La memoria es lo que tu corazón necesita también

ENTREVISTA | Socorro Venegas: “¿Qué puede haber más disidente que querer mantener viva una lengua indígena cuando todo el proyecto de Estado ha sido monolingüe?”

La escritora mexicana Socorro Venegas (1972) decidió contar la historia de su madre a partir de la reconstrucción de una trama de silencios impuestos por una cultura arrasadora que en México redujo el habla de las lenguas indígenas del 65% al 6,5%. Elia, la madre de Venegas, habla náhuatl, pero reservó esa lengua sólo para conversaciones con su madre o su hermana. Esa lengua silenciada implicó un despojo que se impuso en la vida de Elia y se trasladó a sus hijos. “De Elia aprendí a ocultar la raíz. Me negó su lengua porque no quería que me doliera el origen”, dice Venegas en las primeras páginas de Leche de silencio (Páginas de Espuma).

            El libro reconstruye la historia de su madre, una mujer que, a los 9 años, llega a Ciudad de México con hambre y su lengua como secreto. Es un libro de no ficción que recupera la voz de la madre y trabaja con herramientas literarias, por lo que se trata de un género híbrido que la autora llega a mencionar como “lhíbrido”.

            “Como era la historia de mi madre, tuve que mantener la mirada desde la absoluta honestidad sin perder la ternura, sin que eso me llevara a darle un tono melodramático. Eso tiene que ver con mi disciplina como novelista. Afrontar esta historia también ha significado que nunca había tenido que someter lo que escribía a la escucha de mí misma”, explica en diálogo con Píxel sobre el proceso que dio lugar a Leche de silencio, que vino a presentar hace algunas semanas a la Argentina.

Socorro Venegas. Foto Alejandro Santa Cruz

            Las desgrabaciones de las entrevistas con su madre significaron una prueba para la autora de novelas como Vestido de novia o La noche será negra y blanca porque sabía que ese pasaje a la palabra escrita iba a ser leído por Elia antes de ser publicado. Si ella no estaba de acuerdo, ese texto se modificaría.

            “Me siento muy cómoda trabajando en los márgenes, rompiendo con esos márgenes, buscando qué cosa hay allá. En un país como México, donde se hablan 68 lenguas originarias más el español, ¿qué puede haber más disidente que querer mantener viva una lengua indígena cuando todo el proyecto de Estado ha sido monolingüe? Eso me interesaba que quedara en registro literario, por eso renuncié a hacer un ensayo”, resalta.

            -Decís que es un libro que se fue escribiendo toda la vida. Pero ¿cuándo decidiste que ibas a escribirlo pensando en que lo leyeran más personas?

            -Estoy escribiendo sobre esto desde mi primer libro de cuentos publicado que se llamó La risa de las azucenas y se llamó así justo porque es el título de un cuento que le dedico a mi tía sorda, donde estoy especulando sobre la infancia de esa niña en un pueblo, por el que camina descalza, con frío. Especulo con qué puede ser para ella el lenguaje, la necesidad de comunicarse en ese entorno. Nunca me pregunté si era o no una necesidad; fui respondiendo como respondemos a la escritura, con las obsesiones por delante.

            Desde ese primer libro pasaron más de 30 años y la decisión consciente de trabajar con esto y que no fuera un ensayo sociológico, antropológico, lingüístico, empezó hace más de 5 años. Voy recogiendo las ramitas para hacer un nido, un espacio donde me sintiera cómoda e hiciera sentir cómoda a mi madre.

            -En el libro, en un momento le planteas “quiero que leas lo que voy a escribir” porque marcás esa diferencia entre el habla y el pasaje a la escritura.

            -Recogí sus palabras, la sintaxis de su memoria, pero eso es muy distinto a lo que puede ocurrirte cuando te lees a ti misma, cómo te han interpretado. Yo he sido la intérprete de mi madre en esta historia. Algunos episodios se los leí tan pronto como tuve una versión escrita. Tenía mucha urgencia por que ella escuchara cómo yo estaba convirtiendo en un texto lo que había salido de su voz. Eso fue parte del proceso de escritura y fue de lo más difícil que he experimentado, con ella recurriendo a la memoria, a la suya y a la mía. Ella escuchaba cómo había quedado escrito lo que había narrado y yo volvía a escuchar lo que había escrito. En el silencio de la escritura esa resonancia se vuelve otra cosa.

Socorro Venegas. Foto: Alejandro Santa Cruz

            -Te referís a este trabajo como un híbrido porque implica literatura, pero no solamente. ¿Por qué esa elección?

            -Mantuve una especie de muchos afluentes y muchas voces también en esa experiencia de perder una lengua. Hace mucho que trabajo en proyectos comunitarios de fomento de la lectura donde el acceso al libro y la lectura es la diferencia entre una vida y un camino en la oscuridad. Pienso que por eso desde niña viví esta experiencia de mi madre de no transmitirnos su lengua para no transmitirnos también la discriminación que a ella le ha tocado vivir.

            Esta historia no la quise contar desde la antropología o la lingüística pero sí lo quise hacer desde mis técnicas narrativas para darle un valor literario y darle un valor desde la imaginación, la riqueza de la mirada poética a una historia que no tenía por qué ser contada más que en circuitos en los que mi mamá se permite la confidencia con algunas amigas, familiares. En el proceso me di cuenta de que había verdades que yo asumía que lo eran y tampoco eran definitivas. Conversar con mi madre para repasar la vida ha sido volver a conocerla.

            -¿En qué momento dijiste: “esta conversación llegó hasta acá, tengo un libro”? Porque imagino que esa conversación iba decantando en otras…

            -Creo que fue cuando hablamos de la muerte de uno de mis hermanos. Lo dejé para el final a propósito. Fuimos dando vueltas, haciendo rodeos, saltos temporales. Trabajaba la desgrabación y después volvía a los textos. Y cuando hablamos de esa muerte, fue lo más duro. Ella me la contó llorando. Luchaba mucho porque me preguntaba para qué remontar otra vez esto. Lo que escuchaba era distinto de cómo lo recordaba. Era volver a mis recuerdos de infancia y darme cuenta que yo misma había preferido recordar de otra manera. Lo que el corazón anhela puede ser mucho más verdadero que algo que puedas verificar, eso que llamamos la realidad. La memoria es lo que tu corazón necesita también.

            El libro estuvo terminado cuando ella me dio el visto bueno. Mi propuesta desde el inicio fue que si ella había contado algo con lo que no estuviera cómoda, lo iba a quitar. Pero le pedí escribir todo, que lo leamos todo y ahí decidir. Sí he tenido claro que no quería contar esto al costo que fuera, no quería ser como (Emmanuel) Carrère que está demandado por toda su familia. No termino de creer que sea necesario que puedas escribir arrasando con el mundo. Mi mamá es alguien que ya fue arrasada, ¿por qué yo iba a hacer lo mismo? No creo que tener una historia valga más que el corazón de tu madre. Es mi posición. Entiendo que hay escritores que lo ven distinto. Entendí también aquí por qué estas historias suelen contarse de manera póstuma. Mi fortuna es que mi madre está viva, lo pudo leer y está feliz con el libro. Se lo cuenta a sus amigas, a la tía. Me dio la foto de la tapa.

Socorro Venegas. Foto: Alejandro Santa Cruz

            -Al comienzo del libro mencionás a otro hermano tuyo, menor, poeta y contás que compartieron esos años y esperás su voz. Como si dijeras “falta que alguien más diga cosas en esta familia”.

            -Quise dejar esa vena abierta para ver qué pasa en la memoria de mi hermano que no está en el libro. Vivimos muchas de estas historias juntos y fue una invitación a que cada quien encuentre en su lenguaje sus propias historias para hablar de sus ancestros, buscar ese vocabulario único, íntimo que compartimos con nuestras madres, padres. También es un libro donde era inevitable apelar a la oralidad porque ha sido también el vehículo que ha mantenido vivas estas lenguas. A mi mamá le encantaba contar historias, le encanta. Llegué a darme cuenta que había ciertas historias donde había variantes y otras que tenían apenas un cambio, un giro, un matiz. Ha sido un libro muy desafiante por los permisos que nos hemos dado mutuamente, hemos ido rompiendo otros silencios, es decir, hay otra lengua de silencio que fue el náhuatl pero además secretos familiares que ella contaba en confidencia.

            -En un libro con una trama muy atravesada por las mujeres, tu padre tiene una aparición clave: cuando decidís que vas a ir a estudiar a la universidad, él dice “yo voy a ayudar con estos traslados”. De alguna manera, ¿también hay una revisión, un reencuentro con su figura?

            -Lo difícil que es ver con justicia a los padres. Nos sentimos muy habilitados para hacer un juicio. Una de las cosas más complejas para este libro fue decir que cuando hizo bien las cosas fue maravilloso. Aunque en algunos sentidos fue un hombre tan destructivo, tuvo decisiones que me dieron una vida, me abrieron caminos. Por ejemplo, rodearnos de libros. En un momento dado entendió que ahí había una manera de protegernos. Entendió de manera intuitiva que muchas veces un libro te puede acompañar mejor que una persona.

            -¿Qué repercusión tuviste en México donde, según contás en el libro, se pasó de un 65% de habla de lenguas indígenas al 6,5%?

            -Son datos con los que nos hemos acostumbrado a convivir. Se lamenta mucho esta pérdida de la dimensión lingüística y parece que es el único discurso posible ante esta desaparición. La UNESCO ha denunciado que van a desaparecer el 90% de las lenguas en el mundo en los próximos 100 años. Uno tendría que pensar: ¿por qué vemos esto como algo ante lo que no se puede hacer nada? Aprendí con (Carlos) Montemayor que la tradición oral ha garantizado que las lenguas subsistan sin necesidad del soporte para escribir. Y es así como se han contado las grandes historias. La Odisea, La Ilíada sobrevivieron porque hubo quien mantuvo en el territorio de la oralidad las historias, los mitos fundamentales, lo que había que saber y creer. Pero la realidad es que en México hay un antes y un después de la conquista. Se hablaban 500 lenguas; hoy se hablan 68. Los datos son tremendos y los hemos naturalizado. He estado en comités editoriales en los que se lamenta que se hagan ediciones bilingües porque se preguntan quién las va a leer, que no tiene sentido porque esas lenguas van a desaparecer. Justamente porque van a desaparecer tenemos que hablarlas.

            Si pones la lente y la vas abriendo encontrás estas vidas que aparentemente no tendrían que ser contadas, no parecen tener un interés. Pero no hay historias sin importancia, no hay historias inferiores, no se puede subestimar ninguna existencia.

Socorro Venegas y Emilia Racciatti. Foto: Alejandro Santa Cruz

La literatura como espacio de recuperación: de los márgenes al centro

            A la par de su trabajo como escritora, Venegas trabaja como profesora de literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde además ejerce como directora general de publicaciones y fomento editorial. En ese rol, junto a Juan Casamayor, impulsan “Vindictas. Cuentistas latinoamericanas”, un proyecto de recuperación de obras de autoras de distintos países.

            -Esta tarea de recuperación de mujeres de tu familia que haces desde la literatura también está presente en tu trabajo en la UNAM, donde recuperás una trama de otras autoras mujeres en la colección Vindictas.   

            -De alguna manera, entender eso de estar dentro y fuera del margen me ha hecho sensible para ver otras realidades. Entonces, cuando en la universidad surge este proyecto, Vindictas, creado con varias colegas editoras, escritoras, la fuerza ha sido que hay varias miradas para recuperar escritoras en ese proceso colectivo de arqueólogas. Ninguno de estos proyectos que trabajan para recuperar autoras marginalizadas y contar la historia de una lengua minoritaria es sencillo, no te vas a encontrar con todos los recursos para llevarlos a cabo. 

            En muchos países de América Latina está todo listo para que no lo contemos; es lo normalizado. Lo normal también era que esas autoras estuvieran en secreto porque no eran tan buenas como los autores varones. Entonces se trata de volver a contar estas historias y hacerlo desde otro lugar. En el caso de Vindictas, nos ocupamos de editarlas bien, con dignidad. Si vieras las primeras ediciones, no había cuidado editorial, hacían tirajes pequeñísimos. Todo para que siguieran siendo invisibles y les dieran una palmadita en el hombro.


Imagen de portada: Socorro Venegas. Foto: Alejandro Santa Cruz


Píxel | Revista Zoom

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