En 1914, Bronisław Malinowski decidió cruzar el mundo para escapar de la Primera Guerra Mundial. Tenía treinta años, acababa de graduarse en antropología en la London School of Economics y, como súbdito del Imperio austrohúngaro, podía ser convocado al ejército en cualquier momento. También había otro motivo para emprender el viaje: estaba cansado de una antropología escrita desde escritorios europeos y quería conocer el mundo de primera mano. Así que armó sus petates y partió hacia Melanesia.
Primero trabajó entre los mailu, un pueblo de la costa sudoriental de Papúa. En mayo de 1915 cambió de destino y llegó a las Islas Trobriand, un archipiélago de coral al este de Nueva Guinea, donde permanecería hasta 1918. Había viajado para estudiar la Kula, una compleja red de intercambio, a primera vista comercial, pero en realidad ceremonial, que unía distintas islas mediante la circulación de collares de conchas rojas y brazaletes de caracoles blancos. Estos objetos nunca permanecían demasiado tiempo en las mismas manos. Lo importante no era poseerlos, sino mantenerlos en movimiento.
Allí hizo algo que hoy parece una obviedad, pero que entonces era casi una extravagancia metodológica: en lugar de entrevistar a los habitantes y regresar a escribir desde una oficina, instaló su carpa en medio de la aldea, aprendió la lengua, compartió las comidas, acompañó numerosas expediciones de pesca y tomó miles de apuntes sobre la vida cotidiana en estas islas.
Ya de vuelta, en 1922, publicó Los argonautas del Pacífico Occidental, un libro que no solo transformó la manera de hacer antropología, sino que abrió paso para uno de los ensayos más conocidos de Malinowski, “Ciencia, magia y religión”. En él, explica: “El primitivo busca ante todo consultar el curso de la naturaleza para fines prácticos y lleva a cabo tal cosa de modo directo, por medio de rituales y conjuros, obligando al viento y al clima, a los animales y a las cosechas, a obedecer su voluntad. Sólo mucho después, al toparse con las limitaciones del poder de su magia, se dirigirá a seres superiores, con miedo o con esperanza, en súplica o en desafío; tales seres superiores serán demonios, espíritus de los antepasados o dioses. (…) La magia, basada en la confianza del hombre en poder dominar la naturaleza de modo directo, es en ese respecto pariente de la ciencia. La religión, la confesión de la impotencia humana en ciertas cuestiones, eleva al hombre por encima del nivel de lo mágico y, más tarde, logra mantener su independencia junto a la ciencia, frente a la cual la magia tiene que sucumbir”.
Durante su trabajo de campo, Malinowski observó que no todas las jornadas de pesca comenzaban igual en Papúa. Cuando los hombres salían a pescar a las lagunas interiores, protegidas por el arrecife, no realizaban ceremonias especiales, porque conocían las corrientes, sabían dónde encontrar peces y confiaban en la experiencia acumulada durante generaciones. El oficio, en aguas conocidas, alcanzaba.
Pero otra cosa ocurría cuando las canoas atravesaban el arrecife y se internaban en el océano abierto. Allí el fondo desaparecía, el viento podía cambiar de un momento a otro y una tormenta era suficiente para que las canoas no regresaran. Entonces, antes de partir, aparecían los conjuros, los rituales y la magia. Estas prácticas no reemplazaban el conocimiento de los pescadores, sino que empezaban exactamente donde ese conocimiento encontraba su límite. Malinowski llegó entonces a una conclusión que hoy damos por sabida: los rituales aparecen cuando ya hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance. Cuando la experiencia termina y comienza el azar.

Un Mundial también tiene algo de mar abierto. Durante un mes, millones de personas aceptan entrar en un territorio donde la experiencia, las estadísticas y el análisis alcanzan apenas hasta cierto punto. Porque siempre aparece aquel factor indomable e incorruptible del deporte: el azar. Un rebote, un penal, una lesión, un desvío mínimo. Y, con él, empiezan a circular otros relatos. No los que hablan de esquemas tácticos o posesión de la pelota, sino los que transcurren en los livings, las cocinas, el café de la esquina. La camiseta que no puede lavarse, el lugar que ocupa cada uno en el sillón, los alfajores que deben repetirse porque la primera vez funcionaron. Y muchas de estas ceremonias, al igual que los collares de la Kula, pasan de una persona a otra hasta convertirse en una tradición compartida, en un país entero leyendo la Biblia o prendiendo velas a diferentes santos cristianos, paganos o inventados.
Me gusta que esto suceda justo ahora, en un mundial invadido por publicidades de comida rápida, aplicaciones de apuestas, estadísticas en tiempo real, inteligencia artificial y chips que prometen anticipar el rendimiento de cada jugador. Porque pareciera que la magia, todavía, encuentra por dónde entrar. Podemos conocer la posesión, la velocidad de un remate, los kilómetros recorridos y la probabilidad exacta de un gol y, al mismo tiempo, pensar que el partido empezó a torcerse porque alguien se levantó del sillón antes de tiempo o porque la bandera no fue colgada de su extremo derecho.
En los días anteriores al encuentro contra Cabo Verde circuló la predicción de Nana Kwaku Bonsam, un brujo espiritista ghanés que aseguraba que el equipo africano eliminaría a Argentina. Del lado argentino aparecieron enseguida astrólogos, tarotistas, videntes y brujas dispuestos a hacerle la contra. Uno anunció que las cartas favorecían a la Selección. Otra bruja afirmó que había neutralizado la brujería africana. Durante unas horas, la discusión sobre el resultado dejó de pertenecerles solamente a los técnicos, los periodistas y las casas de apuestas: también fue una disputa entre fuerzas invisibles.
Lo cierto es que había un alivio en imaginar que, debajo del sistema de cámaras, porcentajes y pronósticos, todavía se estaba librando otra clase de partido, uno menos comprensible y por eso mismo más cercano: frente a un mundial que intenta calcularlo todo, la magia conserva el derecho a no presentar pruebas. Y creemos.
Malinowski notó que los rituales aparecían cuando el arrecife quedaba atrás, cuando el fondo del mar dejaba de verse y la posibilidad del naufragio entraba en escena. Muchos siglos antes, el general romano Pompeyo había convencido a unos marineros de zarpar en medio de una tormenta con una frase que terminaría atravesando la historia: Navigare necesse est (“navegar es necesario”). El poeta portugués Fernando Pessoa la retomó casi dos mil años después y le dio otro sentido: ya no hablaba solamente de navegar, sino de seguir avanzando aun cuando el camino deja de ser exacto.
Tal vez por eso las cábalas sobreviven a los algoritmos, las estadísticas y a Betsson. No porque puedan decirnos qué va a pasar, sino porque hacen más llevadero ese instante en que el fondo desaparece y nadie sabe con certeza qué hay más allá. Entonces, al igual que hacían los pescadores de Trobriand, alguien aprieta un amuleto en el bolsillo, murmura una oración, repite un gesto aprendido hace años. Navegar sigue siendo necesario.
Píxel / Revista Zoom
