Los diez mejores años de su vida

LECTURAS. ¿De qué está hecha una familia? ¿Hasta dónde pueden justificarla los lazos de sangre? Federico Lorenz lee “El aniversario”, de Andrea Bajani.

La publicación de El aniversario (Anagrama), del escritor romano Andrea Bajani, no ha sido simplemente un evento editorial más en el panorama europeo; se ha convertido en un auténtico fenómeno social y cultural que ha sacudido los cimientos de la Italia contemporánea. Galardonada con el prestigioso Premio Strega 2025, la novela aborda un tabú que, en palabras del propio autor, resulta casi impronunciable en una sociedad profundamente marcada por la tradición católica: el derecho de un hijo a «ponerse a salvo» de sus propios padres. A través de un estilo fluido, parco en adjetivos pero que construye unas situaciones que funcionan casi como evidencia judicial, Bajani nos invita a ser testigos de una ruptura radical que no nace del odio, sino de la imperiosa necesidad de supervivencia ante un entorno doméstico asfixiante. Así, a medida que leemos tenemos la sensación de que el aire a nuestro alrededor se vuelve escaso.

            La premisa de la novela es tan contundente como desoladora: han pasado diez años desde que el narrador protagonista vio a sus padres por última vez. En ese lapso, ha cambiado de casa, de teléfono y hasta de continente, interponiendo un océano de por medio para construir lo que él define como «un muro inexpugnable». Su conclusión es tajante: «Han sido los diez mejores años de mi vida». Este aniversario no conmemora una pérdida, sino una liberación; es el recordatorio de un «no» definitivo que permitió al narrador recuperar su propia existencia frente a una institución familiar que funcionaba como un organismo «bloqueado, artrítico y estancado».

La familia como microcosmos concentracionario

Bajani utiliza «las gafas de la escritura» para desmantelar la idea de la familia como una institución sagrada e inviolable. En la novela, el hogar no es un refugio, sino un «microcosmos concentracionario» arrasado por la violencia omnipresente del patriarca. La figura del padre se erige como un dictador doméstico que necesita atemorizar para sentirse amado, estableciendo un régimen de posesión y aislamiento que anula cualquier intento de autonomía en los demás integrantes de la familia. Un hábil manipulador, además, que coloca a los demás en el lugar de responsables de sus desgracias y fracasos.

            Bajani piensa este modelo de familia patriarcal no solo como una patología privada, sino como un reflejo de los totalitarismos históricos. Así, establece un paralelismo sugerente entre la figura femenina sometida de su madre y la ciudadanía sujeta a regímenes autoritarios, sugiriendo que la violencia del padre es un legado del fascismo negado que persiste en las conductas privadas. El padre elabora un meticuloso arsenal de recursos para anular cualquier vía de salida: la imaginación es considerada la actitud más peligrosa, ya que es la única herramienta capaz de proponer «otras opciones de existencia» frente al orden establecido. El control llega a extremos asfixiantes, como el monitoreo de las llamadas telefónicas y la expulsión sistemática de cualquier elemento externo que pueda «contaminar» el núcleo familiar, ya sean amigos de la madre o compañeros de clase de los hijos.

La madre invisible

Uno de los logros más perturbadores y brillantes de la novela es el retrato de la madre. Definida por el narrador como una «emanación del padre» o una presencia borrosa que vive «dentro de su silencio», la madre representa la anulación total de la identidad. Bajani propone un ejercicio literario de rescate casi quirúrgico: para poder escribir sobre ella, el hijo debe primero «extirparla de su padre». Este proceso requiere lo que el autor llama un «bisturí gramatical», una operación de precisión para sacarla de la oscuridad a la que fue condenada por el soplete de la autoafirmación victimista del marido.

            El hijo busca desesperadamente los breves episodios de ligereza en los que ella fue ella misma. Destaca especialmente el periodo en el que trabajó como cajera en un supermercado, un momento de autonomía económica y social que el padre se encargó de truncar rápidamente. Sin embargo, la mirada del hijo no está exenta de una frialdad que puede incomodar a algunos lectores: el protagonista no olvida que su madre «daba vuelta la cara» durante los episodios de violencia contra sus hijos, convirtiéndose en cómplice silenciosa del verdugo, tanto de ella como de sus dos hijos, una hermana que decide desentenderse y el narrador, que asume que se educó en el temor permanente.

            No obstante, la complejidad de las situaciones narradas, evitan que la novela caiga en juicios morales simplistas, mostrando en su lugar una alianza misteriosa y dañina entre víctima y victimario que el hijo decide, finalmente, romper para no ser devorado por ella.

El peso de la memoria y la política de lo cotidiano

A diferencia de obras anteriores de Bajani como El libro de las casas, donde el tiempo era más disperso, en El aniversario la acción se concentra significativamente en los finales de los años 70. Este marco temporal no es casual; la Italia turbulenta marcada por el asesinato de Aldo Moro y la sombra de Pasolini se filtra en la cotidianidad de la familia. La mudanza forzosa de la gran Roma a un pequeño pueblo del Piamonte acentúa el aislamiento: el anonimato de la urbe da paso al ojo vigilante de la provincia, intensificando el control del padre sobre los movimientos de la mujer y los hijos.

            La novela cuestiona por qué los vínculos de sangre deben anteponerse sistemáticamente a la búsqueda de la felicidad o la integridad personal. En una sociedad donde la tradición católica ha enseñado que la resignación y el perdón son esenciales para mantener la unidad familiar, Bajani lanza una pregunta tan aguda como incómoda: ¿Cuánto sufrimiento hay que soportar por el bien de la familia? El narrador rechaza la idea de que «la sangre es destino» y defiende que la familia, al igual que el Estado o cualquier otro organismo social, debe poder evolucionar y ser cuestionada cuando se vuelve destructiva. Uno podría romper con sus padres como termina una amistad o una relación amorosa.

Un estilo forense para una liberación necesaria

El estilo de Bajani es fundamental para la potencia del relato. Con una escritura «meticulosa, cautelosa y exacta», el autor rehúye el sentimentalismo fácil para adoptar un tono de «inteligencia forense». Como señala el escritor Emmanuel Carrère, la novela aborda preguntas desgarradoras con una serenidad que resulta inquietante, casi clínica. No se trata de un libro escrito para liberarse, sino de un texto que solo pudo ser escrito porque el autor ya había alcanzado previamente esa liberación.

            La estructura de la novela, dividida entre el pasado opresivo y un presente donde el protagonista construye una nueva vida basada en la igualdad y el cuidado, ofrece un camino de salvación. La aparición de una anciana y excéntrica terapeuta en la segunda parte resulta crucial para que los nudos en el estómago del narrador comiencen a disolverse. Aunque no hay conclusiones felices en el sentido convencional, existe una profunda sensación de «haber salido de una cárcel».

            En conclusión, El aniversario es mucho más que un ajuste de cuentas con el pasado; es una «autobiografía nacional» que refleja los fantasmas de una sociedad patriarcal que aún se resiste a desaparecer. Bajani ha escrito una obra que duele porque es honesta y que estremece porque reconoce un derecho que muchos callan: el de alejarse de lo que nos hace daño, incluso si ese daño lleva el nombre de padre o madre. Es, en última instancia, una lección de autodeterminación literaria y humana, una bomba colocada con delicadeza en el centro del salón familiar para que, por fin, entre la luz. Al cerrar el libro, un suspiro profundo surge de nosotros. Imaginamos que muchos habremos leído esta novela como un espejo deformante de aquellos parques de diversiones. Solo que este, a medida que se avanza en la lectura, pierde esa propiedad para ganar en precisión y nitidez.

Píxel / Revista Zoom

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