“Hay un gesto de confianza en contar el pasado. Es una confianza que hay que poder generar pero también poder honrar después”, sostiene Federico Lorenz sobre su oficio como historiador. Esa tarea implica una escucha que a veces no alcanza con ser escrita como investigación; en su caso, deriva en la novela para resaltar esa fibra humana dispersa entre los datos.
En su reciente novela El árbol del Coyote están los relatos de un colectivo al que le dedicó varios libros, entre ellos: Los zapatos de Carlito: una historia de los trabajadores navales de Tigre en la década del setenta. En todos aparece un personaje: el del Capi, un editor que, durante el velorio de su padre, escucha a un hombre a decirle que estaba ahí despidiendo a un revolucionario. Ese punto de partida genera en el Capi nuevas escuchas, desde las que le ofrecen los compañeros del astillero de su padre hasta las que puede rescatar de militantes que se protegieron con el silencio de tanta derrota.
Editada por La flor azul, El árbol del Coyote trata sobre hijos, padres, legados, pero también sobre el aplastamiento de un proyecto económico –como el de la dictadura– sobre la vida de los trabajadores. Algo que resuena –y retumba– en este presente mileísta.
En uno de sus libros más recientes, Antídotos contra la ansiedad. Una historia del mundo en 108 fechas (Godot), Lorenz propone una bitácora estructurada como un calendario de episodios históricos y literarios. Allí sostiene que ese ejercicio de reconstrucción de lo vivido, de lo viajado y de aquello que invita a hacer funciona como una suerte de botella al mar. En esta ficción, sus protagonistas también ejercen la solidaridad sin esperar nada a cambio.
Lorenz, autor también de Montoneros o la ballena blanca, Los muertos de nuestras guerras y Malvinas. Historia, conflictos, perspectivas, entre muchos libros con foco en Malvinas y la dictadura militar, dialogó con Píxel sobre un presente que impone tiempos acelerados en los que sigue escribiendo pero sobre todo leyendo para encontrar “una forma de proyección e imaginación”.

—¿Qué te interesa del género novela en particular? ¿Qué aporta la ficción para seguir pensando un tema que trabajaste como investigador?
—Es un tanto ambiguo. Yo estoy muy cómodo tanto en la ficción como en la historia pero, de algún modo, mi formación como historiador me lleva a buscar la verosimilitud entonces me apoyo en cosas que he investigado sencillamente por el registro de escritura histórico. También escribí sobre los trabajadores navales como historiador pero para algunas cuestiones me resulta más emocionante el registro ficcional. Me gusta escribir cosas que me gustaría leer, y me parece que hay una épica de la dignidad en el personaje de Coyote que no puede reducirse un paper. Era lindo contar una historia con los fragmentos de cosas que había escuchado. Mi tesis doctoral fue sobre los trabajadores navales, escribí dos libros de historia sobre ellos y aparecen como personajes en otras ficciones. Sin duda me marcaron, no pensaría igual políticamente si no hubiera trabajado sobre ellos.
—El árbol del Coyote toca una fibra en relación a este presente que es qué pasa con el día a día de los trabajadores en un contexto de opresión y represión.
—Claramente la novela es una reacción al triunfo de Milei, yo la escribí entre fines del 2023, 2024, y la terminé en 2025. No podía creer lo que estaba pasando, me hago cargo. El Coyote y sus compañeros, a pesar de estar derrotados, son lo opuesto al modelo actual, son trabajadores, son solidarios, se ayudan, en la medida que pueden, en un contexto muy hostil. Después está esto de que no se puede pensar un modelo de sociedad sin trabajo, me refiero a derechos, trabajo en blanco, detesto el concepto de emprendedurismo que disfraza la precariedad. A su vez, había una pregunta mayor que era cuántas cosas dejamos sin discutir, cómo eran estos trabajadores que no eran grandes militantes pero tenían una cultura de clase que los llevó a hacer lo correcto en el momento en el que había que hacerlo. Fue una forma de reivindicar los valores que son culturales pero también políticos. Es una reivindicación de la solidaridad, una cultura de la clase trabajadora que en los obreros navales que entrevisté remitía a una parte del peronismo de los 70 que hoy está ausente porque, entre otras cosas, fue masacrada. Muy humildemente es una invitación a discutir.

—Hay un término que está dando vueltas en la novela que es el de revolucionario. ¿Qué te interesaba especialmente de esa identidad?
—El Capi vive varias revoluciones a lo largo de la novela. Retrospectivamente, aquella de la que fue parte sin saberlo, por preservación, por incomunicación posterior de su padre. Hay otra revolución más personal: la opción sexual del Capi que es revolucionaria, en un sentido, para la cultura del padre. Acá entronco con el presente y algo que veo muy positivo de esta época es que los más jóvenes son conscientes de sus derechos, pero hay una dimensión de la lucha colectiva que está algo borroneada. La idea de revolución como algo colectivo está en los recuerdos entonces queda en una reacción individual, por más que haya movimientos sociales o causas colectivas. Eso me parece peligroso porque los libertarios sostienen que la salida es individual. Se pueden tener millones de críticas a cualquier proyecto revolucionario del pasado, pero lo que lo vuelve reivindicable en este contexto es que era con todos adentro. Eso es muy importante hoy, porque los sectores dominantes no están pensando una sociedad con todos adentro. Entonces, traer la historia de la novela al presente es traer la discusión por cómo se defiende hoy lo colectivo. Nuestro pueblo tiene una tradición de resistencia y lucha, le ha puesto distintos nombres en su historia pero la tiene aunque vengamos de unos cuantos golpes.
—Este viene siendo el más duro.
—Porque viene con apoyo popular. Pero también venimos de dos porrazos, hay que pensar la actual coyuntura como una consecuencia de la pandemia. No se puede pensar el mileismo solo, hay que pensarlo como un proceso que arranca en 2020 y estamos dentro de eso todavía y no sé si estamos pensando mucho de esa manera. Me lo pregunto como profesor, es muy difícil encontrar certezas. Y no me refiero a verdades.
—Las condiciones del trabajo son muy distintas pensando en términos generacionales. Pienso en tu novela, entre el padre y el Capi, pero también en relación a la pandemia. Todo fue empeorando…
—Yo quería que el Capi fuera un editor porque los que trabajamos en este universo nos hemos deslizado hacia la autoexplotación y el borramiento de los horarios de trabajo hace muchos años. Después vino el coworking, el home office pero la pandemia lo llevó al extremo muy rápido, con toda la falta de sociabilidad que implica. Cuando el Capi quiere explorar qué pasó empieza a explorar las antiguas redes de sociabilidad, empieza a hablar con los compañeros de su padre entre los que hay otras redes.
—Y más allá de la derrota, ese colectivo está ahí.
—Agradezco haber podido trabajar con los navales, me resisto a decir “investigar” porque construye una idea de pasividad y yo aprendía todos los días. Yo digo que el que pregunta encuentra respuestas, quizás no son las que le gusten o quiera pero ahí está lo fascinante también.
Para volver a la idea de revolución: cuando uno indaga en el pasado no lo hace para descubrir un elemento químico, la revolución no es un elemento químico, la militancia tampoco, pero son palabras que se han cargado de sentido. Por ejemplo, “revolución” quiso decir cosas muy concretas en distintos momentos. “Solidaridad” también, “compañero”, “camarada”. Lo que no podemos permitir es que alguna de esas palabras se las apropien los explotadores. Es lo que escribió Brecht: “el enemigo se ha apropiado de nuestras palabras hasta volverlas irreconocibles”. Tenemos que arrancar de muy abajo. Hablo todo el tiempo en plural porque es importante que estemos convencidos de eso. La historia del Capi no sería posible si no lo ayudara un montón de gente. No existiría El árbol del Coyote si no existieran un montón de personas interpeladas por el Capi.
—A pesar del tiempo, los silencios, encontró una historia para recuperar.
—Es que yo también trataba de transmitir algo que vivo muy fuertemente como historiador que es lo poderosa que es la herramienta de la historia como indagación del pasado en el sentido de poder conectarte con personas. El Capi es un personaje de ficción pero hasta ahí nomás, el Coyote no, sus compañeros tampoco. Me ha tocado presenciar y generar una cantidad de situaciones de reencuentros que no hubieran sido posibles sin el trabajo de gente que tiene el pasado como materia prima.
Contexto y memoria:
¿Cómo se organiza en un contexto de ascenso y poder de las derechas el ejercicio de la memoria? ¿Qué sucede en la conversación pública ante el negacionismo? ¿De qué manera se proyecta la lucha para reclamar por más Memoria, Verdad y Justicia?
—En el año que se cumplió medio siglo del golpe, ¿qué se activó para que sea posible una discusión sobre lo que fue el terrorismo de Estado?
—Son varias cosas, nunca es una sola pero esos discursos nunca se fueron del todo. Hay mucha gente que piensa así y el contexto propicia que se pronuncie públicamente. Ni hablar si es un relato oficial que me atrevería a decir que no es negacionista sino reivindicatorio de la dictadura. La dictadura tuvo mucho tiempo para instalar su versión. Quienes piden verdad completa tienden a olvidar la censura feroz y la manipulación enorme que hubo durante los años de la dictadura y antes. La magnitud de las movilizaciones por lo 50 años del golpe fue un alivio pero me gustaría pasar del alivio al estímulo. La historia del Coyote la pienso en clave de acumulación, no se cambia la historia empezando de nuevo cada vez.
—En ese sentido, ¿cómo ves la discusión política en la escena pública?
—No hay discusión pública, nos acostumbramos a que los discursos convivan y no discutan, no confronten. Había una tira de Mafalda en la que ella leía policiales y Susanita le decía “siempre amargándote por esas cosas” y le termina diciendo “dale, decí ‘qué barbaridad’ así salimos a jugar”. Renunciamos al escenario básico de la discusión entonces pierde sentido cualquier trabajo crítico. Hay que convencer, no aplastar, en tiempos en los que todo está hecho para aplastar. Creo que los libros quedan. Los libros y la lectura son uno de los pocos lugares donde se puede mantener una dimensión humana para lidiar con las cosas. Está todo hecho para que corramos, no pensemos, nos sintamos abrumados. Las historias no sólo eran un espacio de defensa sino una forma de proyección e imaginación de que se podía vivir de otra manera. Leer una buena ficción es saber que otra dimensión es posible, que no tiene nada que ver con la virtualidad, es otra cosa. La experiencia lectora es otra dimensión de la vida. La batalla cultural es por el tiempo. Lo que nos hace personas es lo que nos hace tener tiempo para interactuar, trabajar, disfrutar. Interactuar quiere decir hacerlo con los demás. El acto de lectura y escritura es solo aparentemente solitario. El árbol del Coyote no lo podría haber escrito sin considerarme parte de la historia de los navales. Si los que vivieron esa experiencia no me hubieran permitido del modo más cariñoso posible ser parte de la historia.

—¿Cómo llega la ficción al momento de escribir? ¿Se impone?
—Últimamente sí porque al final del día lo que me atrapa de la investigación histórica es la estructura dramática de lo que escucho y leo y la experiencia humana. Todo lo que tenemos que comunicar lo comunicamos en términos de relatos entonces de algún modo hoy es el regreso a aquella experiencia lectora y de escritura infantil que desde siempre me acompañó. Sé que siempre quise escribir, quizás di muchas vueltas.
Lo que me gusta del Coyote es que abre un montón de preguntas. Es lo más fiel a aquello que siempre quise hacer que es escribir. Pero también es lo más fiel a lo que uno siente cuando la gente te cuenta cosas. No te cuentan por el placer de contar sino para que hagas algo con eso. Hoy me siento más cómodo pensando cómo esas historias llegan a la mayor cantidad de personas. Puede sonar pretensioso pero creo en eso realmente.
Imagen de portada: Federico Lorenz. Foto Alejandro Santa Cruz
Píxel / Redacción Zoom
