La pepa del cuento

ENTREVISTA La escritora colombiana Lina María Parra Ochoa recorre los vínculos entre misterio, terror y violencia en su nuevo libro de cuentos.

En septiembre de este año, la escritora colombiana Lina María Parra Ochoa visitó la Argentina para presentar su libro de cuentos Una cosa salvaje que conoce la muerte (Concreto, 2026), un volumen que, aun descrito como «inquietante», no apremia; más bien todo lo contrario: genera avidez, sed de pasar una a una las páginas.

            Con una escritura precisa, sus palabras surten un efecto de hechizo. Con elegancia, soltura y una construcción que no hace agua, Lina teje un entramado entre las historias, en las que conviven (¿armoniosamente?) presencias inexplicables, cadáveres, narcos, grupos paramilitares y diferentes grados de temor. Un apareamiento sólido y elegante entre Black Mirror y el realismo mágico.

            Sin embargo, Lina prefiere no sujetarse a ninguna clasificación de géneros literarios, y hace bien. Excede los encorsetamientos: no son para ella los límites a su escritura, al punto de construir ficciones extremas protagonizadas por alter egos de su propia familia. Es creadora de universos y multiversos desdoblados a lo largo de su obra. «No me siento capacitada para hablar de que escribo de ciertos géneros, como de literatura de terror o de ciencia ficción. Siento que lo que escribo no va lo suficiente a ese lugar, pero ‘me robo’ de todos lados unas cositas. Básicamente eso es la escritura. Nada está completamente delimitado dentro de una sola categoría», confiesa entre risas.

            Asume que le resulta más divertido no pensar en las categorías, pero sostiene que son cuentos que, de diversas maneras, se asoman a misterios. Insiste en ello a lo largo de la entrevista: sus personajes son curiosos y se enfrentan a los misterios que los rodean.

Lina María Parra Ochoa. Foto Alejandro Santa Cruz

            —¿Creés que hay una cuestión en Latinoamérica que habilita al terror y al miedo por estar acostumbrados a ciertos contextos políticos?

            —Siento que hay una razón doble para eso que estás diciendo. Una es el asunto del horror político, digámosle así. Es una cosa que se ha discutido un montón en literatura en los últimos años, y es la situación particular de violencia sistematizada en la que crecemos en Latinoamérica y cómo eso también plantea para quienes escriben y quienes crean nuevas formas o unas formas propias de reflexionar sobre el horror. La otra, que tal vez es uno de los motivos que me llevó a escribir desde que estaba chiquita, es que vivimos en un mundo narrativo en donde la lógica de lo real y de la superstición conviven. No hay separación: vos podés ser médica e ir a una sanadora que te sobe. De diferentes maneras en Latinoamérica habitamos un mundo narrativo. Crecemos con las historias de las brujas, las ánimas, las apariciones, de los santos populares: no está separado de la vida real, práctica, científica. Siento que instalarme en ese lugar narrativamente es lo que a mí más me gusta. Y ahí es donde aparece eso extraño. Siento, por eso te decía, que los cuentos de este libro están instalados en ese lugar en el que alguien se asoma donde no se debería asomar, con unos personajes que tienen que ir a ver para poder entender.

—Hay pequeños guiños a lo religioso, pero también guiños a la realidad, como mencionar el tema narco. ¿Usás la literatura para tratar cuestiones que a vos te preocupan o que merecen ser retratadas?

—Es una mezcla de ambas cosas. Los intereses y esas miradas están en mi preocupación desde hace mucho. Y “me” salen, y digo que “me salen” porque yo no digo: «Quiero escribir un cuento sobre narcos». Llega primero como una imagen y después aparece la reflexión sobre el narcotráfico como parte, digamos, de la parasociedad colombiana, porque es algo que me afecta, que me interesa, que he observado, con lo que he interactuado. Eso es lo que me pasa cuando escribo. Parto de una pregunta o de una imagen que se empiezan a alimentar de un montón de cosas que he vivido, que he visto, que he escuchado, que me han rodeado, hasta que se vuelve un cuento. Es una imagen que deja aflorar la reflexión sobre esos asuntos.

—En la cultura de cada país lo que acecha es otra cosa, sin embargo, creo que la preocupación o los miedos son comunes y después cada uno le va a poner su nombre.

—Siento que “el asunto” es como la pepa [N. de la redactora: semilla, carozo] del cuento, como si el cuento fuera un aguacate. [ríe] Y la pepa es lo que hace que uno entienda, se conecte con el cuento y se relacione con él, aunque sea un cuento ruso del siglo XVIII. ¿Por qué? Porque esa pepa es una preocupación humana, sencilla, íntima, con la que de alguna manera nos podemos encontrar.

Lina María Parra Ochoa. Foto Alejandro Santa Cruz

—¿Hay una búsqueda en vos en que las historias den cuenta de pequeñas preocupaciones humanas?

—Para mí, una historia interesante te toca como una de esas, digámosle, pequeñas preocupaciones humanas. A la vez que estoy contando una historia, te estoy hablando, rascando ahí en una pequeña preocupación humana.

—¿La preocupación precede al cuento o el cuento a la preocupación?

—A mí me pasa casi siempre que los cuentos me nacen de una imagen particular, y ahí empiezo a escribir. Y ahí solita aparece la motivación del cuento, lo que está debajo. Como “el asunto” de Piglia, de las dos historias. Eso que está debajo sale solo.

—El cuento te lo pide.

—Claro, claro. Cargo con imágenes por años, pero solo con la imagen. Y luego un día me siento a escribir ese cuento. Pasa a veces que hay imágenes que no tienen motivaciones, se quedan ahí. Es como una imagen que queda ahí guardada hasta que, “muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento” [risas], aparece la motivación que la acompaña. Yo creo que es visceral, como que uno va encontrando cómo escribe uno. Por lo menos, yo, desde la víscera.

—¿Siempre fuiste para el lado del misterio?

—Yo creo que eso va cambiando. Pero en todos los libros hay momentos o situaciones o personajes que están parados en ese borde entre lo seguro y lo misterioso. En este libro lo que ha cambiado con respecto a los anteriores, que se mantiene lo explícito y lo misterioso, es que aparece más la violencia de este país, que no había aparecido de una manera tan protagonista en mis textos anteriores. En los cuentos «El lento e imperceptible retiro de las aguas»,  se habla del paramilitarismo; «Mal de tierra» y «El pensamientos en el puñal» hablan del narcotráfico. En el cuento «Un montón de plumas», se habla sobre los combos –las bandas de los barrios–. Eso es algo que no había aparecido de una manera tan protagonista en lo que escribo, y me sorprendió. En esa lógica, no escribo sobre “el tema”, evidentemente, porque yo misma me sorprendí al mirar este libro. Ahí se ve que uno empieza a renovarse.

—Vos decís que te sorprendiste cuando terminaste el libro de cuentos y encontraste que tenían esto. ¿Qué pensás que operó en vos para que esa capa haya surgido?

—Creo que tiene que ver con los años, tiene que ver con la situación política del mundo, como con una angustia. Creo que también tiene que ver con que fui encontrando las maneras de hablar de esos temas. En Medellín, hubo mucha literatura, en los 90, 2000, sobre violencia urbana. Y siento que muchos escritores llegamos a una especie de hartazgo. Porque, además, esa violencia urbana luego se adaptó a telenovelas, películas y series, entonces también hubo un hartazgo audiovisual. En esa lógica siento que por un rato me convencí de que eso estaba contado o que no era mi lugar contarlo. Pero la imagen con la que he intentado explicar esto es que para mí crecer en Medellín es como haber crecido en una balacera, pero por azares de la vida ninguna bala me pegó a mí. ¿Qué quiero decir? A mí no me mataron a nadie, pero muchas personas de mi familia han sido afectadas de diferentes maneras, fuertísimas, por la violencia en Colombia. Pero uno lo normaliza y como a mí nunca me mataron a nadie, yo no tenía el permiso en mi mente para hablar de este tema. Y siento que con los años, y también con el oficio, fui encontrando la manera de contar las cosas desde un lugar que me parecía, no sé si interesante o posible. Entonces me fui dando cuenta de que ese tema está, pero yo estoy hablando desde un pedacito de un personaje que se siente afectado por ese tema o que le pasan estas cosas o que naturaliza tal otra cosa, pero no es como una gran diatriba sobre el asunto. Esa fue la manera que encontré de hablar de ese tema y por eso puede salir.

—¿El género terror habilita para hablar de todas los horrores universales porque terminan siendo menos terroríficas que la realidad?

—Como decía al principio, creo que es un tema que hemos hablado mucho en los últimos años en Latinoamérica, porque además se ha puesto más el ojo editorial en narrativas que mezclan el terror sobrenatural y el terror realista. Pero el terror también es una manera de digerir unos miedos más reales y muchos que no, que no pueden ser divertidos, que no nos podemos reír de ellos porque nos afectan de verdad. Y el terror tal vez sea otra manera de digerir esos asuntos. Pero la verdad no lo sé. Yo simplemente sé que desde pequeña me ha encantado todo lo que sea terrible. [risa] …y no estoy sola.

Lina María Parra Ochoa. Foto Alejandro Santa Cruz.

—Apuntaba un poco más a que la fantasía de los géneros ficcionales, aunque sean muy cercanos a la realidad, permiten digerir lo que ya de por sí es lo tremendo de la realidad.

—Creo que es acercarse al horror desde otro lugar. Sigo creyendo que la gente a la que le gusta consumir horror es la gente a la que le gusta ver el muerto. Pero tal vez verlo desde la ficción es distinto que lo pesado de ver las noticias todos los días, que es un ejercicio que a mí me patea terriblemente, por ejemplo. Pero sí siento que sí hay una forma de digestión de los horrores cotidianos y de los horrores reales a través de la exploración narrativa, ya sea en leer o en escribir, del horror, pero no creo que sea distinto el horror sobrenatural del horror, digamos, político real de todos los días. Creo que son formas de enfrentarlos. Tal vez el horror de la ficción nos permita, un poco, enfrentar con otra mirada, otra postura, los horrores de la vida real.


Imagen de portada: Lina María Parra Ochoa. Foto Alejandro Santa Cruz.


Píxel / Revista Zoom

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