El policial y el brillo de los perdedores

LECTURAS Escritores, editoriales y lectores mantienen viva una tradición que, entre el enigma y la crítica social, renueva las posibilidades del policial argentino.

Ricardo Piglia decía que la realidad está llena de ficciones. En una de las entrevistas reunidas en Crítica y ficción, el escritor, docente y crítico afirmaba: “La ficción trabaja con la creencia y en este sentido conduce a la ideología, a los modelos convencionales de realidad y, por supuesto, también a las convenciones que hacen verdadero (o ficticio) a un texto”.

            Con este punto de partida, ¿cómo se aborda el policial teniendo en cuenta que es un género que tiene dos personajes centrales: un culpable y un investigador? Alguien transgredió una norma y alguien indaga para encontrar ese resquicio que permita llegar a un modo de justicia. En un país con las fuerzas de seguridad y el poder judicial deslegitimados: ¿cómo se escribe policial? ¿Quién investiga y promueve justicia?

            Quizás se trata de narrar para contar el resquicio y en ese camino narrar la vida cada vez más precarizada y asediada por un modelo de explotación arrasador. Algunos dicen que es el género que puede hacer brillar a los perdedores, otros que es un motor central de la industria editorial.

            Martín Malharro (1952-2015) fue un docente y periodista apasionado por la literatura policial. Su obra está publicada en la editorial Mil Botellas donde se destaca la trilogía La balada del Británico —por el legendario bar de San Telmo del que lo tuvo como habitante asiduo— , integrada por las novelas Banco de niebla, Calibre .45 y Carne seca. Sostenía que el padre del género policial negro en la Argentina era Rodolfo Walsh porque con Operación masacre había dado inicio no sólo al periodismo de investigación, sino también al relato negro. Walsh llega a esa investigación después de escribir cuentos policiales y de traducir novelas policiales norteamericanas.


            Docente mítico de periodismo de la Universidad Nacional de La Plata, Malharro tuvo entre sus alumnas a la escritora y periodista Mariana Enriquez, quien luego integró su cátedra. En su autobiografía lectora, Archipiélago, Enriquez recuerda y destaca la influencia de Malharro a la hora de abordar autores como Raymond Chandler, Dashiell Hammett y Horace McCoy.

            Fallecido en 2015, Malharro selló la relación de Mil Botellas con el género policial en cuyo catálogo, entre los policiales más recientes, se encuentran Con sudor de tinta, una antología de cuentos policiales de Roberto Arlt y también Flores de la calle, la primera novela de Marina Condó.

            Situada entre Tres de Febrero, Las Flores y Córdoba, esta historia tiene como disparador el robo millonario al bingo de ese municipio bonaerense, un hecho que reúne la atención de Eugenia Ardillo, una periodista intentando sostener su trabajo en una revista mientras atraviesa su adicción al alcohol. Ardillo irá tejiendo una trama en la que aparecen también Aldana “Kinki” Flores, La Pablo, la pastora Carla, todas capaces de asumir riesgos por lo que creen que puede producir un cambio en su vida. Entre los límites, la velocidad y el motor de la supervivencia se mueve la novela de Condó.

            “Los personajes aparecieron muy naturalmente. Suelo no pensar en una cuestión de género cuando escribo pero soy mujer y me gusta escribir mujeres. Aparecieron de manera muy natural y vívida. Me gustó la idea de que haya muchas tonalidades o acercamientos a una situación policial con personajes en distintos roles”, plantea la guionista y escritora.

            En ese sentido, reconoce que “somos muy hijos del policial clásico donde la mujer era una víctima o la mala. Pensar al policial, que es un género muy noble, también implica poder mostrar personajes en más de una dimensión y darles mucha más profundidad. Ese fue el desafío y la búsqueda en esta novela”.

            El policial en la literatura argentina  

            Con una comunidad lectora sostenida a través de obras de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares o Juan Sasturain, el policial tiene una potente tradición en la Argentina. ¿Esa tradición tiene una continuidad en nuevas generaciones? “No estoy seguro si los géneros se apropian de los escritores, o si ciertos escritores se apropian de géneros como un salvavidas, ya que de otro modo se ahogarían. El policial, o el recurso de lo policial, ha salvado las vidas de muchos escritores”, responde Lautaro Ortiz, periodista, escritor y autor de El tatuaje de la pólvora, primer libro de una trilogía de novela negra que fue mención especial en el Premio Hebe Uhart.

            El protagonista es Jota Ártico, un corrector editorial que se encuentra con una investigación por el asesinato de Carmen, una joven empleada de limpieza de la editorial en la que ambos trabajan: Corsario. La novela es un viaje por los oficios del mundo editorial, muy conocido por Ortiz quien fue jefe de redacción y director de la revista Fierro y hoy escribe en Página/12 y dirige la colección Fuera de Registro, dedicada a aquellos libros que parece que ningún editor quiere publicar.

            Justamente en el entramado de ese universo editorial, las erratas cobran protagonismo en su policial porque se instala la pregunta acerca de qué pasa si son una clave de lectura y no un error. “Podríamos decir, al modo Piglia, que la literatura argentina empieza con erratas, si es que pensamos en Sarmiento lamentándose por la cantidad de pifies con que se conoció el Facundo. Un lamento que lo llevó a corregir por años ese libro. Los ejemplos de escritores luchando contra las erratas son muchísimos, hay historias muy curiosas. Las erratas no son sólo la marca de un descuido o de un olvido, sino las marcas del universo de trabajo que rodea al libro, es decir, son la descripción del universo de la edición: las erratas hablan de la tarea del editor, del tipógrafo, del corrector, del diseñador, del traductor, incluso del ilustrador o el fotógrafo, por erradicar el error. Porque un libro no se hace solo, aunque la tecnología actual nos quiera convencer de eso”, describe.

            Ortiz tira de ese hilo y desarrolla: “Las erratas, incluso, pueden engañar hasta al periodismo, tal como traté de contar en El tatuaje de la pólvora donde una única errata (real y comprobable) hallada en El último lector de Piglia fue reproducida en artículos y reseñas de diarios y revistas, sin que nadie la advirtiera, convirtiéndose en una marca de lectura, cambiando el eje, incluso, de interpretación”. Se refiere a que en el libro de Piglia se habla de Charles Ivens en lugar de Charles Ives.

            Si Piglia decía que se podía pensar que la novela policial es la gran forma ficcional de la crítica literaria, la novela de Ortiz sigue esa línea: “De alguna manera las erratas son el elemento que predisponemal a todos los actores del libro a mantener una actitud casi detectivesca para detectar dónde está el error, ese error que alarma tanto al escritor y tanto ruido le hace al lector. De alguna manera, las erratas describen también el eje central de lo policial en la literatura: hallar y describir el error humano que impide que la obra (crimen) sea perfecta, porque las erratas son ilegales para el sistema legal del libro, por eso se las persigue”.

            “El tatuaje de la pólvora” integra la colección Negro Argentino de la editorial La escena del crimen, también librería ubicada en el barrio de Chacarita y dedicada íntegramente al género policial. Allí Ortiz también oficia de librero.

            Continuidades y potencialidades del policial

            Condó y Ortiz se declaran lectores del género policial. Sobre la elección de ese género a la hora de escribir, dan sus argumentos. En el caso de la escritora y guionista, su acercamiento a la lectura fue con novelas de Agatha Christie: “Me encantaban porque me llevaban a un universo en el que nunca sabía quién era el culpable y si sabía quién era el culpable quería saber por qué o cómo lo había hecho. Soy cuentista en términos generales, tengo escritos más cuentos que novelas entonces cuando tuve que pensar en una estructura para una novela, el policial me recibió con los brazos abiertos porque me ayudó a generar acción. Me permitió llevar al lector a entender por qué habían pasado las cosas y qué había detrás de un hecho policial”.   

            “Es un género que quiero y siempre recomiendo en mi canal de YouTube. Es un género muy generoso para quienes no leen mucho. Si entrás, te vas a enganchar con algo y vas a querer seguir leyendo para que la historia se despliegue y puedas entender el qué, el quién y el cómo”, asegura.

            Ortiz considera que “la decisión de crear dentro de un modelo de escritura (porque el policial es un modelo para contar), no debiera ser oportunista, sino motivado por una necesidad real de qué puede y qué quiere contar cada uno”.

            En ese sentido, apunta que “hoy hay varias líneas dentro de la escritura policial” y las resume en dos: “Los que escriben a partir de lo que vieron y los que escribimos a partir de lo que leímos. Unos están influidos decisivamente por la imagen, y la otra línea se apoya más en la lectura. ¿Dónde se nota esa diferencia? En la escritura, una es más guion porque piensa en la posibilidad de llegar a la pantalla, y la otra es más tradicional, en el sentido que arriesga más, y es más libre. A mí las series policiales me aburren”.

Píxel / Revista Zoom

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