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El cóndor pasa

l anuncio de Marco Rubio reabrió un viejo interrogante: ¿Estados Unidos busca reconstruir en América Latina una estrategia regional de seguridad con ecos del Plan Cóndor? Un recorrido histórico para pensar las continuidades y las diferencias. Por Ricardo Ragendorfer.

En medio del campeonato de la FIFA, pasó desapercibido el anuncio efectuado en Washington por el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, ante representantes de 60 países que lo oían envueltos en un silencio sepulcral. 

No era para menos. El tipo es la mano derecha de Donald Trump: Por tal motivo se lo trata como si fuera el subcomisario del mundo.

En resumen, basándose en un memorándum de 16 páginas producido por 

el Departamento de Estado, expuso un escenario internacional algo sombrío, en el que las amenazas del narcotráfico y las de origen islámico habían dado paso al retorno del “terrorismo de izquierda”, particularmente, en América del Sur. 

Para él, la “Guerra Fría” aún palpita en las encrucijadas del presente,  por lo que la “Doctrina de la Seguridad Nacional” merece ser desempolvada. 

Lo cierto es que, ahora, la Casa Blanca sueña con que, desde los Estados Unidos, se impulse un fluido intercambio de inteligencia entre los países de la región, seguido por acciones militares y policiales conjuntas, en una batalla que soslaye sus límites geográficos, dado que –siempre según Rubio– “las únicas fronteras que importan son las ideológicas”.

Algunos delegados digerían sus dichos con asombro. 

¿Acaso el “Plan Cóndor” –tal como en la década del ’70 se denominó la alianza represiva entre las dictaduras latinoamericanas– está por resucitar? 

Bien vale, ante todo, echar un vistazo a esa época.   

Almas gemelas

Durante la tarde del 17 de octubre de 1975, el elegante Hotel Casino Carrasco, situado a 16 kilómetros de Montevideo, parecía una fortaleza. A su alrededor había carros de asalto, tanques y tropas armadas con fusiles automáticos. Allí se desarrollaba la XI Conferencia de los Ejércitos Americanos, cuyo tema era “La lucha contra la infiltración marxista en la región”.

Los jerarcas de 17 ejércitos estallaron en una ovación cuando un general uruguayo le cedió la palabra al delegado argentino, el teniente general Jorge Rafael Videla, quien acababa de ser designado comandante en jefe del Ejército.

Ahora arrancaba su discurso con una frase filosa:

–Si es preciso, en Argentina deberán morir todas las personas necesarias para lograr la seguridad del país. 

Otra salva de aplausos se elevó entre los presentes.

Ese mismo viernes, Videla regresó a Buenos Aires en un pequeño avión militar. Tal vez entonces escrutara el horizonte marrón del Río de la Plata, en cuyas aguas poco después comenzarán a ser arrojadas sus víctimas. Y quizás pensara que la profundidad de su lecho estaba a la altura del macabro secreto que debía guardar. 

De hecho, en Montevideo había acordado con sus pares de Chile, Bolivia, Uruguay y Brasil, la participación argentina en el Plan Cóndor, pese a que aún faltaba un año y medio para el 24 de marzo de 1976. 

La historia de esa alianza (que cosechó 805 víctimas en los cinco países), es, lógicamente, extensa en términos narrativos. No obstante, hay una trama que la ejemplifica; una trama tan funesta como paradójica.  

El 25 de octubre de 2014 fue hallado en su dormitorio un poblador de la Baixada Fluminense, en el estado de Río de Janeiro. Ese sujeto yacía boca abajo, con la cara aplastada contra una almohada. La policía atribuyó su final a un asalto seguido de muerte. Pero la identidad del finado rebatía tal idea: era el coronel retirado Paulo Malhães, de 76 años, quien unos días antes se había convertido en el primer represor de aquel país que admitía su participación en secuestros, torturas y ejecuciones durante la dictadura que gobernó a Brasil entre 1964 y 1985. Su testimonio incluía el papel que tuvo en el Plan Cóndor (con agentes argentinos del Batallón 601) y las operaciones contra militantes montoneros, durante la Contraofensiva. Abrir la boca no le había salido gratis. 

En este punto no está de más cruzar su relato con otra historia. 

Corría el otoño de 1991 cuando el teniente coronel argentino Eduardo Stigliano efectuó ante el Estado Mayor del Ejército un reclamo administrativo por traumas psíquicos y enfermedades “de guerra”. 

Esos papeles son uno de los documentos más estremecedores de la última dictadura. Allí él se autoincrimina en 53 asesinatos. Reconoce su participación en secuestros y ejecuciones callejeras de jefes montoneros (entre ellos, Horacio Mendizábal y Armando Croatto). Revela el accionar de un muy activo grupo de tareas hasta entonces desconocido, con base en Campo de Mayo. Describe fusilamientos ante todos los jefes del área. Admite los vuelos de la muerte. Y, además, narra una visita del general Leopoldo Fortunato Galtieri al centro de exterminio El Campito. 

Sobre esto, dijo: “Su propósito era charlar con el delincuente subversivo ‘Petrus’ (luego ejecutado), que fue aprehendido por una sección a mis órdenes”.

Aquellas palabras le bastaron para echar luz sobre los últimos instantes vividos por Horacio Domingo Campiglia, nada menos que el responsable de la inteligencia montonera, quien fue secuestrado el 12 de marzo de 1980 en el aeropuerto de Río de Janeiro junto con Mónica Susana Pinus de Binstock, tras ser bajados a los golpes por una patota de argentinos, con la colaboración y cobertura de efectivos del ejército local. Ahora se sabe que Stigliano era quien allí llevaba la voz cantante, junto a un jefe militar brasileño. 

Al mes, sus enfermedades “de guerra” le causaron la muerte. 

A 23 años de la confesión administrativa de Stigliano, el coronel Malhães reveló en su testimonio ante la Comisión Nacional de la Verdad que ese “militar brasileño” no era otro que él. Y lo dijo como al pasar: “Intervine, junto al mayor Enio Pimentel da Silveira en el secuestro de dos argentinos en Río de Janeiro el 12 de marzo de 1980”, fueron sus exactas palabras.

Después de tanto tiempo, el gravísimo pecado de la indiscreción lo había vuelto a reunir con Stigliano, pero en el Más Allá. 

Pues bien, ¿acaso este, diríase, “thriller represivo” contiene una metáfora del Plan Cóndor? 

En rigor, el reciente anuncio de su resurrección, en boca de Marco Rubio, actualiza este interrogante. 

La segunda oportunidad

El secretario de Estado norteamericano supo exhibir un gran poder de síntesis, al proclamar:   

–Debemos reconstruir nuestra arquitectura antiterrorista para derrotarla, como ya lo hicimos anteriormente. 

Entonces, hizo una pausa, para medir las reacciones del auditorio. 

En un costado del salón, el canciller argentino, Pablo Quirno, sonreía de oreja a oreja (de hecho, no tardó en asegurar que el gobierno de Milei se sumará a los EE.UU en esta cruzada). 

En cambio, otros asistentes al cónclave no se mostraron tan entusiastas. 

Porque, en realidad, no había indicio alguno del “peligro rojo” en el patio trasero del imperio. Pero sí una creciente proliferación de presidentes situados a la derecha de Atila (además de Milei, José Kast, en Chile; Daniel Noboa, en Ecuador; Santiago Peña, en Paraguay, y Rodrigo Paz, en Bolivia, a los que se les están por sumar los electos Abelardo de la Espriella, en Colombia, y Keiko Fujimori, en Perú). Es decir, un bloque de virreinatos tan homogéneo desde lo ideológico como, hace medio siglo, lo fue el de las dictaduras del Cono Sur. 

¿Acaso eso, ya de por sí, no justifica un nuevo Plan Cóndor? 

Es que su practicidad estaría depositada en la unificación operativa de sus actos bajo un solo ente coordinador: la CIA.

Al respecto, cabe recordar que, en los años de plomo, esa responsabilidad estuvo en manos del agente James Blaystone, quien oficiaba de enlace con todos los organismos de inteligencia involucrados. 

Claro que eso preservó a los norteamericanos de su actuación presencial en la llamada “lucha antisubversiva”, dado que las fuerzas militares y policiales de las cinco dictaduras lo hicieron por ellos. 

Esto lleva a una pregunta poco formulada hasta el momento: ¿Acaso la guerra de Vietnam fue la madre del Plan Cóndor? 

Ese conflicto bélico entre el régimen comunista (Vietnam del Norte), con sede de Hanoi, y el régimen capitalista (Vietnam del Sur), con sede en Saigón, estalló a comienzos de 1955. Desde entonces, y hasta 1964, EE.UU. se limitó al envío de asesores y ayuda militar. Pero, al año siguiente, el presidente Lyndon B. Johnson comenzó a mandar tropas al teatro de operaciones. 

El resultado: 57 mil bajas norteamericanas, sin que semejante sacrificio inclinara la balanza hacia Vietnam del Sur. De modo que, en 1973, la Casa Blanca, ya habitada por Richard Nixon, articuló el retiro del personal militar de su país. Los EE.UU habían perdido la guerra. 

Sus efectos serían visibles en el mismísimo territorio de ese país. Desde protestas masivas (especialmente, en las principales universidades), hasta una indisimulada división política y social (debido al surgimiento del pacifismo y la Contracultura), pasando por la represión interna (como el crimen policíaco de tres estudiantes en la Universidad de Kent), la abolición del servicio militar obligatorio y el “shock bélico” en los veteranos (condimentado con trastornos psiquiátricos, adicciones, desempleo y falta de viviendas).  

Tamaña oleada de disfunciones sacudió a la sociedad norteamericana en el transcurso de la segunda mitad de los ’70, justo cuando Washington se vio en la necesidad de brindar protección a los verdugos de uniforme en el Cono Sur. 

Pero no era el momento más feliz para el envío de tropas en su apoyo. Es más, ya por entonces, esa posibilidad estaba absolutamente descartada. 

Pues, en ese contexto, surgió la alternativa del Plan Condor. Es decir, los intereses del imperio custodiados por sus esbirros locales. 

Tal recurso terminó siendo altamente satisfactorio. 

¿Acaso, ahora, bajo las pulsiones belicistas de Trump en Asia Occidental, el Plan Cóndor asiste en América Latina a su segunda oportunidad?  

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