian Gornick escribió en 2015 La mujer singular y la ciudad, un libro sobre su vida en Nueva York construido, entre otras cosas, a partir de conversaciones escuchadas al pasar, encuentros con desconocidos, caminatas y su amistad con Leonard, un hombre gay y ácido con quien charla, con bastante ironía y tendencia a la crítica, sobre lo que ven a su alrededor.
Gornick camina Nueva York y escucha lo que ocurre alrededor: una conversación en una farmacia, una frase de un taxista tomando sol, la voz de alguien que probablemente no vuelva a ver. Pero en esa escucha hay algo más que curiosidad: la ciudad aparece como una forma de estar en contacto con el resto, incluso cuando una camina sola. Por eso ella dice que no puede prescindir de las voces: son justamente las voces las que le devuelven, una y otra vez, la presencia de los otros.
Ayer, hablando con una amiga en su balcón, con la luna en Aries casi llena de fondo, me dijo que lo más anticapitalista que podemos hacer hoy en día es hablar con otra persona. Y escucharla. Intercambiar ideas, conocimientos, o simplemente preguntarle a un desconocido qué pan me conviene comprar en el pasillo del chino. Y me doy cuenta de que escucho no solo para parecer amable o porque me importa el chisme, o para dejar para después mis obligaciones. Creo que es más bien porque, incluso después de tantos años sentada en la mesa de los adultos, todavía no despejé del todo la X.
Píxel / Revista Zoom
